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El futuro en la final de Copa: Lamine, Vinícius, Mbappé y la posibilidad de ser felices con Güler
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Ángel del Riego

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El futuro en la final de Copa: Lamine, Vinícius, Mbappé y la posibilidad de ser felices con Güler

Todo eso que tanto necesitaba el Real Madrid, lo tenía Arda Güler. Y Carlo Ancelotti lo sabía, pero no quiso arriesgarse a ponerlo por razones que él contará en su biografía

Foto: Arda Güler firmó un partido brillante ante el Barça. (AFP7)
Arda Güler firmó un partido brillante ante el Barça. (AFP7)

Hubo un rato largo en la segunda parte en el que el Real Madrid puso el mundo boca abajo abriendo el campo del Barça como una herida a medio zurzir. Bellingham arañaba los balones divididos con la fe del converso y, a partir de esa señal, los jugadores blancos se tiraban contra el núcleo azulgrana provocando pequeñas reacciones en cadena que dejaron en los huesos a la zaga rival. Nadie está preparado para esos 30 minutos del Madrid y fue la primera vez esta temporada en la que el equipo blanco se lanzó al caos navegándolo con la brújula de Modric. Fue un espléndido travelling de asalto a comisaría sin vuelta atrás. Se perdió el miedo incubado en los dos Clásicos anteriores y se hizo carne la divisa de las fuerzas especiales: Quien arriesga, gana.

Justo lo contrario de la línea narrativa de la temporada: mediocre, jerárquica, dura con los jóvenes y blanda con las estrellas, dubitativa, temblorosa, absurda y aburrida. En esos 30 minutos, queda esculpido un futuro. Fueron los mismos últimos minutos del partido del Madrid contra el Borussia en 2013, en la vuelta de las semifinales de Champions. La misma sensación voluptuosa de cuando se cabalga en sueños la Estrella de la Muerte. Terminó mal. Por una vez, el Madrid fue como la vida, que siempre termina mal. Pero eso ya lo sabíamos. Veníamos del sótano de las torturas y hemos ascendido a la sala de espera del purgatorio. Y ya sabemos todo lo que hay que saber sobre el equipo, sobre el club y sobre nuestros queridos rivales azulgranas.

Güler. Arda Güler. 20 años. Turco de Turquía. Salido de la magia de Pixar, cabezón triangular, cintura de Madonna y pie de orfebre renacentista. El Madrid lleva necesitando toda la temporada un medio que se asocie en lo rústico, en el desierto sin ojos que ha sido el equipo. El Madrid lleva necesitando toda la temporada un jugador que ordene, que se mueva y dé pases en profundidad abarcando desde la defensa propia hasta la mediapunta rival. Lleva necesitando un interior con vuelo, orden y talento asociativo. No hay muchos. El último parecía Modric. Alguien que sea bailarín y constructor. Quizás Pedri en los rivales, sea algo parecido. Todas las miradas de los hinchas blancos rastrean el mercado. Salen nombres exóticos, alemanes, eslavos, portugueses, de apellidos confusos o rutilantes. Nadie convence. Ancelotti dijo el año pasado que a Güler lo quería cerca del área. Allá lo puso en los últimos partidos de la temporada y nos despertó el hambre. Metió más goles que veces contactó con la pelota. Vimos en su pierna izquierda una esperanza. Pero este año, el entrenador italiano decidió mutilar esa esperanza. No es fácil entender la medida represiva. Así son los padres autoritarios. Así son los dictadores. Así son a veces los profetas. Carlo no parecía eso, pero así se ha comportado.

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Con arbitrariedad, alevosía y una pizca de crueldad. Utilizando la plantilla para mantener incólume su posición dentro de ella. Ya que Güler era un recién llegado del medio oriente sin peso en la plantilla, sin amigos en la prensa y suficientemente joven como para aguantar las humillaciones, Ancelotti lo desperdició, exiliándolo al extremo derecho, posición donde hace falta velocidad, justo la virtud de la que el turco carece. Hace dos partidos, Carlo lo puso de interior -él dice mediocentro- acaparando grandes dosis de balón, protegiéndolo como una madre a su niño favorito, dándole velocidad a la circulación y metiendo el gol del triunfo a la manera de los grandes toreros: recortando en silencio, esperando con tranquilidad a que se abriera el claro de luna y poniendo ahí la pelota sin miedo ni rencor. Todo eso que necesitaba el Madrid, lo tenía Güler. Y Ancelotti lo sabía, pero no quiso arriesgarse por razones que él contará en su biografía.

