HISTÓRICO JUGADOR DEL REAL OVIEDO

Carlos Muñoz, el último delantero salvaje: "Clemente me dejó sin Mundial por rencor"

La de Carlos es una historia injusta: la de uno de los mejores delanteros de los años 90 que apenas jugó en la Selección y no tuvo una oportunidad en los grandes

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Todos los delanteros felices se parecen unos a otros, pero cada delantero infeliz tiene un motivo especial para sentirse cabreado.

Carlos Muñoz Cobo (Úbeda, 1961), uno de los mejores delanteros españoles de los 90, tercer máximo goleador de la historia del Real Oviedo, seis veces internacional con una estadística intachable (6 partidos, 6 goles), pichichi de Segunda en el 88, máximo goleador español de Primera en la temporada 93-94, pichichi en dos categorías del fútbol mexicano, tuvo al menos tres: la falta de una oportunidad en el F.C. Barcelona en sus inicios, su exilio de la selección española y la salida del Oviedo por la puerta de atrás, después de siete temporadas de servicio.

Solo el segundo motivo tiene una explicación de este mundo: Javier Clemente. El resto es metafísica balompédica: "El fútbol es así", zanja el exfutbolista al recordar las incógnitas de su carrera durante esta conversación con El Confidencial.

En el Barça, después de que Menotti le hiciese debutar con el primer equipo, el club mantuvo a Carlos desterrado tres años en precarias cesiones levantinas, antes de enviarlo a remar al Oviedo, en Segunda, contra su voluntad. En Barcelona iba a empezar la fiesta del Dream Team, pero Carlos se quedó en la puerta. Quizás por eso se pasó los 90 metiendo goles. Para demostrar que él era uno de ellos.

Sin embargo, nunca lo fue.

Carlos Muñoz es el último delantero salvaje del fútbol español, un superviviente en los estadios de finales del siglo XX. "El futbolista es bueno por naturaleza y las sociedades anónimas lo corrompen", pero él nunca cambió. Ni siquiera el equipo de su vida, el Oviedo, pudo soportar el peso de su autenticidad. "Me considero un guerrero. Gracias a eso he conseguido ser futbolista y llegar donde he llegado. Quizás habría podido llegar más lejos. O no, pero lo que hice, fue con el corazón".

Pegar patadas, chutar rápido

La primera vez que Carlos entró en el Camp Nou, en los 70, fue colándose en el estadio para ver un partido. Entonces era un adolescente cualquiera, uno de los cuatro hermanos de una familia de emigrantes andaluces establecida en la Riera Blanca, un barrio obrero de Hospitalet de Llobregat, un mundo humilde y abrupto en la frontera de una ciudad cosmopolita y refinada —por entonces escenario del boom de la novela latinoamericana—, donde Carlos creció bajo el influjo del realismo mágico de una infancia charnega: el escondite, las pedradas y el fútbol. "Fuimos unos emigrantes más, que con trabajo y esfuerzo conseguimos establecernos en Barcelona. Éramos gente trabajadora, prácticamente nunca íbamos de vacaciones. Una familia normal. No había grandes problemas ni grandes beneficios. Vivíamos para el trabajo y la salud, aunque luego mi padre murió".

El futbolista es bueno por naturaleza, son las sociedades anónimas las que lo corrompen

Su contacto con el fútbol fue natural, en la calle, sin influencias de la televisión. No recuerda haber imitado a ningún jugador. No era de ningún equipo. Tampoco veía muchos partidos por la tele, aunque su padre lo llevaba al campo del Espanyol, donde fue acomodador durante un tiempo, y se colaba en el Camp Nou cuando podía. Sobre todo, le gustaba jugar en los patios. Allí desarrolló su instinto: "Aprendí a pegar patadas y chutar rápido, porque jugábamos veinticinco chavales en un espacio pequeño, así que no había que ser muy técnico. De los que jugamos allí, no llegó nadie a ser profesional, como mucho a Tercera".

