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Patrick Tambay, el caballero que defendió a Ferrari en sus momentos más dramáticos
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Uno de los históricos franceses

Patrick Tambay, el caballero que defendió a Ferrari en sus momentos más dramáticos

Piloto de gran carisma y muy querido, su talento no logró todos los éxitos que merecía, pero fue crucial en uno de los momentos más duros de la historia de la escudería italiana

Foto: Tambay formó parte de la mejor generación de pilotos franceses de la historia. (Formula 1)
Tambay formó parte de la mejor generación de pilotos franceses de la historia. (Formula 1)

Los tiempos crean y moldean un tipo de pilotos que sobreviven y prosperan en un determinado entorno de las carreras. En los años 70 y 80 llegaban a la cima, de promedio, tipos de personalidad muy potente, gladiadores del volante, rudos y duros en muchas ocasiones, curtidos en los sacrificios necesarios para superar una selección natural muy diferente a la actual. Y con mayor riesgo para sus vidas. En aquel promedio, sin embargo, sobresalían algunos caballeros andantes, dotados de elegancia personal, carácter afable y, por supuesto, talento. Las carreras no lo eran todo, pero la vida intensa incluía a las carreras.

El francés Patrick Tambay fue uno de ellos. Su carisma nació de su elegancia natural, su atractivo físico, su carácter, y por el talento natural de algunos seres humanos para el deporte y también la velocidad. El piloto galo solo logró dos victorias (con Ferrari), pero qué triunfos, y en qué circunstancias. Estos días, en su fallecimiento, su aureola ha recuperado la dimensión que disfrutó en activo. Porque nadie que lo conociera, compitiera con él o lo siguiera lo ha olvidado. Ni a su casco azul con la raya blanca.

"Fue un orgasmo"

De familia relativamente acomodada, pronto destacó por su facilidad natural para la velocidad, aunque por caminos muy distintos. Formó parte del equipo nacional francés de esquí, cuando un esquiador participaba tanto en el eslalon como el descenso. Nada indicaba que las carreras serían su destino. Porque en su familia estaban prohibidas, así como el montañismo y las motos. Pero en Mónaco le invitaron a probar un Fórmula Renault reciente presentado. Se desplazó a Paul Ricard. "Fue un orgasmo". Así definió su primer contacto con un coche de carreras. Quedó atrapado "física y emocionalmente" en el acto. En los primeros años de los 70 compitió en campeonatos franceses de monoplazas con éxito, y ganó carreras en la Fórmula 2, como en Pau. Su hijo, Adrien, ganaría en el mítico circuito urbano francés en 2022, casi 50 años más tarde.

Se marchó a estudiar a Colorado, enamorado de una mujer y también del estilo de vida americano. Allí, sus escarceos con las carreras tomaron otro tono. Ganó el campeonato Can Am y se asoció a un millonario apasionado de las carreras, Teddy Yip y su famoso Theodore Racing. Ese era uno de los exóticos equipos que eran capaces de meterse en la fiesta de los Ferrari, McLaren, Lotus y Ligier de los 70. En 1977 entró en la Fórmula 1. Meter un Ensing en los puntos (solo seis puntuaban en aquellos tiempos) era una verdadera proeza, cuando el talento se apreciaba en carne viva. En aquella carrera de debut en Silverstone, su amigo Gilles Villeneuve causó sensación con un McLaren de tercera mano. Se convirtieron en las grandes promesas del momento.

Ferrari y McLaren se disputaron a ambos pilotos, pero Patrick Tambay se precipitó y cogió el tren equivocado. Enzo Ferrari le propuso una entrevista, que fue retrasada por motivos de salud del jefe. Phillip Morris (Marlboro) se lanzó a por él en el intermedio. Teddy Mayer, americano, abogado, el responsable de McLaren, jugó más fuerte y rápido que Ferrari. "Me decian que Hunt sería mejor compañero que Reuteman (Ferrari), que los neumáticos Good Year de McLaren serían mejor que los Michelin (de Ferrari)". Le convencieron. Fichó por McLaren, y Gilles Villeneuve, por Ferrari. Se equivocó.

El peor McLaren

Porque McLaren entró en barrena, en una época que se usaría como referencia para las más recientes de McLaren, Honda y Fernando Alonso como uno de los peores momentos de su historia. De Hunt, "aprendí que era divertido tenerlo alrededor fuera de las pistas, cuando se pasaba mucho tiempo en los viajes". Con un coche pésimo y sin experiencia, en 1980 tampoco brilló. Entonces, su mentalidad más amplia entró en juego: no todo eran carreras. Solo estaba dispuesto a correr con un buen equipo y material, y emigró de nuevo a Estados Unidos.

En 1981 surgió la oportunidad a mitad de año para correr en un equipo francés, Ligier, ordenado en torno a su piloto número uno, Jacques Laffite. Sufrió un terrible accidente en Las Vegas, en el que partió el coche por la mitad. Se puso de pie, literalmente, y echó a andar. Fue un milagro no haber quedado inválido, como otros tantos ejemplos de la época. Lo dejó. No acababa de romper con los resultados que se esperaban de su talento natural, aunque tampoco era olvidado por otros equipos. Le llamaron de Arrows. Vivió la famosa huelga de pilotos de Sudáfrica. No estaba en la Fórmula 1 para eso, y se despidió otra vez.

