Xabi Alonso se pliega a las jerarquías: tiroteo en el Reino de las Tinieblas de Simeone
El conjunto blanco volvió a mostrar fragilidad ante la presión rival, encajando otra dura derrota y dejando dudas sobre el planteamiento y el rendimiento de sus figuras clave
El Real Madrid perdió el derbi. (Reuters/Violeta Santos Moura)
Ojo con el cadáver descuartizado que tienes en el armario, con la araña gigante de debajo de la cama y con la mano peluda de tu novia. Ojo también con las tácticas bien trabajadas y la presión alta. En el Madrid suelen durar lo que dura su ilusión de un suicida en su trayecto desde el octavo piso hasta que se estrella contra el suelo.
Del Atleti de Simeone no vale la pena hablar. Es igual a sí mismo como un suburbio se parece a otro. Su única ambición es volver al Madrid del revés y lo suele conseguir con un fútbol que no ha evolucionado desde la edad de los metales. Un delantero centro torpe y amargado: hoy Sorloth, ayer Morata; y un sistema de centros automáticos perfeccionado en el gran Buenos Aires.
Xabi lo sabía, todos lo sabían. El imperio del Atleti es la pierna dura que llega por oleadas. Simeonejalea a las masas y las masas hacen vibrar a sus jugadores. Esa vibración resuena en un juego simple que va cogiendo cuerpo y esplendor y en su punto álgido da la impresión de que tumbaría a un gigante. Y después del gol, vendrá el repliegue y cuanto más tiempo pase, el muro se hará más alto, el tiempo correrá más rápido y las contras serán más fúnebres.
Xabi lo sabía y parió una alineación que sonó como la lista de la compra de un condenado a muerte. Bellingham, sin ritmo ni ganas, dentro. Mastantuono fuera. El primer círculo del infierno, el de las jerarquías inamovibles, se cernía sobre el partido del Madrid. Era algo más que un detalle. Jude no es centrocampista y como media punta lleva un año y medio sin rendir. Es un jugador que solo es feliz en transición, acelerando las jugadas y es también un llegador excelso. Lo mismo que Güler, pero el turco ha demostrado un dominio de las zonas interiores y del ritmo del ataque que el inglés no posee.
Xabi se plantaba en El Metropolitano con el mismo medio campo que había hecho fracasar a Ancelotti. Perdía la simetría sobre el césped al prescindir del argentino y exponía al turco a los infiernos de la línea medular. Podían haber pasado las cosas de otra manera, pero no: pasó lo que estaba escrito desde la alineación. Punto por punto. Se repitió la debacle del día del PSG. Dos encuentros a cara de perro, dos bofetadas humillantes, sin posibilidad de respuesta, sin mala suerte; un equipo superior y otro inferior. El Madrid atado a un poste y el rival alanceándolo alegremente. Nada odia más el hincha blanco.
El partido ya había empezado y no nos habíamos dado cuenta. Era el mismo partido de siempre. Presión extenuante del medio campo atlético, dos contra uno en banda al pipiolo que cogieran del Madrid y centro fulminante para que cabeceara el tal Sorloth, un jugador que parece un cyborg de una película de ciencia ficción de los años 70. Rubio, enorme, denso, rígido, automático. El martillo de Simeone expuso la vulnerabilidad inaudita por alto de la defensa blanca: Militao se dobla en el contacto o está en sitios extraños, fuera de la melé. Huijsen es San Juan de la Cruz con el balón en los pies y un adolescente en su primera cita cuando alguien choca con él. Tchouaméni es grande, majestuoso e inútil, como esos portaaviones de la Segunda Guerra Mundial que Estados Unidos vende a sus aliados.
Mientras el Madrid se desmoronaba, Bellingham miraba atentamente. Es un jugador que tuvo seis meses donde el mundo del fútbol giró a su alrededor, y desde entonces, no encuentra el sitio, ni la pelota, ni el ritmo. Le pasa como le pasaba a Gareth Bale. Está fuera de la corriente de los partidos. Sólo se activa si la jugada es suya, si la comienza y la acaba. Un corte y un pase al espacio; una llegada de segunda línea; una transición con golpe de cadera y genialidad inesperada. Pero no tiene la pegada descomunal del galés y desde hace mucho, no le renta al Madrid. Su titularidad es un peaje que hay que pagar por su belleza y esos meses donde construyó una memoria. La cintura de Zidane y el deslizar silencioso de Henry. Todo eso se apagó de repente y lo que queda es un hombre de vuelta de la guerra, que rema en dirección contraria al equipo, protegido por el club y el entrenador y que nadie sabe muy bien qué es lo que hace ahí.
El Atlético seguía en con su juego de tirar piedras al agua para que rebotasen siete veces. El Real Madrid no tenía centro del campo tal y como se imagina uno que es el centro del campo de un equipo como el Real Madrid. Tenía a Tchouaméni y a Fede Valverde. Jugadores rápidos y modernos cuyos destinos no están unidos por ninguna palabra mágica. No mezclan. No son iguales pero no suficientemente diferentes. Valverde ya ha demostrado su nivel. Ha llegado a ser el mejor mediocampista del mundo. Aquel box to box que demandaba el madridismo al ver a Gerard vestido de rojo en el Liverpool, se encarnó en Fede y su pierna derecha monumental. Valverde es el mejor jugador de acompañamiento posible. Así como Rodrygo era el mejor jugador número 12. Cuando Rodrygo cazó la titularidad porque voces antiguas clamaron justicia, su juego se hizo obvio y cansado, su imaginación se convirtió en un monte pelado mientras su juego se iba pareciendo a esas urbanizaciones abandonadas que los fotógrafos contemporáneos gustan de retratar.
