EL RECONOCIMIENTO A UNA TRAYECTORIA

Por qué dos títulos de Carlos Sainz podrían valer más que los de Loeb y compañía

Carlos Sainz ha dejado una singular huella entre los aficionados de todo el mundo. Las emociones generadas y su personalidad deportiva han superado a sus títulos mundiales

Foto: Carlos Sainz, tras ganar su segundo Dakar en 2018. (Reuters)
Carlos Sainz, tras ganar su segundo Dakar en 2018. (Reuters)

Carlos Sainz, mejor piloto de la historia del Mundial de Rallies ¿Por delante de Sébastien Loeb o Sébastien Ogier, por ejemplo? ¿De los míticos Walter Röhrl o la extraordinaria saga de pilotos nórdicos con el tricampeón Juha Kankkuen a la cabeza? ¿Son las votaciones de los aficionados un aval sólido para certificar la grandeza de un piloto sin considerar las circunstancias profesionales de cada uno de los grandes campeones de todos los tiempos?

Han pasado más de quince años desde que Sainz dejara el Mundial. Varios talentos extraordinarios (Loeb, Ogier, Makkinen, Kankkunen) atesoran más títulos, y otros igualan al piloto español. Pero si de los aficionados como jueces hablamos, es necesario abrir el motor de sus corazones: las emociones, que por lo visto aún siguen latiendo en el imaginario colectivo como para volcar el peso de la balanza hacia 'El Matador'. Ya el sobrenombre con el que aún es reconocido mundialmente se las trae...

"Gracias Ove, pero te equivocas"

De las escenas en el Mundial almacenadas en la retina de quien les escribe, sobresalen las de aquellas noches frías de rallies. Fuera Montecarlo, Portugal, San Remo o Suecia. Del coche descendía un Sainz envuelto en el humeante vapor corporal tras el esfuerzo y generado por el contraste con la temperatura exterior. Mandíbula siempre apretada, ojos tensos y mirada concentrada, aún bajo los efectos de ese ‘globo’ provocado por la adrenalina y la concentración. Una imagen que personificaba la fuerza física y mental al volante. Así fue como aterrizó en su primer tramo del Mundial que además ganó (Circuito de Estoril, 1987). Aquella generación de los ochenta, la mejor de la historia, desconocía la intensidad competitiva que se les venía encima. Porque Carlos Sainz llegó en tromba, como una auténtica tormenta desatada.

Aquel temperamento insaciable ya mostraba maneras desde el Panda y su inseparable Juanjo Lacalle. Pero puso las cartas boca arriba en aquella habitación del Hotel Royal, en el Rally de San Remo de 1988. El responsable de Toyota, Ove Andersson, quería a aquel joven español que había humillado en la niebla y con un dos ruedas motrices a los Lancia de tracción total en Italia. “Carlos, te queremos fichar para el asfalto”, le ofreció el sueco. Entonces, si eras nórdico, tierra. Si eras latino, asfalto. Reglas con décadas en vigor. “Gracias Ove, pero te equivocas. Puedo ser incluso mejor piloto de tierra que de asfalto”, respondió el joven y pretencioso piloto. “¡Pues no van todos y se echan a reír con lo que les digo!”. Amable condescendencia ante una osadía que no dejó frío a un sueco. “Fue uno de los acuerdos más rápidos que hice en mi vida”, me confesó Ove Andersson. “La impresión que saqué de Sainz en cinco minutos me convenció de que sería una buena idea ficharle”, apuntillaba.

"Tranquilo Carlos, serás campeón"

Rápido llegaron los primeros ejemplos. Rallie del RAC, en Gran Bretaña (1988). Prueba mítica porque, como única secreta, se utilizaban mapas en vez de notas. Sainz y Luis Moya aún no habían llegado a Toyota. Tramo de Kielder, nevado. El piloto desconocía la superficie y los neumáticos de gomas de clavos. En su vida los había usado. Le metió algo más de un minuto a Stig Blomqvist, campeón del mundo y leyenda nórdica, con el mismo Ford Cosworth. 1989, de nuevo en el RAC, ya con Toyota, última edición en secreto. Cinco días, más de 50 tramos en condiciones dantescas. Ganarlo era una de las ambiciones de siempre para Sainz. Lideraba a falta de solo 25 kilómetros y dos tramos cuando la transmisión cedió. “Cuando era pequeño, veía en la televisión a pilotos como Ari Vatanen y ya entonces quería conducir como un piloto finlandés”. Se escapó la primera victoria en un rally ya único. Lloraba. Se acercó caballerosamente para consolarle ese mismo Vatanen de la tele: “Tranquilo, Carlos, algún día serás campeón del mundo”.

26 de agosto de 1990. El recuerdo de aquella escena en la habitación del Hotel Royal debía sobrevolar entre los hombres de Toyota. ¿Qué pensarían ahora con su piloto arriba en el podio, eufórico como pocas veces se le ha visto en la vida? Acababa de cometer el sacrilegio de convertirse en el primer piloto no nórdico en ganar el mítico Mil Lagos finlandés. Fue el punto de inflexión en la historia del Mundial de Rallies. Aquel piloto acababa de reventar reglas, moldes y tradiciones. Abrió así el camino a los Loeb y Ogier, que vinieron después.

Carlos Sainz, con el Toyota Celica FGT-Four en 1991. (Imago)
Carlos Sainz, con el Toyota Celica FGT-Four en 1991. (Imago)

La línea de frontera

A partir de entonces, y durante más de una década, se repetía esa constante en todos los tramos de los rallies del Mundial, fuera Montecarlo, Nueva Zelanda o el Mil Lagos: siempre entre los tres o cuatro primeros de cada especial aparecía el nombre de ese piloto español de martillo incansable. Kankkunen, Blomqvist, Vatanen, Auriol, Biasion, McRae, Makkinen, Gronholm, Solberg, Burns, Loeb… Sainz se enfrentó a la mejor y más nutrida generación de la historia de los rallies. Loeb y Ogier, no es su culpa, no pueden decir lo mismo. Ante semejante ‘peña’ cayeron desde 1990 a 2000 dos títulos -perfectamente podrían haber sido cuatro, mínimo- cuatro subcampeonatos y varios terceros. Ganó con todos los coches, salvo aquel Lancia de segunda mano. Por el camino quedaron jornadas maratonianas de trabajo, 250 días al año fuera de casa destripando a mecánicos, ingenieros y jefes de equipo. Temían a su famoso “se puede mejorar”. Cada coche en su trayectoria terminaba ganando, en sus manos o en la de otros. Que le pregunten a McRae y a Subaru, o a Ogier y su Polo de Volkswagen, puesto a punto por un ya retirado Sainz.

2020. Treinta años después de aquel Mil Lagos. Carlos Sainz bate su propio récord de edad para ganar… un tercer Dakar. De modo que, sí, quizás otros tengan más títulos, pero quizás también los aficionados han premiado a quien trazó para siempre una línea de frontera en el mundo de los rallies: un antes y un después de Carlos Sainz. Han reconocido una ética de trabajo demoledora que aún derrocha. Han confirmado que esa pasión e ilusión que tanto predicaba el piloto durante casi cuatro décadas eran genuinas e incombustibles. Pero sobre todo, no han olvidado las emociones despertadas en su momento y aún suficientemente vivas para distinguirle como el mejor en la historia del Mundial de Rallies. En la emoción y agradecimiento que Carlos Sainz ha sentido y expresado ante semejante honor, con 58 años, se confirma cuánto han acertado.

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