El pecado mortal de Vinícius Júnior que el fútbol español no le perdona
El año pasado, Vinícius alzó el premio Sócrates por su labor humanitaria. Este año, algunos aficionados y periodistas destacan que no ganó el Balón de Oro por su falta de fair play
El jugador brasileño se lamenta tras un gol del Barça. (Reuters/Susana Vera)
Ganó el fútbol. Esa frase. Rodrigo Hernández, mediocampista español, se ha llevado el Balón de Oro. Y los comentaristas, hinchados de moral, nos regalan esa sentencia, entre otras muchas del mismo color. Frases dictadas con el ánimo de reflejarse ellos mismos en el espejo de los grandes hombres. La tenían preparada. Esa es la frase con la que Xavi Hernández saludaba a las victorias más sufridas del Barça. Xavi, mediocampista hispano-catalán, hombre adoctrinado en la escuela de la verdad fundamental, La Masia; que nació en mitad de un rondo y se hizo mayor entre fotos de ídolos blaugranas.
Xavi e Iniesta, dos osos de peluche que hacían mejores personas a quienes escribían sobre ellos. Se decía que eran humildes, que acompañaban a sus hijos al colegio, que estaban casados con sus mujeres de toda la vida, que rehuían de los focos y sus amigos eran los del barrio. Familia, mujer, barrio y patria (la blaugrana). Faltaba la religión, que era el tiki-taka y ya tendríamos el cuadro folclórico compuesto.
Todo eso se decía de los mediocampistas del Barcelona con una intención aviesa... para poner fuera de la ley al elemento del crimen que estaba en la otra orilla del río: el Real Madrid de Florentino Pérez, en apariencia, todo oropel, arrogancia y vanidad superficial. Y ahí estaba Cristiano Ronaldo, el gran pavo real del fútbol, para demostrar la distancia ética y futbolística entre los dos clubs.
Durante años, acunado por el éxito de la Selección Española, esta fue la narrativa del fútbol español. Ese relato falso, pero exitoso de dicotomía moral, se acabó abruptamente el día en que Sergio Ramos cabeceó un balón para ganar La Décima. A partir de ahí el club blanco impuso su ley. Nada que no sea el propio Madrid sobrevive a la victoria blanca. Pero de alguna forma, el Real había perdido España.
El relato virtuoso del medio campo era una fábula azulgrana (aunque empezara en la Quinta del Buitre) y lo que no era azulgrana era hija de Aragonés, el gran mito atlético. Y la conquista del mundo en la que Florentino estaba inmerso le separaba del casticismo español que quedaba arrinconada entre una de las tribus en las que se subdivide el madridismo. Ni la más amplia, ni la más influyente. Algo así como una peña mesetaria-andaluza relegada al gallinero y a los bares de provincia.
Vinícius Júnior recibe una entrada de Koundé durante El Clásico. (Reuters/Susana Vera)
Tantos años después, el Real Madrid ha vuelto a encajar un 0-4 frente al Barcelona. Los mediocampistas azulgranas vuelven a dictar las normas. El Real vive inmerso en una de esas crisis que aparecen de la nada y donde sus futbolistas se convierten en espectros sobre el campo y modelos de alta costura en las revistas. Y como guinda al espectáculo, Rodrigo Hernández gana un balón de oro que todos creían propiedad de Vinícius.
Así que volvemos al punto de partida. Al 2011. Y los comentaristas sueltan la misma frase que soltaba Xavi: ganó el fútbol. Ganó un hombre humilde, bien casado con su mujer de siempre, que no tiene redes sociales (escriben desde las redes sociales), que rehúye de los focos, muy familiar y sencillo y que gusta de sus amigos de la niñez. Y al otro lado, Vinícius. Futbolista pirotécnico, arrogante y caprichoso, se dice que perdió el premio por el fair play y que su carácter no gusta ni en Brasil.
El castigo por destacar
La alegoría de la mujer tradicional, de la vida en familia, del matrimonio convencional, de los amigos de siempre, de la seriedad y la modestia solo se permite en España en el entorno del deporte. Especialmente en el fútbol y, sobre todas las cosas, si sirve para atacar al Real Madrid. Sabemos que para disparar contra los blancos todo vale. Pero no deja de ser absurdo que esos valores (si es que lo son), exhibidos por un político, pueden ser hasta contraproducentes, pero a un deportista se le exigen para entrar en el parnaso de la perfección moral. Para ser ejemplar, se dice. Niño, no destaques. ¿Les suena esa frase?
Por tanto, lo ejemplar, ya saben ustedes lo que es: tradición, patria y familia. Y si es posible, trabajar de funcionario o de mediocampista. Aunque esto último es opcional. Ganó el fútbol, se repite una y otra vez. Lo de Vinícius es otra cosa. Algo así como un ballet sobrecogedor, más allá del bien y del mal. Incluso sus fallos son un destello que deja a oscuras partidos enteros.