Tras practicar en pistas de fútbol sala, su primer equipo fue el Juventud de Hospitalet. Llegó con 14 años. No había categorías de fútbol base, así que empezó a jugar directamente en Tercera regional, con compañeros y rivales que doblaban su edad, en campos de tierra donde para pasar del centro del campo había que cavar trincheras. "Vi muchas palizas a los árbitros. Los domingos lo normal era que se liase. Cuando ibas a un barrio en casa de dios, sabías que para ganar tenías que ser muy bueno, porque si no el árbitro te machacaba. O si no, paliza que le pegaban. La verdad es que era una vergüenza, los árbitros estaban un poco abandonados en aquella época".

Por entonces Carlos ya había dejado de estudiar para ponerse a trabajar. Desde los 14 años hasta su fichaje por el Barcelona Atlético, el antiguo filial del Barça, a los 22, recién llegado de la mili, trabajaría como butanero, pintor, albañil y camarero, entre otros oficios, para ayudar a su familia. En todos estos años, nunca imaginó la posibilidad de ser profesional: "Yo siempre he dicho que soy futbolista por causalidad. Con 21 años, estaba todavía jugando en Tercera regional".

Para la gasolina

Su primer golpe de suerte llegó un poco antes, a los 18, tras una exitosa operación de trueque. Pocos meses después de fichar por el Polvoritense, un equipo de Segunda regional de la zona, a cambio de varias equipaciones y unos cuantos balones para su anterior club, Carlos terminó por una carambola administrativa en el Igualada, que jugaba en Tercera regional, gracias al estreno de una norma que requería a los equipos contar con dos jugadores Sub-20 en su plantilla.

No desaprovechó esa oportunidad. "Para mi jugar en Tercera ya era la hostia, aunque cobraba 3.000 ó 5.000 pesetas al mes, para la gasolina. El entrenador se llamaba Solsona. Fue quien me dio el impulso para ser profesional. Cualquier otro me hubiera quitado a los cinco minutos para poner un veterano". Esa temporada fue elegido mejor Sub-20 de la categoría en Barcelona. Y, por primera vez, llamó la atención del Barça. "Entonces me tuve que ir a la mili. Catorce meses sin jugar al fútbol, se te parte todo. Pero volví y a los dos meses me firmó el Barcelona Atlético".

Sus padrinos en el Barça fueron Josep Mussons, uno de los principales artífices de La Masía, hoy presidente de honor del fútbol base del F.C. Barcelona; y Nicolau Casaus, entonces vicepresidente del club. "Los dos eran de Igualada. Fueron los primeros que hablaron con el cuerpo técnico del fútbol base del Barcelona".

Maradona no es una persona cualquiera

Su debut en Segunda con el Barcelona Atlético, en el Miniestadi, curiosamente contra el Oviedo, sigue siendo uno de sus recuerdos más queridos. Carlos metió dos goles y le hicieron un penalti. Ganaron 3 a 0. Todo iba bien, tanto que fue llamado por César Menotti para entrenar con el primer equipo. "De golpe y porrazo, nos dicen que tenemos que subir a entrenar Pedraza, López, Cuni y yo. Ahí ya fue cuando dije: 'Ya estamos'. Estaba en el vestuario del Barça, cuando un año y medio antes estaba jugando en tierra".

Carlos, junto a Calderé, en un Barcelona B- Oviedo (Efe)
Carlos, junto a Calderé, en un Barcelona B- Oviedo (Efe)

En la temporada 83-84, no era un vestuario cualquiera. Allí estaban Urruti, Alexanco, Víctor Muñoz, Schuster, Lobo Carrasco, Quini y Maradona, que entonces tenía 24 años, la misma edad que Carlos. La pareja de delanteros argentino-asturiana era su favorita. "A Maradona le hice un caño el primer día y casi me matan. Con Quini me llevé muy bien. Ellos se quedaban después de entrenar y Maradona tiraba faltas con Quini de portero. Yo me quedaba siempre a mirar. Maradona era digno de ver. Que tuvieses al mejor del mundo allí y hablaras con él… Lógicamente, yo iba al barrio y se morían".

