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El lugar sagrado que el fútbol guarda a las últimas grandes estrellas del Real Madrid
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Ángel del Riego

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El lugar sagrado que el fútbol guarda a las últimas grandes estrellas del Real Madrid

¿Qué espacio icónico ocupan futbolistas como Cristiano Ronaldo, Luka Modric o Sergio Ramos en la historia del fútbol? Esta es la gran diferencia entre los dioses y los semidioses

Foto: Cristiano Ronaldo celebra un gol con el Real Madrid. (Reuters/Paul Hanna)
Cristiano Ronaldo celebra un gol con el Real Madrid. (Reuters/Paul Hanna)

No hay nada como ver salir un jugador de entre la niebla con el balón controlado y perseguido por una jauría que viste diferente. Lo que atrae la mirada del niño sobre el fútbol no es exactamente el juego de conjunto, como proclaman los moralistas, sino los jugadores que sobrevuelan el campo, los magos, esos que se inventan túneles secretos entre la realidad y la fantasía, que es donde el fútbol es invencible y se convierte en el mayor generador de deseo de los últimos cien años.

Los ilusionistas, aquellos que rompen la escena y se encaraman sobre ella, los tiranos, los que no tienen compasión, los galgos deslumbrantes, los violentos, los exquisitos, el que guarda la puerta con un hacha y el que derriba la muralla a cabezazos. Todos esos personajes los acaba dando el Real Madrid. Futbolistas que han ido asumiendo la piel de un arquetipo hasta meterse tan dentro de ella que la victoria les acaba pareciendo un destino, no una posibilidad.

La clave del Madrid no es que compre mejores jugadores que los demás. Es que esculpe el talento que le llega y lo lleva al límite a través de una cultura competitiva inédita en el deporte (por su persistencia) y de una mística asociada a esa cultura que descubre en los jugadores esquinas que ni ellos conocían. El último de esos futbolistas ha sido Modric. Se ha ido al Milan con 6 Copas de Europa a cuestas. No hay distancia suficiente para situarlo en la posición histórica que le corresponde.

placeholder Luka Modric, en su último partido con el Real Madrid. (Reuters/Amanda Perobelli)
Luka Modric, en su último partido con el Real Madrid. (Reuters/Amanda Perobelli)

A eso nos dedicaremos en este artículo. A ordenar jerárquicamente la historia reciente del fútbol, juego divertidísimo y polémico que nunca debe terminar.

1. Los dioses

Creadores del cielo y de la tierra, de todo lo visible e invisible, el primero de ellos fue Di Stéfano, ahora semi olvidado pero que enseñó el arte de la pelota a un continente entero donde se jugaba al fútbol de la misma forma en que se hacía la guerra. Todos los que lo vieron no tienen dudas. Su superioridad sobre el resto de futbolistas -y había algunos formidables, como Puskas o Kubala- nunca se ha vuelto a dar. La impresión que daba aquel Madrid, que Di Stéfano moldeó a su imagen y semejanza, era parecida a la que dejaban los equipos de la NBA cuando en los años 80 hacían una gira europea.

El gran discípulo de Di Stéfano fue Cruyff. Igual de mandón en el campo, duró menos pero la memoria de sus goles es más universal, la televisión se encargó de ello. Pelé era el otro de los mitos primitivos. Bendecido por todas las cualidades que debe tener un futbolista, cabían en su cuerpo el jugador de equipo, el héroe que se arroja contra mil enemigos y sale victorioso, el inventor de realidades, el pintor de corte, el delantero falto de piedad, el pie más exquisito y un físico de una elasticidad y una potencia nunca vista.

Foto: real-madrid-alfredo-di-stefano-santiago-bernabeu-mbappe

El mayor talento puro junto al de Maradona, que es el gran mito sonámbulo de Sudamérica. Un hombre cuya única cualidad era su genialidad con el balón en los pies y eso le condenaba a una felicidad tan absoluta cuando estaba sobre el césped, como absoluta era su miseria cuando se ponía los zapatos de andar la vida común. Todos estos jugadores creaban su propia realidad cuando estaban sobre el campo. Una luz iluminaba sus andanzas por la escena mientras al resto lo corroía la penumbra. Era aquello que se decía de Maradona, que cuando tenía la pelota en los pies, los otros 21 entraban en un frenesí desesperado.

