Por
Réquiem por Xabi Alonso: un buen entrenador al mando de una plantilla imposible
El Real Madrid anunció este lunes la salida del tolosarra del banquillo blanco, la decisión más sencilla para tratar de cambiar la dinámica de un equipo que está en clara decadencia
Los últimos minutos de la Supercopa eran la imagen viva de una decadencia. Había un enorme hueco en el medio del campo del Madrid. El juego se iba hacia las esquinas, donde los blancos se metían en absurdas escaramuzas como si intentasen dejar pasar el tiempo, a sabiendas de que la jugada nunca les iba a brotar. Estaban a la espera de un dramático final que hundiera a los jugadores del Barça por sí mismo, estúpidamente, como pasa a veces en el fútbol, en el que el escenario exige a un contendiente que se hunda y al otro que remate a escasos metros del cielo. Y ese dramático final se dio. Pero insuficiente como para que Xabi Alonso continúe como entrenador del Real Madrid. La derrota contra el Barcelona ha sido el último clavo en el ataúd del tolosarra. Un adiós precipitado por no saber gobernar una plantilla imposible.
Lo sucedido en la final contra el Barcelona fue la mejor explicación de lo ocurrido. El juego, o su simulación, corría por los márgenes porque en el centro había un naufragio. Un gran trasatlántico deshabitado que antes tuvo a Casemiro, Kroos y Modric, y luego a Tchouaméni, Camavinga y Fede. Contra el Barça no hubo nadie. Primero, por decisión de Xabi, la primera de sus decisiones correctas. Quizás desde ese realismo crudo se pueda fundar una nación. Xabi vio contra el Atleti que el centro del campo del Madrid era el peor de su historia moderna. Tchouaméni, el mejor medio de este Madrid, es un superviviente. No es alguien que dicte las normas. Es un jugador reactivo que ha aprendido a no perderse en los partidos confusos, pero al que le falta ese tipo de intuición que no se puede medir y que los antiguos llamaban talento. Aurelién no tiene de eso. En absoluto. Aunque sea valiente, aunque tenga espíritu, aunque no se venza, aunque tenga físico. Sin talento, esa facultad inexpresable que a veces se hace carne en una técnica superior (Kroos) y otras se verbaliza como picardía (Raúl), un jugador está muerto en el Madrid. Un equipo en el que la mitad de las veces hay que ir a la guerra con el viento en contra, sin una táctica clara, enfrentándose a conjuntos automáticos que bajan en tobogán hasta el área merengue.
Xabi comprendió, una vez más, que su medio campo era tan pobre y raquítico como esos sitios del Medio Oriente donde surgen las religiones. Y este Madrid, además, carece de mística. Nada va a aupar a un mediocre a la altura de los santos. Xabi entendió también que su defensa es como esos chicos de las películas de los 80, escuálidos y repeinados, que se enfrentaban al mal absoluto y salían indemnes. Salían indemnes porque el cine está hecho con todas las mentiras del mundo. Los niños quieren ser inmortales y quieren ganar a los malos con el bocadillo de Nocilla en la mano. Cuando Modric estaba vivo y llevaba la camiseta blanca, eso funcionaba, el escudo era un amuleto y los monstruos se desintegraban en silencio. Pero en el Madrid de Xabi —y eso Xabi lo sabe— sus niños se enfrentan a los malos y los malos ganan. Excepto contra el Atleti, porque el Atleti es en sí mismo una película de serie B y no puede ni quiere aspirar a más. Incluso el encantamiento de parvulario de la defensa del Madrid es inexpugnable para las presuntas estrellas atléticas, como Julián Álvarez, aquel delantero tan sabio que ahora parece un hombre de la calle, de esos que salen en las encuestas y responden con sentido común a las grandes cuestiones de la actualidad. El señor Nadie. Alguien que no se refleja en los espejos.
