La cruda realidad de este Real Madrid: el centro se hunde y Xabi no encuentra solución
La sala de máquinas del Real Madrid no funciona y ni Jude Bellingham ni Fede Valverde aceptan la responsabilidad con la pelota. Xabi no da con la tecla y el equipo no carbura
Tras el partido contra el Liverpool, el Madrid supo al fin quién era. El año pasado se comportó como los perros estúpidos: dando vueltas sobre sí mismo para intentar morderse la cola. Era un año de descompresión, de transición hacia otro lugar... o eso creíamos. Ahora sabemos que fue el acto final de la mejor época de la historia del Madrid. La coda esperpéntica. La comedia es drama más tiempo y así comenzó la pasada temporada, con el equipo sintiéndose preso de una conspiración global, echándose en brazos de Vinícius, que es un niño, y a partir de ahí Ancelotti perdió el vestuario y los chavales lo llenaron de pintadas.
Carletto había dicho aquello del modelo de eneryía, pero el italiano es el gran chambelán de palacio y sabe que la única manera de conquistar la libertad en su profesión, es adular al rey. Nunca creyó en esa frase; Carlo fue quien bajó a Di María al interior para domesticarlo, quien le dio el mando del equipo a Modric, quien construyó un centro del campo celestial con James, Kroos, Isco y Luka. Es el que confía en la libertad de sus jugadores, que le devuelven el favor dominando con serenidad cualquier cumbre, por inaccesible que parezca.
Carlo fue quien enseñó a Zidane a que apartara a Casemiro de la base de la jugada y le dio a Isco más galones que cualquier otro entrenador. Carlo le entregó el Milan a Pirlo y a un Seedorf de 300 años que corría solamente con la mente. Pirlo dibujaba paisajes renacentistas mientras Seedorf operaba en el centro neurálgico del juego. Inteligencia, sabiduría, conocimiento absoluto del juego, dominio de los tiempos: un mando sobre el partido como la luna gobierna las mareas de la tierra. Así era Kroos, que le daba ritmo a los partidos con el físico de un registrador de la propiedad. Así era Modric, que con 40 años ha cosido un Milan menor y lo ha llevado al liderato del Calcio.
Kroos y Modric fueron únicos. (Reuters/Isabel Infantes)
El centro del campo, sin talento
Carlo mintió a sabiendas y ahora el Madrid está en un buen lío. El centro del campo del Madrid es uno de los peores de su historia. Y su falta de inteligencia, de clase y de talento arrastran al resto del equipo hacia un paisaje desolador. El juego es similar a un bosque despojado de vida. Un bosque denso, sin claros, sin luz, de una superficie rugosa que no desliza, un bosque que ha cristalizado y que amenaza con corroer la civilización entera. Un mazacote sin posibilidades. No hay juego, no hay engaño ni diversión; apenas cuando la coge Vinícius. Y es él solo contra la razón, el demonio y la carne. Es todo esforzado, como una coreografía aprendida a disgusto.
Y llega un momento, sobre el minuto 35, en el que los jugadores se cansan de sí mismos y le ceden el control al oponente. Los contrarios siempre juegan mejor, encuentran los huecos, la luz, con un poco de arte y otro poco de lógica; sienten que están jugando al fútbol y quieren aprovechar esos momentos deudores de la infancia que no tienen igual en ningún deporte, en ninguna parte de la vida. Quien lo probó, lo sabe. Llegan los rivales por oleadas y solamente Courtois es capaz de imponerse a la estupidez general. En el Madrid hay malas caras, nadie disfruta, se acarrea el balón sin delicadeza como por obligación. Los gestos crispados aparecieron en el partido más importante de la temporada.
Courtois mantiene al Real Madrid en la pelea. (Reuters/Albert Gea)
Contra el Liverpool. El partido en el que el equipo blanco supo al fin quién era. Un equipo menor con buenos jugadores que no riman unos con otros, que no se encuentran en el campo más allá de las automatizaciones que Xabi ha dejado a la mitad. Un equipo que había ido conquistando pequeñas cimas: la presión en campo contrario, la ascendencia de Tchouaméni, la salida de balón de Huijsen, un Güler flotando entre el interior y la mediapunta que se entendía con la rapacidad de Mbappé.
Bellingham, agua y aceite
Todo eso colapsó con la llegada de Bellingham y el pesimismo que dejó incrustado en el alma de los jugadores, la imposibilidad de rascar siquiera la piel del equipo británico. El Liverpool no es ningún monstruo del fin del mundo. El PSV le metió cuatro; está en caída libre en la liga inglesa. Se impuso al Madrid solo por ritmo y convicción. Nada más. Esa barrera no se salta corriendo, se salta pensando. Bajándole las pulsaciones al partido y moviendo el balón con delicadeza e imaginación hasta ir encontrando los huecos en lo frondoso del oponente. El Madrid únicamente sabe ganar así.
