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Gonzalo, la lección de Xabi Alonso y el lenguaje que necesita un futbolista para brillar
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Ángel del Riego

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Gonzalo, la lección de Xabi Alonso y el lenguaje que necesita un futbolista para brillar

El chico despunta en ausencia de Mbappé y desvela qué le pide su entrenador. ¿Hay esperanza para la temporada blanca? A ver qué sucede en las tierras árabes

Foto: Gonzalo besa el escudo del Real Madrid. (Europa Press/DPA/Rubén Albarrán)
Gonzalo besa el escudo del Real Madrid. (Europa Press/DPA/Rubén Albarrán)
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Cuando todo alrededor del Real Madrid parecía una falsificación, llegó, de nuevo, un canterano. Marcó tres goles y los celebró como Dios manda, sin numeritos ensayados en el circo. La primera sofisticación es la vergüenza ajena. Los iletrados son inmunes a eso.

La irrupción de la clase media en el sitio de las estrellas del Madrid fue refrescante. Y deja un espacio enorme para llenar las noches insomnes del aficionado: ¿Cuál será el nivel del chico? ¿Es solo un profesional de la causa o algo más? Parece que tiene dentro el metal corrosivo del canterano madrileño, ese que lleva inscrito en su ADN las torres de Florentino y el cielo inmaculado de la capital. Tendrá otros dos partidos para lucir su flequillo inocente y su sabiduría de escuela clásica salmantina. Luego volverá el valido del rey, y su nombre se olvidará.

A los niños les gustan tres cosas: correr despavoridos, pensar lo oculto y arrasar las ciudades. Cristiano era dos de esas tres cosas y la tercera se reencarnó en Benzema. Mbappé es la última y Vinicius a ratos es la primera. Pero nadie sabe pensar en los sitios sin tiempo, espacio ni oxígeno. De Modric, Kroos y Karim, hemos pasado a un niño de Pixar que nunca acaba de salir de su embalaje y, por eso, ha vuelto a la suplencia. Y luego está Bellingham: traidor a su causa, la del talento, que se pierde en los detalles y no tiene visión de conjunto, pero sí suficientes arrestos como para que se note su presencia en el campo, aunque no se sepa muy bien para qué.

Todo era frío alrededor del equipo y Xabi, por una vez, atrapó el momento. Planteó un partido serio, grave, coñazo, con un equipo que actuaba con la lógica más primitiva posible: en defensa un 442 para resguardarse juntos y en ataque un 4231 donde Camavinga se descolgaba para barrer toda la zona central como una Roomba: metía la pierna con finura, se deslizaba entre los pares béticos y la devolvía rápido como si no quisiera hacerse notar. Tchouaméni y Camavinga no son infranqueables, pero hacen que los rivales se metan en terrenos pantanosos de imposible salida. La cuestión es que no piensan el partido ni toman el mando. Reaccionan a él. Así, el Madrid tiene seis jugadores defensivos y cuatro ofensivos. Son números mágicos, el seis y el cuatro, que contra los rivales importantes no tienen engarce fácil. Camavinga tiene esa conducción eléctrica que le da la vuelta a los finales de partido, pero su juego es arrítmico y extraño. A veces parece rey y otras esclavo. El juego del Madrid se espesaba por momentos con el único punto de fuga de Vinicius, pero latía dentro un orden, una lógica, casi un destino. En ningún momento el partido se pudo perder. El gol y la victoria eran cuestión de tiempo. Un partido de esos erosivos, que conviene no revisar, pero que apuntalan la estructura y hacen subir un peldaño a los jugadores.

Foto: real-madrid-xabi-alonso-liverpool-anfield

La razón de ese orden era Gonzalo, de profesión delantero centro canterano que hace todo lo que Mbappé se niega por razones inconfesables. Tras el partido, Gonzalo dijo lo siguiente: "Xabi me dice que mantenga ocupados a los centrales rivales para generar espacios para mis compañeros. Me dice que presione fuerte y que intente robar cualquier pelota que pueda alcanzar y que simplemente sea un verdadero 9". Esas son el tipo de instrucciones que necesita un soldado, un niño y un jugador de fútbol. Algo directo, enfundado en un lenguaje infantil. Gonzalo hizo exactamente lo que Xabi le había dicho; no le fue difícil, es a lo que se dedica, a jugar de delantero. Cada uno de sus tres goles fue un poema escrito a la manera de los 90. Siempre apareció solo, porque su llegada al sitio donde le esperaba la pelota, estaba precedida de pequeños desmarques.

