Análisis sobre el hoy asistente de Guardiola

El 'fracaso' de Juanma Lillo o su decisión irrevocable de morir jugando

El técnico guipuzcoano es el entrenador más veces destituido en la historia de la Primera División en menos tiempo. Nunca le dejaron tiempo para consolidar su estilo de juego

Foto: Juanma Lillo y Pep Guardiola, cuando se enfrentaron en LaLiga con Almería y Barça en 2010 (Efe).
Juanma Lillo y Pep Guardiola, cuando se enfrentaron en LaLiga con Almería y Barça en 2010 (Efe).

Cuando el idolatrado Johan Cruyff llegó al Barça como entrenador en 1988, su equipo tardó dos temporadas en funcionar con regularidad. Solo los oportunos títulos de la Recopa y la Copa del Rey permitieron que se mantuviese tanto tiempo con una dirección inestable. ¿Cómo fue que el mejor equipo de la historia barcelonista precisó dos años para nacer?

Es probable que la respuesta sea que no todos los estilos de juego son de fácil asimilación, por lo que el efecto de una propuesta exigente no siempre será inmediato. Sobre todo si, además de la complejidad técnica que pueda encerrar la idea, esta resulta contracultural. Cruyff pretendía elaborar un fútbol alrededor del balón y obsesionado con la fase ofensiva en un país donde el grueso de futbolistas acostumbraba a afrontar los partidos desde planteos decididamente defensivos. A juzgar por la situación de aquel Barça, quizá una sola temporada no ofreciese el tiempo mínimo necesario para encontrar o moldear a los jugadores adecuados para que el novedoso método fluyese.

Johan Cruyff, el día en que fue nombrado presidente de honor del FC Barcelona (Efe)
Johan Cruyff, el día en que fue nombrado presidente de honor del FC Barcelona (Efe)

A medida que el pujante Dream Team ganaba Ligas ya en la década de 1990, un joven entrenador español llamado Juanma Lillo crecía en categorías inferiores como admirador de diferentes conceptos expresados por el conjunto de Cruyff. Adecuando el plan a las circunstancias, Lillo pretendía transmitir a sus equipos las nociones más arriesgadas de mecanismos de juego provenientes tanto de la escuela neerlandesa (que representaban Johan y sus antecesores) como de la argentina, dirigida tiempo atrás por César Luis Menotti. Lillo fue incluso a conocer al técnico sudamericano cuando dirigía al Atlético de Madrid; su proyecto fue continuado a comienzos de los años noventa por un Jorge Valdano con quien acabaría por compartir algo más que gustos.

De Segunda B a Primera en dos años

Después de un primer curso en blanco en la UD Salamanca, Lillo había dispuesto del tiempo suficiente para conseguir que el juego de los salmantinos causase sensación y, a la vez, consiguiese los dos ascensos consecutivos desde Segunda B hasta Primera. En 1995 el guipuzcoano estaba decidido a demostrar que no era necesario ser el Barça para alcanzar los mejores resultados basando el fútbol en bajar el balón al piso, intentar tenerlo más que el contrario e ir a buscarlo a su mitad de campo con insistencia. “No arriesgar es lo más arriesgado,; así que, para evitar riesgos, arriesgaré”, ironizaba el técnico. Pero a Lillo no se le permitiría completar una sola temporada en los distintos clubes de Primera que lo contrataron a lo largo de la década. Debido a que los resultados no llegaban de inmediato, los directivos de aquella UD Salamanca (como después los del Oviedo, Tenerife y Zaragoza) decidieron prescindir de sus servicios mucho antes de lo acordado.

Juanma Lillo en plena celebración grupal de sus triunfos en la UD. Salamanca. (Fuente: Marca)
Juanma Lillo en plena celebración grupal de sus triunfos en la UD. Salamanca. (Fuente: Marca)

“Jugar bien es adaptarte a las circunstancias que tienes. Pero, evidentemente, lo que no se puede es jugar bien con malos jugadores. (…) Un entrenador puede facilitar las cosas, pero los jugadores son lo verdaderamente importante”, dijo Lillo en alguna ocasión. Por supuesto, el de Tolosa no se refería a los futbolistas que había dirigido, pero sus palabras expresan la conocida máxima de que cuanto mejores son los jugadores, antes se alcanzará el óptimo nivel de juego. Por lo que, máxime cuando se trata de equipos de nivel medio, tener paciencia se vuelve indispensable.

