Barro, café caliente y mangueras a presión: el Campeonato de España de ciclocross
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Viaje al Patatal de Torrelavega

Barro, café caliente y mangueras a presión: el Campeonato de España de ciclocross

Pam. Disparo, calas sobre pedales, clap, clap. Juramentos, codos, 200 metros de sprint sobre pista. Y, después, el barro. Ha empezado el Campeonato de España de Ciclocross

placeholder Foto: Imágenes del campeonato de España de ciclocross (RFEC)
Imágenes del campeonato de España de ciclocross (RFEC)

El Campeonato de España de ciclocross (eso que los millenials llaman Cx) se disputó este 2021 en Torrelavega. En el circuito de la SNIACE. O “El Patatal”, como ustedes prefieran. A unos minutos andando de donde nací yo, vaya. Así que ir a verlo era casi obligación moral.

No soy lo que se dice un especialista en Cx (adoptemos esa denominación, por economía). Al contrario. Sí que recuerdo asistir a algunas carreras en este mismo lugar, hace años. Demasiados años, en realidad. Primero de crío, con mi padre, que es quien sabe de ciclismo en la familia (háganme caso). Luego ya mayor, colegas y dos birras, tampoco vayan a creerse que hay muchas opciones de ocio en Torrelavega un domingo si la Gimnástica juega en lugares inhóspitos como Amorebieta, o, qué sé yo, Selaya... Así que para allá que íbamos, abrigados hasta la mismísima nariz, con algo de dolor de cabeza y tantas ganas de echar la charleta como de ver a tíos embarrados dando pedales... Ya ven, ligazón sentimental.

Les explico un poco el contexto. Lo que llaman el “El Patatal” es (fue) campo de fútbol. Allí cientos de chavales jugaban partidos heroicos, marcados por el irregular terreno de juego y las hostias a destiempo. O eso me decían, vaya, porque a mí nunca me elegían, los muy cabrones. Sin rencor, ¿eh?, que yo para lo del fútbol siempre tuve dos pies izquierdos. El terreno de juego (jaja), está en un sitio particular. A occidente se levanta el complejo deportivo Óscar Freire (el domingo también estuvo por allí el auténtico Óscar Freire, claro), con su velódromo, su pista de atletismo, su foso de lanzamientos.

Foto: Jiménez y Heras, durante la primera subida al Angliru. (EFE)

Un poco más allá se alza SNIACE, una fábrica de papel que abierta en 1941 siguiendo modelos italianos (de aquellas el Fascio era trending topic en la península) y que apenas se renovó en todas estas décadas. Edificios con ladrillos rojos por donde asoman lamentos de niños dickensianos, ventanas sin cristales, persianas de madera a medio bajar. Escenarios de steam punk rodeando unas chimeneas que ahora permanecen calladas, mudas. La fábrica cerró hace unos meses, golpeando con fuerza a una ciudad que ya llevaba suficientes hostias. Rodeando “El Patatal” está el circuito, propiamente dicho. Zona para trotar, toda la vida lo fue. Perfecta, a fines de los ochenta y principios de los noventa, para correr delante de los yonquis y que no te quitasen los diez duros que te repiqueteaban en los bolsillos. Luego otras cosas. Correrías nocturnas. Tampoco vamos a dar detalles. Pero correrías nocturnas. En fin. Sitio oscuro y tranquilo. Más de un chaval en Torrelavega podría tener “Patatal” por primer nombre (aunque no vean qué risas en el colegio)...

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Vamos, que conocía el sitio. Bastante bien.

El punto para recoger las acreditaciones está situado en el “Pabellón Sergio García”. El Niño. Pero el de Torrelavega, no el otro. Uno hace birdies, el nuestro mete hostias. Ya ven, formas de entender la vida. Reconozcámoslo... no sobró originalidad con el apodo, pero, oiga, es lo que hay.

