SU MUERTE GENERÓ UNA EXPLOSIÓN DEL FÚTBOL

Albacete y Panamá, conectados por la pena: no olvidan a Rommel 30 años después

La muerte del jugador supuso un impulso para el fútbol panameño, que ha crecido al ritmo de la economía nacional

Foto: Rommel, en su época del Albacete, junto a la cantante Celia Cruz. (EFE)
Rommel, en su época del Albacete, junto a la cantante Celia Cruz. (EFE)

Cada primavera, el kilómetro dos de la antigua carretera comarcal entre la ciudad de Albacete y el término municipal de Tinajeros es testigo de uno de esos fenómenos que reivindican el planeta fútbol como algo más elevado que un deporte popular, más complejo que una exaltación nacional, más profundo que un negocio global.

El 6 de mayo de 1993 a las 15:30 de la tarde, Rommel Fernández, delantero del Albacete Balompié, perdió el control de su deportivo y se estrelló contra un árbol. Como los mitos del rock, la gran promesa del fútbol panameño se apagó camino del hospital a los 27 años arropado por las urgentes sirenas de la ambulancia. Desde entonces, un grupo de aficionados del equipo local peregrina todos los años hasta el lugar del accidente para dejar un ramo de rosas y honrar modestamente su memoria.

Aficionados del Albacete acuden cada año al árbol donde se mató Fernández como homenaje. (Curva Rommel)
Aficionados del Albacete acuden cada año al árbol donde se mató Fernández como homenaje. (Curva Rommel)

En Panamá, la tragedia del hijo predilecto fue la piedra fundacional del fútbol patrio. A las pompas fúnebres les siguieron el gran estadio con su nombre, las escuelas en su honor y los premios como homenaje. Trataron de hacerlo grande para recordarlo como es debido, esparciendo su fantasma por el deporte local como un extraño conjuro de lo que pudo ser y no fue. Pero el tiempo hizo su trabajo. Llegaron nuevos ídolos. Nuevos éxitos, nuevos dramas, nuevos desafíos. Como le sucedió a otros insignes que prestan nombre a calles y plazas, el Rommel monumental no pudo evitar que el Rommel real se fuera desvaneciendo, poco a poco, en efemérides cada vez más breves.

Pero en las áridas llanuras manchegas, cada 6 de mayo en punto, una sobria procesión pagana recuerda la gran lección que dejó Rommel. Una que sus compatriotas no pudieron escuchar en ese momento aturdidos tras quedarse sin sus goles, bálsamo de autoestima para una nación que salía de una cruel dictadura militar y lidiaba con las secuelas de una brutal invasión. Han pasado casi 30 años y lejos queda esa imagen de pueblo humillado y en ruinas. La democracia se afianzó y Panamá prosperó al ritmo de su célebre canal interoceánico hasta convertirse en centro global de comercio, finanzas y transporte. Al calor de la bonanza también subió la fiebre del esférico y, como el propio país, su fútbol maduró entre luces y sombras hasta firmar en octubre del 2018 un episodio épico: clasificar por primera vez a una Copa del Mundo.

Ahora que la nación-metáfora por excelencia de la globalización se gradúa del más universal de los idiomas, ahora que los panameños se asoman como nunca antes a los vértigos del fútbol y sus imprevisibles consecuencias, quizás ahora sea la ocasión precisa para recordar la historia de Rommel Fernández. Un misterio futbolístico que poco tiene que ver con el fútbol.

El primer fantasma del fútbol panameño

Al ritmo de la época, la noticia del fatal accidente se difunde por cables de agencia y portadas de periódico del día siguiente. Aún sin llegar antes, las desgracias tienen el mismo efecto. El 7 de mayo de 1993, el teléfono suena en un apartamento de Montevideo. Julio Dely Valdés responde. Se sienta. Se cubre el rostro con las manos. Se echa a llorar. "Nunca lo voy a olvidar. No pude decir nada", recuerda el exdelantero panameño, en ese entonces jugador del Nacional uruguayo y compañero de Rommel en la selección desde juveniles. "Me quedé en shock y se me saltaron las lágrimas".