En una pertinente comparativa con la situación de Johan Cruyff, si al holandés le supuso dos cursos de búsqueda y ajustes desarrollar aquel juego dominante disponiendo de efectivos acordes al nivel del Barça, ¿puede asegurarse que Juanma Lillo fracasó cuando, en clubes menores, apenas dispuso de media temporada para transmitir sus conocimientos a las plantillas? Atendiendo al sentido común, debe concluirse que aquel proactivo entrenador no tuvo tiempo de fracasar en los distintos clubes que “apostaron” por su ambiciosa propuesta de juego. Unas ideas futbolísticas que, por justicia, merecen ser explicadas en su contexto.

Y para empezar a entender la situación y el impacto de Lillo en el fútbol de los noventa, léase el siguiente extracto de una columna que el reputado periodista y escritor deportivo Julio César Iglesias firmó en El País para 1998: “Frente a ese modelo de capataz convencido de que el poder del equipo reside exclusivamente en el tamaño de la bragueta, Lillo cree, ni más ni menos, que en el buen juego y en los buenos jugadores. ¿Quién puede demostrar que la calidad entra en conflicto con la eficacia? Quienes digan que la rapidez, la clarividencia, la habilidad, el buen toque y el juego armónico no sirven para nada están en el camino de reducir el fútbol a una reyerta entre veintidós individuos que persiguen un pellejo en paños menores (…) Frente al fútbol esterilizado (…) Juan Manuel Lillo cree en la precisión quirúrgica del toque (…) él pide a sus muchachos que sean atrevidos y jueguen con alegría. Que se diviertan para divertirnos. Frente a quienes defienden la necesidad de morir matando, Lillo dice que prefiere morir jugando”.

Todo el fútbol de Lillo está en el reglamento

Cuando a Lillo le preguntan sobre su propuesta, él responde que la manera correcta de jugar no la decide el entrenador, sino que viene dictada en las normas del reglamento. “Eso que ahora llaman estilo lo marca el reglamento. Si pones a todos atrás y a Dios adelante, el reglamento dice que tienes posibilidades de ganar, pero las probabilidades serán mínimas. El problema es que algunos entrenan en base a la posibilidad de ganar, no a la probabilidad. Y posibilidades tienen las mismas los dos equipos, pero la probabilidad te la marca el respeto a las normas del reglamento. Luego puedes tener un pensamiento dictatorial y creer que lo que tú piensas aumenta las probabilidades. Pero yo hablo de cosas formales, no interpretativas. No es una elección de uno que tenga que ver con los gustos”.

La contestación no es más que una crítica dirigida contra los entrenadores ultradefensivos que se empeñan en despreciar el balón, camino que contravendría esa lógica futbolística. Según sus palabras, “se han cogido la autoridad de ganadores los técnicos que juegan a ver qué pasa. (…) ¿Tú crees que tirando la pelota recta desde atrás se pueden dar las probabilidades de ganar? Hay que tener en cuenta que la pelota cuanto antes va antes vuelve, pero ir va sola y volver vuelve con ellos, y esto es la hostia (…) Entonces, ¿le pegamos para arriba, que cuanto más lejos esté de la portería mejor, o hacemos algo en la construcción metodológica para que se den las circunstancias que marca el reglamento y así las probabilidades aumenten?”.

