El Celta toma el Bernabéu dos décadas después y hurga en la herida del Madrid de Xabi Alonso (0-2)
Gran imagen de los vigueses ante un impotente y desdibujo equipo blanco, que acabó con nueve jugadores tras las expulsiones de Fran García y de Álvaro Carreras
Más de un mes llevaba el Real Madrid sin pisar el Santiago Bernabéu y, sin duda, había echado mucho de menos su estadio, donde había sido feliz; cómo ese hijo que se marcha del nido por primera vez a estudiar a la universidad y desea que lleguen esos primeros fines de semana para volver a casa hasta que, finalmente, se acostumbra. Quizás es eso lo que anhele y necesite la entidad blanca, acostumbrarse a la nueva idiosincrasia que propone el técnico recién llegado, Xabi Alonso, que ha sido cuestionado ante el cúmulo de mediocres resultados cosechados en estos treinta y seis largos días fuera de Chamartín.
Pero, lo cierto, es que el regreso a casa no fue el soñado: pese a las grandes sensaciones cosechadas en el último desplazamiento al siempre difícil feudo del Athletic –que se lo digan, si no, a los de Simeone, que pincharon ayer mismo pese a la gran racha que acumulaban–, los blancos perdieron con justicia contra un gran Celta de Vigo, que se llevó los tres puntos de la capital con un doblete de Williot. Hacía 19 años que no ganaban los gallegos en el Bernabéu. Lo hicieron en noviembre de 2006, cuando ganaron 1-2, con goles de Nene y Jorge Larena, haciendo inútil el tanto de Emerson.
Un inicio controlado por el Celta
La puesta en escena del cuadro gallego en la capital fue muy buena. Especialmente entonado parecía Bryan Zaragoza, superando en velocidad a Raúl Asencio –quien cuajó un encuentro bastante mejorable– en varias acciones. Al ver al canterano blanco con ese dorsal y en la banda derecha se evocaba por momentos el fantasma de Lucas Vázquez, al que tantas temporadas el aficionado blanco ha visto trotar por ese mismo sector al tiempo que se ganaba con entusiasmo, pundonor y en silencio la sucesiva confianza de Zinedine Zidane o Carlo Ancelotti. Pese a la valentía visitante, no se concretó ninguna clara ocasión y fueron los locales quienes provocaron el primer gran "¡uy!" con un cabezazo de Jude Bellingham que salvó Radu con una enorme parada.
Pese a todo, la peor noticia del partido llegó para los blancos llegó pronto, y no en forma de gol en contra. Eder Militao, tras una brillante carrera en que evitó el mano a mano de Pablo Durán ante Courtois, se lanzó al césped con inequívocos gestos de dolor en la zona del isquio. Pésima noticia para un jugador que estaba en un estado de forma sublime y que, además, aún ha de tener fresco el recuerdo de las dos lesiones graves superadas en temporadas recientes. Otro zaguero más para sumar a una enfermería en la que ya están Carvajal, Huijsen y Trent. Es curioso –o quizás no tanto– que, desde los primeros tiempos post-pandémicos, la defensa blanca siempre suele quedarse en cuadro, al menos una vez, a lo largo de la temporada. Salió al césped Rudiger, aún en busca de su forma óptima tras volver recientemente de su larga baja.
Cumplida la media hora no se atisbaba ningún indicio de esa mejoría que el equipo había mostrado en Bilbao. Los vigueses eran mejores, no sufrían atrás con su impecable 5-4-1 y la impotencia la constataba el hecho de que los madridistas intentaban la sorpresa con disparos lejanísimos de Rudiger o Asencio que tenían menos peligro que el número tres en una partida de Texas Hold’em. Tuvo que esperar al descuento de la primera contienda para cazar el Real Madrid un contraataque peligroso que terminó Vinicius con gran respuesta del meta internacional rumano para evitar que se moviese el marcador. Pese a ello, fue un flojo primer tiempo de los merengues ante un cuadro visitante muy serio.
Gran victoria visitante
Tenía que cambiar la tónica del encuentro si el Real Madrid quería seguir la senda del líder. Pero, tras la parca primera parte, no llegó la presumible reacción de quien jugaba en casa y era el favorito, sino el tanto del Celta de Vigo. Fue un gol precioso, con un sutil toque de Williot tras un efectivo centro de Zaragoza. Era el primer tanto en Liga del jugador sueco, quien había entrado al campo en el descanso para sustituir a Durán.
Empezaron a sonar desde el graderío los pitos. La parroquia blanca estaba nerviosa y, desde el césped, el equipo mostraba más impotencia que otra cosa. Alonso meneó al banquillo y sacó a Rodrygo. ¿Sería el trigésimo-segundo partido seguido del atacante sin marcar? Así fue, la constatación de que el brasileño debió haber sido vendido este último verano, por una cantidad mucho mayor de la que la directiva merengue sacará cuando lo haga en la próxima canícula. Y si faltaba algo, Fran García demostró que no es la cerilla con más fósforo de la caja al hacer una absurda entrada con una tarjeta que, además, le habían sacado en una jugada previa. Una tontería, a la altura del partido que su equipo estaba cuajando.
Ya solo lo quedaba un recurso al Real Madrid: la heroica. Es algo que, históricamente, a los blancos les ha salido bien; esa sensación de abrazar el caos cuando está todo perdido y, así, meter el miedo metafísico en el rival. Y lo cierto es que llegaron algunas ocasiones. Primero, una vaselina marrada por poco por Mbappé. Luego, algún balón colgado en el balcón del área o un testarazo de Tchouameni. La más clara llegó en el 87, cuando Gonzalo mandó fuera por poco un cabezazo que, quizás, hubiese anotado en ese Mundial de Clubes en que fue pichichi. Y, en estas, llegó la segunda expulsión. Esta vez le tocó a Álvaro Carreras, por algo grave que debió decirle al colegiado. Lo cierto es que no será recordado Alejandro González Quintero por los aficionados blancos cuando trencilla y equipo vuelvan a encontrarse en el camino.
Ya contra nueve, y sin apenas defensores merengues en liza, los vigueses trenzaron una gran jugada con pase final de ensueño del inmortal Iago Aspas para que Williot, tras regatear a Courtois, marcase su segundo tanto. Aterrizaje soñado del sueco en la Liga española. Qué mejor día, tras siete encuentros, para anotar. Con esto, el Real Madrid pierde como local por primera vez en la temporada y se agrava la sensación de mediocridad que el equipo se ha ganado a pulso con sus actuaciones en el último mes y medio.
Más de un mes llevaba el Real Madrid sin pisar el Santiago Bernabéu y, sin duda, había echado mucho de menos su estadio, donde había sido feliz; cómo ese hijo que se marcha del nido por primera vez a estudiar a la universidad y desea que lleguen esos primeros fines de semana para volver a casa hasta que, finalmente, se acostumbra. Quizás es eso lo que anhele y necesite la entidad blanca, acostumbrarse a la nueva idiosincrasia que propone el técnico recién llegado, Xabi Alonso, que ha sido cuestionado ante el cúmulo de mediocres resultados cosechados en estos treinta y seis largos días fuera de Chamartín.