El Real Madrid y el abismo: tan ingobernable como inmóvil
La complicada situación deportiva provoca incertidumbre institucional. Sin noticias del referéndum de la venta de la filial (entre un 5 y un 10% del club) y con Florentino, señalado
Arbeloa, en la rueda de prensa previa al partido contra el Celta. (EFE/Fernando Villar)
"No hay ningún jugador al que no hayan silbado en el Santiago Bernabéu". La frase es de Zinedine Zidane. La usó hace nueve años al intentar dar normalidad a los pitidos que, por aquel entonces, Gareth Bale recibía por parte de su afición. "Te hacen reaccionar", insistió la leyenda blanca. Sin saberlo, el francés definió lo que es el estadio de Concha Espina y, a su vez, todo el madridismo: un lugar donde la exigencia es absoluta. Nadie se puede plantear que un año en blanco sea tomado como un lapsus. No. Aquí los proyectos o se rubrican en Cibeles o se tiran por el retrete. La paciencia no entra en el idioma; los logros pasados son solo gasolina para la fogata.
Y en la hoguera de los lamentos que es actualmente el Real Madrid, la masa crítica señala a Florentino Pérez. El presidente blanco vive su etapa más complicada desde su regreso al palco en el 2009. Sus éxitos son innegables. Pero el proyecto deportivo de las últimas dos temporadas ha agotado la paciencia de gran parte del madridismo. Carlo Ancelotti, el entrenador más exitoso de la historia del club, abandonó el cargo por la necesidad de implementar sangre nueva y más látigo a un vestuario con fama de ingobernable.
Florentino Pérez, en el partido contra el Getafe. (Europa Press)
Xabi Alonso llegó y recalcó exactamente la misma queja de su predecesor: aquí falta un cinco, un sustituto de Toni Kroos. La respuesta del club es que no existían oportunidades de mercado y que la plantilla era excelente. Un candidato a todo. El tolosarra asintió. Respecto a lo de poner orden, varios pesos pesados del vestuario tuvieron reticencias en aceptar el nuevo paradigma. Lo expusieron en público. El más flagrante de todos fue el caso de Vinícius Jr. El Madrid de Alonso consiguió su mejor victoria hasta la fecha el 26 de octubre. Un 2-1 al Barça que le reafirmaba como líder liguero con cinco puntos de ventaja. El brasileño implosionó cuando vio su número en la tablilla de cambios en el minuto 71 y, delante de las cámaras, amenazó con abandonar el Real Madrid. La directiva se puso de perfil y se deslizó que era "un cambio extraño".
Cinco meses después, Vinícius ha mejorado; Xabi Alonso fue despedido; Arbeloa está en entredicho y el Madrid está a cuatro puntos del Barça después de dos derrotas consecutivas en liga ante Osasuna y Getafe, esta última en casa. Demasiado para el madridista, que despidió el encuentro entre pitos a los futbolistas y cánticos —no unánimes— de "Florentino, dimisión". Hacía casi una década que no sonaba con dicha fuerza. Aquel 2006, el dirigente lo dejó por sorpresa. Había crisis, pero nadie anticipó su decisión. Tiempo después contaría que fue un error. Tomó el camino al ver el poder que habían conseguido los futbolistas del Real Madrid. Un vestuario ingobernable. ¿Les suena de algo?
Florentino, al que todavía le quedan tres años por delante de mandato, está cerrando frentes abiertos. La Superliga, a la espera de que se formalice el acuerdo con la UEFA, fue el primero de todos. Por delante, dos retos mayúsculos. Resolver los problemas del Santiago Bernabéu para poder acometer los eventos sociales y musicales que indujeron a la mastodóntica reforma del estadio; y el cambio societario.
Después de meses de tanteo, Anas Laghrari, hombre fuerte del dirigente, encontró la fórmula jurídica ideal para el Real Madrid: la creación y venta de una filial que acumulará entre un 5 y un 10% del club. El papel del banquero franco-argelino como asesor de Florentino genera recelos entre sus críticos, pero goza de la absoluta confianza del presidente. Esta filial sumaría socios estratégicos —pero fuera de la gestión interna del equipo, como insisten desde Concha Espina— a la vez que serviría para determinar el valor real del club.
Vini, en el partido del Getafe. (Europa Press)
Lo anunció el presidente en la Asamblea de Socios del 2025, celebrada a finales de noviembre. Remarcó la urgencia del cambio ante la necesidad de competir contra los trasatlánticos de los mercados europeos, inflados por los petrodólares. Citó a los socios a un referéndum que validase la reforma. Sin fecha, quedaban flecos por cerrar. Los contactos con diferentes agentes económicos sucedieron a final del año. Un único inversor o varios dentro de ese 5-10%. Pero, entonces, los problemas deportivos dieron la cara. El equipo de Xabi Alonso se hundió y Florentino dio la espalda a su técnico. Llegó Álvaro Arbeloa, protegido del dirigente. El Real Madrid continuó jugando como casi todo el curso: mal. Y, encima, los números se abalanzaron contra el nuevo técnico.
Cinco meses después, todo en modo espera. Es consciente Florentino de la importancia que tiene el cambio de modelo para el proyecto de club al que aspira como legado. Es consciente, también, de la importancia que da el madridismo a la salud deportiva inmediata de la primera plantilla masculina. O se gana o hay motín. No se olvida del referéndum; sabe que necesita el relato de su parte.
Primero el Celta de Vigo y, después, el Manchester City, amenazan la estabilidad del club. Cada semana será una final para Arbeloa. El técnico quiso ganarse al vestuario con las emociones y no con vídeos ni charlas técnicas, a la vista del fracaso de Alonso. Varias informaciones señalan importantes discrepancias de las vacas sagradas. A falta de un milagro en la Champions —y a ver quién es el que aspira a negar la mística de este club— o de un cambio de tendencia en la liga, todo apunta a un verano movido en la plantilla, banquillo e institución. Pero, a día de hoy, nada se mueve en el Real Madrid.
"No hay ningún jugador al que no hayan silbado en el Santiago Bernabéu". La frase es de Zinedine Zidane. La usó hace nueve años al intentar dar normalidad a los pitidos que, por aquel entonces, Gareth Bale recibía por parte de su afición. "Te hacen reaccionar", insistió la leyenda blanca. Sin saberlo, el francés definió lo que es el estadio de Concha Espina y, a su vez, todo el madridismo: un lugar donde la exigencia es absoluta. Nadie se puede plantear que un año en blanco sea tomado como un lapsus. No. Aquí los proyectos o se rubrican en Cibeles o se tiran por el retrete. La paciencia no entra en el idioma; los logros pasados son solo gasolina para la fogata.