Güler da señales de vida en un Bernabéu irritado por los desastres del Real Madrid
El centrocampista turco salió desde el banquillo y supo aportar al equipo lo que ningún otro centrocampista había sabido darle al Real Madrid. Su conexión con Mbappé, clave de nuevo
El centrocampista turco, durante el partido. (AFP7)
Ya nadie habla de fútbol, pues hablemos de fútbol. En la segunda parte del partido contra el Levante, salió un chaval pequeño que siempre parece recién desembalado. Lleva tres años en el Madrid y parece que acaba de llegar. Juega como si cada día descorriera una cortina. Xabi le intentó dar el mando, sustituir la memoria de Modric por un zurdo de bolsillo. No le acabó de salir. No fue un fracaso ni fue un éxito.
Era demasiado zurdo para la vida de piedra que se exige en el medio campo y le faltaban pulmones para estar en los tres escalones de la jugada. Cuando Güler está en el campo, se vuelve repentinamente necesario casi en cada toque, porque engarza partes que discurren en paralelo y mueve el equipo como sin querer, con timidez, pero lo mueve, y todos lo notan y cambia el aire del Madrid.
Güler tiene demasiadas sombras tras de sí. Imaginen ser un general y salir de la academia en tiempos de Alejandro Magno. Lo que dirían de uno. Pues el turco tiene la responsabilidad de filtrar balones, pensar la jugada e ir cosiendo pacientemente el campo, en un equipo huérfano de Modric y Kroos, quizás los dos mejores medios de la historia del fútbol o de la historia del fútbol del Madrid, que es como la historia del fútbol si los sueños de grandeza se cumplieran de verdad.
Güler tiene demasiadas obligaciones. (AFP7)
Güler cambió el partido
Güler nunca ha parecido un gigante, pero a ratos nos dejó la ilusión de ser un Özil con menor carga dramática y un mejor instinto en el área. Luego llegaron los malos tiempos de Xabi, que fueron malos de verdad y el turco no se impuso en la tormenta; se desvaneció en la niebla. El Madrid se había convertido en un ejército de ignorantes y el turco era, de repente, un niño vestido de mago recitando conjuros con una varita de mentiras.
Todo le quedaba grande, la equipación, el balón, los contrarios, el campo. Güler parece que acaba de salir de un hospital infantil y no ofrece resistencia al banquillo, ni tiene padrinos ni estatus de estrella. Solamente le defiende su juego, y el Madrid cuando entra en fase caníbal, es primero política, luego una charca podrida de la que abreva medio mundo y solo al final del todo; deporte.
Arbeloa, en su estreno en el Santiago Bernabéu. (AFP7)
Así que salió Güler y los extensos bordes monótonos de la primera parte, desaparecieron. Arbeloa había dispuesto una alineación dictada por las jerarquías y su prurito canterano. Estaba Gonzalo, que es casi un lugar común, el Gary Cooper de Chamartín: un hombre íntegro en medio de la mugre. Y estaban todos los demás: Mbappé, Vinícius y Bellingham. Vini por la izquierda y los demás bien apretujados por el centro esperando que algo pasase como si el fútbol se fabricase en una factoría en China y ellos solamente tuviesen que abrir los brazos y gritar el gol para las fotos de Instagram.
Gonzalo fue apartado a la derecha donde es inocuo. No tiene regate ni desborde, ni es demasiado rápido, ni se asocia con nadie. Terminó la primera parte y el público se despachó a gusto. Toda la semana se llevaba hablando de la crisis del Madrid. La crisis del Madrid para un periodista es como la miseria de los hombres para un escritor. Es algo que siempre llega y sobre lo que todo el mundo tiene una opinión. Una opinión moral que se desgrana con gravedad mientras se mueve la cabeza de un lado a otro. "Ay, este Madrid", que antaño nos llenó de orgullo y hoy nos hace avergonzar. Un ejército de millonarios. Un juego inexistente. Una tropa de oficinistas ejerciendo el mal desde las torres de Floren.
Arbeloa acertó con los cambios
Y entonces, aparece Pedri, la alegría del pueblo, con sus coloretes a lo Heidi, y esa suprema moralidad con la que el Barça dota a sus jugadores. La cantera, la cantera, susurran los editoriales. Los derechos humanos, la sencillez de un beso, y el juego cristalino del Barça. Al otro lado, el mundo tortuoso y maligno del Madrid con las giras apocalípticas de Florentino que en Semana Santa le llevarán a Groenlandia, territorio en disputa, pero que fue del Madrid desde pequeñito. Merengue hasta la médula. Blanco y glacial, como el Bernabéu.
