La historia de Alfonso Flórez

Colombia contra la URSS: guerra con bicicletas en el Grand Colombier

El Tour de Francia llega hasta la cima de Grand Colombier. Allí escribió, por ejemplo, Alfonso Flórez un capítulo imprescindible para el ciclismo de Colombia

Foto: Alfonso Flórez, el primer colombiano en ganar en Francia. (Foto de archivo)
Alfonso Flórez, el primer colombiano en ganar en Francia. (Foto de archivo)

Dentro de pocas horas el Tour de Francia llega hasta la cima de Grand Colombier. Final inédito en la Grande Boucle, pero ya probado en algunas otras carreras. Allí escribió, por ejemplo, Alfonso Flórez un capítulo imprescindible para el ciclismo de Colombia. Esta es su historia, la de un tiempo y un lugar. Alfonso Flórez (Bucaramanga, 1952) no parece un deportista. Incluso en la cima, cuando sus piernas le permiten dejar a casi cualquier otro corredor cuesta arriba. Aspecto paradójico, si quieren. Pelo raleando, bigotón, mirar de ojos medio cerrados. Enflaquecido, débil, bajito, poca masa muscular. De niño quiso ser jugador de fútbol. Pero mírese al espejo, muchacho, no tiene futuro. Así que se hizo ciclista, porque la bicicleta no pide credenciales de imagen.

Un pequeño problema… no tiene máquina. Necesidades sí, esas todas. Así que… no hay nada que hacer. Cómo competir sin herramienta. Un domingo, uno en particular. Alfonso suele pasar la tarde viendo al Atlético Bucaramanga, pero… ay, juega fuera. Así que por qué no vamos al Teatro Libertador, que allá permiten la entrada a niños pobres durante las matinales. Más mercadillo que ópera, no vayan a pensar. Se cambian cromos, se ríe, se toma algún refresco. Y hay rifas. Seguro que saben por dónde va a ir la historia. Alfonso mira su boleto. Allí está. Número 3412. Vuelve a escuchar la voz que sale del megáfono. El premio recae sobre el tres, cuatro, uno, dos. Feliz, corre hacia su regalo. Tiene dos ruedas, un manubrio. Sin excusas…

En casa, caras largas. El padre no quiere que Alfonso corra. ¿No le gusta la escuela?, pues que trabaje. La solución llega tras una charla con Severo Hernández, mito del ciclismo en Bucaramanga. Déjelo, señor Flórez, el chico es bueno, disciplinado, algún día ganará la Vuelta a Colombia, imagine cuánto honor. Un desafío, una premonición. El joven va mejorando, y ficha por uno de los mejores equipos del país, el Postobón de Antioquia. Hace el petate, marcha. Volveré cuando sea el mejor, dice, y entonces quienes no creyeron en mí, creerán.

El padre no quiere que Alfonso corra. ¿No le gusta la escuela?, pues que trabaje

Lo logró, claro. Fue en 1979, vigesimonovena Vuelta a Colombia. Primero Flórez, que corría entonces para el Club Freskola. Repetirá en 1983, delante de Lucho Herrera. Nada menos. Es una estrella. Pero ustedes piensan en Alfonso Flórez y a su retina acude una única carrera. Tour del Porvenir, año 1980. Aquel que venció frente al gran enemigo soviético.

Flórez luchó contra todo con el objetivo de ser el mejor ciclista.
Flórez luchó contra todo con el objetivo de ser el mejor ciclista.

El prólogo a la más maravillosa de las historias

Tour de l'Avenir. Asusta, ¿eh? Con 1627 kilómetros, doce etapas, otros dos sectores. No las montañas, no, esas no pueden amedrentar a los cafeteros. No. El Grand Colombier, Morzine, La Clusaz… elemento natural, el único en el que podemos arañar puestos delanteros. Pero el resto… escalofríos. Crono individual, casi 25 kilómetros. Otra por equipos que dobla esa distancia. Un estropicio que apunta a histórico.

Sobre todo porque allí estaban los mejores conjuntos, las selecciones más potentes. Clásicas, como Bélgica, España o Francia, otras exóticas. Finlandia, Marruecos, Portugal. Y, sobre todo, ellos. Equipos del bloque comunista, ciclistas que llegan desde más allá del Telón de Acero. Polonia, Checoslovaquia, la mismísima Unión Soviética que lleva un bienio dominando la competición, triplete incluido en 1978. Dos años en los que su mejor hombre impuso por completo unas condiciones que muchos pensaban inigualables.