Lo de las acreditaciones es especialmente importante este año, por tema sanitario. Solo podrán acceder al circuito periodistas, mecánicos, asistentes... cosas así. La entrada al parking de caravanas nos lo recuerda. Hay dos flechas. A la derecha señala “Campeonato de España de CX”. La otra pone “Pruebas P.C.R.”. El respeto fue máximo, y la organización exquisita (y estricta) en ese aspecto. Tan solo el jueves, durante los entrenamientos previos, había algo de público apostado en un puente cercano como si fuesen indios esperando el paso de John Wayne. Para ver algo...

El temporal también jugó su baza

Filomena, a su pesar, fue también protagonista en este Campeonato. Quizá ustedes no se han enterado (el despliegue de los medios ha sido realmente escaso en este sentido) pero durante este fin de semana ha hecho un frío de cojones por toda España. Sobre todo en Madrid (allí incluso, dicen, ha nevado, aunque yo no he sido capaz de encontrar ni una solo foto que lo pruebe). También en Torrelavega andaba el termómetro depresivo, claro. Muchos decían que las condiciones iban a ser dantescas durante la prueba masculina, domingo por la mañana. Ventiscas, avalanchas, lobos huargos persiguiendo a los participantes. Bueno, al final no fue para tanto.

A ver, el entorno era magnifico, con el Dobra y el Ibio completamente blancos como telón de fondo. Y el Besaya bajaba crecido de verdad. A punto de desbordarse. El Besaya es el río de aquí, y pasa a un puñado de metros de “El Patatal”. Hace años daba bastante cosa, por la contaminación, y los aceites y la espuma, pero ahora está mucho mejor. Hay garzas, también truchas. Hasta una nutria, pueden creerme, que todos los de la zona van a ver la nutria, yo ya vi la nutria, tienes que ver a la nutria. Acontecimiento turístico de primer orden. Bicho tirando a feo, no se crean, los videos de Youtube mienten. Se parece más a una rata que a un abrazable Grogu. Pero vamos, que hay una nutria. Frío sí. Y viento. Algunos, provenientes de otras latitudes, pasean con calcetines tobilleros aquí y allá. Hay una carpa donde se despacha café caliente (negro, espeso, fuerte), y el paisano me dice que “bien”, que “muchos”, que “la gente está tiritando”.

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Entro en el circuito y empiezo a darme cuenta de varios errores. Uno, fundamentalmente. Allí todos (los mecánicos, los fotógrafos, los miembros de cada federación) llevan katiuskas de agua. Hasta las rodillas. Miro mis pies. Qué bonitas mis botas, qué negras, qué de cuero, qué elegantes. En fin, no se lo diré a nadie. Cuesta caminar entre el barro, mantener la verticalidad. A veces te hundes casi hasta el tobillo. Los ciclistas pillarán algunos charcos donde la organización ha puesto salvavidas, por si alguien no sabe nadar. La cosa se pone surrealista. Hay un cartel de “Prohibido el paso. Propiedad particular” que nunca nadie respetó. Hay porterías viejas que hacen las veces de ángulo para curvas. Postes de metal, con óxido, forma cuadrada, redes a medio roer, podridas por el tiempo, olor a balón Mikasa en el aire. Recuerdo de otras épocas. También un árbol roto que no iba a desentonar en la próxima peli de Tim Burton. Los otros están vivos, pero sin hojas. Los árboles, digo. Algunos tienen bolas de muérdago en las ramas altas. Sopla el viento y trae gotitas de agua...

Foto: Balón Mikasa FT-5 en un campo de tierra. (Foto: Mikasa)

La parte interna de un circuito de Cx es un lugar en el que no paran de ocurrir cosas. Todo el tiempo. Hay una participante a la que se llevan en brazos, lesionada. Hay mecánicos esperando su turno para limpiar las bicis, cargadas con trescientos o cuatrocientos kilos de barro a cada vuelta. Manguerazo a presión que deja pequeños arcoíris en el aire y te llena la cara de agua fresca. Uno de estos asistentes lleva peto vaquero, gorro de paja y pantalones cortos. Es, sin duda, el más duro de todos nosotros. Bueno, los participantes también. Los y las. Llego a tiempo de ver la carrera de chicas. Primera impresión (ya les digo que soy casi un neófito), y me enamoro.

