El inevitable Madrid de las finales: contempla, espera y mata con el mejor Vinícius de todos
La tranquilidad de Ancelotti ha vuelto y es un gesto de poder, a pesar de que el club parece que nos toma el pelo, un poco al estilo de Picasso que, sabiendo lo popular que era su marca, hacía un garabato y lo firmaba
El Madrid ganó la Intercontinental en Qatar. (Reuters/Ibraheem Al Omari)
El título de esta semana fue la intercontinental, en Qatar, y allá se reunieron muchos hombres árabes para ver la victoria del Madrid. Ya nos vamos acostumbrando a esos escenarios exóticos. Aunque los estadios (no tan) furibundos de Inglaterra y la Europa continental quizás sean en breve lo exótico, esos equipos que tejen comunidad y respiran sentido de pertenencia. En la península arábiga todo es Real Madrid. El blanco, como horizonte de sucesos, casa perfectamente con una tierra desnuda donde subyace un orden inmutable en un escenario traído del futuro. Nadie fue a ver un partido de fútbol. Todos acudieron a disfrutar con la victoria del Madrid. En un mundo de jerarquías inamovibles, el Real cumplió fielmente su cometido. Fue lo inevitable, más que un equipo, un orden natural manifestándose sin angustia ni frío, sin pasión ni rencor. Y dentro de ese orden, un jugador se deslizaba entre los mecanismos de la final hasta adueñarse de ella: fue Vinícius, un jugador sin antídoto hoy en el mundo del fútbol. De ahí el nerviosismo de tanta gente.
La Intercontinental o el Mundial de clubes lleva siendo una representación desde hace unos 20 años. Aquel Riquelme bailando al Madrid galáctico fue el canto de cisne del fútbol sudamericano. Europa despegó hacia la velocidad de la luz, mientras Argentina y Brasil caían en sucesivas crisis económicas. Fue la Ley Bosman quien mató esas ligas, pero en los 90 todavía esa hermandad de talento callejero y morosidad en la cuchillada. Era capaz de herir a los arrogantes europeos. Luego eso fue imposible. No había talento ni físico y la patada (la herramienta del pobre) comenzó a estar prohibida por la ley. La ley, de nuevo de parte del poderoso, una fábula tan antigua que ya ha dejado de contarse.
Lo que queda es un partido sin chiste ni narrativa. Un trofeo bonito y que los jugadores quieren para sí porque luce mucho el escudo de campeón del mundo. El mundo. Un sitio sin duda muy grande y lleno de gente. Allí también reina el Madrid.
El fútbol va perdiendo señas de identidad y dejándose jirones de su carácter sagrado por el camino de la globalización. Pero el Madrid sigue imperturbable. No le afectan esas pequeñas cuitas tan propias de los mortales. Hace mucho que sigue un sendero que nadie sabe donde acaba, pero lo sigue con absoluta determinación y en esa larga marcha es escoltado por tanta gente que ya no entra en ningún sitio, en ningún estadio, en ningún país. El dilema de los canteranos, las discusiones sobre el estado de forma de Mbappé, las iluminaciones de Bellingham, los equilibrios de poder en el vestuario, el ninguneo a Endrick o el renacer de Rodrygo… Esa conversación es ya una conversación global. El Madrid actúa como una comedia humana que acampa a las puertas de tu casa y donde cualquiera se puede sentir encarnado.
Bellingham y Vinícius lideran al Madrid en ataque. (EFE/Rodrigo Jiménez)
La tranquilidad de Ancelotti
Si el Bernabéu es un teatro, es porque durante siglos allí se dio una representación. Un equipo, los que iban de blanco, que jugaba a remontar la historia partido a partido hasta llegar al origen del juego, lugar misterioso cuya única luz es la infancia. El otro, vestido de cualquier color, que hacía como si competía, hacía como si jugaba; representaba un papel. El de inferior agarrotado por la certeza de la derrota y colgado de un orgullo teatral. Como un hombre en brazos de una mujer que le va arrancando los miembros con dulzura y determinación. Todo el mundo sabe. De ahí vino la herida que recorre buena parte del mundo civilizado. Para el hombre de clase media, educado en la ilusión de que todas las puertas pueden abrirse, no es fácil encarar la fatalidad. Y eso es el Madrid
En realidad no siempre lo ha sido, y fue Ancelotti quien recuperó el viejo sino. Desde Ancelotti el Madrid fabrica su propio tiempo. Los jugadores blancos salen al campo en las finales un poco aturdidos, como si no tuvieran claro donde están. Tantos focos, tantas entrevistas, tantos viajes. O quizás sea la arrogancia del depredador. Se saben más hermoso y más rápidos y no quieren malgastar energías. Prefieren contemplar a su víctima y esperar el momento. Esos 15 primeros minutos son casi una prueba de que la democracia puede ser posible. Usted también puede ganar al Madrid. A veces duran más si el adversario es bueno o ha estado bebiendo de la charca de la superioridad moral. Aquel Borussia, lo de Klopp. Mejor. Así se disfruta más la guillotina.