El problema del centro del campo
Xabi sabía de sobra que no tenía defensa ni centro del campo. Y contra el Barça construyó algo así como una máquina dentada donde pisar el medio estaba prohibido. Carreras por la izquierda. El único hallazgo de este año. Chico guapo y caballero que sabe meter el pie. Buen defensa y apañado en ataque. Huijsen y Tchouaméni de centrales. Dos hombres altísimos que se desploman en cuanto una avioneta choca contra ellos. Asencio, que ha recorrido el camino del canterano sorpresa: primero un ascenso fulgurante aupado al rugir del Bernabéu, de repente, un muro: el de su escaso talento que le hacía conducirse al límite y ser expulsado en las peores circunstancias; y después, una pequeña resurrección, una ligera madurez, cuando ya no se confiaba en él.
Asencio tiene algo. Bastante bueno a campo abierto, se toma el partido como una vendetta. Tiene cierta maña para el corte y una intuición y un físico de cuarto central. Pero es útil, no abandona a sus compañeros y va conociendo sus limitaciones. El domingo estuvo de lateral corto o tercer central y el Barça no pudo avanzar por sus dominios. Fede, por encima de Asencio, y Camavinga, batiendo la frontal, sumaban un montón de hombres a una defensa herida. Y Bellingham siguiendo a Pedri como si fuera un líbero de los 80. Destino cruel el del inglés. Es una metáfora del equipo. Ha bajado todos los escalones del estrellato y ahora tiene que ir subiendo penosamente por una escalera andrajosa, pero en la que cada peldaño es una conquista.
De Bellingham no vale la pena hablar. No es mediocentro. No es interior. No entiende ni una palabra del juego. Él está ahí por su carisma, por su belleza, por su llegada y porque tenía el último pase antes de que el Madrid se hundiera en arenas movedizas. Todo eso lo tenía como cualidades ajenas al juego. Como dones naturales que le permitían impostar ese sueño de jugador total con el que nos engañó durante 6 meses. Ahora barre las escaleras en silencio sin dejar de mirar al suelo. No se permite una conducción o un pase en largo. Él mismo está dudando de su talento. Ese es el fondo de la máscara del jugador. Suele pasar a los 23 años, cuando los fulgores adolescentes se van evaporando. De ahí se sale mejor, más aplomado e inteligente, o no se sale.
Y por el medio, nadie. Gonzalo que la baja y Vinícius que corre hacia la libertad. Solo Rodrygo tocaba esas teclas musicales del interior. Pero muy poco. Como si fuera un gatito saltando sobre las teclas de un piano de cola. La intuición de Xabi era correcta. Con ese dibujo, que además metía al Madrid en el partido, lejos de manías extravagantes y banalidades estelares, el equipo cavaba hondo y surgía una oportunidad cada 10 minutos. Siempre Vinícius oteando el mar desde lejanas distancias y una vez Gonzalo, que se quedó solo delante de Joan García, le pudo la emoción y apenas si alzó la voz para decir gracias.
Camavinga y Bellingham, perdidos
Camavinga remaba en el partido como en el Mar de los Sargazos. Es un simple peón de albañil. Con lo que fue este chico, susurran en la grada. Bate su zona sin muchas esperanzas y de vez en cuando consigue una joya. Pero ya no es el chaval que salía en estampida y cruzaba el campo como una bandada de sioux en una película de John Ford. Ha perdido también esa pierna izquierda semiautomática para centrar y dar pases interiores, y el físico que le permitía abarcar las partes más remotas del continente. No tiene confianza ni alegría. Es otro como Bellingham, en la crisis de mediana edad, que cada vez se adelanta más en un mundo donde la autopercepción es una asignatura obligada desde párvulos. Sopesa sus movimientos, no es espontáneo ni valiente, está a veces a punto de soltarse y se lo piensa, da un paso atrás y devuelve el balón sin arriesgar lo más mínimo. En el ecuador de la primera parte arriesgó una conducción. Perdió la pelota de forma aparatosa, abrió los brazos rogando porque fuera falta, pero el árbitro no se apiadó de él. Los jugadores del Barcelona vieron el hueco y se lanzaron en tropel por la herida. Fue la primera oportunidad azulgrana y Camavinga desde entonces se convirtió en un alma en pena con un miedo al balón que rozaba el atavismo.
