llamado por ferrari como tabla de salvación

Mario Andretti, el hijo pródigo que hizo rugir a cien mil almas en Monza

Mario Andretti protagonizó, junto con la victoria de Berger en 1988, el día más emocionante que Ferrari y los tifosi pudieron vivir en Monza. Fue el éxtasis

Foto: Mario Andretti, a bordo de su Ferrari.
Mario Andretti, a bordo de su Ferrari.

“Me gusta pensar que los tres momentos más bellos de mi relación sentimental con la Fórmula 1 han tenido a Monza como teatro: en 1954, cuando de pequeño veía ganar a Ascari, en el 78, cuando gané el título mundial con Lotus, y en 1982, cuando hice soñar a los tifosi con el Ferrari 126C2”.

Precisamente el pasado fin de semana veíamos a Mario Andretti en Monza, con su Stetson negro, repartiendo idénticos sobreros a los pilotos actuales de la parrilla. Toda una leyenda, y uno de los mejores de todos los tiempos, derrochó elegancia y carisma como es habitual en él. Ayer, 11 de septiembre, se cumplieron precisamente 36 años de su único título, “el día más feliz de vida y no pude celebrarlo”, debido al accidente de su compañero Ronnie Peterson el mismo día en que proclamaba campeón.

Pero también un 11 de septiembre Andretti protagonizó uno de los momentos más emocionantes en la historia de la Fórmula 1. Delante de los tifosi. Con un aforo que, solo en los entrenamientos del sábado, superó el número de espectadores del pasado Gran Premio de Italia. Porque el hijo pródigo había vuelto a Monza. A bordo de un Ferrari…

El Concorde para alternar América y Europa el mismo fin de semana

Andretti y su hermano gemelo Aldo nacieron en Montona, al noreste de Italia, parte que pasó a Yugoslavia. La familia Andretti huyó a Italia y durante años vivió en un monasterio, en Lucca, con otras diez familias. A pesar de ello los dos hermanos desarrollaron la misma pasión por el automovilismo. Con catorce años, un amigo los llevó a Monza. Agarrado a la verja, quedó hipnotizado viendo a Alberto Ascari ganar, “la mayor influencia de mi vida”, y quedó atrapado por el virus para siempre.

La familia emigró a Estados Unidos. Allí los dos hermanos comenzaron a competir, y también la leyenda de Mario Andretti. Logró todos los títulos posibles en América, las 500 Millas, la Fórmula 1 en 1978...Apasionado frenético, no dejaba fin de semana libre, llegó coger en muchas ocasiones el Concorde para cruzar el charco el sábado, competir en Estados Unidos, y volver a tiempo el domingo para la Fórmula 1. Pero Enzo Ferrari se había quedado con las ganas de subirle a su monoplaza de forma permanente en el pasado. Hasta aquel septiembre de 1982.

 

¿Quién podría rechazar una oferta de la Scuderia?"

La Scudería vivía un año dramático  que zarandeó emocionalmente a los tifosi al  perder a Gilles Villeneuve y  Dider Pironi. Ferrari contaba con el 126C2, una bestia turboalimentada que era imbatible en las pistas rápidas. al menos  podía lograrse el título de Constructores. Patrick Tambay, sustituto del francés, ganó en Alemania, pero de cara al Gran Premio de Italia sufría lesiones en el cuello y no estaba en forma. Había que defender las opciones de la Scuderia a toda costa.

Entonces,Enzo  Ferrari llamó a Mario Andretti como salvavidas, quien seguía compitiendo en Estados Unidos. Con la noticia, Italia, se cayó. “Andretti, con Ferrari…”. El sueño hecho realidad para los tifosi italianos. Dos mitos se unían, uno de carne y hueso. La expectación fue tremenda. Solo en Italia se podía vivir algo parecido.

Decenas de periodistas se arremolinaban en el avión que le traía a Milán incluso antes de que se hubiera detenido. Andretti se paró en medio de la escalerilla y saludó como un mesías. El aeropuerto estaba desbordado por los tifosi que acudieron a recibirle. La rueda de prensa duró hora y media. "¿Qué si es para rendir un servicio a Mr. Ferrari? Para nada, es para rendirme un servicio a mí mismo. ¿Quién podría rechazar una oferta de la Scuderia?".

“Si pilotas para Ferrari, eres como el Papa”

Desde el aeropuerto, marchó directamente a comer con ‘Il Commendatore’, que le preguntó cuándo quería probar el monoplaza. “Inmediatamente”, contestó Andretti. Esa misma tarde rodó con el 126C. Al día siguiente, sábado, se acercó al récord de Pironi en Fiorano. "Había corrido la voz de que íbamos a entrenar en Fiorano, y se juntaron casi 15.000 personas detrás de la valla, había incluso tiendas de campaña", recordaba el propio Andretti. Pero el domingo decidió tomarse el día libre. Le pidió una Guzzi al propietario de la marca Alejandro de Tomasso, amigo suyo, y se marchó con su mujer a la Toscana.

 

El 126 era potentísimo, cierto, un monoplaza perfecto de base”, contaba después el propio Andretti, “pero lo mejor fue el entorno”, porque empezó a sentir el calor de los italianos, maravillados por la presencia de Andretti. “Cuando pilotas para Ferrari en Italia te tratan como si fueras el Papa”, y recordaba cómo incluso le dejaban pasar gratis por los peajes. Y llegó el 11 de septiembre. Mario Andretti no era un crío, tenía 42 años.

En el último minuto...

En Monza, flotaba en el aire una energía especial. Hasta el punto que se dieron cita el sábado casi cien mil espectadores, lo nunca visto para unos entrenamientos. Llegó la hora de la verdad. Primer juego de gomas. 1.30.331. Con el siguiente no mejora. Espera entonces hasta el último minuto para buscar el mejor punto de la pista. Sale al trazado y miles de tifosi contienen la respiración.

Giro de calentamiento…1.55.120, tiene dos vueltas por delante con las gomas. Pie a tabla. La primera, 1.28.705…Queda la última…Pasa por meta, 1.28.473…El rugido fue impresionante, como pocas veces –quizás en 1988- se recuerda en el Gran Premio de Italia. El hijo pródigo, con un Ferrari, arrancará en primera posición en Monza, en el año más descorazonador para los tifosi. Andretti no había podido celebrar su título el mismo día cuatro años atrás. Aquella jornada se lo compensó.

150.000 personas para la carrera

El “shock” en Italia fue tremendo. Incluso el presidente de la República, Mario Pertini, decidió tras lo visto el sábado acudir al Gran Premio al día siguiente. 150.000 personas se dieron cita en aquel Gran Premio de Italia, la mayor entrada que nunca ha tenido el circuito. Al día siguiente, Andretti se encontró con un acelerador que no funcionaba bien. Capeó el temporal. Terminó tercero. Aquel chaval de catorce años, embobado con Ascari desde el otro lado de la verja finalmente había logrado subirse al podio en Monza, con un Ferrari.

Su vida deportiva duró cinco décadas. Ha sido nombrado mejor piloto en la historia de Estados Unidos. Solo le faltó ganar en las 24 Horas de Le Mans, donde fue segundo en una ocasión. Pocos pilotos tan competitivos, apasionados y polivalentes. “Cuando me retiré de las carreras, tuve alergias, me dijo un doctor, ‘has vivido toda tu vida a base de adrenalina, y ahora tu cuerpo piensa que has muerto, no tienes defensas”, contaba en una reciente entrevista.

Con sus botas vaqueras, su Stetson y su permanente sonrisa, Mario Andretti merecía el pasado fin de semana, como mínimo, la reverencia de sus jóvenes colegas.

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