Entrando el siglo XXI, aparecieron otros dos hombres con esa misma reverberación: Leo Messi y Cristiano Ronaldo. Con Messi nadie duda de que esté ahí, pero con Cristiano hay reticencias. Recuerden aquella frase de Jorge Valdano: a Messi se le nota la calle y a Cristiano el gimnasio. Es injusta y no es cierta. El portugués tiene tanta calle como el que más, pero afinó su juego en la Premier y eso desdibujó su regate y lo convirtió en un jugador nuevo. Alguien sin molde conocido para el que había que reinventar el lenguaje.

placeholder Messi, frente a Cristiano Ronaldo. (EFE/STR)
Messi, frente a Cristiano Ronaldo. (EFE/STR)

Messi es hijo del genio de toda la vida, el de la pausa, la gambeta, la técnica casi como expresión del subconsciente. Cristiano hacía todo a una velocidad desconocida (y para eso hace falta un técnica sublime), pero su marca de agua era la de la exuberancia física y no parecía poseer la ingravidez de Zidane o la astucia de Raúl por hablar de los dos arquetipos más queridos por el madridista en el 2009. Su omnipresencia, su esfuerzo conmovedor, la estela monumental que dejaba en los partidos, sí lo ponían en el escalón de los más grandes. Cuando Cristiano rebajó su estilo heroico y se convirtió en un delantero centro puro, comenzaron a caer las Champions con una facilidad desconcertante. Ahí se concretó de una manera muy visual cuál era su verdadera genialidad. Su manejo de la pelota era extraordinario, como su remate, pero era el dominio del espacio lo que le convertía en invencible. Un nuevo arte marcial cuyo único dueño ha sido Cristiano Ronaldo.

La gran suerte de Messi y Cristiano

El portugués y el argentino lo tuvieron todo de su lado. Nacieron en el momento justo, cuando el en el fútbol se habían prohibido las patadas desde atrás y la violencia desconsiderada. Cuando el césped de los estadios era el suelo de mosaicos de la Alhambra. Cristiano llegó al fútbol y dijo: yo soy el Rey Sol, dádmelo todo. Y se lo dieron en el United. Esa percepción de sí mismo la tienen sólo los que se saben superiores. La gran decisión de Cristiano fue irse al Madrid. Fue de una enorme inteligencia y valentía porque lo cómodo hubiera sido quedarse en el Manchester United pero allí no hubiera mejorado ni hubiera tiranizado la Champions como en el equipo de Chamartín.

placeholder Cristiano Ronaldo, un devorador de porteros. (Reuters/Hannah McKay)
Cristiano Ronaldo, un devorador de porteros. (Reuters/Hannah McKay)

Cristiano se fabricó su propia suerte. Eso también marca su límite porque desde la voluntad autoconsciente es imposible tener la magia de otros. Era un misil balístico, no un ensueño de los que rinden a los niños. Superación de límites, competitividad, mentalidad heroica...Di Stéfano y Cristiano serían los mejores en eso. Belleza, plasticidad, vuelta a un universo natural y onírico donde el hombre es animal y humano, ahí reinarían Maradona y aquel Messi que destruía una ciudad con una caída de ojos.

2. Los semidioses

Futbolistas bañados en la laguna estigia que a ratos se comportan como divinidades y otras son débiles o se lesionan o se corrompen o no tienen la suerte o la voluntad para convertir su carrera en una civilización. Son los que van del 7 al 15. Los mejores de cada país... mientras ese país no sea Argentina, Brasil, Países Bajos o Portugal. Muchas veces los más queridos, precisamente porque había algo frágil u oculto en su talento.

Franz Beckenbauer era un mediocampista alemán forjado con el mismo acero que los mitos pero cuyo talento hería pero no deslumbraba. Tenía la misma ascendencia sobre el juego que Di Stéfano o Cruyff pero rara vez llegaba al último escalón, donde se grita el gol para la historia. Era solo un jugador. No eran tres jugadores en uno. El gol, en sus equipos era responsabilidad de Gerd Müller, un demonio de la guerra que también está a su altura. Alguien peludo y brutal, sin consideración por la margen poética del fútbol, un depredador que condensa todo lo que es en el remate. El mejor jugador de área de la historia.

En el sitio de los príncipes estarían Michel Platiní y Marco Van Basten. Son los dos arquetipos de cracks que había en los 80. Platiní era la clase. El pase largo más fácil y preciso que se ha dado en el fútbol. Y además llegaba el área a su manera, no como un velocista sino como un rey al que la pelota le estaba esperando. Y le daba suave y la ponía en un esquina, siempre donde había más hueco, sin rencor ni maldad. Con esa gracia natural ante la que todos se rinden.

Zidane y Van Basten

Van Basten es la cumbre estética del fútbol. Alto, muy alto, era un cisne que se volvía cada vez más negro y amenazante cuando llegaba a orillas del área. El más poético y el más brutal, su disparo era de una limpieza estremecedora. Sólo Zidane, le puede apartar de ese trono donde conviven arte y funcionalidad. El gol exquisito y la victoria tremenda. Zidane tenía el físico de un jubilado y los andares de un pintor renacentista. Un futbolista musical que devolvió al Madrid al centro del Universo y acabó cansado de su propio estilo.

Garrincha y George Best responden al arquetipo de pura genialidad con una voluntad descoyuntada. El norirlandés es un caso único. El mejor regateador que haya dado el fútbol surge de un país donde el regate no existía. Es como si el mejor bailarín de flamenco hubiera nacido en la Antártida. Por ahí andan también Eusebio, el único referente conocido de Cristiano Ronaldo. Y Puskas. Una pierna izquierda pegada al universo de Sancho Panza. El húngaro hizo en el madrid su patria de un metro cuadrado. La potencia de su disparo y su economía de movimientos, sigue siendo una cima.

Ya solo quedan dos. Uno es Ronaldo Nazario. El jugador favorito de los niños. Otro entre esos 10 mejores de la historia, que suelen tener mínimo dos Balones de Oro. En realidad Ronaldo ganó muy poco. Se le juzga por lo que pudo ser. Una liga en el Madrid y una Copa del Mundo. Lo demás, torneos menores. Pero su puesta de largo en el Barcelona es la más deslumbrante de la historia. A partir de ahí, todo lo que hizo Ronaldo se convirtió inmediatamente en memoria, en materia con la que tejer una leyenda. Hay una cosa muy importante en Nazario. Simboliza algo. Simboliza la felicidad sin nada detrás.

En muchos momentos de su carrera ni siquiera fue eficaz. Felicidad pura, a la brasileña. Ronaldo tardó en aprender a jugar. Todavía en el Inter se pasaba días enteros regateando en banda como si pensase en los vídeos que le iban a dedicar en el futuro. Eso, en aquella liga de perros, no servía para nada. Pero hacía feliz a la gente. En la calle todos los niños querían ser Ronaldo. No era egocéntrico pero si era chupón. Dame el balón y yo cambiaré tu destino, parecía decir. Y esa presencia magnética a medio camino entre el sueño y la vigilia, es la que buscamos en el arte, en la literatura, en la representación. En el fútbol. Memoria e infancia. Eso lo es todo. Ronaldo Nazario.

El problema de Sergio Ramos

En este segundo escalón, de los dioses y los hombres, podría haber entrado un jugador español. El mejor central o quizás el mejor defensor, o mejor aún, el mejor futbolista que ha jugado como defensor. Sergio Ramos. Un hombre subido a un caballo desde donde dominar el horizonte. Pero Ramos no tiene a un país detrás. Ni siquiera tiene a una afición detrás. Un jugador es lo que es... más lo que representa. Ramos representa la fiereza sin límites, el coraje, la voz rota que se alza cuanto todo está perdido. Y es además un gran pelotero. Pero tiene una imagen distorsionada en España, que es el país que le tenía que apoyar para estar ahí arriba

La jerarquía la construyen los críticos, los periodistas deportivos, los niños y las gentes del ancho mundo. Para estar en ese nivel necesitas un apoyo férreo de tu afición, de tu país. Deben pensar ciegamente que eres el mejor de la historia. Todos los de esta lista tienen ese apoyo sin fisuras. Pero Ramos no. Cae mal a su propia afición y es discutido en su propio país. A su imagen le falta ese halo poético de los muy superiores. Quizás es la rémora de quien convirtió su corazón en un campo de batalla.

placeholder Sergio Ramos, historia del Real Madrid. (EFE/Miguel Sierra)
Sergio Ramos, historia del Real Madrid. (EFE/Miguel Sierra)

Queda el último de todos en llegar a esa lista. Luka Modric. En la Champions del 2021/2022, cuando el físico ya le había abandonado. Luka protagonizó media docena de momentos que cambiaron eliminatorias que el Madrid tenía perdidas. Todos esos momentos, ramalazos del más allá, están en nuestra memoria. En Modric se da el don de la gracia y el don de la tiranía. El Madrid de Cristiano, el más ganador desde el de Di Stéfano, tenía a Marcelo, Karim e Isco para la gracia y Ramos, Kroos, Casemiro y Cristiano para la tiranía.

Modric era el que saltaba a la comba y atravesaba la línea sagrada. Algunos achacarán su excelso palmarés a sus compañeros, pero Luka llevó a Croacia a una final de un mundial y a otra semifinal. Una Croacia rácana en talento, aunque generosa en el esfuerzo, que se creía ilimitada porque dentro de ella latía uno de los corazones mayores que haya dado este deporte. Es difícil la comparación. Pero Luka es posiblemente superior a Platiní o Beckenbauer en los grandes momentos y a Zidane en el día a día. Y aquí acaba la primera mitad.

No hay nada como ver salir un jugador de entre la niebla con el balón controlado y perseguido por una jauría que viste diferente. Lo que atrae la mirada del niño sobre el fútbol no es exactamente el juego de conjunto, como proclaman los moralistas, sino los jugadores que sobrevuelan el campo, los magos, esos que se inventan túneles secretos entre la realidad y la fantasía, que es donde el fútbol es invencible y se convierte en el mayor generador de deseo de los últimos cien años.

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