En el primero cabeceó una falta botada por Rodrygo. Amagó hacia delante para tirarse hacia atrás y con poco ángulo la desvió a la red con demasiada suavidad, como si su gol estuviera en el limbo de lo increíble. Siguió con su juego limpio, de clara geometría, descargas y recuperaciones, hasta que le cayó un balón en la corona del área. Gonzalo estaba solo, siempre está solo, muy buena señal; hay delanteros que no lo están ni una vez en toda su carrera. El canterano recibió con el pecho orientándose el balón con el control. Sin dejarla bajar, chutó cruzado, de volea, como sueñan los chavales porque así el balón va tenso y bota justo antes del portero. Así lo imagina uno y así le salió a Gonzalo, tan fácil que parece mentira que no se haga más veces. Fue el gol que sueña el delantero. El que metía Van Nistelrooy los miércoles por la noche. La prueba de que en Gonzalo hay un jugador de verdad.

Foto: real-madrid-vinicius-junior-valencia-mbappe

El tercer gol fue una obra coral. Ya había salido Güler, que en el puesto de comandante de la nave viste un traje enorme como una parodia, pero con el partido cuesta abajo, jugando de diablillo, ilumina las jugadas casi sin querer. El turco se desmarcó hacia un lateral mientras Gonzalo se metía en el enjambre del área donde no había huecos ni razones. Miró hacia un lado y amagó hacia el otro, se paró, volvió sobre sus pasos, el defensa ya no lo siguió más y cuando Güler le puso el balón, Gonzalo estaba solo y remató de espuela, algo mordida, porque el chico tiene el don del juego, pero sus pies no son los de un ángel, y fue gol. Un gol que anuncia algo más grande que una victoria contra el Betis.

placeholder El abrazo de Xabi y Gonzalo. (EFE/Kiko Huesca)
El abrazo de Xabi y Gonzalo. (EFE/Kiko Huesca)

Aunque cinco goles son muchos goles, fueron estallidos de magma; no hubo un canto sideral al que ensalzar con adjetivos. El público estaba todo lo contento que se puede estar en enero, en el Bernabéu, en vísperas de un año en el que por fin se va a desvelar la verdad sobre Europa. Vinicius lleva cosido un melodrama desde que vino de Brasil. Es como Hugo Sánchez o Cristiano, un jugador que no cae bien. A ratos se le admira, pero no se le quiere. Jugó pegado a su banda, con miedo de irse hacia dentro, porque dentro le esperaba el gol y el gol lleva meses burlándole. Pero se iba, volvía y convertía el frío glacial en una llamarada inconstante. Antes de la aparición de Gonzalo, Vinicius sostuvo la función. Y Gonzalo apareció de la mano de Rodrygo, quien sigiloso se ha convertido en un actor secundario con miedo a despertar a las bestias primitivas de su conciencia. Parece que le ha dejado de interesar el gol. Él juega para todos y para sí mismo. Cuando lo cambiaron, el público pitó, pero no a él, al cambio. Poco después se fue Vinicius. La hinchada se quedó a gusto. Todos tomaron partido. Pitos y aplausos. Vinicius puso una cara rara. De decepción, quizás. Se había esforzado, había luchado, aun así, el partido lo ganaron otros. Dio igual. Los pitos seguían ahí, como la banda sonora de un desastre anunciado.

¿Es posible que haya vida humana en este entorno inhóspito? No hay amor ni cánticos orquestados. Un estadio que murmura, como una vieja rezando el rosario. Vini ha visto ensalzar al enemigo y ha visto cómo se le desprecia a él, un príncipe que cruzó la desolación para llegar a la victoria. Y poco después, ese mismo público, cantó a Gonzalo como si hubiera ganado dos copas de Europa. Así que bajo la piel grisácea, late el magma. No es exactamente vida, no es justicia. Es algo geológico, como los volcanes, el rencor o una aurora boreal.

Cuando todo alrededor del Real Madrid parecía una falsificación, llegó, de nuevo, un canterano. Marcó tres goles y los celebró como Dios manda, sin numeritos ensayados en el circo. La primera sofisticación es la vergüenza ajena. Los iletrados son inmunes a eso.

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