En el medio del campo estaban Fede y Camavinga. Cada uno de esos dos es un ejército entero y esa es una de las cosas que hacen especiales a este equipo. Ellos son la defensa y ellos comienzan el ataque. Una verdadera organización supranacional con dos únicos miembros. Sobre la mitad de la primera parte ya quedó claro que la democracia es un imposible, que las cartas están marcadas, que los ricos seguirán siendo ricos y los pobres seguirán siendo pobres. Cuando el balón le llegaba a Bellingham se activaban Rodrygo, Vinicius y Mbappé. De repente, todos los caminos estaban abiertos.
Ancelotti dialoga con Rodrygo tras ganar el título. (Reuters/Hamad I Mohammed)
El estilo de Rodrygo
El gol surgió de ninguna parte. Eso son los goles del Real en las finales y son algo que no se percibe justo un segundo antes de que ocurran. Vinieron de la nada y se perdieron en la bruma. Es como si el Madrid secuestrara la realidad. Camavinga a Fede y Fede que encuentra a Bellingham, que de repente se deja querer en su zona prohibida. El inglés se la entrega a Vinícius que ronda ya la colina de oro y la despieza con un regate. Es la ginda. Solo los brasileños están llamados a ese estilo de vida. El regate está en la cadera, como el baile, y tras el baile, Mbappé, la empuja a la portería.
Poco después Rodrygo se hizo un homenaje a sí mismo. Cosió un regate tras otro hacia fuera y hacia dentro, yendo mucho más allá de lo que el espectador espera. El espectador quería que le diese la pelota a Vinícius o a Mbappé, pero Rodrygo se negó. Luego el espectador quiso que Rodrygo disparase desde la frontal, pero el brasileño volvió a negarse. E hizo otro y otro regate, como si buscara una civilización perdida. Y la encontró, de rosca, en el fondo de la portería. Después se puso muy serio y severo porque él es un niño que se toma el juego a vida o muerte. Hoy tocó vida.
En el resto del partido hubo autocomplacencia, correrías y el penalti de rigor a Lucas Vázquez. El gallego entra en el área como un buscador de oro y siempre encuentra una veta. Es un don.
El título le da tranquilidad al Madrid. (Reuters/Hamad I Mohammed)
La tranquilidad de Ancelotti ha vuelto. Es un gesto de poder. Se ganan Champions con Lucas, Joselu o Lunin. Van cayéndose jugadores legendarios, Cristiano, Benzema, Kroos o Modric y el Madrid sigue en su continuidad geológica. A ratos el club parece que nos toma el pelo, un poco al estilo de Picasso, que sabiendo lo inmensamente popular que era su marca hacía un garabato y lo firmaba.
Y en ese instante siempre está Vinicius. The Best. Efectivamente, el mejor jugador del mundo.
El título de esta semana fue la intercontinental, en Qatar, y allá se reunieron muchos hombres árabes para ver la victoria del Madrid. Ya nos vamos acostumbrando a esos escenarios exóticos. Aunque los estadios (no tan) furibundos de Inglaterra y la Europa continental quizás sean en breve lo exótico, esos equipos que tejen comunidad y respiran sentido de pertenencia. En la península arábiga todo es Real Madrid. El blanco, como horizonte de sucesos, casa perfectamente con una tierra desnuda donde subyace un orden inmutable en un escenario traído del futuro. Nadie fue a ver un partido de fútbol. Todos acudieron a disfrutar con la victoria del Madrid. En un mundo de jerarquías inamovibles, el Real cumplió fielmente su cometido. Fue lo inevitable, más que un equipo, un orden natural manifestándose sin angustia ni frío, sin pasión ni rencor. Y dentro de ese orden, un jugador se deslizaba entre los mecanismos de la final hasta adueñarse de ella: fue Vinícius, un jugador sin antídoto hoy en el mundo del fútbol. De ahí el nerviosismo de tanta gente.