“El mejor libro de fútbol y de táctica jamás escrito es el reglamento, en él está todo. Se trata de no contravenir la lógica interna que el deporte lleva” (Juanma Lillo)

Para hablar con concreción de ese estilo de juego acorde al reglamento que, según Lillo, debería ser el único a practicar, El Confidencial contactó con el fichaje principal de la UD Salamanca para la temporada 1995/96. El delantero internacional Claudio Barragán, actual entrenador del Recre, había sido titular los cursos recientes en el Deportivo de la Coruña dirigido por Arsenio Iglesias, un entrenador de conocidos métodos clásicos como el repliegue intensivo, la zaga de cinco con marcación combinada o el posicionamiento en el campo con la mayoría de hombres por detrás del balón. Claudio llegó a Salamanca con una dilatada carrera a sus espaldas, y cuenta que le impresionaron las convicciones de un Lillo incluso más joven que él. “Me llamó la atención que un equipo recién ascendido apostase por un fútbol tan ofensivo, de tener el control en todo momento. Éramos un equipo muy alegre. (…) Los entrenamientos eran muy analíticos, distintos a los de Arsenio. Practicábamos muchos ejercicios diferentes de posesión de balón, que rara vez repetía. (…) Esa era la apuesta de Juanma”.

Por su parte, para referirse a esa intención netamente ofensiva y a la necesidad de controlar el partido de las que habla Claudio, el siempre irónico técnico recuerda que “el reglamento dice que hay que marcar más goles que el rival. Eso te lleva a que al menos hagas uno. Yo lo que quiero, a ser posible, es tener al rival todo el partido debajo de su portería, porque esto solo puede aumentar mi probabilidad de victoria. Por eso entreno lo probable, porque me gusta ganar más que a nadie (…) Otra cosa que dice el reglamento es que solo se puede jugar con un balón (…) Lo mejor para marcar y para que no te marquen goles es no perder la pelota, y para eso lo ideal es poner a todos los jugadores que menos la pierdan”.

La posesión del balón sobre el innovador esquema 4-2-3-1

De las anteriores palabras de Lillo y Claudio lo primero que se desprende es que los equipos del vasco propondrían avanzar con el balón dominado y a ras de césped, no a través del poco fiable pase largo desde la defensa hasta la delantera. Para conseguir este cometido, el técnico prescindió de uno de los cinco jugadores de la línea defensiva habitual en la mayoría de esquemas del momento y lo adelantó al centro del campo, toda vez que atrasó a uno de los dos delanteros a la zona de medias puntas, lo que supuso contar con un mayor número de efectivos que los contrarios en la franja central, espacio determinante para decidir el control de los partidos.

Innovador dibujo tipo en 4-2-3-1 del la UD. Salamanca dirigida por Juanma Lillo.
Innovador dibujo tipo en 4-2-3-1 del la UD. Salamanca dirigida por Juanma Lillo.

Lillo está considerado el ideólogo de ese dibujo, cuyo funcionamiento en la UD Salamanca es explicado por Claudio de la siguiente manera: “Nosotros jugábamos en 4-2-3-1, con defensa de cuatro, un mediocentro más posicional y stopper, que era Ángel Medina, y otro como Chemo del Solar con más llegada. Teníamos mucha movilidad y libertad y mucha velocidad por fuera. Fíjate cómo jugábamos que toda la gente de segunda línea terminó con goles. Joan Barbará jugaba detrás de mí e hizo doce, el rumano Ovidiu Stinga, un jugador que me impresionó mucho, hizo once, y entre Martín Vellisca y Del Solar hicieron cinco o seis”.

En relación a esa necesidad de dar amplitud al juego e imprimir velocidad por las bandas, Lillo vuelve a acudir al pensamiento racional para explicar que “el reglamento dice que las porterías están en el centro. Entonces entendemos que por el centro será muy difícil hacer gol, porque la densidad espacial que todos deseamos tiene que ver con proteger el objetivo (…) No es que yo quiera jugar con wines -extremos-, es que el reglamento me dice que tengo que jugar con wines. (…) El reglamento también dice que el campo es más ancho que largo. Porque hay una regla que indica que el espacio en profundidad se puede regular hasta la mitad del campo, pero lo que no se puede modificar es el ancho (…) Y en el reglamento también viene escrita la regla del fuera de juego”.