Me quedaba después de los entrenamientos a ver cómo Maradona le tiraba faltas a Quini

Menotti fue el guía de Carlos en aquel espejismo. Su suerte quedó ligada a la del técnico argentino. Bajo su mando, debutó con el Barça en la Copa de la Liga. También viajó a Italia para jugar un homenaje al Zico, en el estadio de Udinese, ante miles de espectadores. Sin embargo, antes de empezar la temporada Menotti presentó su dimisión —había fallecido su madre— y Carlos desapareció del mapa. Ya no volvería a tener otra oportunidad. "Seguí en el Barcelona Atlético y no hice la pretemporada con el primer equipo, cosa que me extrañó muchísimo. Jugaba con el filial, iba marcando goles, pero el Barcelona no me llamó. Entonces me enviaron cedido al Elche, en Primera, aunque era un equipo medio descendido".

Fue el primer destino de una odisea de cuatro cesiones consecutivas en cuatro temporadas: "Yo iba a la ciudad, me recibían, alquilaba un piso y a vivir: así es la vida del futbolista". A Elche se marchó en mitad de la liga por la comida y la pensión: jugó 12 partidos y marcó 5 goles. Allí, sin embargo, conoció a su mujer. Su siguiente destino fue el Hércules, donde llegó a jugar con Kempes, encadenando un segundo descenso: jugó 20 partidos y metió 5 goles. Esa temporada pudo comprarse un Ford Fiesta se segunda mano. La última parada antes de ser cedido al Oviedo, en Segunda, fue Murcia, donde sumó su tercer descenso consecutivo, anotando 4 goles en 20 partidos. "Fue un año en que no estaba contento, estaba un poco alterado. Pero yo iba a un sitio y siempre intentaba hacerlo lo mejor posible".

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PREGUNTA. ¿Crees que alguien te tapaba en el Barça?

RESPUESTA. Yo sé que no era normal mi situación, no hacer nunca la pretemporada con el primer equipo. Recuerdo que hablaba con César, que era el jefe de los ojeadores. Decía que todos los informes de los cuatro ojeadores del Barcelona decían que tenía que estar en el primer equipo, pero nunca subí.

P. Pero Cruyff sí preguntó por ti…

R. Sí, cuando llegó preguntó cómo un tío que está jugando en el Oviedo no estaba en el primer equipo, pero tampoco hice la pretemporada.

P. ¿Tienes una espina clava por esa oportunidad que no te dieron?

R. Sí, mucho. Porque me quedó la duda de si yo habría podido ser algo más y desarrollar la posibilidad de ganar títulos. Eso me marcó mucho, sobre todo porque no me demostré a mí mismo si podía estar o no estar.

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Al Oviedo o al pozo

"Al Oviedo o al pozo". Fueron, literalmente, las dos opciones que el Barça le ofreció a Carlos en 1987. Eligió la primera, aunque en el fondo eran iguales: ese año, el Oviedo se había librado de bajar a Segunda B en los despachos, al ampliarse el cupo de equipos en Segunda. "Yo no quería venir a Oviedo, no lo voy a negar nunca. Siento otra decepción más en mi carrera. Había equipos en Primera que me querían, como el Osasuna. Sabiendo lo que sé ahora de fútbol, ya dudo de todo. No sé si bajo manga les daban algo a los responsables del fútbol base del Barça para que me cedieran".

Yo no quería venir a Oviedo, no lo voy a negar nunca

Pero la supervivencia era el terreno de Carlos, un jugador que tirabas a un pozo por la mañana y por la noche salía a la superficie con la cena, un ascenso, el trofeo de pichichi, una pandilla de amigos para toda la vida y una capital de provincias.

Llegó por primera vez al aeropuerto de Ranón un miércoles por la noche, acompañado de su hermano Joselito; y cuando Julio Marigil, segundo entrenador del Real Oviedo, preguntó por "Carlos" para darle la bienvenida al fichaje, él señaló a su hermano: "Es este". Nadie sabía quién era Carlos en Oviedo. Para colmo, esa misma noche, mientras firmaba el contrato, el director deportivo del Valencia intentaba localizarlo para hacerse con sus servicios en Mestalla, pero cuando Carlos llegó al hotel y devolvió la llamada ya era tarde. "Decía que no firmara y cogiera un avión para Valencia, pero ya estaba hecho".