El turco está todavía muy lejos de lo que fue Modric. No son el mismo jugador y es casi imposible llegar a esa altura. Luka está con Messi o con Cristiano o con Zidane. No juega en la liga de los mortales. Está muy arriba, donde los aficionados se preguntan quién es el mejor en las alineaciones que se hacen para paliar el aburrimiento. Arda ya no es el chico que se vencía en las disputas. Un año después, ya sabe cuerpear. Ya sabe llevarse los balones divididos. Corta pelotas peligrosas en defensa y tiene aire para ir labrando un intrincado mapa de túneles hasta la portería contraria. Le faltó fondo. Tiene 50 minutos de fútbol. Sus pases van tensos —no como los de Ceballos— pero tiene que perfilarse mejor, de forma más sencilla para ser siempre un seguro de vida en los sitios donde perder la pelota es perder la cabeza, el partido y la vergüenza. Tiene talento por toneladas, rapidez gestual, pillería y su madre le sumergió el pie izquierdo en la laguna estigia. Es de la raza inmortal. Y este sábado lo demostró en el tiempo que le duró su pequeño marcapasos atómico.

El primer acto de la final fue algo horrible. Conviene repasarlo para enseñárselo a futuras generaciones. Aquello de quien olvida la historia está condenado a repetirla. Pues bien. El miedo, la cobardía, la genuflexión de los primeros tiempos del Madrid de hace década y media, cuando se enfrentaba al Barça de Guardiola, se reflejaba en los gestos y en el juego de los blancos. El equipo de Chamartín jugaba como si en el Barça estuvieran Messi, Iniesta y Xavi. Pero no estaban. Jugaba como si hubiera un 9 que bajara los balones que al cielo mandaba Courtois, pero no había 9. Al final, todo era un suicido a cámara lenta, un lento batallar contra un fátum que parecía natural, como esos Lemmings que, sin saber por qué, avanzan por los senderos hasta el acantilado y se tiran al mar para perecer ahogados. Todo el miedo y toda la parálisis de la temporada se hicieron carne en los 30 minutos iniciales. El Real era un equipo deshuesado de fútbol y de coraje que se conformaba con ver pasar el tiempo, arrejuntado, esperando el vagón preciso para acabar en el campo de prisioneros número 47.

placeholder Lamine Yamal, después de ganar la Copa del Rey. (AFP7)
Lamine Yamal, después de ganar la Copa del Rey. (AFP7)

El genio de Lamine Yamal

El Barcelona es un equipo de fútbol. Quizás su mejor cualidad sea esa. No es un país perfecto donde los trenes siempre llegan a su hora ni tampoco la nación de los ungidos por la pelota. Tiene a un chico, Lamine Yamal, de una arrogancia graciosa que tiene una pierna izquierda histórica. Un arma de esas que parece funcionar con el pensamiento. Ese chico conoce algunos secretos del fútbol, pero no todos. Y no es Messi, que era lo que querías que le pasase a tus enemigos. Carece de esa velocidad fatal. No es un destino asumido, alguien contra el que solo puedes cavar hondo y disparar con mira telescópica. Es una gran fuente de ventajas -los dos primeros goles salen de sus pies- como lo fue Vinícius el año pasado y el año anterior al pasado. Pero todavía lejos del Benzema entre 2019 y 2024 por hablar del último grande que ha dado el fútbol de ataque. Es también un poco señorito, se resiste a bajar por su banda y eso es un pecado a su edad. Pero es el único jugador del Barça que ve el cuadro completo y lo demostró dejando solo a Ferran ante Courtois en la jugada que cambió el rumbo del partido.

Tras Lamine, los azulgranas tienen 3 jugadores importantes: Koundé, que nunca ceja; Olmo, un diablo de precisión quirúrgica en tres cuartos; y Pedri, un talento muy español que ve el último pase donde solo hay un edificio de apartamentos. El resto vive en un desembarco de Normandía perpetuo. Flick ha construido un equipo histérico que siempre parece bajar por un togobán y al que le cuesta asumir la realidad de los rivales. Cuando los contrarios toman el centro de mando, el Barça es un gigante muy pequeñito pero que nunca se acaba de vencer del todo. Sea por la chulería de Lamine, Olmo, Pedri y Cubarsí, la facción española ganadora de la Eurocopa; sea por el entorno del Barça que suspira por una reedición del equipo de Guardiola; o sea por la mano santa de Flick, que los ha convencido de que ellos son el gran misterio del fútbol, este año, los azulgrana no se vencen en las dificultades y luchan como una manada exhausta hasta el aliento final. Y así ganaron la Copa.

