Nieblas, repechos y acantilados sobre el Atlántico: una ruta en bici por Irlanda
Había mucha costa y turistas, pero aquello no era Benalmádena. Hacer un trayecto por Irlanda es un placer para los enamoradoras del ciclismo, pero también puede ser una odisea
Ir en bicicleta por Irlanda es un reto. (Gema Rodrigo)
En realidad, todo por un puente. Baile an Muilinn Milltown, dice allí, y hay labradas, sobre roca marrón, dos espirales color blanco y remembrar celta. Es un puente estrecho, rebabas a los laditos, rebabas a la altura de rodilla, con hierba verde (hierba muy, muy verde) asomando por entre grietas. Bajo los ojos (bajo los ojos del puente) hay cantos enfangaos, hay ciénaga, hay aguas gris oscuro o pozas color cielo, dependiendo de pleamares.
Más allá... el océano.
Ah, estamos en Irlanda, no sé si lo dije. Me he venido en un barco de esos del Brittany Ferries, que es cosa muy de cántabros, casi ritual hacia la vida adulta. Solo que ahora, como ya estoy talludito, me salí desde Euskadi. Hay un ferry entre Bilbao y Rosslare todos los jueves y domingos (con vueltas esos mismos días, claro), y puedes ir con tu propio coche, y con tu propia bici, y ya no tenemos una edad como para no ir con nuestros propios coches y nuestras propias bicis. Vamos, que es cómodo, y lo importante es venir cómodos, que ya después sufrimos en lo de dar pedales...
Hace frío aquí, hoy, en Irlanda. Hace frío aquí, hoy, por Dingle, que es donde cojo la bici, donde cubro con todas las prendas, donde llegan brisas desde mares como para volver a casa. Después tendré neblina, y nubes, y lluvia, y hasta sol que quema, porque cada hora es cuatro estaciones. Tampoco lo digo por quejarnos, siempre quiero vivir lugares como esos lugares son. E Irlanda... en fin, pues que la gente tiene aspecto paliducho, no sé...
Más allá... el océano.
Ah, estamos en Irlanda, no sé si lo dije.
Hace frío aquí, hoy, en Irlanda. Hace frío aquí, hoy, por Dingle, que es donde cojo la bici, donde cubro con todas las prendas, donde llegan brisas desde mares como para volver a casa. Después tendré neblina, y nubes, y lluvia, y hasta sol que quema, porque cada hora es cuatro estaciones. Tampoco lo digo por quejarnos, siempre quiero vivir lugares como esos lugares son. E Irlanda... en fin, pues que la gente tiene aspecto paliducho, no sé...
Los paisajes irlandeses son espectaculares. (Gema Rodrigo)
La simpatía de la gente
El puente, decíamos. No es el más bonito de la zona, ojo, porque unos kilómetros antes, por Lispole, tenemos Garfinny Bridge, y eso sí que es una maravilla, sí que mola mogollón, con sus adoquines, y su aire William Wallace(ya sé que es de la otra isla, pero para entendernos). Luego tendré adoquines, un tramo chico, pero serán diferentes, y empapaos, y con qué cuidado voy por los adoquines de luego...
Estoy aquí para hacerme ruta por la Península de Dingle. O el Ring of Dingle, si lo prefieren. Poca cosa a priori, apenas setenta kilómetros, sin llegar a los mil de desnivel. Pero juguetón, variado, escénico. Paisajes de alucine, la casuca de un jedi, playas, páramos y jardines a lo Lafcadio Hearn. Guapérrimo. Ah, también hay viento, y niebla que va como viene. O sea, que a veces el mundo torna gris. Pero... En fin, que estamos en Irlanda. La costa suroccidental. Poniente, para entendernos. ¿Saben esos deducos irish que hacen cosquillas al Atlántico en su mapa de la EGB? Pues uno es la península de Dingle, que nace (o muere, vaya) en pueblo homónimo. Sitio tranquilo. Costa y turisteo, pero esto no es Benalmádena, por decirlo suave. Así que casitas chiquitinas, construcciones de canto, pinturas color alegre para pasar inviernos color pavesa. Pasean visitantes despistados por Dingle, llevan botas, chubasqueros azules, algún gorrito lanar. Me miran, extrañaos. Dónde va éste freak con su bici. Yo sonrío.
La gente es, en Irlanda, muy simpática.
Pero el puente, decíamos. Y la destilería, dijimos. Tú pasas el paseo de la costa en Dingle, y llegas al puente, y dudas en el puente, porque hay antes glorieta, y conducen por el otro lao, y aun no manejas bien esos asuntos. Que si freno, que si no, que si aquí, que si allá... Venga, hecho. El puente, el Ring of Dingle. Y allí, a tu derecha... Dingle Whiskey Distillery. Se lo repetiré. Dingle Whiskey Distillery. A ver, señores de Dingle... que ya les he dicho que hace un día regular, que hay ganas de bici pero no ganas locas de bici, que uno no es de piedra, que cae en tentaciones frecuentes... ¿Y ponen esto justo al principio, sin haber calentado, sin salir del primer núcleo de población? Muy mal, muy mal. El sentido más guay para hacer el Ring es esta que tome yo, pero superar el primer obstáculo, en forma de olores y promesas, es duro. Muy duro.