Contra todo pronóstico, el Oviedo subió a Primera esa temporada después de trece años, con Vicente Miera en el banquillo. Carlos fue pichichi con 25 goles: sobre el segundo que le metió a Zaki Badou en la ida de la promoción contra el Mallorca, un cabezazo desde más allá del punto de penalti, Carlos ha dicho que no podría repetirlo en la vida. Tras el partido de vuelta, cuando el equipo aterrizó en Asturias con el ascenso, Carlos ya era un ídolo. Aquel día la afición invadió la pista hasta la escalerilla del avión y la Guardia Civil tuvo que cortar la autopista hasta Oviedo. "Estaba toda Asturias en la calle. Fue un año sensacional. No solo por nosotros, sino por la felicidad que veías en la ciudad, lo que representó. Resurgió el ánimo de la juventud y de la gente, que ya pensaba que no iba a ver más a este equipo en Primera".

Sin embargo, ya sabía que el año siguiente iba a jugar en el Atlético de Madrid, donde todo salió mal.

"Carlos, te quiere, la gente del Tartiere"

A Carlos siempre le pasaban cosas. En el Atlético, le ocurrieron todas a la vez. Nada más llegar, se frustró su reencuentro con Menotti, su mentor en Barcelona, que había pedido su fichaje expresamente para el Atleti. "Cuando voy a firmar me lo encuentro en las oficinas, y me dice: 'Te digo una cosa, donde yo vaya no te voy a llamar nunca más'. Justo cuando voy a empezar la temporada, lo echaron".

Con su sustituto, José María Maguregui, su relación fue un desastre desde el principio. La noche antes de su presentación, el melón con jamón de una cena con amigos terminó en un cólico nefrítico. "Empecé a vomitar por arriba y por abajo, hasta sangrar. Llamé al médico de urgencias y me pusieron una intravenosa. Esa tarde tenía que estar en la presentación y se me veía cara de demacrado". Cuando se incorporó a los entrenamientos, con tres kilos menos, siempre iba el último cuando tocaba correr: "Yo estaba medio muerto". Maguregui le cogió manía: "Mi mayor defecto es que siempre digo lo que pienso, pero a veces no se puede decir. Y con Maguregui acabé malísimamente mal".

Carlos, en su etapa en el Atlético de Madrid (Atlético de Madrid)
Carlos, en su etapa en el Atlético de Madrid (Atlético de Madrid)

Esa temporada Carlos no jugó bien. "Yo estaba como enfadado". Durante la liga, cuando regresó a Oviedo como visitante y saltó al campo donde el año anterior había sido feliz, Futre se acercó a preguntarle cómo era posible que le quisieran tanto en aquella ciudad. Todo el estadio coreaba su nombre: "Carlos, te quiere, la gente del Tartiere". Él ya solo pensaba en volver. Y volvió. Y se quedó siete años.

Sin embargo, antes se tendría que enfrentar a Javier Clemente, en el episodio que explica su ausencia en el Mundial de Estados Unidos, cinco años más tarde. A mediados de 1989, el técnico vasco había firmado con el Atlético para la temporada siguiente y contaba con Carlos para formar la plantilla: era un jugador bueno, bonito y barato. Pero Carlos quería marcharse: "Y el que no, y yo que sí, hasta que Clemente, que es vasco… Pues nada, que se vaya a tomar por saco. Y me la guardó, pero bien guardada".

La plantilla del Oviedo en 1994, una de las mejores de su historia (Real Oviedo)
La plantilla del Oviedo en 1994, una de las mejores de su historia (Real Oviedo)

Los felices años 90

En las condiciones adecuadas, Carlos podía ser uno de los mejores delanteros de España. Esas condiciones solo se dieron en el Oviedo de los años 90: libertad, amistad y un buen equipo. "El club lo hizo bastante bien. Creó una infraestructura con una buena cantera. Subieron muchos jugadores de abajo, cada año un par. Y el club no firmaba diez o doce más cada año, sino que fichaba dos o tres para consolidar la cantera. Hubo grandes futbolistas que vinieron aquí: Dubovsky, Jokanović, Jerkan, Gračan, Janković, Lacatus, Prosinecki…".

