el campo del west ham fue levantado en 1904

Lágrimas por la demolición de Upton Park: "Es como si muriéramos un poco todos"

Empieza la cuenta atrás para el estadio que un día fue la casa de Ana Bolena, la segunda esposa de Enrique VIII, y que el 10 de mayo albergará su último partido, contra el United

Foto: Panorámica de Upton Park, el viejo campo del West Ham. (FOTOS: David Ruiz)
Panorámica de Upton Park, el viejo campo del West Ham. (FOTOS: David Ruiz)

Si el fútbol inglés aún conserva ese aura romántica que cultivó en sus muy lejanos genes de pantalones bombachos, medias almidonadas y balones de costura se debe, en gran medida, a lugares como Boleyn Ground. La inmensa mayoría de supporters del West Ham United lo llaman Upton Park, a la sazón el nombre del área de la City donde su viejo y entrañable santuario del football lleva anclado desde 1904. Bobby Moore, Geoff Hurst y Martin Peters, la Santísima Trinidad en versión ‘hammers’ (los Martillos), te reciben con su frack de eternos peloteros sobre el umbral de las barrocas John Lyall Gates, donde nunca faltan flores, bufandas o camisetas en señal de agradecimiento a sus héroes por los servicios prestados a la causa de los ‘Irons’ a lo largo de sus 136 años de historia.

Nadie que no se sepa de memoria el “I’m forever blowing bubbles” (Soplando burbujas para siempre) las cruza sin tocar con su diestra la imagen de Sir Bobby Moore, el esbelto y elegante zaguero que tuvo el honor de levantar la única Copa del Mundo que tienen en sus vitrinas los padres del juego en cuestión. Tradición, respeto y compromiso caminan hermanados desde hace más de un siglo en este templo del balompié cuyo reloj biológico inició su cuenta atrás definitiva con el pistoletazo de salida de la Premier en curso. 

El club con más solera del este de Londres dirá adiós para siempre dentro de un mes (el 10 de mayo ante el Manchester United) al emblemático terreno de juego que fuera construido sobre los cimientos del llamado Boleyn Castle, una casa almenada del siglo XVI (su verdadero nombre era Green Street House) donde, según cuenta la leyenda, vivió durante un tiempo Ana Bolena, la segunda esposa de Enrique VIII. Atrás quedarán 112 años repletos de añejos programas de partidos con los que se podría llenar la vecina biblioteca Newham; duelos de acero inoxidable como aquel empate a dos frente al Tottenham, el más enconado enemigo del WHU, que en octubre de 1970 concitó en sus entrañas a 42.322 hinchas (récord de asistencia); tardes gloriosas como la de la celebración de la Recopa de Europa, en mayo de 1965, tras doblegar al Munich 1860; y también momentos dramáticos como el ataque de una bomba volante alemana, en agosto de 1941, que provocó terribles daños en la tribuna sur. 

El estadio Olímpico, en el vecino distrito de Stratford, será el nuevo hogar de los ‘Hammers’ a partir de septiembre. Convenientemente remodelado para la práctica del balompié, permitirá a la mítica entidad de Upton Park dar cobijo a casi 20.000 incondicionales más que el centenario feudo situado en la confluencia de las calles Green y Barking, cuyo destino quedó firmado en febrero del pasado año tras su venta al grupo inmobiliario Galliard. Un área residencial con 838 viviendas, un parque y una zona recreativa ocuparán los terrenos del vetusto Boleyn Ground, cuya demolición comenzará este mismo verano. El ambicioso proyecto del citado grupo especializado en desarrollo urbanístico cambiará por completo la fisonomía de uno de los distritos con mayor aroma decimonónico de la capital inglesa a partir de 2018. 

Ese arreón de modernidad y oportunidades que vienen de camino no consigue aplacar de momento el halo de amargura que envuelve a la gran familia de Hammerholics (llamados así cariñosamente por su afición a la cerveza) por causa de la irreparable perdida que se avecina. “No me pierdo un partido desde 1979. Mi sitio es este, Upton Park. No Stratford. El West Ham pertenece a este lugar. Todavía no me creo que lo vayan a demoler. Es como si nos muriéramos también un poco nosotros”, sostiene Gary Firmager, todo un experto en el noble arte de afinar las cuerdas vocales para alentar desde la Trevor Brooking Stand (otro de los grandes ídolos de siempre) a sus amados ‘costados de hierro’. Su reflexión es compartida por el extenso batallón de ‘Irons’ que invade en las horas previas a los duelos caseros del West Ham cada bareto, quiosco de fast food, restaurante o pub en el triángulo que forman la estación de metro de Upton Park, Green street y Barking road. 