Ah, la profesionalidad, qué cosas hago por la profesionalidad...
Salir a campo abierto es fundamental. (Gema Rodrigo)
El poder de la niebla
Así que eso... tiraré.
Vale, primeros dos kilómetros y plato gordo. Oye, esto funciona, soy Cancellara, soy van der Poel, saco medias de, espera que mire... bueno, vale, soy Isidro Nozal, soy Germán Nieto. Pero voy rápido, muy rápido. Entre casas, camino de Ballymore. Sucede que salgo a campo abierto, y ya no hay muros, ni paredes, ni tejaos, y entra viento frontal que es un gusto, este viento frontal. Que muraco en llanada. Qué durísimo es este deporte, Pedro. Será constante durante todo el día... ascender repechos a treinta por hora, bajarlos a quince. Hay tanto viento que las sombras de cumulonimbus te adelantan como si fueran Sean Kelly en Arenberg... Caprichoso Bóreas.
Hemos venido a jugar.
El tema es entretenido, eso sí. Sobre todo cuando no hay niebla, porque cuando hay niebla el tema es inexistente. ¿Saben la visión esa tópica sobre las Skellig? Pues yo solo vi una nube más densa que la wikipedia de Eddy Merckx. Pero a veces nos ayuda el céfiro, y se disipan grises, y todo esto va desflecándose, poco a poco, por entre acantilados que hacen jirones el mundo. Y entonces surge paisaje, y es un paisaje a lo Friedrich, un paisaje de majestuosidad dramática, un paisaje que trae endecasílabos, que te lo cuentan los hermanos Grimm. Precioso. Ah, ¿quieren una gracia? Cuando ves a lo lejos es porque ha salido el sol, y entonces pica de narices, y te abres la chaquetilla, y sudas como Rominger el uno de julio. Dura poco tiempo, pero sirve para que quedes empapado.
Dos apuntes sobre señalética, sobre semiótica, dos apuntes que te los firma Umberto Eco (o cualquier otro ciclista italiano). Primero... los carteles tan bonitos que hay aquí, los que marcan dirección para eso llamado Slea Head Drive, eso que coincide, grosso modo, con lo que nosotros hacemos. Parte, por añadirles interés de cara a futuras vacaciones, de una cosa loquísima, como es la Wild Atlantic Way, dos mil quinientos kilómetros mirando siempre al océano, desde el punto más septentrional de Erin, hasta el cabo sur.
El clima no ayudó por momentos. (Gema Rodrigo)
Los preciosos paisajes
(Agendado para otro añito).
Y segundo... en Irlanda los avisos de "¡Atención!" aparecen como "Agua!", lo contrario que en España, donde la alarma siempre fue ¡Aire!, ¡Aire! Lo sé, es una tontería, pero el cicloturismo es actividad solitaria de pensar mucho. Y no siempre bien...
La parte más espectacular del recorrido es pasando Fionntrá. A tu derecha hay pared casi en escuadra, pared con rocas negras como el Muro de los Stark y hierba verde, muy verde. Son las primeras estribaciones del monte Eagle. Al otro lado... tapia hasta tu espinilla, luego escarpa que se pierde entre albar y espuma, un mar infinito. Entre medias... dos metrucos de asfalto. De asfalto irlandés, que es asfalto rugoso, asfalto genial para cuando llueve (aquí llueve mucho), asfalto que se te pega al neumático como un novio adolescente. El sitio es angostísimo, pero coches y caravanas respetan que da gusto. Y resulta espectacular.
Vale... tres ideas, tres lugares, tres momentos. Primero... el lugar más inolvidable de este tramo, ese que nunca se te marchará, la muesca en bici. Verán, hay llanada por la cornisa, y hasta bajas un poco, hay dos metros donde el camino permite respirar (mirador, le dicen), luego hay escuadra a la derecha, un leve descenso y... escuadra a la izquierda. Pero, a ver... escuadra a la izquierda con adoquines (con adoquines color azabache, con adoquines que patinan como Teruel en febrero). Adoquines mojaos, añado, porque allí, en la cuneta, cae una cascada. Solo que la cuneta está a veinte centímetros, y la cascada salpica de cojones, y tienes helechos (helechos grandes como lagartos cansaos) rozándote los tobillos. Es precioso, el asunto.
Es precioso.
