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Wout van Aert resucita en la Roubaix que quiso esquivar a Tadej Pogačar
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UNA VICTORIA ÉPICA

Wout van Aert resucita en la Roubaix que quiso esquivar a Tadej Pogačar

El belga resurge un agitado duelo con el esloveno, superándolo al esprint después de averías, persecuciones y ataques decisivos en Mons-en-Pévèle y el Carrefour de l'Arbre

Foto: Van Aert celebra el triunfo. (EFE/Christophe Petit)
Van Aert celebra el triunfo. (EFE/Christophe Petit)

Era su última muralla.

La de Tadej.

Era, fue, será siempre... su última muralla.

Y la habían levantado con adoquines.

Foto: paris-roubaix-van-der-poel-pogacar

París-Roubaix se alza frente a Tadej Pogačar como la frontera definitiva, como cinturón de Van Allen, como la puerta de Tannhäuser. Tras ello... nada. O algo, pero que es nada, pero que nunca sabremos qué, cómo o cuánto fue. ¿Qué existe tras la gloria? La respuesta nunca es más gloria, porque la gloria se agota como si fuesen lágrimas en lluvia.

Llegas, eres.

Foto: tadej-pogacar-ciclismo-tour-de-francia-giro-italia

Trasciendes.

Eso buscaba Tadej.

Y lo hacía frente a la historia encarnada. Como en Austerlitz, como en Trasimeno. Historia encarnada que le dicen Mathieu van der Poel. Tres Roubaix consecutivas, en condición de igualar a Roger de Vlaeminck y Tom Boonen. Roger tuvo que derrotar a Eddy en aquel de Ronde inolvidable, el de Freddy y su bici cambiada, para lograr el Quinto. Tadej tiene que domeñar a van der Poel. Es justicia.

Foto: tour-flandes-ronde-van-vlaanderen-pogacar

No puedes inventar los poemas sin que te arranquen un ojo, que diría Odín...

Y lo tenía que hacer por el Velódromo, por las Hilaturas. El mejor escenario, el mayor desafío. Hay pocas carreras que respondan a una filosofía como la París-Roubaix. Que enseñorea su propia tierra, una tierra dura, una que destrozaron los hombres hace siglo y cacho, una que luego fue desangrándose a minas, grisú y desempleo. Es un espacio de gris y verde cruzado por adoquines de verde y gris. Le dicen La Pascale. Es señora antigua y venerable.

Es la reina de entre todas.

Foto: milan-san-remo-tadej-pogacar-ciclismo

Y quieren conquistarla. Más allá de las fuerzas y los problemas, más allá de los "y sis" y los "ojalá hubiese". Porque Roubaix siempre es Roubaix. La carrera más bonita del año (casi siempre), la más difícil en lo de hacer predicciones. La que nos retrotrae al ciclismo heroico, a las horquillas que arreglar por fraguas, a pinchazos y hostiones. Problemas, situación. No mala suerte, vean que no hablo de mala suerte, porque si todo fuese cosa de fortuna no hubiera hecho Roger de Vlaeminck nueve pódiums y un séptimo como peor puesto. O Eddy, primera y última fuera del top ten, el resto cinco pódiums y otras cinco posiciones de honor. Quiero con esto decir que lo que otros llaman suerte lo denomina, el menda, los hados. Y los hados favorecen a quienes subyugan, a quienes están en disposición de ser favorecidos. Todos pinchan, en Roubaix, pero unos más que otros y unos en peores sitios que otros...

Como hoy.

Porque pasaron cosas, siempre pasan cosas. Y, aquí, también a los líderes. La diferencia es gestionarlo. Tuvo problemas Pogačar antes del Fôret de Arenberg, que es uno de los sitios legendarios para el deporte mundial, que es Wembley, el Forum de Inglewood, Wimblendon, todo al tiempo. Pero en duro, en descarnado. Le dicen Fôret, a Arenberg, pero también Trouée, y es más preciso, y es más precioso. Jamás un tramo, un tramo pequeño, un tramo ínfimo en relación a todo lo que recorre la prueba, se pudo identificar de tal forma con la competencia. Arenberg es metáfora de La Pascale, y viceversa. Vuelvan a leer lo de más arriba, lo de la decadencia y las minas.

Foto: clasica-lieja-bastona-lieja-tadej-pogacar-victoria-monumento

Vuelvan.

Antes de Arenberg, dije, tuvo problemas Tadej. Problemas técnicos, mecánicos. Queda descolgao, se pone de los nervios, todo parece perdido. Delante... desconcierto. Se tira, pero sin locuras. Se exige, pero sin asesinar gregarios, que es como debes exigir con tales circunstancias. Así que entra Tadej justo antes del Bosque, justo antes de la trinchera, entra Tadej cuando faltan cien a meta, y cien a meta son muchos kilómetros salvo si la carrera va desde París hasta Roubaix (perdonen lo de París, es la costumbre), que entonces es cuando empieza lo decisivo.

Y decide. De la forma más inesperada, quizá, pero decide.

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Porque tiene un problema Mathieu van der Poel. Con su bici, pinchazo. Y gestiona fatal su problema Mathieu van der Poel, gestiona como si no fuese el mejor corredor de siempre en estos lares (o cerquita), como si no fuese veterano de galones. Se para su compañero Philipsen (que es baza de espesor, ojo), y cambian de bici, y no le encaja la bici, y no puede engancharse a los pedales, porque vamos tan al límite, tecnificamos tanto este bendito objeto, que solo sirve para un tipo en un lugar. ¿Resumen? Que se frustra, que se baja. Luego llega Tibor del Grosso (apunten nombre para años futuros) y cambia la rueda con Mathieu, y quizá debieron hacer ese cambio desde el principio, pero es que todo resulta muy fácil a posteriori (y sin cansarse). Empieza otro mundo, entramos en un nuevo relato.