Lacatus no debió jugar contra el Génova, fue un error de Irureta

Además de esa fantástica selección de una generación única de futbolistas de la antigua Yugoslavia, Carlos se convirtió en la referencia ofensiva de un equipo repleto de nombres históricos del imaginario oviedista, desde veteranos como Viti, Berto, Bango, Armando, Cristóbal a canteranos como Mora, Oli o Sietes.

No ganaron títulos, pero obraron pequeños milagros. Tres temporadas después del ascenso, el Oviedo era sexto en la liga y se clasificaba para jugar la Copa de la UEFA por primera vez en la historia, con Javier Irureta en el banquillo: "Un entrenador muy inteligente. No se mete contigo, te deja hacer lo que sabes hacer en el campo". Sin embargo, Carlos siempre ha pensado que se equivocó en la vuelta de la eliminatoria contra el Génova en el debut del Oviedo en la UEFA, después de haber ganado en casa por la mínima. "Primero, porque Lacatus no tenía que jugar. Le había cortado la oreja a un jugador del Génova cuando jugaba en Italia. Iban a provocarlo", argumenta. "Y cuando el Génova nos mete el 2-1, hace dos cambios: nos quita a Bango y a mí. Entonces el equipo se echó arriba y nos mataron a faltas. Luego el árbitro… Fue un atraco a mano armada. Pagamos la novatada de la UEFA".

Su equipo favorito de aquellos años no fue ese, sino el del 94, con Radomir Antić en la banda. "Para mí, el mejor entrenador que he tenido. Te exprimía anímicamente para sacarte lo mejor. Eso sí, como le entraras mal, no jugabas más al fútbol. El año que jugamos la UEFA teníamos peor equipo que en el 94. Tú miras los once jugadores, y de los once, diez internacionales con sus países".

Seis partidos, seis goles

En sus siete temporadas con el Oviedo en Primera, Carlos marcó 93 goles en la liga, una media de 13,29 por campeonato. Su instinto goleador cumplió como un reloj desde el primer año hasta el último: 14, 12, 8, 15, 20, 14 y 10 goles en su última temporada.

Esta trayectoria le abrió las puertas de la selección casi desde el principio, con Luis Suárez como técnico, tras el descalabro de Italia 90, donde España había caído en octavos contra Yugoslavia. "Podría haber ido a dos mundiales, pero no fui a ninguno. A lo de Italia no le di mucha importancia. Aunque llevaba 14 goles en la liga, no había ido nunca convocado, así que era difícil".

Míchel me dijo que no me preocupase, que García se metía con todo el mundo, pero mi madre lloraba

En realidad, nunca se había hecho ilusiones. Cuando debutó con la selección, tenía 29 años. Fue en un amistoso contra Brasil en el Molinón, el estadio del eterno rival del oviedismo. En la previa, además de los silbidos de los aficionados del Sporting de Gijón, tuvo que aguantar los ataques del periodista José María García. "Me tiró mierda por todos lados. Quería tirársela a Luis Suárez, ¿y cómo lo hacía?, pues diciendo que cómo me podía llevar a mí, un jugador de 30 años, después del Mundial que habíamos hecho. Me puso verde. Recuerdo que Míchel me dijo que no me preocupase, que se metía con todo el mundo. Pero mi madre me llamaba llorando por todo lo que estaba diciendo de mí".

Carlos, abajo al fondo, posa con la Selección (RFEF)
Carlos, abajo al fondo, posa con la Selección (RFEF)

Los silbidos del público cesaron pronto. Diez minutos después de debutar, Carlos metía un golazo de cabeza, lanzándose en plancha para rematar un centro perfecto de Míchel desde la banda. En las grabaciones del gol, mientras corre hacia el córner para subirse al cuello del madridista y celebrar el tanto, loco de contento, tras la portería se puede ver una pancarta que reza: "Puta Oviedo".