En la final de la Supercopa, una vez más, los blancos empezaron por debajo en el marcador, como venía siendo costumbre en las últimas jornadas. En el Madrid surgía la cuestión casi metafísica de qué hacer con el balón. Las ocasiones habían venido de pérdidas blaugranas o pases en largo que ponían en órbita a Vinícius. Pero tomar el control del partido cuando la salida del balón es un resto del Neolítico es algo utópico. Las órdenes de Xabi eran tajantes: nada por el centro, todo por los costados. En el medio solo podía estar Gonzalo bajando balones o devolviendo paredes. Es una orden aprendida de Mourinho y que tiene su razón de ser. El Madrid está falto de virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, y sacar el balón jugado por el centro de la zaga es un jeroglífico imposible.
A falta de juego rítmico, sincopado, estaba Vinícius. Vinícius, prisionero de su mundo infantil. Vinícius, que construyó un gol que fue como una civilización efímera. Abrió la puerta del más allá con un túnel bajo Koundé. Luego se fue de dos defensas surfeando su propia ola por el centro del área y, antes de que la espuma bajase, disparó de esa forma suya, que solo le sale cuando le surge a borbotones, y fue gol. El mejor gol del año. Todo su partido fue el de un jugador superior. El único sobre el campo, junto con los restos de Lamine, que parece cansado de sí mismo porque lleva dentro la enfermedad de este siglo. Esa autoconsciencia que Messi alcanzó a los 34 años y que de joven convierte un delfín en un besugo.
Luego marcó Lewandowski, no porque él quisiera, que está feo y viejo, sino porque Tchouaméni y Huijsen se abrieron como el Mar Rojo delante de Moisés y por ese pasillo se coló el polaco. Dos centrales con la política de fronteras del último Imperio Romano. Qué nos va a pasar. El Madrid se enfureció y consiguió un córner fuera de tiempo. Hubo rebotes y Gonzalo marcó un gol importante, porque lo hizo con el alma. Su huella en el partido fue un conato de razón, de fútbol antiguo y, además, en su gol hubo un rastro de la mitología madridista. Este es un Madrid de entreguerras y esos detalles le llenan la sangre al hincha.
La segunda parte fue una historia pequeña y llena de vicios hasta el final. Después del gol de Raphinha, cuando el partido ya expiraba, el Madrid hilvanó una jugada con centro ortodoxo y remate a bocajarro de Carreras. Dócil y a las manos. Hubo otro remate más claro todavía de Asencio. Dócil y a las manos. Si se hubieran añadido ciento cincuenta años, el Madrid no hubiera podido marcar. Estaba exhausto, sin fútbol, con algo de espíritu, pero con ninguna fe. Y fue el último servicio de Xabi Alonso como entrenador del Real Madrid. Los jugadores han asumido la decadencia. Ahora ya saben en qué ciénaga chapotean. El problema quizá no era el entrenador, sino una plantilla imposible.
Los últimos minutos de la Supercopa eran la imagen viva de una decadencia. Había un enorme hueco en el medio del campo del Madrid. El juego se iba hacia las esquinas, donde los blancos se metían en absurdas escaramuzas como si intentasen dejar pasar el tiempo, a sabiendas de que la jugada nunca les iba a brotar. Estaban a la espera de un dramático final que hundiera a los jugadores del Barça por sí mismo, estúpidamente, como pasa a veces en el fútbol, en el que el escenario exige a un contendiente que se hunda y al otro que remate a escasos metros del cielo. Y ese dramático final se dio. Pero insuficiente como para que Xabi Alonso continúe como entrenador del Real Madrid. La derrota contra el Barcelona ha sido el último clavo en el ataúd del tolosarra. Un adiós precipitado por no saber gobernar una plantilla imposible.