Porque delante se hace un grupo. Ataca Wout, se le pega Pedersen, Ganna tiene avería, otros pululan entre la vieja gloria y el rellena-toptens. Consigue alcanzarlos Pogačar, entra con todo, busca la épica, busca completar los Cinco.

Busca completas los cinco.

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A partir de entonces... una exhibición física y, sobre todo, estética. Porque Mathieu sobre los adoquines, Mathieu tomando las curvas, apurando cunetas, flotando en piedras... todo eso que hace Mathieu, y que hacen los demás pero sin hacerlo como Mathieu... todo eso es un espectáculo estético como pocos existen en el mundo. Atardecer en la Piazza San Marco, la escena final en The Godfather, Mathieu van der Poel apretando en Roubaix... Es el punto culminante de la belleza humana. Hoy lo vimos durante kilómetros y kilómetros. Hambriento, rabioso. Físicamente impecable, técnicamente falto de contestación. Pero Arenberg...

Ay.

Todo fue por Arenberg.

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Faltan poco más de cincuenta kilómetros y ataca van Aert en Orchies. Ataca van Aert justo cuando iba a enlazar van der Poel, que vive en el sufrimiento, vive en la tortura. Salen Pedersen y Tadej, el esloveno aprieta a medio tramo, solo puede ir con él Wout. Van der Poel supermanea por detrás, pero, quizá, ha llegado su Doomsday... Hacen camino van Aert y Pogačar, persigue Mathieu. Llegamos a Mons-en-Pévèle con aire de ejecución, llegamos a Mons-en-Pévèle como si lo hubiese puesto ahí el Ciudadano Robespierre... Porque Pogačar aprieta. Y mete un metrito a van Aert, y camina por los adoquines mejor que van Aert, o con más fuerza. Van Aert, tres veces campeón del mundo en ciclocross, cuatro veces más segundo. Wout van Aert, que mamó pedruscos desde pequeño, desde chaval. Aguanta Wout, que lleva un tiempo perdido, que navega entre las dudas y la intrascendencia. Solo se recuerdan, en muchos meses, una gloria de Wout, y fue allá por Montmartre.

Frente a Pogačar.

Aguanta, dije.

Foto: tour-francia-roglic-leny-martinez-ivan-romeo

Continúan juntos. Detrás persigue Mathieu, con gente a rueda. Pero persigue, sobre todo, Mathieu. Los guionistas entusiasmados. Las bicis están de celebración.

Momento de impasse mientras llega el Carrefour de l'Arbre. Los dos de delante relevando, el grupo de van der Poel (y adláteres) a cuarenta segundos. Quedan veinticinco kilómetros.

Queda la historia por escribir.

Foto: giro-italia-mikel-landa-van-aert-pogacar

Porque entra ya Pogačar acelerando en el Carrefour, y van Aert se sube por las paredes (y por las cunetas), y sigue allí, soldado a sus (enormes) tubulares, y sufre, y sabe sufrir, porque van Aert siempre supo sufrir. Detrás pega hostión Mathieu van der Poel, y nadie daría opciones en otro que no fuese Mathieu van der Poel, pero... Wout y Tadej, ellos, codo con codo (codo con codo literalmente, hasta extremos increíbles en adoquín), siempre Pogačar probando, siempre van Aert responde.

La carrera es, huelga decirlo, soberbia, monstruosa. Sin importar cómo resulte, cómo termine.

La carrera es historia.

Quedan diez kilómetros, y llegan. Medio minuto, van relevando, les dará incluso a medir, porque esto me lo he visto yo más veces. Van Aert que parece más rápido (van Aert ha ganado en los Elíseos al sprint, oigan), Pogačar que es prisionero de su propia lucha, porque no puede ratear a Wout, porque detrás vienen tíos más veloces. Y... bueno, cómo les diría... en los Elíseos también ganó, al sprint, Le Blaireau, y Le Blaireau es el tío a quien mira, hoy, Pogačar a los ojos...

(También ganó en las Hilaturas con el arcoíris. Y también tuvo problemas de cojones ese día. Y también llegó en volata con gente a priori más rápida).

¿Sienten la trascendencia del momento? Porque si no la sienten... en fin, igual deberían dedicarse al golf.

Sprint, entonces. En el velódromo de Roubaix, en el mejor escenario posible. La historia contra la frustración. Y arranca Wout a doscientos metros, coge la cuerda, mueve el cuadro, volata de restos, de agonía, mete una bici, mete dos bicis, sigue en la cuerda.

Tadej Pogačar se sienta.

Wout van Aert triunfa.

Wout van Aert llora, en el piso. Lo felicitan sus compañeros, lo felicitan sus rivales. Pensábamos asistir a una apoteosis, y terminó llegando un exorcismo. Volverá, Tadej, en doce meses, volverá hasta que nadie devore su alma entre adoquines. Pero hoy ganó van Aert, y bien merecida es su Pascale.

No llegó, esta tarde, la jornada para la Historia.

Pero menuda jornada para Historia tuvimos.

Era su última muralla.

Tadej Pogacar
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