Una danza, es todo una danza. Las ciclistas que bajan de las bicis para patear zonas complicadas. Los cambios de máquina. Cuando suben escaleras cargando el hierro como si fuese un dalle. El chof, chof rítmico de sus pies entrando y saliendo del barro (a estas alturas dan ganas de ponerle un poco de nata montada por encima, ustedes me entienden). Una maravilla. No veo a nadie sonreír por culpa de las mascarillas, pero creo que todos pensamos igual.

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Me acerco a un tipo que parece entender de esto (es lo que hago siempre, vaya). Anima a una, a otra. Le pregunto por el circuito, que qué le parece. “Muy bonito”, dice, “muy duro. Me recuerda al de Legazpi. Que lo conozco bien, soy uno de los organizadores”. Se presenta, me llamo José Luis, soy de la Federación Guipuzcoana, aprovecho para hacerle algunas preguntas entre gritos y consejos a sus ciclistas. Preguntas tontas, qué le vamos a hacer. La importancia de los tramos a pie, “aquí pones a un etíope corriendo todo el rato y te gana la carrera”.

La razón por la cual hay maillots de combinados autonómicos y otros de empresas privadas, “algunos nos piden hacerlo así y, si van de cara, nosotros encantados, porque nos da una plaza más para la selección”. Los ciclocross de antes y de ahora, “en los años ochenta y así eran mucho más duros, había un desnivel mayor, ahora algunos los hacen en parques de grandes ciudades”. Justo delante de nosotros pasa una chica con el pie derecho descalzo, bici al hombro y zapatilla en la mano. “Se me ha roto”, grita, pidiendo otra a sus asistentes. Aun le quedan algunos cientos de metros hasta llegar a boxes. El calcetín parece un dinosaurio atrapado en brea. Miro de reojo a José Luis y sé que sonríe bajo la mascarilla de donde se escapan cuatro pelos canosos y muchas nubes de vaho...

Ganó Lucía González, que ya lo había hecho el año anterior. Segunda fue Aida Nuño, tercera Sara Cueto. Tres asturianas. Allí también tienen mucho barro.

Foto: La increíble historia de Dieter Wiedemann en la Carrera de la Paz.

Interludio. Entre que acaba Élite femenino y empieza Élite masculino hay una hora, así que todos aprovechan para hacer cosas. Cosas. Algunos bajan dando un paseo hasta los tres bares que hay cerca del circuito. Café y tortilla, que es lo suyo. “Peña Labra”, “La Principal” y “El Pedal”. Ya ven, por seguir con el ambiente ciclista. Si es que ese pedal es de bicicleta, claro. Otros vagabundean. Me fijo en un pequeño pilón vacío, con dos grifos. El cartel es amenazador. “Lavadero de calzado deportivo”. Una chica, cubierta de barro hasta las cejas, mete allí un pie y gira la manilla. Aúlla. Muy agudo. Mucho. Dos, tres juramentos. Al parecer el agua sale fría. Bastante. Al lado reparten café en vaso de cartón. Muy, muy caliente. Tanto que hormiguean las yemas de los dedos cuando lo coges, como si se estuvieran durmiendo. Es una sensación extraña.

Hay, también, un montón de caravanas con participantes haciendo rodillo delante de ellas. El Cx es un deporte nómada, uno que se lleva la casa a cuestas aquí y allá. Igual es por eso que Roger de Vlaeminck fue campeón del mundo, vaya. Olviden el Tour de Francia, esto es otra cosa. Mucho más artesanal, más familiar. Todos se conocen entre sí (a mí no me conoce nadie y miran al tipo grandote que observa con ojos muy abiertos y no para de tomar notas). El fiiii, fiiii de muchos rodillos a la vez es una caricia que casi adormila. Todos son de rulos, claro, porque para estos el equilibrio no es ningún problema (no lo intenten en su casa, amigos).