Dely Valdés es el seleccionador sub-20 de Panamá. (EFE)
Dely Valdés es el seleccionador sub-20 de Panamá. (EFE)

Rommel había llegado a Tenerife en 1986 gracias a un chanchullo que le permitió jugar el mundialito de la emigración. Con 20 años y una camisa prestada, se destacó y el equipo de la isla no dudó en ficharlo. Sus goles lo convirtieron en uno de los artífices del fulgurante ascenso de los chicharreros a Primera División y en 1991 un millonario contrato con el Valencia lo certificó como crack en ciernes. Pero no resultó como esperaba. Cedido al Albacete la temporada siguiente, su feliz reencuentro con el gol y la afición lo puso de nuevo en la mira de varios equipos. Cuando murió la vida le sonreía, pero la suerte no.

A Rommel le llegó a sonreír la vida, pero no la suerte

"La última vez que hablé con él, me dijo: 'Nací optimista y supongo que moriré de la misma manera'", cuenta Ronny Rojas, uno de los primos de Rommel. Él vivió de cerca los duros días en el Valencia, cuando pasó de marcar 23 goles en sus últimas dos campañas a apenas dos ese curso. "Fue una época difícil que llevó con hidalguía", agrega Rojas, quien lo recuerda siempre preocupado por las noticias que le llegaban de su país esos años turbulentos.

En España enamoró a la afición por su calidad de ariete de vieja escuela, más bien torpe con los pies —pese a ser consumado bailarín de salsa— pero matador con el remate de cabeza. Entregado dentro del campo y disciplinado fuera de él, supo rendir sus 1,85 m y 81 kilos con un fútbol efectivo sin demasiados preciosismos, consciente de que carecer de una nacionalidad con galones futbolísticos como la brasileña o la argentina le exigía más para ganar la confianza del respetable.

Rommel Fernández (d), en un encuentro defendiendo al Tenerife. (CDT)
Rommel Fernández (d), en un encuentro defendiendo al Tenerife. (CDT)

Entre sus compatriotas resonó la historia de muchacho humilde que se dejó literalmente la piel en los campos de tierra para hacerse un sitio en el competitivo fútbol español cuando todavía los extranjeros se alineaban a gotas. En una época en la que el béisbol y el boxeo eran los deportes criollos por excelencia, que un futbolista saliera de una liga amateur para jugar en un equipo de elite era una excepción reservada a fueras de serie como Rommel y los hermanos Dely Valdés.

"Rommel destacó y allá donde fue dejó huella. Siempre digo que como futbolista todo el mundo lo conoce, pero que como persona era diez veces mejor", aseguró Julio Dely, quien fue nombrado el mejor futbolista panameño del siglo XX tras triunfar en el Cagliari, el Paris Saint-Germain, el Oviedo y el Málaga, donde dejó sus mejores números.

Panamá se vio en el Panzer, con su bigotillo afilado como un paréntesis y sonrisa pícara de galán de telenovela, criado en el barrio bravo de El Chorrillo. Ahí donde, entre el desencanto y la fe, más intensamente juegan, sueñan y viven el fútbol. Ahí donde sigue latiendo firme, como en las favelas de toda América Latina, el tumultuoso pulso del populismo.

Populismo fantasma

El 10 de abril de 2015, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y su par cubano, Raúl Castro, se encontraron frente a frente en la Cumbre de las Américas de Ciudad de Panamá para poner fin, con un apretón de manos, a cinco décadas de hostilidades y resentimientos. Pero mientras las cámaras perseguían a los protagonistas del momento por el laberinto de pretenciosos rascacielos que se pavonean en la bahía, algo más profundo y sutil crujía en las tripas del Singapur de Centroamérica.

Esa mañana, el venezolano Nicolás Maduro era recibido como un héroe en la Plaza de los Mártires del mismo barrio El Chorrillo que vio nacer a Rommel y también al mítico boxeador Roberto Manos de Piedra Durán. Frente a un sencillo monolito negro levantado en memoria de los miles que murieron durante la invasión estadounidense, el gobernante escuchó atento la proclama de la asociación de familiares de los caídos ese 20 diciembre de 1989 para derrocar al exdictador Manuel Antonio Noriega, también vecino del lugar.

"¡Queremos justicia! ¡Prohibido olvidar!", bramó después el corpulento Maduro con voz indignada, prometiendo que él en persona exigiría a Obama pedir perdón a las víctimas y compensar económicamente a las familias. De fondo, altos edificios ajados por el salitre y un mural coronado por una verja metálica que en vivos colores resumía en cifras del ataque: "La agresión inicia a las 12.46 media noche", "El sismógrafo de la UP [Universidad Panamá] registra 422 bombas en las primeras 12 horas", "20.000 soldados, 20.000 casas destruidas". "Me comprometo con el alma que lo voy a hacer", aseguró con el tono confianzudo del que no se jugaba nada, mientras un coro de voces lo vitoreaba mecánicamente: "Maduro, amigo, Chorrillo está contigo".