Arbeloa se confundió de inicio, pero rectificó en el medio tiempo. Buena señal. Mastantuono por Gonzalo y Güler por Camavinga. El equipo se volvió amplio y simétrico. El balón se movía con esfuerzo, sin delicadeza, pero ya no era la quietud tétrica de la primera parte. Güler intentaba mover los pesados engranajes, pero Bellingham, cada poco, se lo impedía. El inglés es el mayor obstáculo para la práctica del fútbol que tiene el Real. Recuerda al James más decadente. Necesita tres toques para controlar un balón, luego se da una vuelta sobre sí mismo, poner cara de drama y lo pierde para, acto seguido, recuperarlo en una acción digna de un especialista. A Vinícius se le caía el cielo cada vez que rozaba la pelota y con Jude tampoco había mucha clemencia. Nadie quería el balón. Así que todo fue Güler.
El brasileño, señalado. (AFP7)
El turco y un impedimento, Mbappé. Llevaba tiempo sin jugar el francés y nos quedaba en la retina la espuma de sus goles, pero no su juego. Kylian se agazapa en la línea de los centrales enemigos y de ahí no se mueve. A ratos se le confunde con la maleza. Así son los grandes depredadores, pero eso convierte el juego del Madrid, en una máscara. Haga lo que haga el equipo, siempre tendrá un muro en el sitio donde debería haber un pasadizo. De vez en cuando, Mbappé se iba en busca de la pelota. Al centro del campo. Oteaba el horizonte con gesto altivo y le pasaba la bola a un metro a Ceballos. O bien, se enrebujaba en una serie de regates como si quisiera desenredar un ovillo.
Pero no lo conseguía y la jugada seguía en el mismo sitio. Es como si se hubiera contagiado de Bellingham, de su falta de finura para entender el fútbol, de su manera de volver confuso lo sencillo e imposible lo complicado. El caso es que solamente Güler parece en el Madrid darse cuenta de lo que el equipo necesita. Es el único que responde las preguntas que va construyendo el partido según avanza. O por lo menos que lo intenta, con sus poderes de superhéroe infantil, de sobremesa, con una pistola de rayos x que funciona a pilas.
Se terminó la relación tóxica
Ceballos, con el que Ancelotti construyó una civilización efímera hace un año justo, jugó de interior con cierto criterio. Criterio es lo que parecen tener solo los medios nacidos en la piel ibérica, esos que construyen el juego del PSG (Vitinha y Fabián) y del Arsenal (Zubimendi y Merino). Los dos equipos que mejor fluyen en ataque de Europa. No es cierto entonces ese mantra que se ha construido alrededor del club como una ideología de conveniencia. "Como ya no existen jugadores como Modric o como Kroos, jugaremos a otra cosa".
Asencio estuvo sólido y marcó de cabeza. (AFP7)
Esa otra cosa es "la cosa": el juego del último año y medio. Una falsificación. Un mar estanco que se traga todo, incluso las imágenes de los futbolistas. Hubo dos goles sin mucho escándalo. A Kylian le hicieron un penalti y Asencio marcó de cabeza con rabia e incluso una cierta brutalidad. Esa, la rabia, es su mejor cualidad y parece que ha aprendido a dominarla. Su compañero, Huijsen, sigue en el desván de los peluches, no quiere abandonar la infancia y la familia empieza a estar preocupada por el chaval.
Todo está gastado. Los pañuelos del respetable ahora son cleenex sin demasiada carga dramática. Ha desaparecido la espontaneidad del mundo. Arbeloa subraya sus gestos para sentirse amparado por la historia. Xabi se relaja y se pone guapo en las fotos como tras terminar una relación tóxica. Vinícius lloraba en el documental de Netflix y ahora llora en las escaleras del estadio. Vive en el fondo de su propio melodrama mientras el Bernabéu le recuerda impasible que nada es eterno, excepto la sala de trofeos.
Ya nadie habla de fútbol, pues hablemos de fútbol. En la segunda parte del partido contra el Levante, salió un chaval pequeño que siempre parece recién desembalado. Lleva tres años en el Madrid y parece que acaba de llegar. Juega como si cada día descorriera una cortina. Xabi le intentó dar el mando, sustituir la memoria de Modric por un zurdo de bolsillo. No le acabó de salir. No fue un fracaso ni fue un éxito.