El día que lloró Enzo Ferrari

Hasta que llegó uno de los grandes shocks en la historia de la Fórmula 1. Gilles Villeneuve falleció en accidente en el Gran Premio de Bélgica. Eran amigos íntimos. "Todos sabíamos que ocurriría algún día; le veías volando su helicóptero, con la fuera borda o en el coche, porque siempre tenía que probar los límites". Ferrari lo llamó para sustituirle. "No se trataba de reemplazar a tu amigo, no era así. La motivación era que yo terminaba su trabajo, lo que me hizo más fuerte. Lo hacía por alguien a quien quería". Tampoco podía imaginar que sostendría a Ferrari en uno de los momentos más duros de su historia.

Didier Pironi era su compañero de equipo en Ferrari, aquel con el que Villeneuve se sintió traicionado en Imola. Le llamó para comunicarle la noticia, y quizá sondear si querría correr con Ferrari. Ahora sí era el momento. Sin embargo, al mes siguiente, en el Gran Premio de Alemania, el propio Pironi salió por los aires y se destrozó las piernas. En poco más de dos carreras, Ferrari se perdía a sus pilotos cuando aspiraba a ambos títulos. Increíblemente, Tambay logró aquel fin de semana su primera victoria. En momentos tan dramáticos, el francés insufló enormes dosis de ánimo a una escuadra duramente golpeada. "Ferrari, que era mayor, lloró. Me lo contaron luego", reconocería el propio Tambay.

placeholder Su gran victoria en Imola 1983 con Ferrari. (Imagen de archivo)
Su gran victoria en Imola 1983 con Ferrari. (Imagen de archivo)

El golpe del pájaro en el casco

Aún estaba por llegar el momento culminante de su carrera. Imola, 1983. La primera en el circuito italiano sin Gilles Villeneuve. La carga emocional era brutal. "Me conmovió ver la pancarta 'Tambay venga a Gilles'. Durante 20 minutos lloré, incapaz de controlar mis emociones. Era más fuerte que yo, me decía a mí mismo que parara, pero no podía. Los mecánicos se enteraron y me dejaron relajarme", contó después Tambay.

A partir de la mitad de la carrera el motor se paraba en Tamburello por un problema con la presión de combustible. "Me quedaba sin él hasta la salida de la curva, entonces el V6 milagrosamente se aferraba a la vida. Así, como por arte de magia, hasta el final". Aún había más. Tambay se había colocado primero. "Perdí la concentración cuando, de repente, algo golpeó mi casco. ¡Como si alguien me estuviera dando en la cabeza diciéndome que despertara. Pensé que podría haberle pegado a un pájaro, pero al llegar no encontré ninguna marca en mi casco". Con el tiempo, siguó pensando lo mismo. "Tenía la sensación de que había sido despertado por algo espiritual, porque soy algo místico. Pensé que Gilles estaba en el coche, y por eso dije que lo había hecho también por Gilles", recordó hace tres años, en un podcast de la página oficial de la Fórmula 1.

Ferrari no lo renovó a finales de 1983, y pasó dos años en Renault, con un equipo que ya iba en decadencia y retirada. Lola y el americano Carl Haas (un fiel admirador del talento de Tambay) lo llamaron en 1986. Estaba con Ross Brawn, Adrian Newey y otras grandes figuras. Un dream team, pero el motor turbo de Ford fue una losa por su violencia en la entrega de potencia.

Fuera de la Fórmula 1, corrió en motos de nieve en Canadá o en jet esquí en el Mediterráneo. Compitió con Jaguar en el Mundial de Resistencia y durante varios años en el Dakar, donde terminó tercero. Con los años, desarrolló Parkinson y Alzheimer. "Me hubiera gustado irme con Gilles, Ayrton, Ronni (Peterson), y Patrick Depallier) y no estar como estoy ahora", admitía con cierta amargura en la mencionada entrevista por su estado de salud, y dejaba una suerte de legado. "Perdí demasiados amigos. Hoy, quizá, los pilotos deberían entenderlo y ser más cuidadosos con ellos; que se cuidaran más; que se respetaran más unos a otros, porque este es un deporte muy peligroso, y algunos piensan que son inmortales".

Su hijo Adrian, también piloto, volvió a la competición con Cupra en el ETCR (turismos eléctricos) en 2022 tras varios años en el dique seco. Ganó en Pau, en su primera participación, como en su día Patrick en la Fórmula 2. "Mi padre me dio algunos consejos…". No pudo evitar las lágrimas al recordarlo. Al menos, el progenitor vio a su vástago lograr su primer gran título, con el número 27, y su mismo e inconfundible casco azul con raya blanca. Todo el mundo sabía que detrás estaba, no solo Adrien, también Patrick Tambay.

Los tiempos crean y moldean un tipo de pilotos que sobreviven y prosperan en un determinado entorno de las carreras. En los años 70 y 80 llegaban a la cima, de promedio, tipos de personalidad muy potente, gladiadores del volante, rudos y duros en muchas ocasiones, curtidos en los sacrificios necesarios para superar una selección natural muy diferente a la actual. Y con mayor riesgo para sus vidas. En aquel promedio, sin embargo, sobresalían algunos caballeros andantes, dotados de elegancia personal, carácter afable y, por supuesto, talento. Las carreras no lo eran todo, pero la vida intensa incluía a las carreras.

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