El año tóxico donde el aficionado del Real Madrid ha pagado el precio de su felicidad
El Real Madrid sigue como acabó con Carlo Ancelotti: totalmente perdido. El proyecto de Xabi Alonso se tambalea, los jugadores no despiertan y el club marca en rojo la Supercopa
Xabi Alonso y Vinícius, esta temporada. (EFE/Adam Vaughan)
El gran problema del Madrid es que la vida no está a la altura de lo que ofrece el club. El madridista vive entre el éxtasis y la esperanza como si diera vueltas alrededor de la nada. En un año vacío de significado como ha sido este, el hincha del Real se convierte en un simple paseante de la democracia. Alguien desdibujado y envuelto por una nostalgia facilona, la que acude desde las redes sociales en forma de vídeos de los grandes jugadores de la generación anterior.
Vivir en ninguna parte pasa factura. Madrid es capital, nació como capital y ha aceptado ese designio hasta el final. Castilla queda lejos, a veces se vislumbra en el silencio y la mística del Bernabéu, pero no en este año, temporada ruidosa y banal, con un mar de fondo que ha llevado a los muertos a la playa. Vinícius, Bellingham, Rodrygo y Valverde, cuatro grandes jugadores desconectados del fútbol, de la historia del Madrid y del estadio donde juegan; zigurat cósmico mutante imposible de descifrar.
Hace falta una cultura de fondo para auparse en ella y crear algo, lo que sea. Eso es un problema del Madrid no-lugar. Gente muy preparada, pero con ambiciones escasas -el aspiracionismo- por su falta de referentes culturales cercanos. La cantera del Madrid se pierde en esos vericuetos. Un lugar para que la clase media-alta que sigue pensando que el club es suyo, vea a sus hijos crecer y aplastarse contra la realidad. Chavales repeinados que no destacan en nada excepto en sus contactos con la prensa. Los dos grandes héroes de los últimos tiempos salidos de la fábrica son Joselu y Carvajal.
Mbappé y Vinícius protestan al árbitro. (APF7)
Se ha roto la transmisión del conocimiento
Soldados rasos, carne de periferia pobre y extrarradio, sabiduría de calle y rabia de siglos. Dieron todo lo que llevaban dentro y se quedaron exhaustos. Saben muy bien lo que es ser un jugador del Madrid. Pero su conocimiento se ha quedado ahí. En ellos. Atrofiado. Como el de Modric o Kroos, como el de Benzema. En este Madrid la transmisión del conocimiento está rota. Juanito aupó a Butragueño y el buitre le dio la alternativa a Raúl. Hierro fue el intrahistórico de aquellos días para enseñarle a los chavales el metal blanco incandescente del que están hecho los sueños en Chamartín
Ahora solo queda Carvajal, pero el de Leganés está lesionado y su peso en el vestuario es nulo. Al fin y al cabo Vinícius ha ganado dos Champions y se cree con poderes taumatúrgicos. No los tiene. Es solo un niño que se regatea a sí mismo cuando los adultos duermen. Y ya no quedan hombres a su alrededor. Mbappé ha marcado más de 1.000 goles. Goles tan inservibles como la eyaculación de un cadáver. Es difícil hacer un equipo a su alrededor. Lo dijo Luis Enrique en una charla antipática que se hizo viral. Antipática porque ponía la personalidad del entrenador sobre la del futbolista y eso suele envilecer el fútbol tal y como lo entiende un hincha del Madrid.
Luis Enrique es un entrenador heredero de Guardiola. Un demiurgo. Desea que su rostro esté en cada partícula del césped. Pero consiguió lo más difícil, convertir un edificio monstruoso hecho de bisutería carísima en una catedral contemporánea llena de luz. Dembelé, un tipo de jugador imposible, con grandes condiciones y forrespan en la cabeza, fue su autómata. El asturiano le enseñó tres líneas sobre el campo por las que debía avanzar y las tres leyes de la robótica que nunca podía violar. El Madrid actual está plagado de jugadores de ese estilo, con condiciones supraterrenales que se chocan entre sí cuando la orden de los partidos se vuelve azarosa. Algo que en el Real pasa casi siempre.
