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La verticalidad del Bernabéu es la prueba de la independencia del Real Madrid frente al poder
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Ángel del Riego

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La verticalidad del Bernabéu es la prueba de la independencia del Real Madrid frente al poder

Santiago Bernabéu maniobró con habilidad y tenacidad frente a la burocracia del régimen para asegurar la autonomía del Real Madrid y crear una obra sin parangón en España

Foto: Mbappé y Bellingham celebran un gol en el Bernabéu. (Reuters/Juan Barbosa)
Mbappé y Bellingham celebran un gol en el Bernabéu. (Reuters/Juan Barbosa)
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Andan los yankis fascinados por el Estadio Bernabéu. De repente han entendido al Real Madrid. De esa forma suya, infantil, sencilla, libre de prejuicios. Un club como un océano que baña los cinco continentes. Un estadio como los restos de una civilización alienígena que emergen en el centro de una ciudad como una amenaza latente. Una ciudad que es rehén de su club más celebrado. Las torres de Floren surgen de la nada, sin ton ni son, sin relación alguna con el entorno. No dialogan, utilizando el lenguaje pueril de los arquitectos.

Esa ruptura es la maravilla del Madrid, que nunca ha querido ser atado por ningún poder en España, por ninguna supuesta tradición, por aquel "niño no destaques" putrefacto y funesto de los franquistas que lo tomaban prestado de la moralina nacionalcatólica. El Madrid es una ambición desmedida, como canta C. Tangana. Y a los americanos eso no se lo tiene que explicar nadie.

Lo que más les impacta a los estadounidenses es la verticalidad de las gradas. Esa forma de acantilado que tiene el Bernabéu y que consigue, en los minutos finales de la Copa de Europa, transformar el rugido de las masas en un terror antiguo capaz de tragarse equipos enteros, de hacer que a los jugadores blancos les crezcan las alas y una espada flamígera. Consigue transportar los encuentros a otra dimensión, más simbólica que real, donde la camiseta blanca se muestra como un amuleto invencible.

Un viaje por la historia blanca

En esa verticalidad está la clave. La clave de la independencia del Madrid. Su cualidad fundamental. Sumerjámonos en la historia. En 1944 Bernabéu tenía claro que debía levantarse un nuevo estadio. En su primera junta directiva pronunció esas palabras míticas: "Señores, necesitamos un campo mayor y vamos a hacerlo". A Bernabéu le preocupa que la Castellana, por entonces avenida del Generalísimo, se haya convertido en un eje de expansión de Madrid. Ya en 1934 afirmó que la prolongación de la Castellana tenía lugar demasiado cerca de un estadio que iba a crecer, porque el fútbol estaba creciendo.

Pero la construcción de un gran estadio no es tarea fácil, Bernabéu no puede tomar él solo esa decisión, ni la puede decidir la directiva, ni siquiera los socios. Quien decide es el Gobierno. La máquina de la burocracia se pone en marcha con sus silenciosos engranajes y, una vez que arranca, es muy difícil detenerla: el nuevo estadio Chamartín se concibe como elemento fundamental del eje de la Castellana, incluido en el famoso Plan Bidagor.

placeholder El Bernabéu volvió a ser el centro del universo. (Reuters/Kirby Lee)
El Bernabéu volvió a ser el centro del universo. (Reuters/Kirby Lee)

El Plan Bidagor, llamado así por su creador, el arquitecto y urbanista Pedro Bidagor Lasarte, es el Plan General de Ordenación de Madrid (1941), aprobado por ley especial en 1946, que empezó a aplicarse a principios de los 40'. Este plan es la representación de una determinada concepción de la ciudad, desarrollada conforme a la teoría de la urbanización falangista, con hitos de fuerte valor simbólico. En realidad, todo ese sueño de urbanización falangista se puso en marcha antes, inmediatamente después del final de la guerra, porque era una de las prioridades del nuevo Gobierno: el 7 de octubre de 1939 se constituye la Junta de Reconstrucción de Madrid, a cuyo frente se encuentra el presidente de Regiones Devastadas.

Y esa Junta decide que la prolongación de la Castellana es el nuevo polo de la ciudad. Es un eje que descongestionará el casco antiguo —la cornisa del Manzanares con la catedral de la Almudena, el Palacio Real y otros edificios representativos— y absorberá la administración —la creación de los mastodónticos Nuevos Ministerios—, el comercio y las estaciones de enlaces ferroviarios —como, por ejemplo, la de Chamartín—. Es el desdoblamiento de la espiritualidad de la capital que hasta el momento se hallaba en la cornisa del Manzanares; a partir de entonces Madrid tendría dos corazones: el casco antiguo, guardián de las esencias, y el eje moderno de la Castellana.

Santiago Bernabéu entra en escena

¿Y en esa concepción nacional-espiritual, dónde encaja el nuevo Chamartín que quiere levantar su recién nombrado presidente? A los políticos y a los arquitectos no se les escapa que el sencillo estadio de aire inglés, construido junto al nuevo eje y que había llegado a albergar antes de la guerra a 30.000 espectadores, puede jugar un papel relevante en el imaginario de esa nueva capital. Informes de las JONS (Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista) y la FET (Falange Española Tradicionalista) hablan de que un nuevo estadio, el nuevo Chamartín, podía convertirse en "el Gran Estadio Nacional".

Pero don Santiago tiene mucho que decir sobre esto. ¿Cómo evitar la manipulación política del nuevo estadio sin llegar a un enfrentamiento con las autoridades? Se convoca un concurso público para el nuevo Chamartín. Pero, previo a la convocatoria, la directiva del Real Madrid establece una serie de limitaciones sobre los futuros proyectos: se descarta la presencia de cualquier otra pista que no sea el terreno de juego del fútbol, dando absoluta preferencia a las localidades en vez de dejar abierta la puerta a futuros usos.