Por culpa de Salinas nos fuimos del Mundial

Las críticas periodísticas también terminaron unos meses después: su rendimiento era intachable. Desde septiembre de 1990 a marzo del 1991, Carlos jugó seis partidos con la selección, marcando seis goles. Después desapareció de la lista para siempre. Tras la destitución de Suárez, ya no volvería a vestir la camiseta de España. El primer seleccionador en olvidarse de él fue Vicente Miera, su entrenador en el ascenso del Oviedo. Y, poco después, Javier Clemente. "Un tío que viene de meter seis goles con España y, de golpe y porrazo, desaparece de la selección. Y luego, me sobrepongo a eso, sigo metiendo goles, viene otro entrenador y no me lleva al Mundial. No entendí nada".

En 1994, antes de la convocatoria para la Copa del Mundo, Carlos había completado su mejor temporada: era el máximo goleador español con 20 tantos en la liga, por delante de Julen Guerrero y Ziganda. Ese año solo marcaron más goles Romario (30), Šuker (24) y Kodro (23). Finalmente, Clemente incluyó tres delanteros en su lista: Begiristain (7), Julio Salinas (2) y Juanele (8), que ni siquiera llegaría a jugar.

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P. ¿Qué te duele más, lo de Clemente o lo de Miera?

R. Me hizo más daño el Mundial, pero sentimentalmente lo de Miera, porque no sé todavía por qué no me llevó.

P. ¿Pudo Clemente ser tan rencoroso?

R. Es que Clemente fue vengativo. Pero lo entiendo, porque él también se tuvo que sentir mal cuando yo dije que no me quedaba en el Atlético. También se pudo sentir herido, humillado... Me cabrea, pero lo entiendo. Lo malo fue que ningún periodista, ningún periódico, ninguna radio, nadie dijo por qué no me llevaron al Mundial. Soy el único máximo goleador de su país que no fue a un Mundial, el único en la historia.

P. Aquel fue el año de "por culpa de Salinas nos fuimos del Mundial".

R. Yo me mordía los puños viéndolo por la tele, pero no por España, sino por Clemente, que me la había liado. Mató mi sueño del ir al Mundial.

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México lindo y querido

Mientras tanto, en Oviedo, como en el resto del país, el dinero corría a raudales. En 1992, el club se convertía en sociedad anónima. "Aquí se rompe toda la magia del Oviedo. Con ella vinieron los problemas, y la prueba es que a partir de entonces el equipo fue para abajo". Durante la década siguiente, el club llegaría a negar al tercer máximo goleador de su historia al menos cuatro veces: la renovación, el regreso, un partido homenaje y una oportunidad en los banquillos.

Entre sus numerosas decepciones de esa etapa, una de las mayores fue Eugenio Prieto, el presidente de los buenos tiempos, a quien Carlos, que nunca tuvo representante, acusa de incumplir el pacto de su renovación. "Yo tenía un contrato con él, de hombre a hombre, de palabra: cada año que metiera 15 goles o jugara 30 partidos, renovaba automáticamente. Para mí era más importante la palabra que la firma. Me engañó. Entonces me marché para México".

No tuve homenaje en Oviedo, solo un saque de honor con el Vetusta

Era 1996. Carlos tenía 34 años y no quería marcharse. La última temporada había marcado 10 goles en 36 partidos. En su salida, no hubo homenajes oficiales. "Hice una cosa con la que me sentí vergonzosamente herido. El año que me fui, Eugenio Prieto me dice que baje a dar un saque de honor en un partido del Vetusta. Yo lo hice por el Vetusta, por los chavales, pero sentí vergüenza ajena y una impotencia increíble".

Muñoz, mientras jugaba en el Puebla (ESPN)
Muñoz, mientras jugaba en el Puebla (ESPN)

Y, de nuevo, diez años después de haber caído por primera vez en el pozo, Carlos se tiene que reinventar de nuevo, ahora en otro continente. “Yo no me quería marchar, como cuando vine al Oviedo. Me fui con mi mujer y mi hija. Al final, los cuatro años y medio que pasamos en México fueron de los más felices que hemos vivido”. En su etapa mexicana, donde coincidió con Butragueño y Míchel, que le ofrecieron su ayuda para establecerse en el país, Carlos fue máximo goleador de Primera con el Puebla y, posteriormente, pichichi de Segunda con el Lobos. "Dicen que el fútbol mexicano es lento, pero hay que jugar ahí. Es complicado porque juegas a 3.000 metros de altura, al nivel del mar, a 40 grados, con el césped alto… No es fácil triunfar".