El problema del Real Madrid
Camavinga, Vinicius o Bellingham son de esa laya aunque cada uno a su manera. El inglés hace honor a su procedencia. Los británicos navegan felices a mar abierto, en el ida y vuelta que aprendieron en las islas. Bellingham es un rey dándose la vuelta para despistar a su marcador y poniendo un último pase a la carrera del galgo. También llegando, su marca de agua. En estático pierde el sitio y se vuelve rápidamente un estorbo. Ancelotti nunca lo quiso cerca de la medular y Xabi está empeñado en convertirlo en algo que no parecer ser. Un mediocentro. Le falta la sencillez del que tiene un plan y no sabe esconder la pelota ni llevar el ritmo del partido.
Ni lo sabe él, ni lo sabe nadie en el actual Madrid, y eso condena al equipo a un juego enloquecido donde la victoria se la llevará el que tenga más puntería en el área. Y las Champions se ganan con control. Justo lo que falta en todas las líneas y en el panorama general. Algo que sabe la plantilla, que sabe el entrenador y que saben los hinchas, que se han desconectado del equipo y se dedican a sacar en procesión todos los santones antiguos. Señal inequívoca de una explosión en el Bernabéu en ciernes. La cuestión del año próximo será saber cuando llegará la gran pitada.
Bellingham celebra un gol en el Bernabéu. (AFP7)
Benzema lo dijo con claridad: Mbappé no es un delantero centro, es un extremo. La facilidad para el gol del francés es hija de su potencia, de su pegada y de ese algo más inexplicable que solo tienen unos pocos en la historia del fútbol. Pero las labores históricas de los delanteros centros, le molestan a Kylian. No se pelea con los centrales, apenas se mueve, quiere constantemente la pelota al pie, no le gusta el remate de cabeza, no construye su espacio con pequeños desmarques, está en un lugar que no es el suyo porque el suyo lo usurpa Vinicius. El mejor Kylian se vió con Olivier Giroud. Un profesional sacrificado alrededor del cual se movía nuestro héroe como un electrón racionalista y cruel.
Lo que se ha perdido
Imitación a la vida, fue aquella película de Douglas Sirk. Es una expresión que se ha popularizado. La vida en internet parece justo eso, una falsificación de poca categoría. La IA preside nuestras opiniones y pone palabras a lo enclaustrado que llevamos dentro, está en el estado previo a la consciencia y a ratos parece una imitación mejor conseguida que el original. El juego del Madrid también parece una simulación. Mala, de escasa calidad, como deben ser las IAs en los países del sur global. Para los antimadridistas esto no es una rareza, para ellos el Madrid nunca jugó a nada. Los goles venían precedidos de un estallido místico o eran cosa de un figurín comprada con el dinero de todos.
El adiós de dos genios. (Reuters/Isabel Infantes)
Pero cuando revisamos esos vídeos de hace unos años, los de la conexión entre Cristiano y Benzema o de Modric y Kroos, los de las finales de Champions o esos de Pepe y Ramos cobrándose venganzas, descubrimos un nivel de fútbol tan elevado que parece venir de otra dimensión. Fútbol como inteligencia en movimiento. La capacidad de resolver en lo práctico los problemas más complejos. Nada hay más bello. Fútbol como compromiso y lealtad: entre los hombres que forman el equipo y de esos hombres con la historia del Madrid representada en la grada inmisericorde del Bernabéu.
Xabi Alonso está en el aire
Todo eso se ha perdido. Primero se fue diluyendo en los primeros meses de Ancelotti que acabó su última temporada construyendo un equipo sencillo y de corto alcance colgado de los goles de Mbappé. Xabi Alonso vino para rehacer los puentes, devolver agresividad al grupo, crear automatismos y sanear ese aire viciado a estrellas fumando a escondidas. El club no lo apoyó demasiado, pero eso él lo sabía. El club no apoya a nadie. Zidane fue dejado en mar abierto con una plantilla que parecía haber llegado ya al confín del universo. Y él creó una cosmogonía de tres dimensiones condenada a la victoria perpétua.