Los jugadores de Panamá firman autógrafos a los aficionados antes del viaje al Mundial de Rusia. (EFE)
Los jugadores de Panamá firman autógrafos a los aficionados antes del viaje al Mundial de Rusia. (EFE)

El populoso barrio capitalino sigue siendo la perfecta postal de la Panamá invisible donde más se sufrieron las tres décadas de dictadura militar, donde más duro golpeó la invasión, donde más escuecen los olvidos de la joven democracia. Y Rommel también sigue siendo fiel reflejo de la clase de éxito a que puede aspirar el pueblo llano, sin acceso a educación de calidad, sin ayuda para iniciar negocios y con el perenne riesgo de caer en la delincuencia o la marginación.

"Muchos de nuestros grandes deportistas provienen de estratos humildes", explica Gerardo Samaniego, uno de los fundadores de la Extrema Roja, principal barra de la selección. Cita casos tan clásicos como Mariano Rivera, que pasó de ser un pescador en el recóndito Puerto Caimito a beisbolista legendario con los Yankees de Nueva York; y tan contemporáneos como Irving Saladino, que era electricista en Ciudad Colón antes de convertirse en el segundo panameño en ganar una medalla de oro en unos Juegos Olímpicos, en Pekín 2008. "Igual sucede con la mayoría de nuestros jugadores de la selección. Por eso ves esa reciprocidad con el público. Nos identificamos, nosotros con ellos y ellos con nosotros".

El Chorrillo, los suburbios de Colón, San Miguelito, Veraguas. Comunidades donde se siente el poder democratizador del deporte, porque al deporte no importa lo violento que sea tu barrio, ni lo pobre que sea tu familia, ni el color de tu piel o el abolengo de tus apellidos. Sitios donde esos jóvenes enfrentan una lapidaria dicotomía: la gloria o la nada.

Crecer sin repartir

Desde que Panamá recuperó el control total del Canal en 1999 tras más de ocho décadas de explotación estadounidense, su economía creció casi el doble que el promedio latinoamericano, alimentada por un pujante sector logístico, portuario y comercial, un activo sector financiero y un incipiente sector turístico. Con un producto interno bruto per cápita que casi duplica la media latinoamericana, se codea con Chile y Uruguay entre las economías de la región que coquetean con cifras macro de primer mundo. El problema es que, con apenas cuatro millones de habitantes, la república aprendió a crecer, pero no a repartir, y despunta como uno de los 10 países más desiguales del mundo, según el Banco Mundial.

Autoridades locales y entes internacionales reportan que tanto la miseria como la desigualdad han bajado consistentemente en los últimos años. Pero todavía al menos dos de cada 10 panameños son pobres de solemnidad pese a las envidiables cifras macro, la baja inflación y los subsidios en una economía dolarizada y diversificada que desde hace décadas atrae migrantes de todas las latitudes. "El fuerte desempeño económico no se ha traducido en una prosperidad compartida y Panamá tiene la segunda peor distribución de ingresos en América Latina con un cuarto de su población en la pobreza", resume el Libro de Datos de la CIA.

Este es un factor clave para explicar por qué el país está entre los cuatro donde más se ha deteriorado el apoyo a la democracia en la última década, solo superado por sus vecinos centroamericanos Nicaragua, Honduras y El Salvador, según cifras del Latinobarómetro, y por qué alguien con las credenciales democráticas de Maduro todavía arranca algún aplauso en suelo panameño. Y eso hace que muchos echen a temblar.

El coronavirus ha destapado la cara más dura de la pobreza en Panamá. (EFE)
El coronavirus ha destapado la cara más dura de la pobreza en Panamá. (EFE)

"La desigualdad baja, pero en su proceso de apertura Panamá ha atraído mucho talento y capital humano foráneo que compite con el local. El panameño está en desventaja y lo resiente", explica el consultor y analista Felipe Chapman. "Ahí podría haber un auge del populismo que se explique por razones xenofóbicas. Esa parte es más peligrosa".

