Para muchos, el mejor portero del mundo

Lo escandaloso de Jan Oblak en el Atlético de Madrid

El guardameta recibió un caudal 'red' y sacó hasta 11 ocasiones manifiestas de gol, a cada cual mas espectacular. Le dio oxígeno a los suyos. Marcos Llorente hizo bueno su trabajo. Oblak se hizo eterno

Foto: Oblak, en una de las paradas de la noche contra el Liverpool. (Reuters)
Oblak, en una de las paradas de la noche contra el Liverpool. (Reuters)

"Escándalo, es un escándalo", que cantaba Raphael. Estamos tan acostumbrados a sus estiradas imposibles y a sus reflejos felinos que hemos acabado normalizando lo extraordinario. Pero no, la noche del pasado miércoles Jan Oblak se superó a sí mismo. Cada vez que el Liverpool pretendía perforar la red, por allí aparecieron sus guantes. Tiene imán. La hazaña del Atlético de Madrid en Anfiel no se entiende sin él. Oblak mantuvo con vida a su equipo con hasta once meritorias intervenciones, más que nunca desde que debutara en la competición. Le cerró la puerta a Salah, Mané, Robertson, Alexander-Arnold y, en general, a todo aquel que se atrevió a retarle bajo palos. "Tenemos un arquero que es el mejor del mundo. Al Barça le pasa lo mismo con Messi, que le resuelve partidos", dijo Simeone en rueda de prensa, con ojos de admiración al recordar lo fantástico de su actuación. No le falta razón al argentino. Su partidazo contrasta con la de su igual al otro lado del tablero, Adrián, que sustituyó a Alisson. El meta sevillano la pifió y, dos días después, sigue siendo el blanco de las críticas. He aquí la importancia del esloveno, siempre atento, solvente.

Oblak se ha convertido en un símbolo para la grada rojiblanca. Llegó en 2014, procedente del Benfica, siendo un completo desconocido, y ha hecho olvidar a David de Gea y Courtois, sus antecesores, que dejaron el listón alto. En su sexto curso en Madrid es una de las voces más respetadas del vestuario tras la salida de ilustres como Godín, Juanfran o Filipe. De perfil bajo, poco a poco ha ido consagrándose. Ahora es el jugador mejor valorado de su club y el guardameta más caro del mercado. El Atleti le renovó el contrato el año pasado hasta 2023, con un salario neto de diez millones. Oblak, con un aumento más que justificado, no pidió mucho más, tan solo que el proyecto diera como para aspirar a la Champions. El Atlético se esforzó por rodearle de talento, a la vista está la inversión de la entidad en verano, pero a la hora de la verdad el que impide que los cimientos se vengan abajo sigue siendo él, pese a que no le guste tanto protagonismo. Hace tan bien su trabajo que eclipsa el de los demás.

Liverpool no fue Turín

La clasificación del Atlético a cuartos por primera vez en tres años tiene muchas lecturas, pero la más clara y fundamental es la suya. En una ofensiva total del Liverpool, con llegadas por doquier, él siempre tuvo una mano más, una bombona de oxígeno que entregarle a los suyos para que no desfallecieran bajo el chaparrón. No alcanzó todo, pero casi. Wijnaldum y Firmino, este último ya en la prórroga, le batieron, pero el resto acabaron desesperados. El espectáculo fue de tal calibre que al balcánico tuvieron que dolerle las manos al acabar el encuentro. Liverpool no fue Turín porque no quiso. Cada vez más exigido, cada vez más heroico. Un búnker contra el bombardeo y una cascada de fe para su defensa. Oblak se quedó a tan solo una parada del record en esta edición del torneo, las 12 de Muslera con el Galatasaray. Lleva 245 partidos con la elástica rojiblanca y en 133 dejó su arco a cero. Oblak es principio y final. Esta temporada va a por su quinto Zamora consecutivo en Liga, brutal.

Las estadísticas de la UEFA no dejan dudas: hasta 35 veces asomó el Liverpool por los dominios del esloveno. Jamás el Atleti en los últimos años se había encontrado ante una situación tan comprometida. 12 disparos se fueron fuera, 11 los blocó Oblak y dos se toparon con la madera. El vigente campeón de Europa no cesó en su empeño por remontar hasta que Adrián le secuestró el ánimo con un 'karius' en toda regla. Mientras, la inmensa sombra de Oblak actuó de pegamento, de sostén para un Atlético que no sabía como contener aquello. Los goles de Marcos Llorente y Morata hicieron, muy probablemente, el tipo más feliz del mundo a Oblak. Al fin sus milagros valían para algo más que copar titulares y portadas. Su nueva lección recuerda a la de Múnich en la 2015/2016, cuando paró un penalti e intervino otras nueve veces para contener al Bayern y sacarle el pase a los suyos para la final contra el Real Madrid en Milán. Sin embargo, nada que ver con Anfield, donde se hizo eterno. Puede que le falten recompensas individuales (ni siquiera entró en las nominaciones al 'The Best' como mejor portero), pero le sobra reconocimiento de público, compañeros y rivales.

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