placeholder Tchouaméni celebra su gol en la final de Copa. (AFP7)
Tchouaméni celebra su gol en la final de Copa. (AFP7)

La redención de Tchouaméni

En el último acto, la final se perdió cuando Tchouamení dejó el centro del campo y bajó al sótano de los centrales. Sin él, en el medio solo había gente que iba y venía, nadie posaba la pelota ni razonaba con el enemigo. El francés ha ido esculpiendo su futuro paso a paso desde que recibió una pitada en el Bernabéu. A veces se critica la aspereza del campo de Chamartín y se hace sin razón alguna. Desde la pitada, Aurélien ha ido subiendo paso a paso por todas las estaciones del dolor. Nunca se le ha visto un renuncio ni una mala cara. Ya que no podía ser una estrella, sería un profesional. Primero, le perdió el miedo a la pelota y al espacio. Después, comenzó a colapsar las líneas enemigas.

Tras eso vinieron partidos donde era el único que no perdía el orden, la posición y la razón en un Madrid desordenado y muy cerca del colapso. Aún así, nadie creía en él. Sólo Ancelotti -su único acierto del curso- y el viejo Mercutio. En el partido contra el Barça, ese Tchouaménií desapareció. Se libró de su piel vieja y se convirtió en otra cosa. En una sustancia negra y dominante que mandó sobre una vastísima zona del centro de operaciones justo en el momento necesario. Sin pisarse con Güler o con Modric, dirigiendo, cortando o atrayendo marcas según conviniera al encuentro. Siempre hacia arriba, con juego y con fe, al dejar el medio del campo hubo una amplia pradera que quedó sin dueño. Y por ahí apareció Koundé y mató el partido.

placeholder Vinícius celebra con Mbappé su gol de falta. (EFE/Julio Muñoz)
Vinícius celebra con Mbappé su gol de falta. (EFE/Julio Muñoz)

Con un equipo remendado y absurdo, el Madrid fue mejor que el Barcelona durante una hora entera de asalto a la Generalitat. Y el Barcelona ha sido el mejor equipo de Europa este curso. Es normal. Al fin y al cabo, el Real es el actual campeón de Liga y de Champions. Eso no se olvida de un día para otro. El talento que pone sobre el campo, aunque esté mal dirigido, mal entrenado, mal hilvanado, aunque no se encuentren los jugadores, aunque la mitad de la plantilla esté fuera de onda y la otra mitad exhausta mentalmente. El talento individual del Madrid está a otro nivel. Pero no se ganó. No solo porque faltan automatismos y entrenamientos, que hacen que la plantilla se desfonde en guerra de guerrillas y carreras larguísimas a ninguna parte. La cuestión sigue siendo la falta de entendimiento entre la pareja de atacantes.

Es algo duro de ver en el fútbol de élite. Como si jugaran en videojuegos de diferentes épocas y no hubiera conexión posible entre ellos. Celos, rencillas, ganas de hacer la jugada del fin del mundo cada vez que uno coge el balón para que el otro se quede mirando... Todo se ve, todo queda claro en un partido como el del sábado. Una contra del Madrid es un viaje en primera clase a los límites del absurdo. Y estos jugadores convierten cualquier jugada en una contra. Ese es su poder. En las manos del próximo entrenador está que Vinícius y Mbappé se conviertan en un dueto histórico. No va a ser fácil. Monstruos más pequeños se han tragado civilizaciones enteras. Ahí estará el futuro.

Hubo un rato largo en la segunda parte en el que el Real Madrid puso el mundo boca abajo abriendo el campo del Barça como una herida a medio zurzir. Bellingham arañaba los balones divididos con la fe del converso y, a partir de esa señal, los jugadores blancos se tiraban contra el núcleo azulgrana provocando pequeñas reacciones en cadena que dejaron en los huesos a la zaga rival. Nadie está preparado para esos 30 minutos del Madrid y fue la primera vez esta temporada en la que el equipo blanco se lanzó al caos navegándolo con la brújula de Modric. Fue un espléndido travelling de asalto a comisaría sin vuelta atrás. Se perdió el miedo incubado en los dos Clásicos anteriores y se hizo carne la divisa de las fuerzas especiales: Quien arriesga, gana.

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