Vinícius se quedó sin Balón de Oro. (Reuters/Sarah Meyssonnier)
El fútbol de Rodrigo es alta escuela. Inteligentísimo, con sentido común y un pie mejor de lo que se dice, Rodri es de la casta de los asesinos silenciosos. Xabi Alonso, Mauro Silva o Busquets están en esa casa grande. Pero no es un fútbol que nos interpele, que nos llene los ojos, que nos haga querer salir de nuestra prisión particular para pisar los bordes azules del infinito.
Lo que Rodri no tiene
Es un fútbol de clase media, el de Rodri. La sabiduría justa, la tecnología apropiada, el motor que hace que funcione la sociedad. Es la teoría y la logística, el hormigón donde otros edificarán los sueños. Y eso es Vinícius. El juego y el ensueño. Lo que no hace nadie y nadie lo espera. Una libertad infinita, amoral y absurda. El placer de dejarse llevar por la velocidad y la belleza. Futurismo y samba.
Pero Vinícius es también lo práctico. Porque Vinícius gana partidos. Gana eliminatorias. Gana Copas de Europa. Es un mago pasado por la escuela europea. El chico al que todos quieren ver. Sobre todo los que lo odian, que lo siguen en procesión para reírse de sus tropiezos y ningunear sus éxitos. Y justo ahí está la elevación moral de Vinícius, en esa batalla contra todos o casi todos.
Benzema acabó rendido a Vinícius. (EFE/Rodrigo Jiménez)
Primero contra el público del Bernabéu, al que convenció de su verdad. Después contra todos esos periodistas que se rieron con la boca muy grande de su forma de interpretar el fútbol, puro cine mudo lleno de caídas, genialidades y una emoción desbocada. Y sobre todo contra ese racismo que el brasileño está descubriendo en casi todos los niveles del fútbol o de la sociedad. El año pasado se le obsequió con el premio Sócrates por su labor humanitaria. Y este año, se dice que pierde el Balón de Oro por su falta de juego limpio.
¿Si sufres racismo y burlas en cada estadio y te rebelas, incumples el Fair Play? Vinícius es un futbolista respondón, que no se calla, que la lía a cada momento. A veces no tiene razón, claro. ¿Y qué? Cruyff, Cantona, Maradona. Tres jugadores magníficos cuyo manual de instrucciones en el campo eran el de un tirano, el de un psicótico y el de un chulo arrabalero. Y sin eso, esos tres genios no hubieran sido humanos.
Esos arrebatos los bajaban del Olimpo y los subían al carro de nuestros defectos, pero más estilizados, con más clase y estética, como esa patada magnífica que Cantona le endilgó a un tío brasas que no paraba de insultarle. Eso es fútbol, también. Un tiempo corrido como la vida y donde pueden pasar tantas cosas que los mejores días nos olvidamos de que todo acabará. Y en esos días nos volvemos eternos.
La perfección moral de Vinícius
Pero a Vinícius no se le consiente. Se le exige esa perfección moral inalcanzable. Excepto por nuestros mediocampistas, que viven dentro de ella como si fueran actores en una telecomedia de situación. Ganó Rodri. Ganó el fútbol. Un jugador de equipo. No como aquel Maradona del 86, un insulto contra el fútbol a la vista de las nuevas modas comunales. Será que ya no hay héroes o que solo los queremos ver en las series de streaming. En la realidad, asustan. Nos señalan al centro mismo de nuestra mediocridad.
Vinícius celebra un gol. (EFE/Kiko Huesca)
La idea de no ir a la gala del Balón de Oro, al parecer salió de Ancelotti. Viejo sabio conocedor de vestuarios e intrahistorias. Otros apuntan directamente a Florentino Pérez. Se habla de ausencia de señorío, pero la última vez que el Madrid, cuando perdió, dio la mano, se la amputaron. Y no está el mundo para exhibir muñones donde puedes arrojar Champions sobre las cabezas más obtusas.
Igual que hace 15 años, España y el Madrid se separan. Pero ahora se separan el mundo y el Madrid. Son dos universos paralelos. En esas razias periódicas del Real contra todos se sueldan las fracturas del vestuario y los jugadores, con tensión en la mirada, se convierten en líderes. Es la presión de los costados. Y es la forma en que el jugador blanco es capaz de superarla haciéndose de metal y cosiendo el grupo. De momento, ha ganado el fútbol. Pero eso es circunstancial porque la apuesta del Madrid, siempre es la más alta posible.
Ganó el fútbol. Esa frase. Rodrigo Hernández, mediocampista español, se ha llevado el Balón de Oro. Y los comentaristas, hinchados de moral, nos regalan esa sentencia, entre otras muchas del mismo color. Frases dictadas con el ánimo de reflejarse ellos mismos en el espejo de los grandes hombres. La tenían preparada. Esa es la frase con la que Xavi Hernández saludaba a las victorias más sufridas del Barça. Xavi, mediocampista hispano-catalán, hombre adoctrinado en la escuela de la verdad fundamental, La Masia; que nació en mitad de un rondo y se hizo mayor entre fotos de ídolos blaugranas.