La teoría de la profundidad expuesta lleva a pensar que Lillo siempre optó por adelantar las líneas defensivas y usar el conocido achique de espacios que Menotti popularizase años atrás. Preguntado sobre la trampa del fuera de juego y por una posible influencia táctica también del novedoso AC Milan de la época, Claudio explica que “Lillo estableció una amistad cercana con Valdano, y compartían filosofía. Él era un poco valdanista. (…) No usaba el mecanismo del fuera de juego tipo Arrigo Sacchi, pero sí teníamos que estar pendientes de achicar espacios en función del poseedor del balón para ejecutar bien la presión”.

Debido a la enorme evolución táctica alcanzada en la actualidad, acciones como la trampa del fuera de juego son hoy tan naturales que parece un simpleza destacarlas. Pero hay que entender las evoluciones en su contexto, por lo que se hace imprescindible acudir de nuevo a la analítica capacidad de un Julio César Iglesias que, sobre la complejidad conceptual de Lillo, pensaba en los años noventa que “probablemente nadie se interesará gran cosa por el fundamento o la sinrazón de su trabajo cotidiano, ni por la diligencia con que consigna incorporar a su equipo los secretos del juego en zona. En suma, nadie le medirá por el uso de ciertos recursos de indiscutible utilidad, pero de indudable complejidad, tales como el achique de espacios o la coordinación de relevos o la fluidez del toque o la exactitud en los desdoblamientos o las modernas fórmulas de presión para recuperar la pelota: todo lo que en definitiva distingue a un profesional avanzado de un sargento chusquero”.

Presión, altura y romanticismo

Como se ha visto, en sus declaraciones a este periódico Claudio apuntó la importancia que daba Lillo a la presión sobre el poseedor del balón. Y en varias de sus primeras ruedas de prensa como entrenador popular, Lillo explicó que “para mí el ataque y la defensa no existen, solo hay un todo”, conceptos que guardan una estrecha relación.

El fútbol nacional de finales de los ochenta aún se caracterizaba por planteamientos de juego en dos fases bastante diferenciadas, una defensiva de espera en campo propio y una ofensiva bien desde la construcción o bien desde el contraataque, ambas con pretensión directa. Al hablar del juego como totalidad, lo que el técnico quiere decir es que cuando un equipo dispone del balón también ha de cuidar el posicionamiento defensivo y que cuando, por el contrario, no se tiene la posesión, las acciones defensivas han de tener una clara voluntad de ataque. Para conseguir esto último se hace indispensable presionar al rival hacia delante, a objeto de continuar con la inercia ofensiva en cuanto se recupera la posesión.

Juanma Lillo dirige un partido desde la banda. (Reuters)
Juanma Lillo dirige un partido desde la banda. (Reuters)

En una retransmisión del Real Oviedo dirigido por Lillo en el año 1996, el comentarista Michael Robinson se asombró con el comportamiento del equipo debido a que “el ritmo del partido es tan trepidante que los futbolistas no tiene tiempo a reaccionar y girar”. Esa exigente presión alta y coral que usase la Naranja Mecánica en 1974 seguía poco explotada para inicios de los noventa, sobre todo porque el riesgo a asumir adelantando tanto las líneas era mayúsculo. En referencia a esta novedad, Claudio Barragán recuerda que “a la hora de presionar nos emparejábamos arriba. Yo tenía que correr como un loco, no paraba. Lillo me decía que tenía que ir a cerrar la salida, y yo ya me había tirado todo el partido corriendo. Era exigido, pero yo disfrutaba mucho con ese sistema”.

La sacrificada posición de Claudio era esencial no solo para comandar los saltos sobre los primeros poseedores rivales, sino también por la importancia que Lillo concedía a la altura. Como no podía ser de otra manera, el técnico razona este extremo con el manual en la mano: “El reglamento dice, sin decir, que para aumentar el índice de probabilidad de meter gol lo mejor es dejar a un jugador lo más cerca posible de la portería rival con la mayor capacidad de tiempo y espacio para decidir. Por eso en baloncesto trabajan para que sus pivotes tiren lo más cerca del aro y lo más libres posibles. Tirando desde debajo de la portería la puedes fallar y tirando desde el centro del campo la puedes meter, pero las probabilidades son pocas. Digo yo que hay que intentar buscar métodos para propiciar esa posición del delantero”.

