Un caza soviético sobre San Remo: la historia de Miquel Poblet
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Radiografía de un corredor único

Un caza soviético sobre San Remo: la historia de Miquel Poblet

Considerado como el mejor ciclista catalán de todos los tiempos, el ciclista nacido en 1928 tuvo una dilatada carrera llena de éxitos que son necesarios recordar

placeholder Foto: Miquel Poblet, el primer español en enfundarse el maillot amarillo del Tour. (EFE)
Miquel Poblet, el primer español en enfundarse el maillot amarillo del Tour. (EFE)

Tú es que lo analizas y no puedes creerlo. El palmarés. Ciertos récords de precocidad. Victorias, hechos, condición de pionero. Más aun...presencia donde hasta hace nada solo ausencia hubo. Todo eso, y alguna otra cosa que se nos olvidará. Y, pese a ello...oye, silencio. Cierto olvido. Grande, por ser generosos. Pero qué campeón, Miquel Poblet. Pasen, pasen, que se lo contamos.

El principio. Nacido en 1928, que fue año bueno para lo de las dos ruedas, porque también alumbraron a Alejandro Martín Bahamontes (igual a ustedes les cae por “Federico”), el personaje más genial y surrealista que jamás haya montado sobre una bici (hay alguna foto de Dali pedaleando, pero era pose más que otra cosa). Miquel llegó predestinado, porque su padre tenía taller en Montcada i Reixac, así que el chavaluco se crió entre ruedas, cadenas y piñones. Ayudaba al asunto que todos los días se marchaba a la escuela en bicicleta, así que iba entrenándose de forma casi natural. Cuarenta kilometritos, veinte ida y veinte vuelta. Algunos profesionales tirando a golfos no los hacen si no tienen objetivo cerca, ¿eh?...

Foto: Gonzalo Marín, conocido como Chalo, ganador del Cruce de los Andes

Así se le fue poniendo cuerpo...particular. Pequeñajo, compacto, muslos enormes, una cara redonda que haría desmayarse (las sales, por favor) a cualquier entrenador contemporáneo. De ahí te lijo yo un par de kilos y me aspiras a top ten del Tour, Miquel, que es lo que da pasta. Pero él...nada. Lo suyo era otra cosa. La emoción de los últimos metros, esa adrenalina que te sube (mezclada con ácido láctico) cuando al fondo hay una pancarta y tú empiezas a acelerar con diez o doce tipos enormes y chiflados rozando tus hombros. Sí, Poblet fue, Delio mediante, el primer gran sprinter del ciclismo hispano.

Poblet, un adelantado al resto

Solo que no era únicamente eso. De primeras...icono de precocidad. Pero si hasta tuvo que falsificar su partida de nacimiento, porque los chavalines de dieciséis años no podían ser profesionales. Claro que a él las carreras entre críos se le quedaban pequeñas. Tampoco vayan a pensar que aquello estaba muy mirado por la época, que en 1944 estas cosas se examinaban un poco de aquella manera, los anteojos posados sobre el puente de la nariz, tome usted este sello, arriba España, arriba, ¿cómo?, no le oigo, que arriba, coño, ah, eso está mejor. Y Poblet que debuta con los mayores. Al principio cerca del pueblo (tengan ustedes en cuenta que no podía llegar a casa más tarde de las nueve, no te me vayas a retrasar, que aun eres un adolescente), después saliendo a pasearse aquí y allá. Sin cumplir los veinte añitos gana tres etapas de la Volta a Catalunya. Cuando entró en la mayoría de edad (a los 21, que el franquismo era muy prudente para estos temas) ya llevaba nueve. Otros con menos palmarés se mudan a Andorra, oigan.

¿Dijimos que era un tipo rápido? A ver, no vayan a pensarse que eso actuaba en contra de su capacidad como escalador. Hasta tres veces seguidas ganó el Campeonato de España de Montaña, que era una carrera particular, tirando a dura. Los únicos vencedores antes que él fueron Fermín Trueba (cuatro ocasiones) y Dalmacio Langarica (doblete). Ya ven. Vamos, que el chico subía, subía un huevo. Con el tiempo hasta coronará el cabeza el Tourmalet, que son las mayores palabras mayores en esto de las bicis. Es solo que a él le gustaba lo otro. Lo otro. La velocidad punta. Y ahí llegó a ser uno de los mejores del mundo. Por improbable que parezca.

placeholder Miquel Poblet, en una fotografía de archivo. (EFE)
Miquel Poblet, en una fotografía de archivo. (EFE)

“Si sé dónde está no puede ganarme”, dijo una vez Rik van Steenbergen. “El problema es que casi nunca puedo verlo entre tantos tíos grandes”. Y es que Poblet era pequeño entre gigantes, un mozuco menudo que se las tenía que ver con tiparracos inmensos recién salidos de Flandes o Francia. Muy raro todo. Pero efectivo. Miquel gana tanto en tantos lugares que hasta le empiezan a llamar “Mig”, como los aviones soviéticos, ya ven, menudos chascarrillos nos llevábamos en los cincuenta, ¿eh? Un palmarés que asusta, con más de 250 victorias. Generales en la Volta a Catalunya, etapas en Paríz-Niza, en los Tres Días de Amberes, en la Roma-Nápoles-Roma, Vuelta a Andalucia, Vuelta al País Vasco, Vuelta al Levante. Le gustaban las vueltas a Poblet. Quizá por eso trincó tres etapas en la de 1956. Luego ganó cuatro en el Giro, otra en el Tour. Primer ciclista de la historia que tuvo laureles en las Tres Grandes el mismo año, solo dos vendrían más tarde (Pierino Baffi y Alessandro Pettachi, guiño, guiño, tos, tos). Un año antes logró la proeza de amasar el primer y el último parcial de La Grande Boucle. Español pionero con el maillot amarillo. Qué bonito, qué delicado, qué elegantes estos franceses...También fue maglia rosa, claro.