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También hay mecánicos ajustando bicis sobre caballetes. Máquinas preciosas, limpísimas (eso va a durar poco). Hablo con uno de ellos sobre desarrollos (42 o 44 dientes delante, 28, 30 o 32 en el piñón), sobre los distintos tubulares que montan (hasta tres ruedas diferentes tiene preparadas por si acaso), sobre las horquillas con más holgura. Y sobre el precio que pueden alcanzar, ojo, pero eso mejor lo omitimos. A un chaval le pregunto por las manetas de freno, que van muy abiertas. “Es por comodidad, solo eso”, me dice, “en ruta vas mucho rato agarrando el manillar por la curva, pero aquí apenas la usas, así que...”. Se llama Ander Ormazábal y compitió el viernes entre los junior. A lo lejos veo alguien con una gorra de La Vie Claire. En cualquier otro sitio llevaría un gorrito estiloso, trop chic, que recuerda las obras de Pietr Mondrian. Pero aquí todos sabemos que es La Vie Claire.

En Élite masculina sí que suenan algunos nombres. Los cántabros, claro. Kevin Suárez e Ismael Esteban. O Felipe Orts, que viene directo desde Bélgica, donde compite frecuentemente con los mejores del mundo. Cada vez mejor, además.

Foto: Felipe Orts ganó la plata en categoría sub-23 en el Mundial 2017. (EFE)

La salida se da en la pista del velódromo, y hay unos doscientos metros antes de entrar en la primera zona fuera de asfalto. Aquí, en este sitio, ganó una etapa Eddy Merckx. También David Millar, o Santiago Botero, pero yo prefiero a Eddy Merckx. Es un momento delicado. El comienzo, digo. En Cx no resulta fácil adelantar, así que coger buena posición es clave. Explosión anaeróbica, sprint para empezar. Todos estamos mirándolo, atentos. Luego vamos rápidamente hasta la otra parte del circuito, hasta “El Patatal”. Algunos periodistas corren más que nunca en los otros 364 días del año, a juzgar por su aspecto. Quizá por eso (y por el fango) se ven caídas. Culazos. Sin lesiones de importancia, más allá del orgullo herido. Yo, de natural lento, bajo despaciuco, y mascullo entre dientes por no haberme traído las albarcas.

Entonces llega el momento decisivo. La caída del caballo. Se abren los cielos y lo veo, me rindo a la evidencia. Es acojonante. Esto, todo. La velocidad a la que llega el primero (un Felipe Orts ya destacado, que se pasearía durante toda la prueba). Sobre raíles, parece que avanza sobre raíles. Solo que no, que su rueda hunde un par de dedos en el légamo blandito. Estoy situado en una horquillaism y tengo claro que se va a salir del circuito, que es imposible tomar esa curva con semejante inercia. Pero lo hace. Sin poner pie a tierra, sin dificultades. Increíble. Los otros tienen más problemas. Incidentes. Hay un par de ellos que pasan con sangre en los gemelos (recuerdos del embotellamiento inicial), Ismael Esteban se cae junto a la portería y queda enredado entre mallas viejas, el de más allá clava su rueda delantera en el fango y se da de frente contra el poste. Ni un segundo tarda en recuperarse, justo después de jurar dos o tres veces cosas tan feas que ni me atrevo a escribirlas.

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Después de eso... una hora de ciclistas avanzando con más o menos presteza. Algunos hacen cosas increíbles. Orts, por ejemplo, toma un quiebro del recorrido de forma particular, impulsándose con el pie derecho fuera del pedal y bajándose de la bici tan rápido que apenas atino a comprender los pasos del movimiento hasta la tercera vez. O Kevin Suárez, que sube cada vuelta (o casi, falla una vez) el talud que da entrada a la pista sin necesidad de poner pie a tierra. Las dos primeras ocasiones lo veo de lejos y me asombra esa habilidad para ascender por ese sitio donde todos echan la máquina al hombro, así que me acerco para verlo de cerca. No puedo creerlo. Es vertical, una puta pared vertical de barro. Yo tendría dificultades para ascender usando pies y manos. Pediría el piolet, y ayuda al público. Y ese tipo lo hace sobre dos ruedas.