El hoyo de la retirada

Todo lo que pasó después es el desencanto.

A finales del 2000, mientras disfrutaba de unos días en Asturias, Carlos le preguntó a Radomir Antić, entonces de regreso en Oviedo, si podía entrenar con el equipo antes de volver a México. Aquellas sesiones se transformarían en la esperanza de un regreso. Carlos rescindió su contrato con Lobos por teléfono y se quedó en España. "Antić me dijo que siguiese entrenando porque iba a firmar. Estuve dos meses. Yo no quería cobrar nada. Lo único que quería era un partido de homenaje".

Carlos lee el periódico en un bar de Oviedo (E.C.)
Carlos lee el periódico en un bar de Oviedo (E.C.)

Ni contrato, ni homenaje. En enero de 2001, se enteró por la prensa del fichaje de Collymore, que llegaría a jugar 71 minutos con el Oviedo antes de desaparecer de la ciudad sin avisar a nadie. Todavía con la esperanza de lograr una vinculación con el club como parte del cuerpo técnico, Carlos se quedó varias semanas más, hasta que se cansó. Entonces se retiró del fútbol, pero no como hubiera deseado. "Me retiraron. Yo podía haber seguido en México, pero ya no podía. Además, me siento engañado por fiarme de la palabra de la gente. Ya no es que diga que me retiro, es que ya no hay más".

Tenía 40 años, la mitad como futbolista profesional, toda una vida jugando a la pelota. En esa etapa, sintió un gran vacío. "Eso es lo peor que me pasó, hablando de fútbol. Fue una época muy difícil, porque te preguntas: '¿Y ahora?' Hasta que uno se da cuenta y dice: 'Eh, para, que ya está, se acabó, ahora tienes que hacer otra cosa'. Pero no es fácil. Si le preguntas a otros futbolistas, no es fácil dejar de serlo. Son momentos jodidos. Yo no me apoyé en nadie. Me lo comí y me lo guisé solo. Entonces, claro, entras, no sé, puedes llamarlo depresión. Todo te cambia, el carácter también. Yo lo pasé mal, muy mal".

Carlos siempre fue un jugador fuerte, pero lo de los últimos años no es normal (C.M.)
Carlos siempre fue un jugador fuerte, pero lo de los últimos años no es normal (C.M.)

La guerra civil del fútbol ovetense

En los años siguientes, mientras buscaba una oportunidad para reinventarse como entrenador —había sacado el título en México—, el Oviedo se hundía. En la temporada 2001/2002, el equipo bajaba a Segunda. La siguiente, a Segunda B. En agosto de 2003, el club descendía administrativamente a Tercera, situándose al borde de la desaparición.

En este punto crítico de la historia oviedista, Carlos ya había logrado el puesto de director en la escuela deportiva del ayuntamiento de Oviedo. Por fin sentía que le sonreía la suerte, pero tampoco salió bien. "Ahí otro varapalo, porque llega la pelea entre el Oviedo ACF y el Real Oviedo". En la guerra civil del fútbol ovetense conocería las consecuencias de la equidistancia.

Me negué a apoyar al Oviedo ACF, porque no quería que muriese el Real Oviedo

No es posible entender esta contienda sin mencionar el gabinismo, una época propicia para el capitalismo clientelar y el urbanismo nacionalcostumbrista que duró dos décadas plagadas de peripecias políticas extraordinarias, con el alcalde Gabino de Lorenzo como maestro de ceremonias. La aparición de un nuevo equipo de fútbol en la ciudad, el Oviedo A.C.F., conocido por la afición oviedista como "el Engendro", fue una de ellas. En el verano de 2003, dando por muerto al Real Oviedo, el ayuntamiento auspició la refundación del Astur, otro club histórico de la ciudad, para ser impulsado oficialmente como primer equipo de la capital, contra la corriente mayoritaria del oviedismo.

