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Una rivalidad transformada en la mejor alianza: Achraf, Brahim y la búsqueda de la Copa de África
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A UN PASO DE LA GLORIA

Una rivalidad transformada en la mejor alianza: Achraf, Brahim y la búsqueda de la Copa de África

Marruecos jugará frente a Nigeria la semifinal de la Copa de África. Liderados por dos jugadores que competían en las canteras españolas, sueñan con un nuevo título continental

Foto: Achraf y Brahim, en plena Copa de África. (Reuters/Siphiwe Sibeko)
Achraf y Brahim, en plena Copa de África. (Reuters/Siphiwe Sibeko)
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Marruecos ya no es ese equipo que pedía permiso para entrar en la élite. Aquella aventura en Qatar, donde derribaron muros hasta plantarse en las semifinales de un Mundial, cambió el estatus del fútbol magrebí para siempre. Pero el fútbol, tan caprichoso como desmemoriado, le tiene guardada una deuda pendiente que escuece en Rabat: la Copa de África. El trofeo más preciado del continente no viaja a las vitrinas marroquíes desde hace 38 años, y hacerlo ahora, como anfitriones, ha dejado de ser una ilusión para convertirse en una obligación nacional.

En los pasillos de la Federación, presidida por el influyente Fouzi Lekjaa, el mensaje es nítido: no hay margen de error. Tras un camino casi impecable en la fase de grupos (siete puntos de nueve posibles), el equipo de Walid Regragui ha demostrado que sabe convivir con la presión. Pero esto es África, un ecosistema donde el orden táctico europeo a menudo sucumbe ante el caos.

Si algo ha cambiado en este ciclo es la profundidad del armario. Asimismo, se ha sumado la integración de Brahim Díaz. El malagueño, que optó por la nacionalidad marroquí tras meses de seducción institucional, ha encajado como una pieza de puzzle. No es solo su capacidad para desbordar en corto o su gol de penalti ante Malí; es el mensaje que envía su presencia.

Al lado de Brahi, está Achraf Hakimi, que ejerce de capitán general. El lateral del PSG es el termómetro del equipo. Cuando él vuela, Marruecos intimida; cuando se asocia con un En-Nesyri, el esquema de Regragui fluye. El seleccionador, un tipo pragmático que prioriza el bloque por encima de la filigrana, sabe que tiene entre manos la mejor generación de la historia del país. Pero también sabe que, en esta Copa de África, el mayor enemigo es el vértigo.

placeholder Regragui lidera el proyecto de Marruecos. (EFE)
Regragui lidera el proyecto de Marruecos. (EFE)

Un sueño por cumplir

Para Marruecos, este torneo es mucho más que fútbol. Es el escaparate perfecto de cara al Mundial 2030. Cada estadio lleno, cada infraestructura reluciente y cada victoria sobre el césped es un ladrillo más en la construcción de esa imagen de potencia emergente que el país quiere proyectar al mundo

Marruecos ya no compite contra sus rivales, sino contra su propia psicosis histórica. El despliegue de Lekjaa en el búnker de la selección es total: logística de élite para que a Brahim y Achraf no les falte ni el aire. Pero, cuidado, porque en este torneo el exceso de celo institucional a veces asfixia al césped.

Foto: brahim-diaz-marruecos-real-madrid-xabi-alonso-copa-africa

El maleficio está presente

El empate ante Malí en la fase de grupos fue un aviso a navegantes. El equipo sufrió, se vio exigido físicamente y recordó que los nombres no ganan torneos en este continente. Sin embargo, la reacción posterior goleando a Zambia (0-3) devolvió la calma. Con las semifinales en el horizonte y el apoyo masivo de una grada que ruge en Casablanca y Rabat, Marruecos se enfrenta a su propia leyenda.

La pregunta ya no es si tienen talento suficiente —eso quedó fuera de toda duda en Qatar—. La pregunta es si podrán romper el maleficio histórico y coronarse reyes de África en su propio patio. El trono está vacío y Marruecos, por fin, tiene todo lo necesario para sentarse en él. Solo falta que el balón, esa última palabra indescifrable, decida entrar.

Marruecos ya no es ese equipo que pedía permiso para entrar en la élite. Aquella aventura en Qatar, donde derribaron muros hasta plantarse en las semifinales de un Mundial, cambió el estatus del fútbol magrebí para siempre. Pero el fútbol, tan caprichoso como desmemoriado, le tiene guardada una deuda pendiente que escuece en Rabat: la Copa de África. El trofeo más preciado del continente no viaja a las vitrinas marroquíes desde hace 38 años, y hacerlo ahora, como anfitriones, ha dejado de ser una ilusión para convertirse en una obligación nacional.

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