"Mi único 'hat-trick'"

Claudio jugó aquella primera temporada en la UD Salamanca cumplidos los 31 años, y recuerda que “fue la única vez en mi carrera que hice un hat-trick. Fuimos a Vallecas y Lillo dio una charla que nos llegó al alma; al final ganamos cuatro a uno. Lillo era un romántico, se molestaba si no jugábamos bien, no si no ganábamos. Pero la clave estaba en que todo lo que decía era muy creíble, tenía muchísimo sentido”. A lo largo de estas más de tres décadas de vida deportiva, son innumerables las ocasiones en que se ha relacionado a Juanma Lillo con el romanticismo. Sin negar que cuidase la estética, la realidad del asunto está contenida en ese “tenía mucho sentido” todo lo que proponía Lillo que Claudio destacó. Y es que en toda la exposición sarcástica sobre el reglamento que se viene transcribiendo en este artículo, el técnico vasco solo quiere reflejar su sincera creencia en que esa manera de jugar considerada bella es, sencillamente, la más útil para conseguir resultados.

Julio César Iglesias escribió que “la visión estética del juego, de la que tanto se habla en la escuela de Lillo, no está reñida con la energía en la disputa del balón, que es un valor obligatorio, ni con la exigencia del esfuerzo continuado, que no es una opción, sino un imperativo profesional. Y, por supuesto, garantiza el éxito como cualquier otra”. Y Lillo sentenció: “Ellos son los ilusos y los románticos, no nosotros. Nosotros lo que queremos es generar ilusión a través de la búsqueda de algo que aumente la probabilidad. Yo soy pragmático, a mí déjenme de poesía”.

El riesgo del estilo contra las apremiantes exigencias

Para cerrar este texto sobre la teoría con que se comenzó, esta redacción preguntó al protagonista Claudio Barragán cuáles fueron, a su parecer, los motivos por los que un entrenador de la categoría de Lillo no triunfó en el fútbol español de los noventa. “Éramos un equipo que hacía muchísimos goles, pero también encajábamos muchos, y todo era por el atrevimiento. Si a Cruyff le costó que el Barça jugase así con los jugadores que tenía, pues imagina a nosotros. Y hay que tener claro que, en el fútbol que vivimos, por encima de todo están los resultados. El trabajo se valora poco si estos no llegan, y tanto la paciencia como la confianza se pierden pronto en circunstancias así (…) Yo tengo claro que Lillo fue uno de los mejores entrenadores que tuve”.

Antes de acabar en clubes de Segunda y en ligas lejanas a España durante la década de los dos mil, el último equipo de Primera que contrató a Lillo fue el Real Zaragoza, en el inicio de la temporada 2000/01. Una eliminación en la ronda inicial de la Copa de la UEFA fue suficiente para que la directiva decidiese cesarlo con solo cuatro jornadas de Liga disputadas. Tras el que era su cuarto despido en cinco temporadas, en la prensa se leyó que Lillo pasaba a ser el técnico más veces destituido en la historia de la Primera División en menos tiempo, y que ninguno de los tres primeros equipos mejoró con el relevo.

En el equipo de Guardiola

A día de hoy sabemos que, desde aquellos rupturistas años noventa, el fútbol evolucionó en gran medida gracias a esas metodologías respetuosas con las consignas del reglamento que el entrenador vasco promulga. Desde mediados de 2020 Juanma Lillo comparte banquillo en el Manchester City con Josep Guardiola, confeso discípulo de Cruyff y el propio Lillo que pidió personalmente su fichaje. Un exitoso y considerado Guardiola con quien comparte sensibilidad y sobre el que, lleguen o no los resultados, puede asegurarse que no juzgará la capacidad como ayudante técnico de su mentor en los primeros dos o tres meses de unión profesional.

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