De Valverde muchos pidieron otras cosas. Era tan bueno en lo suyo, jugando de parche, uniendo puntos discontinuos, calafateando el barco semihundido que es siempre el Madrid incluso en sus mejores momentos; que la gente empezó a decir que estaba infravalorado. Que era injusto mantenerlo en la derecha, en esa zona entre la banda y el interior donde se comía el campo, donde en dos zancadas atravesaba al Barcelona y desde donde marcó el paso de una Copa de Europa. Y eso le llegó al futbolista que ya no quiso jugar más escondido en un lateral. Quiso estar en la sala de máquinas, dirigiendo el cotarro. Paseándose con la cabeza erguida entre la multitud. Y Valverde que era todo, ha pasado a ser casi nada. Ese algo impreciso que necesita un mediocentro, no lo tiene. Ese algo entre la tiranía y el sentido común. Eso lo tenía Casemiro y Modric y Kroos. Incluso de una forma muy menor lo tiene Tchouaméni, aunque solo en los partidos de juguete, donde los problemas son sencillos y los contrarios no son crueles y se dejan pisotear. Pero no Valverde, que en estático y pensando los partidos se hace obvio, incapaz de hilvanar juego entre líneas; animal castrado. Caballo en el salón.
Güler, al tener a Bellingham en su sillón favorito, se tuvo que acostar hacia la derecha. Y en una jugada donde el equipo blancojugó a estirar la sábana con esmero, le puso un pase terso a Mbappé, que, esquinado, corrió con su naturalidad monstruosa y marcó un gol sencillo, pero muy hermoso, algo que da un poco de pena dentro de un partido donde casi todo fue una pequeña catástrofe.
El Atleti se quedó pensativo y el Madrid hilvanó otra jugada muy suya. Vinícius va llevando la pelota hacia el extremo y allí hace un regate que descorre el telón del área. Se para, sonríe y ve a Güler que llega por el centro y con esa pulcritud de joven estrella que siente lo sagrado, llegó y marcó. Sin un gesto de más. De esa manera que Ozil nunca pudo hacer.
Ahí se acabó el partido del Madrid. En la segunda parte ya con una goleada a cuestas tuvo 20 minutos de aburrido dominio de mentirijillas. Xabi había quitado a Güler en una decisión que sólo se entiende desde la cábala o la baja política y el Atlético se había condensado en una tapia fea y sin grietas donde se adivinaban las siluetas de los fusilamientos. Incluso tuvo una contra en el último suspiro que fue una gran metáfora del partido: una pérdida boba de Fede, Tchouaméni que se queda en tierra de nadie, y un jugador atlético que marca un gol suave, vacilón, contra la estirada ortopédica de Courtois, que pareció en todos los goles que se tiraba en la segunda repetición de la jugada. Y eso no fue bonito.
Ha sido una goleada en el mejor momento posible. Cuando se abren las puertas de Europa y todo está por inaugurar. El Atleti es la ciudad real, esa donde el sonido del mar es el ruido sordo de la M-30. A pesar de las dos Copas de Europa de muchos de los jugadores de la plantilla, el Madrid está en los comienzos de algo. El equipo es imberbe y dócil. Huijsen es una parte del todo, pero bien podría ser el todo. Saca el balón como si llevara un tesoro y se anticipa como si cada pelota robada fuera un deseo. Pero en el oficio de toda la vida, en la artesanía del defensa, es inútil profundo. Se dobla en el contacto. Su salto es ínfimo, hacia abajo. Se lía en los marcajes y demuestra compasión con el delantero centro rival. O eres piadoso o eres un central del Madrid, ambas cosas no pueden ser. Él y Carreras jugaron el partido como si estuvieran en el Wimbledon de los años 30. Impolutos, guapos, braceando lo justo. Y enfrente estaba el Cholo. El cuchillo en el callejón. Su rostro marcado y terroso en cada gesto de sus futbolistas.
En los dos partidos importantes que ha jugado, Alonso ha encajado nueve goles. El medio campo ha sido asaltado sin miramientos. La táctica no ha servido, ha resbalado por el equipo como pasa siempre en el Madrid desde los tiempos de Carolo. Este equipo lleva un año y medio recibiendo goleadas. Los tiempos de ganar la Champions un año sí y otro no, han pasado. Los jugadores se han insensibilizado al dolor y el aficionado parece que también.
Xabi Alonso está como en los westerns. Ha llegado a la ciudad sin ley y su mejor ayudante, le ha traicionado. Está solo. Tiene enfrente un decorado polvoriento y una planicie cuyos horizontes pueden ser devastadores. Con la memoria se le va a juzgar y cuanto más tarde en tomar decisiones, peor será el paisaje que tenga por delante.
Ojo con el cadáver descuartizado que tienes en el armario, con la araña gigante de debajo de la cama y con la mano peluda de tu novia. Ojo también con las tácticas bien trabajadas y la presión alta. En el Madrid suelen durar lo que dura su ilusión de un suicida en su trayecto desde el octavo piso hasta que se estrella contra el suelo.