Sergei Soukhoroutchenkov (le pueden llamar Soukho, que responde igual y es más fácil). Perfecto deportista soviético. Tan rubio, esa melenita lacia, tan fuerte él. Casi un anuncio propagandístico de lo que el comunismo podía hacer por aquellos que quisiesen andar en bici. Siempre que fueran unos auténticos superhombres, claro. ¿Victorias? Las que quieras. Dos ediciones precedentes de l'Avenir. Carrera de la Paz. Vuelta a Cuba. También los Juegos Olímpicos de Moscú, circuito lleno de pequeñas subidas, ásperas y salvajes, en Krylatskoye. Preparación milimétrica, potencial latiendo, a punto de desbordarse. Éxtasis. Ante su público. Los ojos del mundo posados en él. A mayor gloria del Kremlin.

Primer latinoamericano en llevar camisola de líder en una gran prueba europea

Rival imbatible

José Patrocinio Jiménez, Alfonso Flórez, Julio Alberto Rubiano, Fabio Arias, Antonio Londoño, Rafael Acevedo, Rogelio Arango. Siete colombianos que intentarán sobrevivir a las duras rutas europeas. Destacar, si se puede. Incluso lograr algo. Una etapita, una clasificación de la montaña. Algo.

Pongamos en contexto aquella prueba. De los catorce parciales, la Unión Soviética se impuso en ocho. Otros dos fueron para polacos y checoslovacos. O, dicho de otra forma, esos hombres que se preparaban como profesionales, que contaban con los mejores entrenadores, que vivían única y exclusivamente para defender el honor de su país a lo largo y ancho del mundo, fueron prácticamente irreductibles. Sobre todo etapas llanas, con su increíble rush final. O en terreno ondulado, donde sacaban a relucir una potencia que les permitía ascender puertos no demasiado duros con desarrollos imposibles de imaginar para el resto. Y, por supuesto, ni pensar en batirlos cuando hay crono por equipos. Disciplina militar, preparación al milímetro, la más prístina demostración del comunismo montando en bici. En la de aquella carrera se impuso la selección de Checoslovaquia, con la Unión Soviética tercera y Polonia cuarta. Los colombianos hicieron el décimo mejor tiempo, a más de cinco minutos. En principio ya solo contaban para protagonismos secundarios…

Pero algo ocurre. Día tras día, Alfonso Flórez se va filtrando en escapadas. Recupera tiempo aquí, gana otro mordisco allá. Aprovecha su condición anónima, porque nadie lo vigila. Soukhoroutchenkov, imperial, permite hacer, más preocupado por deletrear todas esas consonantes a los periodistas cada tarde. En Saint-Étienne, cuarta etapa, marcha el colombiano con otros nueve tipos. Cinco minutos y medio, Barinov líder. Al día siguiente Flórez ataca en la Côte de Manche y arrastra a ocho ciclistas. Un minuto más sobre el grupo. Y lo otro. Sobre todo lo otro. Acaba vestido de amarillo. Primer latinoamericano en llevar camisola de líder en una gran prueba europea. Nada menos. Entonces empieza el verdadero duelo. Directo, hombre contra un hombre. Sin prisioneros.

Flórez puso al ciclismo colombiano en lo más alto. (Archivo: 'El Tiempo')
Flórez puso al ciclismo colombiano en lo más alto. (Archivo: 'El Tiempo')

Porque el soviético es un campeón inmenso, quién podría negarlo. Mirada glacial, cabello rubio, sonrisa seria… todo desprende cierta imagen de distancia, de lejanía. Pero sobre la bicicleta el desempeño es furioso, racial. Soukhoroutchenkov inicia su ofensiva nada más iniciar la etapa de Morzine. 110 kilómetros, ni un palmo llano, cuestas agrestes y bajadas vertiginosas. Avanza el soviético imperial, sin alzarse jamás del sillín, sin descomponer la estampa. Está afrontando una crono de 100 kilómetros. Locura. Al menos para cualquiera que no sea Soukho. Llega al pie del último puerto, el Col de la Joux Verte, con cinco minutos de ventaja sobre el pequeño colombiano que va líder. Carrera sentenciada, Flórez no tiene nada que hacer.