La célebre Boleyn tavern lleva despachando pintas prácticamente desde que Upton Park abriera sus puertas a la pasión grana. La estratégica ubicación de la elegante casa victoriana de ladrillo visto e interiores de madera que la acoge desde 1899, a menos de 100 metros del estadio y justo enfrente de la ‘Estatua de los Campeones’ (erigida en homenaje a los tres integrantes del WHU que ganaron el Mundial del 66), lo convierte en el meeting point obligado para todo el que quiere pegarse un buen lingotazo y calentar el gaznate antes de abordar su localidad para entonar el “I’m forever blowing bubbles” en los instantes previos al pitido inicial de cada duelo en la antigua morada de Ana Bolena. 

Upton Park
Upton Park

El pub con la barra de herradura más larga de la City sobrevivirá a Upton Park (su condición de edificio histórico de Londres le salva de la quema), pero no se resigna a caer en el olvido de la hinchada ‘hammer’, obligada a buscar desde la próxima temporada un nuevo refugio en los aledaños del Olímpico donde hacer tiempo echando un trago antes de que los chicos de Slaven Bilic salten al ruedo. “La marcha del equipo a Stratford es una tragedia para todos los negocios de la zona. Nosotros hemos planteado a  nuestros clientes habituales pagar una cuota de 160 euros al año para costear un transporte que les lleve al nuevo estadio -está a unos tres kilómetros del viejo- desde aquí y así poder seguir viniendo antes de cada partido. Algunos ya nos han dado el OK y seguirán tomándose sus pintas en el Boleyn”, comenta Kenny Drew, uno de los empleados de esta joya arquitectónica de olores intensos y alfombra pegajosa donde se diserta sobre el deporte de la redonda desde antes de la fundación del Real Madrid. 

Otros locales legendarios de ese triángulo con sabor a fútbol en blanco y negro, caso del Nathan’s, el Queen’s fish bar o el Ken Café, apuran las últimas balas que les concede el calendario resignados a perder a un montón de clientes de toda una vida, con el consiguiente perjuicio económico que supondrá para sus apretadas cuentas en un entorno de clase media baja castigado por el desempleo. “Es algo en lo que prefiero no pensar porque me da mucha tristeza. Y no es sólo por la parte económica, sino sobre todo por la afectiva. Son muchos años atendiendo a estas personas antes y después de los partidos del West Ham, compartiendo sus alegrías y sus frustraciones. Muchos nos dicen que van a seguir viniendo, pero yo sé que eso no va a ser así porque el nuevo estadio queda lo suficientemente lejos y allí van a tener un centro comercial (el Westfield) con un montón de restaurantes para elegir. Me temo que el cierre de Upton Park va a suponer también el de muchos locales de la zona”, lamenta Richard Nathan, el último miembro de una saga que lleva más de 80 años colmando el apetito de los ‘hammers’ a base de empanadas y anguilas en Barking road, por las que son capaces de hacer largas colas en los prolegómenos de cada fiesta del balón en el barrio. 

Upton Park
Upton Park

La triste melodía del adiós alcanza también de lleno a la tienda oficial del club. Un gigantesco ‘sale’ (liquidación) en rojo chillón invita como poco a darse un paseo por su interior a la caza y captura de algún chollo producto de ese ‘last minute’ que vive la parroquia celeste y grana con la inminente mudanza al Queen Elisabeth Olympic Park. Consciente de ese clima nostálgico que está presidiendo los últimos duelos del West Ham en su añejo templo, el merchandising ‘hammer’ ofrece a sus fieles una réplica del mismo en foam por seis libras con el lema ‘Farewell Boleyn’ (Despedida de Boleyn). Se vende como rosquillas. 

Un espectacular muestrario de 16 camisetas de diferentes épocas es el otro foco principal de atención de los ávidos visitantes. Si entrar a este paraíso de la ganga ‘Irons’ lleva un cuarto de hora como poco, pasar por caja y tirar de tarjeta de crédito demora otro tanto. Pero nadie rechista porque todos quieren abandonar este improvisado outlet de fin de temporada con un trofeo que les permita mantener fresco en la memoria aquel fútbol primitivo de ‘pase-remate-gol’ con regusto a madera húmeda, de camisetas retro cuando todavía no lo eran y sin el molesto repiqueteo de los teléfonos móviles que morirá con Upton Park. Yo ya tengo el mío. 

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