Un filósofo gana a un nihilista el día en que Enric Mas rozó la gloria en el Tour de Francia
El ciclista español del Movistar terminó séptimo tras no poder culminar una gran etapa donde se quedó sin gas en los últimos metros. El francés Paret-Peinte se llevó el triunfo
El francés Paret-Peintre celebra la victoria. (EFE/Christophe Petit Tesson)
Siempre resulta especial el Mont Ventoux. Desde la primera vez, hace más de medio siglo. En aquel entonces, Malléjac advierte a Ferdi Kubler. "Ojo, Ferdi, el Ventoux no es como los demás puertos". Y, Kubler, arrogante, responde. "Tampoco Ferdi es como los demás ciclistas". Casi una hora más tarde se desmayó cerca de la cima, tuvo problemas, no respiraba. A Jean le pasó algo del aire. Ambos se salvaron, de Simpson ya lo conocen ustedes, y no me gusta hacer historia de las historias feas que se cuentan como historias no tan feas.
Porque luego hubo otros temitas. El 87 y esa foto de Bernardsufriendo todo lo que un ser humano puede sufrir. Eros Poli clavadísimo, Miguel Indurain a punto de esmorrarse en su descenso. Y mira que era seguro Miguel Indurain bajando, pero es que el Ventoux crea situaciones raras. Muy raras. Luego han pasado asuntos. Exhibiciones de no creerse, exhibiciones de no mentarse, exhibiciones de no fardar. Todo en un espacio telúrico, legendario, uno que parece la luna, uno que fue sílvico hasta que Génova quiso hacerse barcos para domeñar el Mare Nostrum.
Allí subió Petrarca, y dejó escrito bien cuco. Díganme si no merece la pena, este verrugón que surge entre lavandas… Que descanse algunos años, que no se olviden de él en la Grande Boucle. La cosa es que llegaba el Tour, y era etapa unipuerto, porque por la Provenza, pues tampoco te puedes hacer raids acojonantes (salvo si subes varias veces el coloso). Y hubo escapada de interés, con Alaphilippe, con Enric Mas (que se reconvierte de forma interesante, y uno cúbica sobre si no sería lo correcto hacer esto desde la primera tarde), con Simone Velasco, con Arensman (tras su paliza del finde), con Abrahamsen, que se quedaron solos antes de Bédoin.
Venían de las clásica escapadona de 40 paisanos, donde teníamos trotones de espesor, donde iba el fabuloso (por bueno, no por, ejem, estético) Ben Healy, donde estaban Marc Soler, o Benoot, o Hirschi, o Paret-Peintre, o 1.000 paisanos de calité que se buscan las habichuelas en una etapa, a priori, imposible. Pero sale. Digo lo de imposible porque traía uno sensación de que el Ventoux era trofeo que iba a zumbarse Tadej. Por prestigio, por pantagruélico coleccionismo, por rendir cuentas a ese puerto maléfico donde Jonas Vingegaard, su némesis de julio (su némesis de floreal dejó la carrera), le puso por primera vez aprietos. Pero (busquen razones) se dio mus el líder. Al menos por la etapa. Y aun así… casi. Tan superiores son.
Así que entramos en el clásico de "carrera por el triunfo, carrera por la general". Rápida por los dos lados, porque vienen el asunto rompedor, porque llevamos dos semanas con más o menos hostias, pero con un desgaste (desgaste cierto, no desgaste del que te cuentan por septiembre) serio de cojones. Así que todo por decidir, que en situaciones de este rollo nadie está libre de pecado. Por delante se queda pronto Abrahamsen, y va el póker subiendo por ese bosque maléfico, esos diez al nueve, ese espacio casi sin curvas, casi sin yelsos, donde parece que no subes, pero vaya si sufres. Es otra paradoja del Ventoux, que todos recuerdan su cima pelada, pero solo es puntilla del calvario anterior…
Allí, entre los árboles, atacó Enric Mas. Lo digo, buena gestión del fracaso que transmuta éxito. No salen a por él, falta casi la hora de ascensión aún (por exagerar miaja), tiene delante desafío supremo. Pero así se hace palmarés en este bendito deporte. Y hace hueco, oigan, hace hueco. Siguen tras él Arensman y Alaphilippe, que parece llevar buenas patucas, que quiere darse un último homenaje en esta carrera que un día estuvo no lejos de ganar (lo lees hoy y desconoces cómo pudo plantearse este rollo, macho). Veremos.