Ahora que el fútbol se ha convertido en cuestión de Estado, algunos ven en su popularidad terreno fértil para el populismo

Pese a que el fútbol es imán para el dinero en medio mundo, la liga local nunca atrajo a las grandes fortunas que abundan en Panamá, mientras el apoyo de las empresas, como el del público general, osciló al ritmo de los irregulares resultados del combinado nacional. Pero ahora que el fútbol se ha convertido en cuestión de Estado, algunos ven en su popularidad terreno fértil para el populismo. Quizás porque no es necesario recurrir a ejemplos lejanos para ver cómo funciona este mecanismo.

Cuando murió Rommel, las autoridades de turno se montaron en la emoción de la coyuntura para rebautizar con su nombre al hasta entonces Estadio de la Revolución, mostrando cómo el poder reacciona instintivamente al humor de la ciudadanía para sacar ventaja de cualquier situación. ¿Otro ejemplo? El 10 de octubre del 2018, en medio del delirio por la clasificación al Mundial de Rusia, el presidente Juan Carlos Varela se apuró a decretar un improvisado día de asueto. Los políticos, no importa cuándo o dónde lea esto, siempre quieren salir en la foto.

El estadio Rommel Fernández, en Panamá.
El estadio Rommel Fernández, en Panamá.

"Nadie está en contra de la celebración y el júbilo. Pero con responsabilidad", dijo Severo Sousa, del Consejo Nacional de la Empresa Privada (Conep), en una televisión local. "La economía [de Panamá] funciona por arriba del 70% con servicios, y no son servicios para nosotros. Somos un 'hub' de servicios internacionales", agregó el presidente del mayor gremio empresarial del país, que vio un mal precedente en ese gesto. "No podemos permitir que siendo este deporte tan masivo venga un populista barato a tratar de politizar el fútbol".

El debate sobre el cóctel fútbol y política sigue abierto y las conclusiones abundan. Pero antes de señalar con dedo acusador a los poderes hipnóticos del deporte rey, conviene recordar que, hace unos años, otro evento hizo hervir la sangre de los panameños. Uno en el que algunos se montaron en el fantasma del nacionalismo para surfear sus errores. Y es justo decir que no necesitaron de la ayuda del fútbol para hacer un excelente trabajo.

Nacionalismo para empresas fantasma

El 26 de junio de 2016, el pantagruélico portacontenedores chino cosco Shipping Panamá hizo historia a cámara lenta cuando descendió por las flamantes esclusas de Cocolí para adentrarse en el Pacífico. Ya caía la tarde de un día que amaneció lluvioso cuando el buque hizo tronar la bocina al estrenar la multimillonaria ampliación del canal. Prevista originalmente para el centenario en 2014, la instantánea llegaba con dos años de retraso y un reguero de sobrecostos, huelgas y problemas en la construcción que podrían inflar la factura final hasta casi 5600 millones de dólares, un 10% del PIB y casi el doble de lo previsto.

Aun así, miles de panameños lo recibieron jubilosos agitando banderitas y celulares, esperanzados con una obra por la que de nuevo hipotecaron el bienestar presente por la prosperidad futura. Pero en las tribunas de honor, la escueta asistencia de apenas una docena de los setenta presidentes y jefes de Estado invitados recordaban a propios y extraños que había un elefante en la inauguración. Ese que dos meses antes convirtió —de la noche a la mañana— al país de los Panama Hats en el país de los Panama Papers.

Conferencia de prensa de la firma Mossack Fonseca, epicentro de los papeles de Panamá. (EFE)
Conferencia de prensa de la firma Mossack Fonseca, epicentro de los papeles de Panamá. (EFE)

La mayor filtración periodística de la historia ganó por goleada en los titulares a la mayor obra de ingeniería de América Latina del siglo XXI. Ni las toneladas de cemento suficientes para construir dos pirámides, ni el metal para hacer 22 torres Eiffel, ni las compuertas como edificios de 16 plantas pudieron desviar la atención del escándalo que puso en aprietos a presidentes, directores de cine y futbolistas en más de medio centenar de jurisdicciones. Entre ambos episodios, la selección fue eliminada de la Copa América Centenario tras recibir sendas palizas de Argentina y Chile. El fútbol no sería válvula de escape, opio para el pueblo, ni pan y circo de saldo para masas. El ambiente era propicio para un sonado reclamo popular contra unas élites locales que manejan sospechosas fortunas extranjeras arriesgando por su beneficio la reputación de todo un pueblo. Pero sucedió justo lo contrario.

