HAKKINEN A SCHUMACHER EN EL AÑO 2000

Un adelantamiento épico: cuando pasar Eau Rouge a fondo exigía tenerlos bien puestos

Para muchos, es todavía uno de los adelantamientos más espectaculares de la historia de la F1, no solo por sus protagonistas, sino por las circunstancias que rodearon aquella maniobra

Foto: Michael Schumacher (i) y Mika Hakkinen en el podio del GP de Bélgica del 2000. (Reuters)
Michael Schumacher (i) y Mika Hakkinen en el podio del GP de Bélgica del 2000. (Reuters)

¿Se imaginan a Fernando Alonso y Lewis Hamilton en duelo mano a mano a más de 300 km/h, en una de las zonas más rápidas del campeonato? ¿O al británico intentando superar al duro Max Verstappen en el mismo sitio? Son raras semejantes ocasiones, pero Michael Schumacher y Mika Hakkinen protagonizaron uno de los adelantamientos más espectaculares de las últimas décadas en el Gran Premio de Bélgica de 2000. "Increíble, diría que una de las mejores que se han visto en la Fórmula 1". Así describió Ron Dennis aquella famosa maniobra.

Fue aquel un duelo entre dos campeones del mundo, los dominadores de la época, en Spa, uno de los trazados más singulares del calendario. El contexto daba más valor si cabe a lo que aconteció en la pista. Schumacher aún buscaba su primer título con Ferrari tras el accidente de Silverstone del año anterior. Mientras el alemán lo intentaba sin éxito desde 1996, Hakkinen era el campeón en vigor, además de líder de la clasificación por dos puntos. En Spa se jugaban un triunfo crucial para sus respectivas aspiraciones al título.

La historia de un adelantamiento no se ciñe solo a las imágenes que todos vemos desde el exterior. Dentro de un monoplaza, de la mente de un piloto, las circunstancias le dan otra apasionante dimensión solo conocida cuando es revelada por sus protagonistas. "Hay seis lugares en Spa donde, si un piloto que marcha por delante comete un error, le puedes adelantar fácilmente. Pero si ese piloto no comete ningúno en esos seis sitios, adelantar es muy difícil". Quien marchaba por delante de Mika Hakkinen se llamaba Michael Schumacher. "¡Desafortunadamente, Michael no cometió ningún error en ninguno de esos seis sitios!". ¿Qué pasó entonces en aquel mítico duelo?

Apretarse los machos

El finlandés lideraba la prueba hasta que hizo un trompo. Schumacher se colocó en cabeza. Tras parar en boxes, Hakkinen recortó furiosamente para colocarse a la estela del alemán. Pero un tema era alcanzarle y otro, superarle. ¿A Schumacher? ¿En Spa? "Lo importante es entender a tu rival, quién es, y cómo es como persona", explicó después Hakkinen. "Tienes que saber cómo piensa, su comportamiento en la pista, su estilo de pilotaje". Por si no conocía ya a su rival, Hakkinen volvió a comprobarlo en la recta de Kemmel, a cuatro vueltas del final, cuando Schumacher cerró la puerta y le asestó un hachazo marca de la casa. "Su neumático trasero derecho tocó el lateral de mi alerón y tuve que levantar el pie". Hakkinen le reprochó su gesto con la mano dos veces. Luego volvería sobre ese cerrojazo, pero cara a cara con Schumacher.

Aquí entraba en juego la mente de Hakkinen y sus circunstancias. Comprendió que para ganar tenía que correr grandes riesgos. "Hay que ver la situación globalmente, tener un plan en la cabeza, no solo para adelantar, sino para lo que puede ocurrir después... Un plan que tienes que dibujar en tu cabeza cuando ruedas a toda velocidad". Hakkinen, reconocería después, solo tenía un punto donde el McLaren era superior al Ferrari: Eau Rouge. En el resto, no había nada que hacer. Faltaban tres vueltas y se acababan las posibilidades.

