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El Real Madrid de Xabi Alonso es ese equipo que no conviene enseñar a las visitas importantes
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Ángel del Riego

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El Real Madrid de Xabi Alonso es ese equipo que no conviene enseñar a las visitas importantes

El empate ante el Elche, y la desastrosa imagen del equipo, colocan al Real Madrid en una verdadera crisis. Xabi queda señalado por su juego y por su falta de personalidad

Foto: Xabi Alonso, en el partido del Elche. (EFE/Manuel Bruque)
Xabi Alonso, en el partido del Elche. (EFE/Manuel Bruque)
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Al aficionado le deberían pagar por ver este Real Madrid. Se comienza a parecer a las aburridas misas católicas donde la gente va para cumplir con el rito. Nadie escucha al sacerdote. Sus palabras gastadas deambulan mortecinas por el techo de la iglesia. La gente se pone de pie. La gente se sienta. La gente se pone de rodillas. La gente se da la mano. Alguien tose. Se forma una fila para comulgar mientras los del final se preparan para salir al exterior. ¿Qué habrá allí? ¿Seguirá el mundo en su sitio? “Podéis ir en paz” dice el cura y los niños corren disparados hacia la vida. Menos mal, ha durado poco, este cura no se eterniza en la homilía; son los comentarios general en el pórtico, donde hace un frío que parece emanar de las mismas piedras. Un día menos para el final de todo, susurra alguien. Y ya parece que el domingo se abre por delante como un pequeño mar lleno de un vacío hipnótico, que va y que viene, hasta las nueve en punto de la noche. Hora que juega el Madrid. Lo que da sentido a la semana.

Aunque conviene no exagerar.

Xabi está sufriendo el mal de todos los entrenadores del Real. Tiene millones de ojos encima de él y sus movimientos son pesados, absurdos, irracionales. No hay naturalidad en sus alineaciones ni en sus ruedas de prensa, el juego de su equipo es inexistente y a la vez, teatral: todos aguardan al último acto para revivir sensaciones antiguas. Esos millones de ojos le empujan en una dirección que él no quiere seguir, pero las estrellas en el vestuario marcan una frontera que él no puede doblegar. Ni sabe ni puede.

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¿Quién ha podido con eso? Quizás Zidane, cuando sentó definitivamente a James, aunque James no era gran cosa más allá del juguete precioso de un verano conmovedor. Mourinho cuando sentó a Casillas. Pero recuerden que se incendiaron los cielos y el portugués perdió al equipo por falta de delicadeza. Hay cosas imposibles. Y eso es el Madrid: un imposible. La racionalidad de un guipuzcoano que intenta ir de frente ya quedó en evidencia con Lopetegui. El Madrid es la zona de la tensión perpetua y este equipo, además, tiene una plantilla que está hecha con toda la chatarra que Florentino Pérez se ha encontrado en los confines del cosmos: jugadores que se creen estrellas y son como una enana blanca: un peso molecular infinito en el vestuario y una luz apagada sobre el campo. El peor asunto posible.

El Madrid es un equipo plagado de estrellas, pero no es un equipo de fútbol. Hay algo inaprensible en el comportamiento de la estrella cuando es consciente de que lo es. Una lejanía del mundo y también, el signo de un poder desconocido. Trent, por ejemplo, con sus medias caídas, su belleza de ojos vacíos y su trotar por el campo, tiene la apostura de los mitos. En Liverpool así se le considera. Vino al Madrid para pasearse lento y erguido por un escaparate en el medio de la Castellana. Lo que pasa, que el poder desconocido, no aparece. Algo se fue con el verano que no ha vuelto. No es que juegue mal. Es que su deambular por el campo es de un patetismo sobrecogedor. Como un héroe de acción transitando por una película existencial soviética. O más bien al revés. Alguien fuera de contexto, fuera de forma, fuera del fútbol y que es vencido por los contrarios con tanta facilidad que no se lo acaban de creer.

Xabi está sufriendo el mal de los entrenadores y debe aprender de aquellos que no son exactamente entrenadores. Del Bosque, a quien se le llamaba "el alineador". Ancelotti, del que sólo se habla como gestor de egos. O Zidane, alguien que ganó tres Champions seguidas y que nunca es nombrado como referencia. Hombres que hablan con sentencias, que detestan la sobreexplicación. Hombres que veían algo más. La sabiduría nunca es algo que se pueda condensar en palabras, por lo menos, la masculina. Iban mezclando los jugadores, que construían sus pequeñas sociedades, sin mascullar una táctica obvia que en el Madrid es siempre un ritual vacío. Iban apartando de forma sigilosa a los que ya no servían.

placeholder Rodrygo, señalado. (Europa Press)
Rodrygo, señalado. (Europa Press)

Rodrygo, por ejemplo. Tuvo que ser vendido hace dos años. Jugó una copa de Europa propia de un niño con poderes telepáticos. Venció a Pep en su guarida con goles sacados del fondo del bosque por un ejército de enanos. Entraba y salía de las alineaciones y esa era la forma en que Ancelotti lo ponía sobre la pista de su genialidad. Pero empezó a poner caras y a reivindicarse tras sus goles. Los compañeros le abrazaban y miraban a algún sitio muy alto donde late el poder del Madrid; ese mal del que hablan los columnistas que impide a los frágiles alcanzar la felicidad. Ese era el verano ideal para su venta. Muchos periodistas hubieran aullado como si una lanza se les hubiera clavado muy dentro. Eso pasó con Di María, un jugador con más entidad que Rodrygo, pero que tenía un gusto perverso por tirar mil balones seguidos a los tejados. Se le dejó la puerta entreabierta y el argentino salió mascullando palabrotas. Todavía está obsesionado por aquello. El Madrid ganó 45 millones, trajo a James y a Kroos, llegó Zidane para decantar el valor de cada uno y se ganaron tres Champions seguidas desde un control, que era imposible con el rosarino.

