EN DOS SEMANAS, DEL CIELO AL INFIERNO

A Red Bull le explotó en Mónaco hasta el globo de Verstappen

Tras el impresionante éxito deportivo y mediático del GP de España, Red Bull pasó al polo opuesto, recordando lo fácil que resulta traspasar la fina línea del éxito y del fracaso

Foto: Daniel Ricciardo en el podio monegasco.
Daniel Ricciardo en el podio monegasco.

Como las máscaras del teatro griego, la de la felicidad y la tristeza. En el plazo de dos semanas, Red Bull ha llevado ambas. “From hero to zero”, o traducido al castellano, vino en una copa, y vinagre en la siguiente. El equipo austríaco se bebió ambas, pero la de Mónaco llevaba además unos toques de cicuta.

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La experiencia del equipo austríaco en Mónaco nos ha vuelto a recordar el fino alambre sobre el precipicio que recorren los protagonistas de la Formula 1. Red Bull había conseguido la victoria dos semanas atrás, la primera ‘no Mercedes’ desde Singapur 2016. El fabricante de bebidas logró un increíble retorno mediático con el triunfo de Verstappen, confirmando que sabe imponer con éxito sus audaces y heterodoxas ideas. Dos semanas después, el holandés besaba repetidamente los raíles como un novillero novato y el equipo austríaco tiraba por al agua del puerto monegasco la victoria más prestigiosa de la temporada.

"Corrían como pollos sin cabeza"

“¿Qué como me siento?, sin empezar a jurar es difícil” contestaba Daniel Ricciardo ante su amarga derrota ante Hamilton, “como si me hubiera pasado un camión de dieciocho ruedas por segundo fin de semana consecutivo”. El dominio del australiano fue aplastante. Piloto y máquina se habían fundido en uno todo el fin de semana monegasco. Seis décimas a Mercedes en los libres, una vuelta escalofriante el sábado, ritmo aplastante en mojado en carrera... Sin embargo "entregamos la victoria a Mercedes", certificaba un desolado Marko, quien ya arrastraba el lastre adicional de su joven piloto holandés.

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Resultaba increíble ver al RB12 levantado del suelo y sobre los gatos, pero sin ruedas. “Corrían como pollos sin cabeza”, se lamentaría después Ricciardo. Como los equipos de aficionados en carreras de fin de semana. “Aquí en Mónaco el muro de boxes está arriba, y el garaje abajo, los neumáticos son calentados tanto en el box como detrás”, explicaría después Horner para justificar el fiasco de su equipo, porque que los mecánicos tenían listo el juego de blandos cuando los ingenieros pidieron otro de superblandos, desgraciadamente situados en la parte trasera del box. El resto ya es de conocido. “Mucho malentendido y mala comunicación” resumía Marko, que también había tragado antes su cicuta particular.

Una se entiende, pero ¿tres?

“Veremos qué pasa en Mónaco, el coche debería ser bastante rápido allí. El objetivo es, primero, alejarme de los muros, y si lo logramos, quizás podamos estar cerca del podio” declaraba Verstappen antes del Gran Premio de Mónaco. Acertó en lo que tocaba a su monoplaza, pero no consiguió su objetivo personal. Y de qué manera.

El piloto holandés aterrizó bruscamente de su hasta ahora gozoso vuelo en la Fórmula 1. Porque a pesar del inmenso talento que atesora, su actuación en Mónaco fue propio de un debutante bisoño. Que no lo era. De haber sido otro piloto, hubiera sido masacrado por su equipo primero, y la prensa después. Porque no fue una castaña, sino tres. Una por día.

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La primera en los libres, cuando tocó ligeramente el muro en Massenet y hubo que ponerle alguna tirita el monoplaza. Peor fue el Q1, donde confirmó que no le tenía cogida la medida todavía al RB12 entre los raíles monegascos, como lo demuestra el que girara antes de tiempo en la Piscina. Porque parece que con el monoplaza austríaco, con el volante y el morro donde se pone el ojo va la bala. Con el monoplaza de mejor tracción, de increíble estabilidad en frenada y capacidad de giro en Mónaco…

 

Cuando no se respeta a la pista

Era el mejor chasis este fin de semana, pero Verstappen se cargó una unidad. Los mecánicos tuvieron que desmontar el dañado para preparar otro nuevo monoplaza para la carrera. Y aquí Verstappen comprendió con dureza que existen unos límites a la confianza y la seguridad en uno mismo. Porque en la vuelta 29 acabó de nuevo empotrado en Massenet, tras una optimista cabalgada en la que no respetó o infravaloró las delicadas condiciones mixtas de la pista. 

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Con la presión de ser vapuleado por Ricciardo, encastrada en su subconsciente la realidad absoluta de sentirse ya un campeón algún día, Verstappen pilotó agresivamente en carrera, confundiendo un fórmula 1 en Mónaco y sobre agua con un kart en una carrera dominical. Vettel, Ricciardo, Rosberg, Hulkenberg, Sainz…, todos tenían monoplazas por delante a los que adelantar. Evitaron el riesgo que suponía. Verstappen pensó que podría ser diferente. Bien por ello, pero cuando se llevan sendos incidentes en los dos días anteriores a la espalda....

El mejor monoplaza y un pobre balance

También, olvidaba que seiscientas personas trabajan para él, especialmente el sábado y a destajo. Se lo debieron recordar inmediatamente Horner y compañía, tanto como Hamilton y Rosberg lo hicieron en Montmeló con los mil trabajadores que preparan sus monoplazas. “Al final, tengo que perdir perdón al equipo porque trabajaron muy duro para tener el coche preparado, no debería haber ocurrido, no le dí al equipo el resultado que merecía, y lo siento”. Lo de Kvyat en Sochi era presión. Lo de Verstappen en Mónaco era otro tema, según Horner. "Es brillante, un carácter inteligente y seguro que asumirá lo que ha ocurrido este fin de semana y aprenderá de ello". De puertas para adentró no pensará igual.

Mónaco fue demoledor para Red Bull. Con un chasis escandaloso, capaz de batir holgadamente al Mercedes durante tres días, con un Ricciardo imperial en todo momento y circunstancias, el equipo austríaco salió del Principado con un segundo puesto y solo dieciocho puntos. El pobre Ricciardo no pudo colocar en su vitrina personal el trofeo más preciado para un piloto de Fórmula 1. Por dos carreras consecutivas ha sido el único que ha llevado la misma máscara del teatro griego: la de la tragedia.

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