el técnico que cambió el paradigma

Simeone o nada

El sacrificio del entrenador, sospechosamente reclamado por los gurús madridistas, abocaría al Atleti a una crisis existencial

Foto: El entrenador argentino del Atlético de Madrid Diego Pablo Simeone. (EFE)
El entrenador argentino del Atlético de Madrid Diego Pablo Simeone. (EFE)

Proliferan las razones para la continuidad de Simeone en el banquillo rojiblanco, aunque una de las más atractivas la proponen los chamanes de la tribu madridista. Son ellos quienes urgen una crisis y un sacrificio. Y quienes incitan el sueño húmedo de Florentino Pérez. El magnate del Madrid detesta a Simeone. No necesariamente por razones personales, sino por la incomodidad que suscita la convivencia de un vecino competitivo, agresivo y desestabilizador.

Al Madrid le gustaba mucho más el Atleti mansote e inocuo que inauguró el siglo, pero Simeone ha transformado el paradigma. Y ha convertido el equipo en una prolongación personal, en una correlación de su mentalidad y hasta de su juego. No le parece estético a la trinchera merengona. Preferían una pareja de baile promiscua que se dejara tocar. Un Atleti obediente, fascinado.

El problema de 'cargarse' a Simeone consiste en el vacío que puede precipitarse. No es un entrenador cualquiera. Ni se le puede medir con los estándares convencionales. El porvenir del Atleti se resentiría de la orfandad del demiurgo que lo ha creado a su imagen y semejanza.

Simeone es el límite y la virtud del Atleti. O la virtud antes que el límite. Ha devuelto al equipo la competitividad y los títulos. Hemos perdido dos finales de Champions, pero las hemos disputado. Hemos ganado una Liga en el Camp Nou. Y una Copa del Rey. Y dos 'europaleagues'. Y no sé cuántas supercopas nacionales y continentales. Nada que ver con el Atleti depresivo y costumbrista que heredó de Manzano en 2011. Y que tanto le gustaba a Florentino.

Luka Jovic (i), intenta rematar ante la portería del Atlético de Madrid defendida por Jan Oblak (2i), durante la final de la Supercopa de España. (EFE)
Luka Jovic (i), intenta rematar ante la portería del Atlético de Madrid defendida por Jan Oblak (2i), durante la final de la Supercopa de España. (EFE)

Casi una década después, el público faltón que se ha infiltrado en el Wanda y los gurús del balompedismo justiciero observan a Simeone débil o se relamen con la hipótesis de un cese. Tan grande sería la incertidumbre del club que resulta temerario autoinfligirse el fin de una época. Tendrá que producirse en un plazo 'natural', biológico, pero no carece de sentido cuestionar a Simeone y desentenderse al mismo tiempo del cráter que va a engendrarse.

Simeone es insustituible. Fue un recurso providencial, un tiro al aire. Y es ahora la idiosincrasia del club. Tiene razón Petón cuando sostiene que nuestro equipo está construido al revés. El entrenador sujeta al club. Y el club se expondría a la nada sin el entrenador. No ya por la forma de jugar, sino porque hay una relación orgánica y psicológica entre Simeone, los futbolistas y la hinchada. Se le reprocha a Simeone su multimillonario estipendio —20 millones anuales—, pero se le reconoce menos el impacto pecuniario que ha supuesto la regularidad doméstica e internacional del Atleti. Es un grande de Europa, otra vez. Y un aspirante a todo.

Se le reprocha a Simeone su multimillonario estipendio pero se le reconoce menos el impacto que ha supuesto la regularidad del Atleti

Semejante identificación no significa contemporizar con los errores y las decepciones. El equipo ha perdido el esmalte, la agresividad. No ha resuelto el problema del gol. No se ha repuesto de la marcha de los coroneles. Ni se ha logrado avivar el mesianismo de Joao Félix. Echamos de menos la estrategia a balón parado, el zarandeo de las bandas, la seda de Koke, el campo de minas que antaño sembraba Gabi. Añoramos el cinismo profesional con que resolvíamos los partidos: 1-0, un córner, una falta. Necesitamos demasiado a Oblak. Y rezamos demasiado por un refuerzo galáctico. Cavani es un señuelo de la esperanza, un placebo.

Se ha arraigado un cierto pesimismo en el Wanda, pero bien podría decirse que el destierro al extrarradio ha ofendido nuestra idiosincrasia y personalidad. Es un estadio magnífico en un lugar inhóspito. Un campo en la periferia sentimental. Un error de nuevo rico. Y un graderío al que se han incorporado aficionados esnobs y faltones. Se abuchea a los jugadores. Se protesta a Simeone. Y se incurre en una animosidad que hace feliz el revanchismo cultural del Real Madrid.

Joao Félix. (EFE)
Joao Félix. (EFE)

Simeone o nada. No es concebible una transición incruenta. Porque Simeone es un entrenador, pero mucho más que un entrenador. Ha justificado merecer todo el poder que se le ha dado. Y ha demostrado que las limitaciones del equipo frente a los colosos del continente —dinero, estrellas, régimen mediático— puede matizarse con argumentos extra-balompédicos. La mentalidad, la psicología, la motivación, la magia, la superstición, la sugestión, la dramaturgia.

De hecho, el Atleti juega —o aspira a jugar— exactamente como lo hacía el centrocampista argentino. No con la estética que nos reprochan los cronistas de Chamartín, sino con la ferocidad y la personalidad de un depredador que nos ha devuelto el orgullo. Y que nos ha recordado quiénes éramos después de tantos años de camino errante y de sumisión al vecino.

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