se marchó lesionado tras su gran partido

Cuando Bale espabila, el físico le traiciona

Hacía muchísimos meses que el extremo galés no jugaba un partido tan completo como el que realizó en Dortmund, pero lo tuvo que abandonar con molestias, disparando todas las alarmas

Foto: El galés remata a gol. (EFE)
El galés remata a gol. (EFE)

Está siendo un mes de septiembre complicado para el Real Madrid. Para todos lo es, no es fácil nunca volver de la holgazanería estival a la realidad de tener que defender los títulos obtenidos en los meses laborables anteriores, incluso cuando el ambiente festivo del verano invitaba a seguir disfrutando del fútbol, permitiendo llevarse a la boca aún más copas. Esta depresión posvacacional ha atacado al bicampeón de Europa como un virus y el reposo en cama le ha hecho perder muchos puntos. Las décimas de fiebre desaparecen misteriosamente cuando juega en la Copa de Europa, el terreno donde nació el mito. En esa atmósfera benévola, el Madrid, todavía en delirio, olvidó que en Dortmund no se podía ganar y ganó 1-3. Incluso a Gareth Bale pareció pasársele la modorra perenne y volvió a ser un excelente futbolista.

Durante los primeros meses en los que Bale parecía totalmente desconectado de la dinámica del equipo, nadie se atrevía a dudar de su idoneidad, es decir, su sitio era el Real Madrid y, como diría el ser superior, había nacido para jugar en ese equipo. Tenía tantas virtudes y tan pocos defectos que encontrarlo algo desubicado durante un tiempo podía pasarle, tanto a él como a cualquiera. Incluso le pasó a Cristiano, que estuvo la temporada pasada un mes entero sin marcar hasta que le hizo dos al Bayern en Múnich. Bale, además, había estado lesionado, es decir, tenía 'excusa'. La cosa es que cuando volvió, no tenía nada que ver con el que se fue.

De repente no tenía virtudes. No corría, no era explosivo, no chutaba bien desde lejos, no lideraba... no hacía nada, en resumen. Y claro, jugaban Isco y Asensio por él y lo hacían divinamente, hasta el punto de que todos pedían a gritos que en la final de Cardiff Bale no acelerase su recuperación y jugase uno de los dos, y que el galés viera el partido de su ciudad desde el banquillo, como así pasó finalmente. En Donostia, mucho tiempo después de su anterior lesión y de su falta de, llamémosle, actitud, Bale recuperó una de sus características: la velocidad hacia el gol. Corrió como no corría desde días que la memoria ya ha olvidado y marcó con la finura que le da tanta clase. Claro que luego vino el Betis y Bale se difuminó otra vez.

Bale se fue al banquillo con calambres. (Reuters)
Bale se fue al banquillo con calambres. (Reuters)

En Champions, el galés ha vuelto a surgir, a escupir fuego por la boca como dragón que es. Su gol es pura técnica y calidad, pero también la inteligencia a la hora de encontrar el momento perfecto para saltar a la espalda de la defensa y enseñarle el desmarque a su amigo Modric, que como buen colega que es de él, se la puso perfecta. Bale la empaló no como haría un cualquiera, a ver qué sale, sino que colocó el pie antes de que la pelota tocara el suelo de manera que hiciera exactamente lo que hizo después, para que cogiera el efecto de fuera hacia dentro que hiciera imposible cualquier intento de parada de Bürki. "Verle meter un gol así es la hostia", la expresividad de Zidane lo dice todo.

Pero Bale es un jugador de clase mundial y, como tal, se le exige muchísimo más que el gol. Bale está obligado a ser uno de los cinco o seis mejores jugadores del planeta, y para ello debe participar en el juego, ser determinante durante una cantidad de minutos enormemente superior a lo que era hasta ahora. Sí, Bale es el futbolista del Real Madrid que ha participado en más goles esta temporada (siete, tres goles y cuatro asistencias), pero no jugaba ni hacía jugar. Lo hizo en Dortmund durante todos los minutos en los que estuvo sobre el pasto. Dio el gol a Cristiano y siempre fue una amenaza para los centrales, tanto en la carrera como en la presión a la salida del balón que ocasionó tantas pérdidas alemanas. Y tocaba el balón, lo tocaba constantemente. Por fin no se escondía.

Con este jugador, sin embargo, hay algo que no acaba de completar la alegría. Y ese algo es su físico. Resulta sorprendente que un futbolista tan aparentemente en buena forma como Bale, al que se le ve siempre fino y fornido, tenga unos músculos tan débiles. "Solo se le subió un poco el gemelo, pero no tiene nada", dijo Zidane después del partido, pero ver al extremo cojear y tirarse al suelo al final del partido es sinónimo de pánico y de noticias poco halagüeñas. Cuando eso pasa, normalmente se queda en el dique seco uno o dos meses. Veremos cuánto es esta vez, porque cuando por fin se le ve bien, de nuevo "con las piernas que tenía antes", como recuerda Zizou, sería una pena que una vez más volviese a torcerse.

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