Foto: santiago-bernabeu-florentino-perez-real-madrid

El 22 de junio se adquirirán los solares colindantes y se convoca el concurso. Se presentan ocho propuestas y se adjudica el 4 de septiembre de 1944 a Manuel Muñoz Monasterio y Luis Alemany Soler, en colaboración con el ingeniero Carlos Fernández Casado. Fernández Casado, un ingeniero de caminos de pasado republicano, pionero del hormigón en España y apasionado de las obras públicas romanas, mete mano al proyecto para reducir costes y gasto en materiales.

Las obras se adjudican a Huarte y Cía., empresa que está construyendo el Valle de los Caídos. Así se compensa al ingeniero republicano, que diseñó los refugios antiaéreos de Madrid, con la empresa que levanta el monumento más triste de la posguerra. Una de las razones para que el tándem Muñoz Monasterio-Alemany gane el concurso es que en las otras propuestas se ven estadios más abiertos, más similares a los olímpicos, con una sola gradería y, puesto que la idea es que el estadio se dedique solo y exclusivamente al fútbol, se elige un proyecto más vertical que no permita la utilización para otros usos.

La verticalidad del Santiago Bernabéu

La verticalidad, cualidad indispensable del futuro Bernabéu. La que lo dota de ese aspecto de terrible acantilado para los rivales. El 27 de octubre de 1944 se bendice la obra y Bernabéu da el primer golpe de pico. Bernabéu convierte el acto en un momento solemne de repercusión nacional. A él asisten las autoridades locales y nacionales y directivos deportivos de la ciudad que son conducidos en autobuses puestos por el club. Las imágenes dan la vuelta a España.

Por fin, el estadio se inaugura el 14 de diciembre de 1947, con un encuentro con Os Belenenses, campeones de Portugal, 3 a 1 a favor del Madrid. Esa primera temporada que el equipo jugó en casa fue la peor de su historia, en los periódicos los titulares decían: "Un equipo de segunda juega en un estadio de primera". Pero desde el punto de vista arquitectónico, el nuevo Chamartín es un prodigio en el uso del hormigón, que consigue a un tiempo belleza y eficacia. En sus fachadas se suple la pobreza de los materiales con soluciones arquitectónicas que dotan de dignidad y ritmo al conjunto: con cuatro pórticos, norte, sur, este y oeste, y donde se acumulan los emblemas, escudos, inscripciones y mástiles al estilo de los grandes estadios de la época.

Con una capacidad para 75.342 espectadores, es calificado por la prensa internacional como "el mejor estadio de Europa", un estadio que inaugura una época de colosalismo en los recintos deportivos, todos quieren ser el más grande y el mejor. No había nacido el Madrid para ser una corriente subalterna en el paisaje del fútbol. Eso lo intuía don Santiago y lo fue convirtiendo en certeza con la obcecación que lo caracterizaba.

Unos años después, en 1954, el estadio es remodelado por primera vez. Bernabéu desea llegar a la mareante cifra de 100.000 espectadores. Quiere un mundo entero en el graderío. Su ambición es horizontal e infinita, como los cielos que le vieron nacer. Los arquitectos son los mismos. Y esto es lo que se dijo en las grandes revistas de arquitectura sobre esa ampliación.

"Esta obra desnuda, esencial en su función, dota al igual que las costillas inclinadas que pasaron a presidir el exterior del Chamartín, de un carácter y atractivo que radica en sentir un espacio creado por una clara geometría, junto a la franqueza en el empleo de la estructura y los materiales, los cuales son aprovechados hasta sus máximas posibilidades y en toda su capacidad expresiva. (…) El ritmo, la sombra y el material modelan el espacio a gran escala, con un solo gesto, sin concesiones expresivas gratuitas ni vacilaciones retóricas".

La llegada de Di Stéfano

Clara geometría. Franqueza en el empleo de la estructura y los materiales, los cuales son aprovechados hasta sus máximas posibilidades y en toda su capacidad expresiva. El ritmo, la sombra, modelan el espacio sin concesiones gratuitas ni vacilaciones retóricas". Esa es la descripción del estadio desde la poética metálica de un arquitecto, y podría ser también una descripción muy precisa del equipo infinito que hizo leyenda el coliseo: el Madrid de Di Stéfano.

Foto: real-madrid-casillas-kroos-butragueno-isco-marcelo

Un equipo diáfano, quizás el primero en serlo, donde de un trazo se adivinaba quién estaba en el mando del juego. Una geometría precisa comandada por el argentino y con un punto de fuga en el extremo izquierdo. Una dedicación a la tarea de ganar hasta más allá de lo racional. Una belleza aplastante, sin retórica ni concesiones a la ciudad de los espejos.

Un mundo nuevo hecho a la medida de un estadio singular. Y un público que convirtió en un ritual la victoria hasta aburrirse de ella y pedir siempre algo más. Exactamente lo mismo que en este año 2025. Nada ha cambiado. El Madrid sigue construido por un material sentimental y viscoso; el mismo material del que están hechos los sueños. Y a ratos, las pesadillas.

Andan los yankis fascinados por el Estadio Bernabéu. De repente han entendido al Real Madrid. De esa forma suya, infantil, sencilla, libre de prejuicios. Un club como un océano que baña los cinco continentes. Un estadio como los restos de una civilización alienígena que emergen en el centro de una ciudad como una amenaza latente. Una ciudad que es rehén de su club más celebrado. Las torres de Floren surgen de la nada, sin ton ni son, sin relación alguna con el entorno. No dialogan, utilizando el lenguaje pueril de los arquitectos.

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