Porque en Italia era feliz. Allí lo entendían, lo apreciaban. Ojo, que luego él respondía de la mejor manera posible. Veinte etapitas en el Giro, otros triunfos menores. Tres veces seguidas fue sexto en la general, que no es poca cosa. Entre medias una estampa inolvidable, una fotografía legendaria, pidiendo a gritos una rueda camino del Monte Bondone, vereda polvorienta de toses, rostro desencajado, joder, con lo que cuesta mantener esto tres semanas y ahora me hacéis perder unos minutos. Cazzo. Vafanculo. Etcétera.

Un deportista único para España

Así, en transalpino, porque ya estaba totalmente metido en cultura de la Bota. Corrió primero para equipos franceses. La Perle-Hutchinson, Splendid-D'Alessandro, Saint-Raphaël Geminiani. Qué nombres más bonitos tenían las escuadras antes, ¿eh?, mucho más eufónicos que aquel en el que todos ustedes están pensando. Pues eso, que primero con los galos, luego a cruzar los Alpes, como Aníbal. Faema-Guerra, Girardengo-Icep (aquel maillot que parecía la bandera polaca), Ignis, al fin. Allí encontró Poblet todo el apoyo, toda la comprensión. Hasta trabó amistad con Giovanni Borghi, dueño de la empresa, y se volvía de vez en cuando para Barcelona con unos cuantos electrodomésticos recién llegados desde Varese. Para hacer negocios, porque en tiempos de tecnócratas al sur de los Pirineos no había demasiadas neveras. Que igual ustedes lo ven raro, pero ahora hay futbolistas que abren clínicas para trasplantarte cabello desde las nalgas hasta la cabeza y nadie los mira con retintín, ¿eh?...

En Ignis...éxitos. El hombre de las clásicas, primero en todo. A veces, sin más, lo mejor que ha tenido el ciclismo hispano. Nadie ha logrado pódium en tres Monumentos distintos. Vuelvan a leerlo. Nadie. Salvo Miquel. En un año, además, 1958. Gloria...y dolor. Segundo en San Remo, en el Velódromo de Roubaix, en Lombardía. Tres carreras totalmente distintas, tres que pudo ganar. Volvería a repetir, un escalón más abajo, en adoquines y hojas caídas. La clásica francesa, cuenta, la preparaba entrenando por el centro de Barcelona, que allí también había muchas calles empedradas. Otros tiempos. Quedó a solo diez centímetros de van Daele. Tan cerca.

placeholder Miquel Poblet tras ganar el Tour de Francia. (Imagen de archivo)
Miquel Poblet tras ganar el Tour de Francia. (Imagen de archivo)

Hizo todas estas cosas cuando los Monumentos ni monumentos eran, cuando el calendario distaba mucho de lo que entendemos ahora. Y hasta tocó laurel. En La Primavera. No una, sino dos veces. Temporada 57, temporada 59. Sí, rodeando al subcampeonato (ganó Van Looy, que no era un piernas). Ya ven, un especialista. Dicen que si por la primera victoria el patrón le regaló un Lancia descapotable (por mucho que diga ahora Jeremy Clarkson, de aquella los Lancia molaban). Tú te miras a quienes dominó en aquellas ocasiones y...aristocracia. Rik van Steenbergen, Frans de Mulder, Vito Favero, Fred de Bruyne, Nino Defilippis. Lo mejor de cada casa. Mito entre mitos.

A Miquel Poblet nunca se le consideró como lo que realmente era. Por extraño, por...sí, extemporáneo. Qué hace este tipo español batiéndose en los sprints. Aquí lo que nos gusta son escaladores con cara de hambre y rostro cetrino. No me venga usted con Clásicas, eso son mariconadas para flamencos y gente de mal vivir. Queremos drama, queremos babas, queremos Mont Ventoux y Puy de Dôme, hostias ya. Así que Poblet no encajaba. Quizá pudiera haber probado pero... no le iba a rentar. En lo suyo era bueno, muy bueno. Uno de los mejores.

Hoy parece que miramos con más amor a las carreras de un día. En parte porque podemos verlas (el factor tele no hay que desdeñarlo nunca), en parte porque los españoles han dejado de ser unos auténticos inútiles y ahora solo quedan, por norma general, como simpáticos comparsas. Algunos hasta ganaron. Freire, por ejemplo, que lo hizo en San Remo, y que era algo muy parecido a Poblet. O Joaquim Rodríguez. Hasta Valverde, que aun anda pegando tiros por esas sendas de asfalto raro. Pero él siempre será precursor. Llegó antes que nadie, y se quedó un montón de rato a disfrutar de la fiesta.

Aunque casi nadie se acuerde.

Joaquim Rodríguez Andorra Bicicleta Ciclismo