Detrás pone ritmo la escuadra de Vingegaard. Vingegaard declaró que no le renta demasiao ser segundo, que un pódium es premio menor, que solo cuando pruebas ganancias mayores puedes aspirarte a gestas grandes. Y en eso anda. Que reviente Tadej. Y luego entraré yo… Ah, sube la diferencia de Enric Mas hasta los cuarenta segundos aún antes del Chalet Reynard, aun antes de esos seis kilómetros con desasosiego. Los del mistral de violencia, los de la piedra que refulge. Lo tiene bien, el mallorquín. Solo debe manejar distancias…
Enric Mas fue con todo
Nada menos. Fundamentalmente con Ben Healy. Ben Healy viene recortando, y ataca a sus compis de fuga, y se mueve más que tu cuñado Jesús José bailando Paquito el chocolatero. Ben Healy sería un sucesor acojonante para tíos como Bahamontes, como Charly Gaul, como Julio Jiménez, Eddy Merckx o Gonzalo Aja. Somos muy fanses, aquí, de Ben Healy, el único ciclista que se apellida, de segundo, desmadejao, que juega a los bolos con su amigo Walter, que pide rusosblancos y disfruta de largos baños, que goza con el vivir nihilista… Tras él va Paret-Peintre, que es delgaducho y trae nombre de nouvelle vague, Paret-Peintre que te mira y te habla del existencialismo. El día y la noche. Avanzan, recortan. Con ellos, Buitrago, quien no practica ese precioso arte de relevar. Comen segundos a Enric, pero es que son tres, y se miran mal, y se echan broncas. En el mal avenirse están las esperanzas del español…
Detrás… arranca Jonas Vingegaard. Sin salir del bosque, zona más dura. Tadej a su rueda pero con gesto esforzado, con la boca abierta, con el ceño fruncido. En el universo de quienes no tienen fisuras (en el universo de Pogačar) nos agarramos a estos detalles para leer carreras que no se han acabao. Ah, Lipowitz no puede, Roglič no puede. Nadie puede, son superiores hasta el sonrojo para quien no se llama Tadej o Jonas.
Tadej Pogacar y Jonas Vingegaard, en acción. (Reuters/Papon Bernard)
Prueba rotísima. De uno en uno, tararí, salve el culo cada cual, hasta arriba ciegos. Cerca del Châlet Reynard cogen a Tiejs Benoot, y éste aprieta fuerte durante medio kilómetro, y luego reincide Vingegaard, y sale Tadej sentado, y Vingegaard observa, acelera sobre la aceleración, no corta, no rompe. Pero sigue tirando. Tiene fe, Jonas, es más duro que un pan de supermercado. Esfuerzo y abnegación, tan protestantismo danés.
Ah, se queda Buitrago, lo que es noticia pésima para Mas, porque Healy y Paret-Peintre (el Nota y el estructuralista que fuma puros) se entienden mejor, y Healy tira como un perro, y lo cogen a cuatro kilómetros de meta. Mira que atizo normalmente a Enric, pero hoy poco más pudo hacer. Bien corrido, de esta forma logrará éxitos impensables con el aguantar y sostener…
Healy demuestra su talento
Desapareció el bosque, se murió casi la hierba y… meneo de Ben Healy. Meneo de Ben Healy que menea demasiado su máquina, que va como si tuviera acidez de estómago, como si gastase resacón. Lo pilla rápido Valentin, luego entra Mas, porque ellos se saben superiores, porque levantan el pie, porque van al "arranca, para, claxon", "arranca, para, claxon". Ah, Vingegaard vuelve a lo suyo, pero no le renta. O no le renta por el primer puesto, que a los demás los tienen mataos.
A palos Healy y Paret-Peintre. Se atacan como asesinos, parecen una peli de Takashi Miike, no se odian (creo), Valentin y Ben, pero parecen odiarse. Miraditas, igualdad, un premio grandote, un parón, Buitrago y Mas entran. Dos picados, dos más débiles. Y todo abierto. Por eso es grande este deporte, porque hemos visto la jugada desde hace cien años.
Contraataque de Tadej, que abre un hueco, que le comen el hueco y quiere remacharle Vingegaard. Tablas, otra vez. Pero eso… tablas. En Hautacam fue hostión enorme, ahora están, al menos, igualados. Y falta Tour. Por darle esperanzas a ustedes… Ah, se quedan cerquita de pillar a los escapados. Porque cuando abren Tadej y Jonas los otros solo pueden murear rezos. Segundo ah… llega van Wilder (que no es el guitarrista de Ozzy) y se descuelga Enric (del que dijimos todo más arriba, oigan, no se me queje su club de fanses).
Sprint. Agónico. De retorcer, de morirse, de no guardar nada. Sprint, ojos de zombi, las sienes martillean, dientes al aire, pómulos que cortan. Sprint y sale Healy primero de la última curva, le coge Paret-Peintre, se van casi tocando, se ponen en paralelo en el último rampón. Gana Paret-Peintre, y celebran los amigos de Roland Barthes. Segundo Ben Healy, y celebran los amigos del Nota. Buen ciclista, Paret-Peintre. Les dije, casi pillan Vingegaard y Tadej. Minuto y pico a Lipowitz y Roglič, ya definido como gregario. Onley casca un pelín más. Pero son migajas, son detallucos. Porque no hay conclusión definitiva, pero… eso, que no hay conclusión definitiva. Vingegaard no se rinde, Vingegaard no dice adiós.
Quedan los Alpes. Queda un mundo.
Siempre resulta especial el Mont Ventoux. Desde la primera vez, hace más de medio siglo. En aquel entonces, Malléjac advierte a Ferdi Kubler. "Ojo, Ferdi, el Ventoux no es como los demás puertos". Y, Kubler, arrogante, responde. "Tampoco Ferdi es como los demás ciclistas". Casi una hora más tarde se desmayó cerca de la cima, tuvo problemas, no respiraba. A Jean le pasó algo del aire. Ambos se salvaron, de Simpson ya lo conocen ustedes, y no me gusta hacer historia de las historias feas que se cuentan como historias no tan feas.