Rodrygo no se fue y su temporada siguiente con Ancelotti, no existió. Salía a jugar pero no jugaba. Es un mago del ilusionismo y esa temporada fue la de su desaparición. En verano se intentó colocarle por ahí, pero Europa estaba ya avisada. Rodrygo Goes: un jugador radiactivo de los que sólo funcionan en el Real. Esos milagros que era capaz de hacer en semifinales, no ocurren en tierras británicas, sólo en esa vasta planicie ibérica, que se inventó contra los árabes. Este año, Rodrygo ha perdido el sitio, el talento y las ganas de vivir. Pero Xabi sigue insistiendo. Tiene a Gonzalo y a Endrick sin desempolvar, en un ataque que misteriosamente ha dejado de funcionar, e insiste en un brasileño averiado de temperamento infantil.

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Son los millones de ojos sobre sus hombros, el miedo que provocan, lo que dicta ese tipo de decisiones. Sobre el partido no se puede decir casi nada. El Elche es un equipo español. Cuando los españoles hacen las cosas con el dinero justo, es siempre lo ideal. Saben jugar, saben aprovechar las debilidades del rival, y saben llevar al contrincante a los acantilados. Les falta lo que puede comprar el dinero. Un gran delantero y dos o tres jugadores con ese físico extraterrestre de los que hay ahora por Europa. El Madrid sin Tchouamení es una bandada de pájaros sin hambre. En las zonas intermedias todo es rústico, falto de inteligencia o demasiado barroco. Esa sencillez que tiene el fútbol cuando todos se entienden en el mismo compás, no existe desde hace mucho en el Madrid. En zonas interiores está el Titanic chocando una y otra vez con el mismo iceberg. Güler sirve para lo que sirve, pero no es capaz de crear vida de la nada. Y la nada es lo que hay en el mediocampo blanco.

Bellingham, como buen inglés, no entiende lo que pasa pero corre mucho y da vueltas sobre sí mismo con intenciones que su mánager no ha querido desvelar. Es, de repente, un jugador de verdad cuando irrumpe en el área. El resto del tiempo pinta paisajes exóticos en un lenguaje incomprensible. Mbappé lleva el sonido dentro del depredador, pero en este Madrid del mes de noviembre, eso da igual. Está perdido en el campo, esperando que un pasador le encuentre entre la maleza. Y no ocurre. El equipo pide de forma desesperada un delantero centro. Raúl, Van Nistelrooy, Cristiano, Benzema, Joselu. Con estos delanteros el Madrid ha ganado. Rematan, ocupan el área, generan juego, abren posibilidades al resto. Sin ellos, el Madrid es un gigantesco barco de vela con los mástiles caídos. En la última Champions fue Joselu el que deshizo el entuerto más difícil: el Bayern. Aun así, el equipo funcionó cuando Vinicius fue proyectado por Kroos hacia la zona del delantero centro, o cuando Bellingham jugó de falso 9 pero de verdadera estrella.

placeholder Un equipo repleto de estrellas. (Reuters/Pablo Morano)
Un equipo repleto de estrellas. (Reuters/Pablo Morano)

En el último acto contra el Elche, llegaron los goles del Madrid. Goles feos con faltas previas. Vinicius le rompió la nariz al portero y el árbitro no se atrevió a ir contra lo que parecía una remontada. El Elche marcó haciendo fútbol de verdad. Pases con intención, engaños, fintas, puertas atrás y remates a la base del poste.

Por la mañana Florentino habló en la Asamblea. Dividió las aguas. De nuevo, el Barça es el enemigo. Eso es una gran señal. Trazó un plan sobre el futuro del Madrid, dijo algo sobre un 5% y una sociedad filial que nadie entendió muy bien. Sonó a que el Madrid necesita dinero y está removiendo cielo y tierra para cuadrar un círculo virtuoso: meter capital extranjero sin que la independencia del club se resienta.

Mientras tanto, todos parecen haberse olvidado de que el Real Madrid es un club de fútbol. Pasa como en misa. La espiritualidad hace mucho que desapareció. Ahora queda una cáscara vacía. Enorme, institucional, gélida y un poco obsoleta. Esos son los lugares que sólo los profetas logran insuflar de vida. Y por ahora, no parece que Xabi sea uno de ellos.

Al aficionado le deberían pagar por ver este Real Madrid. Se comienza a parecer a las aburridas misas católicas donde la gente va para cumplir con el rito. Nadie escucha al sacerdote. Sus palabras gastadas deambulan mortecinas por el techo de la iglesia. La gente se pone de pie. La gente se sienta. La gente se pone de rodillas. La gente se da la mano. Alguien tose. Se forma una fila para comulgar mientras los del final se preparan para salir al exterior. ¿Qué habrá allí? ¿Seguirá el mundo en su sitio? “Podéis ir en paz” dice el cura y los niños corren disparados hacia la vida. Menos mal, ha durado poco, este cura no se eterniza en la homilía; son los comentarios general en el pórtico, donde hace un frío que parece emanar de las mismas piedras. Un día menos para el final de todo, susurra alguien. Y ya parece que el domingo se abre por delante como un pequeño mar lleno de un vacío hipnótico, que va y que viene, hasta las nueve en punto de la noche. Hora que juega el Madrid. Lo que da sentido a la semana.

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