La publicación de los archivos del bufete Mossack Fonseca, por donde campaban la flor y nata de la política, el arte y el crimen esquivando impuestos y ocultando patrimonios fue asumida como una ofensa patria. Políticos, taxistas, ejecutivos, intelectuales, vendedores callejeros… todos al unísono defendieron a los opacos abogados 'off shore' esgrimiendo teorías de la conspiración para explicar el agravio: complot de las naciones ricas para chantajear a su pequeño pero pujante Estado, plan orquestado por la CIA, una vendetta en el seno del bufete. "El negocio off shore no representa ni un 1% del PIB. Ponerle el apellido Panamá nos hizo un tremendo daño reputacional y mostró gran incomprensión sobre nuestro país", cree Chapman. "Pero nosotros también perdimos una oportunidad para informar y hacer las cosas mejor".

La Panamá bipolar

Obsesionada por su imagen global de centro de negocios cosmopolita y atormentada por su realidad de país en vías de desarrollo, nada sintetiza mejor la bipolaridad en la que está atrapada Panamá que el lema de su escudo de armas: Pro Mundi Beneficio ‘para beneficio del mundo’. Esta consigna ha hecho que muchos se pregunten, y nosotros, ¿qué?

"Es cierto que en los últimos años se ha conocido a Panamá por noticias no tan positivas", reconoce Julio Dely Valdés, técnico de la selección Sub-20. "A veces el deporte tapa estas cosas, pero en verdad mi país es más que los papeles, más que los políticos y más que la clasificación al mundial. Panamá es “tantas cosas bellas”, como dice Rubén Blades en la canción".

El histórico día del estreno del canal ampliado, segundos antes de que cosco Shipping monopolizara los planos de las televisiones, los fondos de los selfis y los aplausos de la concurrencia, un discreto remolcador apareció triunfal en escena. El Cerro Pando maniobró delicadamente para colocar con precisión cirujana al mastodóntico buque chino en la angosta esclusa. Su éxito era pasar desapercibido, como un eco de esa Panamá que no sale en los titulares pero que, al final del día, es la que se remanga para mover al país.

El buque Cosco Shipping, durante su entrada a la esclusa del Canal de Panamá, recibido entre vítores. (EFE)
El buque Cosco Shipping, durante su entrada a la esclusa del Canal de Panamá, recibido entre vítores. (EFE)

"Sabía del momento histórico, pero nunca imaginé la magnitud", relata el colonense Francisco Modest, capitán del Cerro Pando a sus 39 años, mientras trata de poner palabras a la sensación de miles de pares de ojos pendientes de cada uno de tus movimientos. Como cuando los jugadores saltan al césped. "Y justo cuando se cumplía un sueño de los panameños de inaugurar el canal ampliado, surgen los Panama Papers a la palestra mundial. De todos los nombres que pudieron ponerle, le pusieron el nuestro. Muchos se lo tomaron personal", agrega. Pero él no podía estar pendiente de esas distracciones. Su misión, que llevó casi en secreto, era demasiado importante. "Nunca pensé que llegaría a estar en esa posición. Pero ese día me tocó a mí representar a Panamá, como antes lo hicieron otros. Agradezco a Dios todos los días por el honor de servir a mí país y que todo saliera perfecto".

No es la primera vez, ni la última, que los últimos de Panamá les salvan la cara a los primeros. En 1991, mientras la prensa internacional ventilaba las vergüenzas de la narcocleptocracia de Noriega, Rommel fue galardonado con el primer trofeo EFE al mejor jugador iberoamericano de la Liga Española, premio que luego sería recibido por jugadores como el brasileño Ronaldinho, el argentino Lionel Messi o el portugués Cristiano Ronaldo. "Es un triunfo de todo Panamá", dijo a la prensa, "y un reconocimiento al trabajo de los jugadores modestos". "Patria son tantas cosas bellas / Son las paredes de un barrio / Es su esperanza morena: / Es lo que lleva en el alma / Todo aquel cuando se aleja", cantaba Blades.