Segunda idea... lo que te va rodeando. Surgen pequeñas casas de piedra. A veces restos de rings con vete a saber qué antigüedad (uno viene anunciado como Fairy Fort Ringfort, que es el nombre más acojonante que existe). Otras algún clochán, esas cabañas levantadas a cantos secos (en Cantabria les decimos morios a los muros de ese aire) donde oraban (y más cosas, supongo) monjes. Hay, incluso, dos o tres granjas donde los turistas (los turistas de la gran ciudad) dan de comer a cabras preciosérrimas y se sienten Jamie Dornan en Una canción irlandesa (buenos paisajes, mal guión, mucho almíbar... pero buenos paisajes, y Jamie Dornan guapo, guapo). Por haber hay, incluso, un pub al borde de la carretera, muy cerquita de Coumeenoole. Que, vale, en Coumeenoole tienes playa espectacular, y desde allí se ven las Skellig (cuentan, a mí me tocó cachuco con nubes), pero también está a mitad de ring, Coumeenoole, y debe ser bien dura la vida en Coumeenoole, sobre todo por los inviernos. No sé si ese pub es el mejor negocio del mundo o uno de los peores...
Y tercera cosa... lo de las Skellig. Allí pusieron la última morada de Luke Skywalker. Sí, la que tiene en esa peli, esa que gustó mucho a unos y muy poco a los de más allá. Seguro que se acuerdan. Donde bebía leche y se manchaba la barba como si fuera Mariano Rajoy comiendo sopa. ¿Sí? La de los encantadores porgs (mucho más encantadores que los odiosos ewoks, estos porgs). Pues eso, que se rodó aquí, en este acantilado, en aquellas islas. Así que hay asuntos relacionados con Star Wars, porque Star Wars es, por si no lo saben, algo que da bastante pasta. Y tienes tiendas “con-ese-tipo-de-letras”, y recuerdos Irlanda-Tatooine, y fotos del rodaje. No necesitan ustedes excusita para venirse, pero todo ayuda...
No necesitan excusita para venirse en bici, digo. Porque seguimos en bici. Hemos hecho ya la parte costera, hemos coronado un rompepiernas loco, loco, hemos parao a ver paisaje allí donde se ve el paisaje. Hay un litoral recortándose como si la hubiese hecho cualquier niño con tijeras, hay islotes que parecen penínsulas y penínsulas disfrazas de islotes, hay playas pequeñucas y arenales inmenso color madera de avellano. Curiosidad... aquí la gente aparca coches en las playas, siguiendo horario que marcan carteles. A mí me pareció una locura, pero si ellos lo hacen...
Llovió con intensidad en Irlanda. (Gema Rodrigo)
Las combinaciones que existen
Vale, la segunda mitad de este camino es... distinta. Pasas pueblucos pequeños, cruzas frente al Pub The Old Cat (espero que lo cuiden bien, al pobre) recorres trocitos de asfalto con cunetas tan mullidas que quieres echarte a dormir (es una cosa loquérrima, oigan, lo mullidas que son las cunetas en Irlanda... no lo intenten en sus jardines). Cruzas, también, un páramo donde ves lagunas, la bahía de Brandon, el monte de Brandon, muchos sitios donde estuvo el tal Brandon. Zona exigente, porque está abierta al aire, porque trae repechos, porque no pillas llanada de decir "mira este tramo, qué llanada".
Sufres, pero merece la pena, porque quienes vivimos donde yo vivo no gastan hábito del pedaleo por heights. Y aquí... como para que se te aparezca Hethcliff de resaca. A veces cruzas con otro cicloturista. Maillots de aquí, de clubes irlandeses, y permitan confesión... no he visto maillots de clubes más bonitos que los de Irlanda... es que todos un primor, macho. Ayuda, supongo, la abundancia de banderas que hay por domicilios y fincas, todas con ajedrezados y combinaciones bien chulas... banderas de Irlanda, banderas del Condado, de la zona, del pueblo... Aquí son muy suyos. Así que cicloturistas cool. Si sopla el aire crujen los brezos tras de ti, y hay, también, campánulas color rosa, campánulas color morado, que tienen olor dulzón, un olor que se te mete en las narices como si fuera gel para modernos. Empalaga, pero no dura demasiado, así que, siendo sinceros, no empalaga...
Hasta Dingle tenemos rectas (casi las únicas del recorrido), repechones (casi los últimos del recorrido) y viento racheao (esto lo tuve por todo el recorrido). Vamos, que se hace duro, porque ya pesan desniveles, cambios de marcha, la idea esa loquísima de ir siempre dos kilómetros por hora más rápido de lo que deberíamos ir. Hay, por haber, hasta un tramo por bosquecillo, con árboles y hojas volantes, un tramo que te deja casi en el pueblo, un tramo como de “ven a por más si quieres, coleguita”...
Y, así, llegas a Dingle. Cansedete, mojao, feliz. Con nubarrones en testa, ojo, porque allá, en Dingle, nos espera la última decisión, la más complicada de todas. Trascendente, dolor. ¿Seremos profesionales? Hay, en Dingle, un cruce, un cruce al que acabas desembocando, un cruce donde debes detener la bici. Y... dudas. A tu izquierda, un cartel, color marrón, flechita. "Conor Pass", pone, el puerto precioso, la subida que remata ruta de espectáculo. A tu derecha... en fin, a tu derecha hay otro cartelón, más grande. Pub Ua Flaitbeartais. El O'Flaherty´s de toda la vida. Oh, mísero de mí, ay, infelice, qué camino tomar.