Ese hermetismo del Madrid que algunos interpretan como falta de piedad, es necesario para que todo continúe igual. Si la entidad agasajara a sus entrenadores y les diera lo que piden, se convertiría en un club de esos que hacen las cosas bien y ganan una Champions cada dos generaciones. Justo lo que muchos desean que sea el Real. Es en las olas enormes, en la desconsideración, donde se forjan los jugadores que un día serán tiranos. Y en ese mundo sin reglas tiene que moverse el entrenador. Xabi no parece ser capaz.
Xabi Alonso pende de un hilo. (AFP7)
Si las aceras no estuvieran duras, los suicidas no se tirarían contra ellas. Si el Bernabéu fuera dulce y comprensivo, los jugadores lo considerarían su hogar. Y en el hogar se está feliz, desparramado, inconsciente. Justo como lo están ahora las estrellas del equipo: inservibles iconos de la banalidad. La Liga la ganó el Barça. Un equipo sorprendente que tiene detrás el truco de un ilusionista. Como el último Barça de Cruyff, apenas sabe defender. El Inter le apeó de la final de la Champions marcando goles a empujones. Y este año parece mucho más lejos de los grandes de Europa que el pasado.
El capitán del navío es Lamine, un jugador joven, elástico y genial que sueña con enanos y mujeres voluptuosas. No tiene miedo y contagia al equipo de esa facultad. No defiende demasiado y confía absolutamente en sus cualidades innatas. Así, los partidos del Barça son como un tiroteo donde todos caen heridos y se levantan inmediatamente. En Europa lo tienen imposibl,e pero en España sigue vigente la ley Negreira y eso se hace notar en los momentos donde se abren y cierran los partidos.
El pegamento de España
Si los del Barça mataran a Bambi, se diría que lo hicieron para preservar el equilibrio ecológico roto por la superpoblación de cérvidos. En el extranjero el club azulgrana está manchado, pero en nuestro país sigue funcionando el antimadridismo como pegamento de casi todas las aficiones, especialmente la atlética, que es la que tiene más presencia en los medios de comunicación. De esa forma, un penalti a favor del Madrid es poco menos que una ofensa a la paz mundial, y los frecuentes errores arbitrales que ponen en bandeja las victorias de los azulgrana son vistos como anécdotas donde un diablillo benévolo yerra en pos de un bien mayor: la derrota del imperio madridista.
Pedri, durante un encuentro. (Reuters/Albert Gea)
Este año también murió la España antigua y el tipo de hombre que sólo le gusta a los hombres. En aquella España se integraba al raro, al que no tenía mano con las mujeres, al que le faltaba un hervor, a través de la burla y la camaradería. Eso ha mutado en victimismo vacío y depresión. Aquellos hombres que andaban por los bares y eran enciclopedias de fútbol ya no tienen razón de ser ni pasión para vivir. Les ha alcanzado un paradigma femenino que es como una venganza gélida y su tiempo ha terminado.
Al otro lado estaría el deportista moderno: Morata. Un futbolista sin lealtades, con problemas de ansiedad que no duda en hacerlos públicos y que cree ser víctima de una conspiración mundial. Mientras los demás jugadores veían vídeos de Ronaldo y Zidane, Morata madrugaba para empaparse de la biografía de Julio Salinas. Ha estado en tres clubs diferentes en los últimos dos años y sueña con llegar al mundial por razones humanitarias porque sus méritos deportivos ya no existen.
El gran problema del Madrid es que la vida no está a la altura de lo que ofrece el club. El madridista vive entre el éxtasis y la esperanza como si diera vueltas alrededor de la nada. En un año vacío de significado como ha sido este, el hincha del Real se convierte en un simple paseante de la democracia. Alguien desdibujado y envuelto por una nostalgia facilona, la que acude desde las redes sociales en forma de vídeos de los grandes jugadores de la generación anterior.