Los jugadores blancos se lamentan. (AFP7)
Al último acto teatral de redoble de tambores, de espíritus invocados y de literatura ya un tanto gastada, se llega con jugadores que nunca corren más que el oponente, pero conocen los caminos secretos del juego y los transitan con naturalidad. Ni siquiera el Madrid de Mourinho, mucho más talentoso que este, con jugadores como Xabi o Cristiano, que se resituaban continuamente en el partido, pudo llegar a una final de Champions. Era demasiado frontal y moría por exceso de gasto de energía, por no saber controlar esos momentos en los que parece no pasar nada y se decanta el futuro de los imperios. Özil, ese primer Ramos o Di María, eran jugadores sin matiz. Que solo tenían una dirección. Benzema metía goles, pero no pesaba todavía en los grandes momentos. Higuaín se hubiera encontrado a gusto en esta plantilla. Tenía ese nivel menor aunque bonito y luminoso de muchos de los jugadores actuales.
Valverde no da un paso al frente
Camavinga es ya un caso perdido. La pequeña lucecita que había en sus ojos se ha apaga sin remisión. Es un autómata que obedece órdenes. Pero Valverde o Vinícius parecían destinados a reinar como antes lo hicieron Ramos o Karim. No es así. "Qué buen vasallo si tuviese un buen señor". La frase del Mío Cid les cae como anillo al dedo. Ahora tienen el mando y en esa libertad se han vuelto pequeños, especialmente Valverde, que ha pasado de gobernar en los márgenes a trotar sin convicción por el centro del campo, como si este ya no fuera su equipo, como si su posición hubiese desaparecido.
Bellingham ya es un lugar común. Un tipo sin encaje en el centro del campo. Un desclasado hermoso y algo rebelde. No le gusta cómo "se percibe" ahí, tan lejos de los sitios donde sale guapo en las fotografías. No tiene talento para lo simple, solo para el gol. Es un jugador que se explica en la estadística. Llegada y último pase. Nada más y nada menos. Mbappé, tras tantos años gobernando en el PSG y en la selección, no está dispuesto a desmarcarse en balde. Quiere el balón al pie, como todo el equipo, un gesto en el que caen muchos delanteros madridistas cuando se transmutan en estrellas: la cofradía del balón al pie, una enfermedad sin tratamiento conocido.
Valverde, lejos de su mejor versión. (AFP7)
Hemos vivido la semana fantástica de las filtraciones. Así son los futbolistas. Ellos nunca tienen la culpa. Vinícius es un niño, Bellingham es un niño, Mbappé todavía no lo sabemos. Kroos, Modric o Casemiro eran adultos. Lo eran desde que llegaron al Madrid. Aparte de su calidad, esa es otra de las razones que explican la increíble sucesión de éxitos de estos años. Ahora cada jugador está utilizando al Madrid como escaparate para la difusión de su marca personal.
No importa el rival
El Elche, el Girona, el Rayo. Los adversarios dan igual. Tras la revelación que tuvieron los jugadores ante el Liverpool, la liga española va a ser una penitencia para el Madrid. El único escenario donde el equipo puede disfrutar, dominar a ráfagas, correr y buscar la felicidad a través del error y la genialidad es en partidos europeos. como el que el Olympiakos le planteó. En España eso es imposible. La liga vive en las páginas del Lazarillo. Hay pobreza, picaresca, odio al aristócrata y una inteligencia táctica que atrofia la carrera sin fin de los delanteros blancos.
Mbappé tuvo varias ocasiones claras en Girona. (AFP7)
En el partido contra el Olympiakos, Xabi obvió el centro del campo. Era sobrevolado por el balón sin ningún remordimiento. El partido se pareció a aquellos en los que el último Mourinho buscaba alimentar a Cristiano para saciar su ansia depredadora y la ansiedad que se había generado en el equipo. El peligro está en los centrales. Ese Madrid llegó tambaleante a semifinales de Champions, no gobernaba ningún partido a pesar de que Modric ya jugaba. Pero el croata era arrastrado por la riada, como el resto. No ganó ningún título y aun así, daba a ratos la impresión de llevar dentro un poder inmenso que todavía no se había desencadenado. Ese juego patafísico era sostenible gracias a los centrales: Ramos y Pepe, una marea de piedra contra la que rompían las ilusiones rivales.
El Madrid actual no tiene nada parecido. Su mejor central,Militao, no devasta una gran extensión como lo hacía Pepe, aunque ha recuperado esa mirada oblicua que desprende autoridad. Y en el otro lado hay una sucesión de ositos de peluches o jugadores todavía sin desembalar. Así que si el Madrid quiere jugar al rock and roll, debe saber que el oponente siempre va a tener tantos números como los blancos para reinar en el caos. Y así no se ganan los títulos. Se hace mucho ejercicio, eso sí. Y es una buena preparación para las desgracias de la vida. Si el balón va rápido, vuelve rápido. Si el balón no corre, todo se hunde. Si se mira fijamente el juego del Madrid durante más de un minuto, el resto del mundo parece un paraíso en comparación.
Tras el partido contra el Liverpool, el Madrid supo al fin quién era. El año pasado se comportó como los perros estúpidos: dando vueltas sobre sí mismo para intentar morderse la cola. Era un año de descompresión, de transición hacia otro lugar... o eso creíamos. Ahora sabemos que fue el acto final de la mejor época de la historia del Madrid. La coda esperpéntica. La comedia es drama más tiempo y así comenzó la pasada temporada, con el equipo sintiéndose preso de una conspiración global, echándose en brazos de Vinícius, que es un niño, y a partir de ahí Ancelotti perdió el vestuario y los chavales lo llenaron de pintadas.