Carlos quedó en medio del fuego cruzado. "El ayuntamiento, con el Oviedo ACF. Yo, director deportivo de la escuela deportiva del ayuntamiento. Me dicen que tengo que apoyar al Oviedo ACF y yo me niego, porque no quiero que se muera el Oviedo". Le costó el puesto: "Querían que saliese en la parte de atrás de los autobuses con el carnet del Oviedo ACF, con una foto mía, y dije que no". Pero también le hicieron pagar su posición en el bando oviedista: "Porque luego, cuando vas con el otro lado, tampoco te dicen: 'hola, ¿qué tal?, ¿cómo estás?'".

Una vida tranquila

Veinte años después de su retirada, con el hacha enterrada, Carlos Muñoz, vecino de Oviedo desde la caída del Muro de Berlín, tiene casi 59 años y una colección de títulos profesionales nuevos: entrenador de fútbol nivel UEFA, entrenador personal y nutricionista. En cambio, no tiene el carnet del Real Oviedo. Quiere que gane y que suba a Primera, es accionista y ve los partidos por la tele, pero ya no va al campo. "Desde hace unos años no soy socio. Es mi decisión. ¿Por qué? Por otros motivos que a lo mejor el club tiene conmigo, como yo los tengo con ellos. ¿O no tengo derecho? ¿Es que me van a criticar por eso? Para mí la afición es lo mejor, pero con el club mi relación es nula".

Después de dirigir a varios equipos pequeños en Asturias —Lugones, Llanera, Campomanes—, hoy trabaja como entrenador personal en un gimnasio y periódicamente prepara a grupos de jóvenes de Estados Unidos que viajan a Oviedo a estudiar español y jugar al fútbol. "Desde hace cuatro o cinco años entreno a gente que quiere ponerse bien físicamente. También entreno a gente mayor, con problemas. Soy feliz porque para eso saqué mi título. Es lo que me gusta, nada más. En esta vida tienes que hacer lo que te gusta, cuando se puede".

Carlos, junto a su familia, en su casa de Oviedo (C.M.)
Carlos, junto a su familia, en su casa de Oviedo (C.M.)

También le gustaría volver a entrenar un equipo, pero nunca ha estado desesperado por los banquillos. "Hay circunstancias en las que te ofrecen un equipo de Segunda regional y no lo quieres, pero no porque sea de Segunda regional, sino porque no ves un proyecto que te interese. Pero no es una cosa que estés buscando una oportunidad y digas: 'Por favor, que me llamen'. Que me gustaría entrenar, sí. Que me gustaría ir a México a entrenar, también".

En su estado de WhatsApp, puede leerse esta frase: "Mira tu actitud y no escondas tu conformismo". En la foto que la acompaña, Carlos aparece sonriente con la camiseta del Oviedo y un sombrero de mariachi. Está tomada en 1996, en una fiesta mexicana, y representa a una estirpe de jugadores extinguida por el fútbol moderno, los últimos delanteros salvajes del siglo XX. "Yo soy un jugador de garra, de lucha y de pelea. No soy un jugador técnico, ni de calidad, pero donde yo jugaba, de delantero centro, conllevaba ser duro. A mí no me van a valorar por mi calidad, pero sí por mi trabajo y por mis goles".

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P. ¿El fútbol da más alegrías o decepciones?

R. Hay decepciones, pero más alegrías. No le encuentro ninguna dificultad a dedicarte a lo que te gusta y que encima te paguen. Haces deporte al aire libre, vas a trabajar y estás rodeado de miles de personas que te aplauden o te chiflan. Estás en la prensa, en boca de todos, te televisan… Yo creo que no hay ningún problema. Ahora, métete a picar en la mina. Eso es jodido, pero ser futbolista no.

P. ¿Cómo te sientes ahora anímicamente?

R. Es como si me caigo, me rompo la cadera y me pongo a llorar todos los días. Lo que hice fue operarme, recuperarme y salir adelante. En la vida no hay otra. Decepciones y alegrías, sí. Pero si tienes una alegría, ¿vas a vivir con ella toda la vida? Para saber qué es la felicidad tienes que saber lo que es la tristeza. Y en la vida no es todo fácil, pero es lo que hay.

P. ¿Y qué espera Carlos Muñoz de la vida?

R. Tener salud, ver con salud a mis familiares y vivir tranquilo, tampoco pido mucho más.

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