Es ballet.

En bicicleta, con barro, entre jadeos.

Pero ballet.

Así que esto era el Nacional de Cx. Un Woodstock con más frío. Porque allí barro chupamos todos. Tapines que salen despedidos de las ruedas traseras, charcos traicioneros donde te hundes sin esperarlo. Hasta las mascarillas (o tempora, o mores) acaban manchadas. Hablo con David, un valenciano que compitió el día anterior en Máster 30. “Demasiado extremo esto”, me dice. “A mí no me gusta, pero igual es por la falta de costumbre”, añade, entre risas, antes de aplaudir a sus compañeros. Los ánimos son... bueno, como todos los ánimos. Más una explosión de quien los emite que un placer para recibirlos. “Aprieta, aprieta”. “Así, así”. “A muerte”. “Vamos, vamos”. También un par de referencias a las gónadas masculinas. En fin, tampoco pidan rapsodas con todo el frío y la humedad. Y, qué coño, la primera de Rocky tenía ese tono y se llevó un Oscar...

Foto: Luis Ocaña, en el Tour de Francia.

Sigue así la cosa. Una cacofonía de sonidos. Al fondo el río, que aguantó sin desbordarse. Gritos. El sonido de los frenos de disco en algunas curvas, chirriando como si estuvieras lijando madera de castaño. Sonido de elefante asmático cuando la rueda no tracciona y empieza a levantar agua oscura. Un dron en el aire zumbando nervioso, grabando “El Patatal” desde arriba. Menos mal que en mis tiempos no había de estos, pienso...

Luego están las pequeñas historias. Los dos participantes que pasaron totalmente descolgados en la primera vuelta. Uno de ellos, Ángel Luis, estaba metido en la organización y llevaba tres días a pie firme, poniendo estacas, hablando con periodistas insolentes, revisando acreditaciones... lo que fuera. El tipo que llevaba cara de agonía en cada recta, los ojos cerrados, la boca muy abierta. Acabó bastante bien (de los 46 que salieron tan solo 21 llegaron a meta sin ser doblados).

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El que corrige en mitad de las curvas con pequeños saltos de su rueda trasera. El chico (maillot casi irreconocible de tan marrón, ojos achinados) que se sienta en el suelo junto a mí, jadeando, tosiendo, prietos los párpados, buscando aire. Los dos hermanos (mismo rostro, mismo cabello, mismo maillot) que hacen toda la carrera persiguiéndose el uno al otro, supongo que por el orgullo de ser primero en su casa (al final Francisco Javier Torres Pérez fue decimosexto y Jesús Torres Pérez decimoséptimo). Los que se van retirando y esperan, pacientes, su turno para limpiar la bicicleta. Una cola de nervios y resignación. No, no es el Tour de Francia. Pero me gusta mucho...

La última vuelta es casi un trámite. Felipe Orts pasa chocando la mano con su mecánico aun antes de entrar en meta. Tercer campeonato consecutivo. Ha corrido cuatro, en el otro fue segundo. Dominador. Detrás de él llegan dos cántabros. Kevin Suárez logra subir la cuesta sin poner pie a tierra, a Ismael Esteban (que corre en casa) le gritan para que lo intente. Impulso, equilibrio, dos o tres pedaladas casi perdidas en el aire. Cerca, ha estado muy cerca. Sonríe mientras todos aplauden el gesto. Plata y bronce. Detrás... los otros.

Felices. Con barro que hace irreconocibles patrocinadores y rostros. Jadeantes. Sonriendo.

Qué bonito es esto del ciclocross.

Ciclismo Óscar Freire Sniace David Millar