Rommel Fernández, recibiendo el Trofeo a Mejor Jugador Iberoamericano de EFE. (EFE)
Rommel Fernández, recibiendo el Trofeo a Mejor Jugador Iberoamericano de EFE. (EFE)

Gol fantasma

El 10 de octubre de 2017, a las 18.53 p.m., el fútbol mostró una vez más que los vericuetos de la justicia poética son inescrutables. Es parte de su enigma. De su grandeza y de sus agravios. "El balón nunca entró. ¡Fantasma! ¡Fantasma! ¡Es el gol fantasma!", repetía eufórico el narrador televisivo. "¡Más fantasma que ese no hay!", le respondía agitado su compañero.

Cuando ya tenían un pie fuera del mundial, el tanto del empate 1–1 ante Costa Rica ponía a los canaleros camino a la repesca. Pero no hubo tiempo de especular demasiado, porque 34 minutos más tarde el central Román Mazinger Torres hizo el definitivo 2–1 con un gol de antología. El contraataque épico del capitán rubricado con una poderosa estocada al primer toque les dio pase directo y dejó por el camino a Estados Unidos, que había perdido esa tarde contra Trinidad y Tobago.

"Se ha luchado, se ha sufrido y se ha trabajado mucho. Se ha llorado mucho tiempo. Pero, como dice el himno, 'alcanzamos por fin la victoria'", recita Dely Valdés, quien no pudo evitar bromear sobre cómo ese gol volvió a avivar el debate sobre el videoarbitraje (VAR, por sus siglas en inglés). "A partir de ahora, para mí VAR significa 'vamos A Rusia".

En Panamá, la euforia. Los jugadores de la selección, montados en un camión del Cuerpo de Bomberos, recorrieron la capital en una kilométrica caravana repleta de música, banderas y júbilo. El país parecía festejar que el fútbol les debía ese no gol. Que esta hazaña no fue casualidad, sino una mezcla de recompensa y oportunidad. Y no les faltan argumentos.

"¿Conoces al fantasma del minuto 85?", pregunta Samaniego, de la Extrema Roja. "Lo llamábamos así porque siempre algo nos pasaba a partir del minuto 85: un penalti, una expulsión, un gol en el último minuto. El 10 de octubre, el sentimiento que se vivió fue de liberación. La gente gritaba, cantaba. Uno lloraba abrazado al que tenía al lado, lo conociera o no. Fue algo indescriptible. Y nos ha unido como país. Nos ha unido. La gente ahora lo vive". Vista en retrospectiva, la clasificación panameña es casi un milagro. No pasaron de la fase de grupos, fueron últimos, con cero victorias. Cayeron ante Bélgica, Inglaterra y Túnez. Tanto dio, la hazaña ya estaba hecha.

Soliloquio en el istmo

Si bien la selección de Panamá fue una de las grandes desconocidas para el aficionado mundialista, el país, definitivamente, no. Las noticias que llegan al mundo desde el istmo a ritmo de reguetón son de lujosas cumbres internacionales y desenfrenos financieros globales. Son obras faraónicas y enormes buques cargados de tesoros con un espectacular 'skyline' de fondo que, como los decorados de los 'westerns' clásicos, es una magnífica bambalina para una historia de desigualdad, injusticias y olvidos.

Pero el fútbol panameño es justo lo contrario a esa imagen glamurosa que tiene la opinión pública global sobre Panamá. Los rostros de la selección son un catálogo de la idiosincrasia doméstica, desde el negro antillano al blanco europeo, pasando por todos los tonos ocre del 'melting pot' indomestizo. Sin estrellas petulantes ni millonarios endiosados, su éxito es fruto de un esfuerzo coral tras una travesía por el desierto con pocos apoyos y muchas decepciones. "Hay dos eventos que han marcado un antes y un después en Panamá. El primero fue la recuperación y administración exitosa del Canal cuando había incredulidad, incluso temor, entre muchos panameños sobre si éramos capaces de manejarlo. Y no solo fuimos capaces sino que lo hicimos mejor", opina Chapman. "El segundo pasó con la clasificación al mundial. Lo que muchos pensaban que nunca se podría hacer se hizo, demostrando que las metas que Panamá no puede lograr son, en realidad, obstáculos mentales", agrega.