Como él mismo dijo después, se apretó los machos. Pero tan apasionante o más que la maniobra de adelantamiento era conocer el discurso interno del propio Hakkinen para armarse de valor, porque, vista la experiencia de vueltas anteriores, atacar a Schumacher se convertía en un salto al vacío. "En aquellos días, tomar Eau Rouge a fondo no era para los flojos de corazón. Era extremadamente difícil, y el castigo por equivocarte normalmente era un accidente enorme. La pista estaba húmeda fuera de la trazada, así que era consciente de que la maniobra tendría que ser milimétricamente perfecta, algo nada fácil en la curva más intimidante, con el pie a fondo, hacia una salida ciega. Cuando entré en Eau Rouge, cada fibra de mi cuerpo rogaba levantar el pie. Decidí contar hasta tres, manteniendo el pie a fondo mientras contaba, consciente de que cuando hubiera terminado de contar, o habría pasado Eau Rouge, o habría terminado contra las barreras". Y Mika Hakkinen empezó a contar hasta tres.

"¡Uno, dos, tres!"

Con sus propias palabras. "Uno, me dije, a mí mismo, y el coche comenzó a vibrar por las tremendas fuerza g, tanto laterales como en compresión. Sabía que tenía que luchar contra el coche si quería evitar el accidente y, sinceramente, sabía que tenía que luchar contra mi propio miedo". Dos. "Me quedé sin aliento, girando el volante mientras el coche iba hacia un lado y luego al otro (el zigzag de Eau Rouge). Durante una fracción de segundo, justo en medio de la curva, pensé que no podía aguantarlo. El coche estaba casi de puntillas (sin carga aerodinámica), pero luego ganó adherencia y se agarró al suelo". Y tres. "Grité justo cuando el coche se aligeraba a la salida de la curva. Siempre es una sensación desagradable cuando un coche de carreras se aligera a alta velocidad, pero siguó aguantando. Lo había logrado, había pasado Eau Rouge a fondo en carrera como no lo había hecho en una sesión de calificación, y por una trazada seca muy estrecha".

Hakkinen entonces salió como un misil hacia la recta de Kemmel, a la estela de Schumacher. Pero al fondo aparecía el doblado monoplaza del brasileño Ricardo Zonta en medio de la pista. "Me quedé quieto, sin ir a la derecha o a la izquierda, y esperé que se decidiera". Schumacher se lanzó a la parte izquierda de la pista para adelantar por ese lado al brasileño. Tenía a favor la trazada seca para la frenada. Hakkinen ganó incluso más velocidad por el rebufo con Zonta, "una sensación increíble", reconocería el finlandés, con lo que adelantó por dentro a ambos como una exhalación, zona húmeda, lamiendo la hierba. Por donde nadie se esperaba. A 320 km/h. "Sabía el riesgo. Si Schumacher decidía meterse hacia adentro (tras superar al doblado) por cualquier razón, para mí habría sido una experiencia terrible". En el box, Ron Dennis y Erja, la esposa de Hakkinen, no se lo creían. El finlandés acaba de adelantar de forma increíble al duro entre los duros. Pero aún le quedaban tres vueltas para ganar. "Empezó a atacarme por un lado y por otro. Siempre fue agresivo y muy determinado, un auténtico 'racer'. Pero mantuve los nervios, mientras me susurraba: "Mantente calmado, Mika, mantente calmado, calmado".

Al acabar la carrera, antes del podio, Hakkinen se fue a por su rival. Con gestos característicos, le recordó aquel peligroso hachazo de la vuelta 40. "No puedes echar a nadie a la hierba a 300 km/h, era una situación de vida o muerte, utiliza el sentido común", explicó después Hakkinen sobre la conversación con su rival. "¿Qué he hecho mal?", le respondió el alemán, todavía con el amargor de la derrota en carne viva. "A esas velocidades, si un coche se va a la hierba con solo 15 mm de distancia al suelo del monoplaza, el menor bache te hace volar. Vamos, piensa un poco", le contestó Mika Hakkinen, quien le avisó para el futuro: "No vuelvas a hacer algo así".

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