Grand Colombier. El puerto más duro de la carrera, uno de los más exigentes de toda Francia

Salvo fluir…

Joux Verte es una escalera de quince kilómetros con los cinco centrales superando el ocho por ciento de media. Y allí sucede. Alfonso Flórez lleva un 'maillot' dorado, publicidad de Miko sobre el pecho. Miko es una empresa francesa de helados que fundó en 1927 Luis Ortiz. Un cántabro. Pasiego, por más señas, hombre de las montañas. Pocas palabras, mucho trabajo. Como Alfonso. Que no pierde la calma y empieza a pedalear cuesta arriba. Estilo aéreo, hermosísimo, como si ningún esfuerzo cargase sus piernas. Por delante Soukhoroutchenkov avanza disfrazado de T-64, el asfalto estremeciéndose bajo sus tubulares. Lo que es gracilidad en uno, en el otro torna pesadez, fiereza casi grotesca. Flórez negocia cada curva dulcemente, saltando a la siguiente como si estuviese en una salida dominical con los amigos. Y el tiempo empieza a ir de su parte. Caen segundos, luego minutos. En la cima de Joux Verte ha recortado casi tres sobre Soukhoroutchenkov. El descenso a Avoriaz es rápido, arriesgado, ambos lamiendo cada cuneta. Apenas cambian diferencias. Flórez ha salvado el liderato por más de 180 segundos.

La locura, todos empiezan a creer. Pero los soviéticos siguen a lo suyo. Otras tres victorias consecutivas. Ataques en cada recta, en cada cambio de asfalto. Alfonso cuenta con la ayuda de José Patrocinio Jiménez, el 'Viejo Patro', pero ellos son muchos más. Al final habrá tres rusos entre los cinco primeros, cuatro entre los siete. Exhibición…

Sin premio. La etapa reina es la undécima, que termina en Grand Colombier. El puerto más duro de la carrera, uno de los más exigentes de toda Francia. Allí vuelve a intentarlo Soukhoroutchenkov, pero es inútil. Flórez está en su terreno, es el mejor escalador de la prueba. El rubio gana en la cima, pero Alfonso, rostro reconcentrado, nunca una sonrisa, bigote sobre el labio superior, acaba de sentenciar.

El Tour del Porvenir de 1980, nacimiento de algo, termina en Divonne-les-Bains, a orillas del Lago Leman, justo enfrente de Suiza. Últimos laureles para un francés, Philippe Martinez por nombre. Pero todas las miradas se posan en el podio. Dos soviéticos. Yuri Alekseyevich Kashirin es tercero. Sergei Soukhoroutchenkov, segundo. Ambos han perdido más de cuatro y tres minutos respectivamente con el ganador. Mueca tímida para recoger los ramos de flores. El ganador es santandereano. De Bucaramanga, concretamente.

El primer ciclista colombiano en ganar en Francia.
El primer ciclista colombiano en ganar en Francia.

Cambia la historia del ciclismo cafetero

El 21 de septiembre de 1980 Alfonso Flórez Ortiz cambia la historia del ciclismo cafetero. A partir de entonces nada será igual. El final de Alfonso Flórez será trágico. Inesperado, quizá. O no, depende de a quién escuches, de qué versión leas. Ocurre el 23 de abril de 1992, ciudad de Medellín. Alfonso sale de casa a las ocho de la mañana, montado en su coche, un bonito campero de la marca japonesa Mitsubishi. Vuelve a comer con su familia, y más tarde acude a un taller cercano para recoger otro automóvil de su propiedad. Un Mazda. Pasa en la avenida Pichincha, cruce con la carrera 65. A su esposa cierto vecino la acercó hasta el lugar, pero allí ya no había nada, solo un nutrido grupo de periodistas retransmitiendo en directo. "Como en las carreras en las que él participó", dijo Martha Tarazona. Marcha a Medicina Legal, no le permiten la entrada, dicen que no puede verlo, que están haciendo la autopsia. Martha rompe a llorar.

Sicarios abordaron su coche con una motocicleta y le dieron cuatro tiros en la cabeza

Fueron sicarios los que abordaron su coche con una motocicleta. Cuatro tiros, en la cabeza. Profesionales. Alfonso se dirigía a una tienda para comprar a su hija la mochila nueva que le había prometido. Nunca llegó. Esquema tantas veces repetido en la época. Dos hombres sobre moto de enduro que se ponen junto al automóvil o delante de él. El pasajero dispara sin piedad, en ocasiones utilizando una metralleta UZI, antes de que el conductor acelere y se pierdan por la ciudad. Asesinos, muchos de ellos menores de edad, extraídos de las entrañas profundas de la pobreza. En su cuerpo tres estampitas del Divino Niño. Una para recibir el encargo, otra para no fallar con la puntería y otra para poder huir sin problemas. La sinrazón de la violencia sincretizada con el catolicismo…

Las razones de la tragedia son, aún, poco claras. Los hay que hablan de la relación entre Flórez y Pablo Escobar. Parece probado que Alfonso participó en algunas de las carreras que el capo organizaba en su velódromo privado, para solaz suyo y de sus amigos. Pero, por otra parte, nunca aparecieron noticias sobre vínculo alguno con el tráfico, y la referencia es, quizá, demasiado débil por sí sola. