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Por qué Xabi Alonso es justo lo que el Real Madrid necesita para responder al Barça
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Ángel del Riego

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Por qué Xabi Alonso es justo lo que el Real Madrid necesita para responder al Barça

El exjugador del Real Madrid sustituirá a Ancelotti tras una temporada que ha catapultado a los azulgranas. Xabi Alonso recibirá fichajes de entidad y revolucionará al equipo blanco

Foto: El entrenador vasco será una inyección de adrenalina. (EFE/Christopher Neundorf)
El entrenador vasco será una inyección de adrenalina. (EFE/Christopher Neundorf)

El final de temporada del Real Madrid debe calificarse de histórico. Pocas veces se ha visto al aficionado tan feliz e ilusionado con los escenarios que proyecta su imaginación: fichajes quirúrgicos, un entrenador de la casa crecido a la intemperie y un rival -por fin- digno, que ha vuelto a su senda favorita. El juego deslumbrante con correlato moral del Barça, pero ni tan deslumbrante ni tan equilibrado como aquel Barça de Pep que sometió al madridismo a base de posesión y una propaganda constante.

Es cierto que el equipo se ha quedado repentinamente ciego. Los jugadores deambulan sin tino por un paisaje post-apocalíptico. Carreras a ninguna parte, choques, desesperación, persecuciones y cuerpos en progresivo estado de descomposición. Pero el madridismo es fundamentalmente optimista, y eso es una cualidad que saca de quicio al antimadridismo reinante, especialmente a su núcleo duro: barcelonistas y atléticos.

Estas dos aficiones creen que los madridistas tras una mala temporada, y una victoria de Barça en LaLiga, deberían estar desolados. Piensan que esa ilusión que demuestran en conversaciones y redes sociales es falsa, un escudo que levantan los seguidores blancos para ocultar su vacío interior, su falta de personalidad, su tristísima vida de hincha, incluso de ciudadano. Convierten al madridista en una metáfora de aquel hombre sin atributos del que tanto se habló hace años.

placeholder El Barça aplastó al Real Madrid este año. (Reuters/Albert Gea)
El Barça aplastó al Real Madrid este año. (Reuters/Albert Gea)

Todos contra el Real Madrid

Un hombre-masa que solo vive para el triunfo permanente —subproducto neoliberal— y que no duda en atacar a los suyos (hoy Lucas Váquez, ayer Casillas) cuando dejan de servirle para el fin último de la victoria. Como un ejército de bots chabacano e infinito, al que nunca se podrá vencer y que poco a poco ocupan todas las posiciones del fútbol, infectándolo con su banalidad, destruyéndolo con su culto a la eficacia.

En este imaginario reside mucho del desprecio de la periferia rica a la España mesetaria, como si esa España no existiese de verdad fuera de las apariencias del poder, fuera de los suburbios de Madrid, fuera del recuento de las glorias imperiales, de las 15 Champions del equipo blanco. Al fin y al cabo, este asunto del antimadridismo ofrece al espectador la sugestión de formar parte de la trama benigna del mundo. Todo se levanta contra el Real. Y así debe ser.

placeholder Mbappé y Vinícius celebran un gol. (Reuters/Nacho Doce)
Mbappé y Vinícius celebran un gol. (Reuters/Nacho Doce)

El madridista sufre y hasta tiene sentimientos (no muchos, seamos realistas). Pero no acostumbra a exhibirlos en público porque sabe que serán ridiculizados. Tras una gran derrota europea, solo se tiene a sí mismo. La masa se disgrega y el vacío tras la entidad es palpable. Pero esto dura poco, solo persiste si el Barça gana la Champions. Esa es la condición para que la tristeza en el aficionado blanco se enquiste y se convierta en un foco de resentimiento.

Lo que le faltó al Barça

Si esto sucede, el Real se queda sin oxígeno y cualquier decisión del club se interpretará como obra del mal. Repentinamente, vestir la camiseta blanca se convierte en motivo de lástima o burla. Se crea un estado de opinión fortísimo (y España es, sobre todo, un estado de opinión) en el que ser del Madrid parece imposible, y se exige aplaudir cada victoria, derrota, gesto o goleada del Barça como si fueran la gran insurgencia contra el mal eterno. Cayó el telón de acero, ¡y el pueblo, por fin, es libre!

El equipo de Pep vivía en una revolución de los claveles permanente. Y al otro lado, Mourinho se sentía cada vez más cómodo con la máscara de Hannibal Lecter y un punzón ensangrentado en las manos. El Madrid, de momento, no corre ese peligro. El Barça de Lamine Yamal perdió contra el Inter y probablemente volvería a perder en encuentros similares. No ha alcanzado ese punto de equilibrio entre el vicio defensivo y la virtud atacante que necesita cualquier aspirante a la Champions. No sabemos su techo, pero sí sabemos que Lamine es español, de esa nueva generación de cintura flexible y raíces africanas. Tiene el regate en la cadera y la insolencia del mestizo en la mirada, cualidades que convencen a los niños para ir a la guerra. Ahora mismo, si Lamine apareciera en cualquier plaza de España, lo seguiría un enjambre de chavales de todos los equipos hasta los confines de su barrio marginal.

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Y lo peor es que se comprarían la camiseta del Barça o de la Selección. Así que el Madrid tiene que fichar. Es lo bonito de que al otro lado haya surgido una amenaza. No es algo latente. Ya está ahí. Pero tampoco es abrumador. Y la gran maquinaria blanca, que pulsa el deseo como nada en el mundo, se ha puesto en marcha. Ya sabemos lo que le falta al Madrid: centrales, laterales izquierdos y un mediocampista con el pie justo para detonar a Mbappé.

Los fichajes que necesita el Real Madrid

Ese medio también debe saber aguantar el balón y pensar en los últimos instantes de una guerra. Debe dotar de una idea el juego blanco donde cada pase formalice un pensamiento. Debe ser como Xabi Alonso, entonces. Que será el padre de este nuevo proyecto. Y necesita en el campo un émulo suyo, mediocentro o interior, y que no parece que esté entre los jugadores de la plantilla.

Xabi Alonso (Tolosa, 1981), es un vasco de Guipúzcoa. Su fútbol nunca tuvo una palabra de más. De las escuelas futbolísticas españolas, la más escueta es la que nace en las playas de San Sebastián. Xabi siempre tuvo algo de su paso por la arena. Su forma de golpear al balón en largo era meterle el empeine muy abajo a la pelota con un gesto subrayado; como si la tuviera que levantar entre las dunas y los hombres para llegar con exactitud a su punto de destino.

placeholder El español se despidió de su afición. (EFE/Christopher Neundorf)
El español se despidió de su afición. (EFE/Christopher Neundorf)

Estuvo en aquella Real Sociedad que rozó la liga 2002/2003. Con Kovacevic y Nihat, componían el triángulo isósceles más grande de Europa. Fue llamado desde el Liverpool y formó pareja con Gerard. Ganó una Copa de Europa donde Xabi era la razón en el fondo del campo. Su lenguaje futbolístico es parco pero exquisito. Fue un pasador de los grandes. El Madrid lo necesitaba desde antes de su nacimiento. El blanco es un equipo donde el mediocentro es una figura tan importante como el politburó en las dictaduras comunistas.

Se necesita un jugador que clave la bandera en el círculo central y que ordene al resto a su alrededor. Alonso es justo eso. No es alguien que viene y va, llevado por las corrientes del partido. Es una certeza. Alguien que siempre está guardando la puerta y a la vez, crea las olas donde otros navegarán. Xabi manejaba sin problemas a la turba cuando se intentaba introducir por el lugar del mediocentro. Su tackle era una herramienta de trabajo más. No siempre inocente. Sus patadas eran de hierro, discretas y dolorosas, como los peores golpes de la vida.

Xabi, una brújula para los blancos

Xabi pudo llegar al Madrid en 2004, pero perdió la paciencia ante las interminables negociaciones propias del club de Chamartín y eligió el rojo del Liverpool. En la segunda etapa de Florentino Pérez, su nombre estaba escrito con letras grandes. Era 2009 y llegaba junto a Cristiano Ronaldo, Benzema y Kaká. Pero, conceptualmente, la figura más necesaria era la suya. Xabi llegó a un Madrid en llamas, donde la historia se tragó a Pellegrini. Entonces apareció Mourinho. Desde el principio, Alonso fue el mariscal de campo que el portugués necesitaba para ejecutar sus planes maquiavélicos.

Tras Cristiano, fue el jugador más importante sobre el césped. Xabi disponía y Ronaldo ejecutaba. En el silencio del Bernabéu, se podía oír al mediocentro vasco pensar. En un equipo que era como un tobogán sin freno, el tolosarra aportaba la pausa y marcaba los tiempos de las operaciones. La jugada solía empezar con un corte de Alonso que desviste al adversario con una economía de gestos aprendida en los tiempos del cine en blanco y negro. Tras eso, un pase de 50 metros como quien enciende un cigarrillo en las barbas del rival.

Y arriba, dos animales que cruzan el campo con las botas de siete leguas hasta que la bola le llega a Cristiano y es un gol de esos violentos, prohibido en las escuelas y festejado en los peores callejones. Xabi fue el mediocentro más puro que pisó el césped del Bernabéu. Llevaba la seriedad posicional pintada en la cara, y aunque la tierra se abriera en canal delante de él no iba a perder nunca su sitio. Sus pases interiores eran agujitas en los ojos del contrario. A veces las ponía tan dulce que parecía que la pelota nunca iba a dejar de caer. A pesar de sus ademanes elegantes, fue hasta el final con Mourinho en la senda de la guerra. Y eso no fue perdonado en el lado de los inmaculados.

Xabi fue un mariscal en el campo, pero no en el vestuario. Su carácter reservado jugó en su contra en un club donde Ramos y Cristiano medían continuamente su plumaje. La cuestión es que el Madrid necesitaba esa razón en un equipo —el de Mourinho— embelesado de su velocidad, de cortas ráfagas brutales y que no sabía cerrar las eliminatorias. Así fue contra el Dortmund, contra el Bayern y contra el Barça de Messi. Las tres semifinales que marcaron el epitafio de Mourinho en el Real.

Llegó Ancelotti y Xabi se lesionó. Por primera vez en años, el Madrid navegaba sin brújula. Cuando reapareció el vasco, todo el equipo se rindió a su liderazgo. Por primera vez su jerarquía fue absoluta. Todos entendieron que sin él, el juego del Madrid nacía muerto. Ni siquiera era una cuestión de talento. Modric era mejor, y se sabía. Era una cuestión de orden, de razón, de posar el juego sobre el campo. Xabi dictaba las normas de la casa grande a los contrarios y nadie rechistaba. Había perdido agilidad y se había vuelto más lento. Su juego era más subrayado que de costumbre, pero también más grave, más letal.

placeholder Xabi Alonso tendrá un gran reto por delante. (Reuters)
Xabi Alonso tendrá un gran reto por delante. (Reuters)

Xabi, con su trote cáustico, al que siempre nos gustaría ver con la camiseta manchada de sangre. Con Carletto, Xabi creó un vórtice más estrecho que el de Mourinho, pero quizás más eficaz y realista. Los balones acababan y empezaban en su pie derecho, que secaba la pelota con un punto de crueldad. El momento en que Xabi se convirtió en la razón única de su equipo también fue el momento de inicio de su decadencia. A ratos parecía oxidado y subrayaba sus pases como si tuviera una intención pedagógica. Corriendo hacia atrás parecía querer salir de una pesadilla y le faltaba aire para llegar a su destino. El madrid reculaba junto a él, recordando a los últimos momentos de Fernando Hierro.

A final de temporada, cuando parecía claro que se iba a ir, el Bernabéu comenzó a cantarle. Ronaldo dijo una día que el Bernabéu era como una mujer y razón tenía. Una mujer melindrosa que finge altanería y sólo reconoce el valor de lo que tuvo en el momento de perderlo. En la eliminatoria contra el Bayern de Münich de Guardiola, en semifinales de Champions, el Madrid se movió como un solo personaje de una ficción dramática. Era, por primera vez, un ejército orgánico y bien alimentado, con Alonso en el centro de mando disponiendo la logística.

En una jugada cualquiera, Xabi se fue suelo consumido por la voracidad del partido y atropelló a un alemán que cae de forma aparatosa. El árbitro se acerca ceremonioso con una tarjeta asomando por su mano. Xabi se cubre la cabeza con los brazos sin querer mirar. Una tarjeta le dejaría fuera de la final. El árbitro se la saca lentamente, parece que paladea el momento. Xabi no se quiere levantar, como si le hubiera llegado el tiempo de la pesadilla o prefiriera hacerse el muerto antes que aceptar el hecho fúnebre de perderse ese partido. Pero se levanta, recompone su figura y seguirá achicando el juego de los bávaros hasta el final.

Las diferencias entre Xabi y Ancelotti

Luego llegó la victoria del Madrid y la carrera por la banda de Alonso, trajeado y exquisito como su juego; con una pasión que sólo se desborda en los momentos estelares. Xabi se fue con Guardiola y acabó de perfeccionar su dominio intelectual sobre los partidos. Lo decía Mourinho: Xabi sabía todo lo que pasaba en un partido y las razones por las que pasaba. Así que se hizo entrenador. Primero en su tierra guipuzcoana y después en el frenesí de la Bundesliga con el Bayer Leverkusen. Un equipo de autor que ganó la liga en su segunda temporada. Un milagro despojar al Bayern de su trono. Este año quedó segundo. Su fútbol es lo contrario al de Ancelotti. Los jugadores mantienen su posición.

El dibujo suele ser simétrico. La ocupación de espacios es matemática, con varios jugadores entre líneas y extremos abiertos que hacen el campo muy ancho. Los jugadores dan entrevistas y hablan de conceptos futbolísticos enseñados por Xabi. Cosas sencillas que ahora saben y antes intuían. El juego del Leverkusen se puede verbalizar, no así el de Ancelotti, que se basa en una sabiduría táctica ancestral maridada con el libre albedrío de las estrellas.

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Pero en el Madrid todo cambiará. Tiene jugadores para hacer lo que él quiera pero sólo si ellos lo desean. Su Wirtz será Bellingham, si es capaz de recuperar el paso. Vinicius este año ha estado perdido. Sin Benzema, sin Kroos, quizás le convenga aferrarse a una idea ahora que no tiene a un padre que le guíe sobre el campo. Mbappé no se parece a nada de lo que haya tenido Alonso, es una estrella goleadora que ejerce de tal hasta las últimas consecuencias.

Luis Enrique no pudo hacer vida de él y acabó confesando que se sentía liberado tras su marcha. Pero Xabi conoce el Bernabéu. Ha respirado sus silencios y ha convivido con ese público y ese club en tiempos peligrosos. Ahora se abre un tiempo nuevo. Y por eso la gente está feliz. Antes de acabar la temporada, la temporada ya se ha ido. Así es el madrid. Un club que exhibe el pasado como un puñal pero donde sólo interesa el futuro. Y el futuro es Xabi Alonso.

El final de temporada del Real Madrid debe calificarse de histórico. Pocas veces se ha visto al aficionado tan feliz e ilusionado con los escenarios que proyecta su imaginación: fichajes quirúrgicos, un entrenador de la casa crecido a la intemperie y un rival -por fin- digno, que ha vuelto a su senda favorita. El juego deslumbrante con correlato moral del Barça, pero ni tan deslumbrante ni tan equilibrado como aquel Barça de Pep que sometió al madridismo a base de posesión y una propaganda constante.

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