Los jugadores de Panamá rezan sobre el campo tras caer eliminados del Mundial de Rusia. (EFE)
Los jugadores de Panamá rezan sobre el campo tras caer eliminados del Mundial de Rusia. (EFE)

Divididos por la historia y decepcionados por los políticos, los panameños se han volcado con el fútbol tras encontrar en su selección un clavo ardiendo de genuina identidad nacional al que están dispuestos a aferrarse pese a todos los dolores que promete. "La pasión que genera el fútbol […] también es excusa para librarnos de la responsabilidad por errores cometidos decidiendo mal en la política. Sigo esperando la caravana y manifestación popular espontánea para sanear al Órgano Judicial", escribió Rubén Blades en su blog después de la clasificación. "Pero vale la pena aprovechar este júbilo comunitario que, aunque entendible, no describe la contradicción de nuestro ser nacional, para reconocer que nuestro país aún puede lograr cumplir sus sueños. A pesar de nosotros mismos, superando nuestros complejos, las dudas sobre nuestra capacidad y desafiando la sensación de mediocridad que nos han creado durante décadas, ¡ganamos!", remató el cantautor.

Rosas para Panamá

El fútbol panameño es un poco como Rommel Fernández. Que vino de abajo sin padrinos, puliendo su talento con humildad. Que cuando jugaba, no era solo para sí. Que debajo de la camiseta de turno, siempre llevó el mismo escudo. Uno que decía: "Pro Panamá Beneficio". Como los de la selección, sus goles eran los goles de todos.

Es comprensible por qué Rommel fue un héroe para su Panamá. También es fácil entender que en Tenerife lo inmortalizaran en una cerámica, arrodillado, gozando de una de sus tardes de gloria en el estadio Heliodoro Rodríguez López. "Con su nobleza, humildad y entrega profesional despertó dormidos sentimientos tinerfeñistas", reza la imagen que, como un mapa de un tesoro, da pistas de dónde acaba esta historia.

Lo que es más difícil de explicar es que Rommel apenas estuvo nueve meses en el Albacete. Jugó 18 partidos y marcó nueve goles. Tan solo vistió la camiseta 1435 minutos, 23,9 horas. Ni siquiera un día completo. Y, sin embargo, 25 años después de su muerte, lo siguen recordando. ¿Por qué? "Rommel fue uno de esos futbolistas de antes, que se identificaban con el pueblo, con la masa social, con nuestra ciudad", explica Miguel Ángel López, uno de los socios fundadores de la peña Curva Rommel, que desde 1998 mantiene su memoria en la misma esquina del Carlos Belmonte donde el Panzer celebraba sus goles en Albacete.

Familiares de Rommel Fernández visitan su tumba en el cementerio Amador. (EFE)
Familiares de Rommel Fernández visitan su tumba en el cementerio Amador. (EFE)

Hoy día, sus 70 socios son el mensaje que dejó en una botella a 8451 kilómetros de Panamá para que generaciones venideras supieran de una época en la que los futbolistas podían ser estrellas pero no productos. Que los goles importan, pero más importan las personas. Que, aun después de que los grandes divos del fútbol de hoy amarilleen en sus álbumes de cromos, habrá un lugar de la Mancha donde seguirán recordando que no es incompatible ser buen jugador y buena gente. "Nos recuerda que antes el fútbol era pasión y corazón. Ahora es cada vez más un negocio", agrega López.

Ronny Rojas no pudo llorar a su primo cuando murió. Las llamadas, los trámites, la recepción del féretro en el aeropuerto, los traslados, la capilla ardiente, el funeral. Dos días después cayó un diluvio en El Chorrillo. Ronny se fue paseando al cementerio Amador, donde enterraron los restos de Rommel bajo una tumba con forma de campo de fútbol con los nombres de sus equipos —Tenerife, Valencia, Albacete— grabados en la piedra. Durante unas horas lloró en soledad mientras recordó su tiempo con Rommel, "siempre el mismo" después de éxitos y dolores, de decepciones y triunfos. "Fue ahí que comprendí que él se había ido, pero que no estaba muerto. Que su misterio obedece a eso. Siempre estuvo tan arriba y, a la vez, abajo".

Rommel Fernández, con la camiseta de Valencia y Albacete.
Rommel Fernández, con la camiseta de Valencia y Albacete.

Momentos antes de que su Toyota Celica rojo fuego saliera despedido por los aires, la voz de Rommel entonaba a pleno pulmón sus versos favoritos del salsero Ismael Rivera cuando cantaba: "De todas maneras rosas / para quien ya me olvidó / más vale un ramo de rosas / de primavera y color". Y en Albacete rosas le llevan. Todos los 6 de mayo. Sin falta.

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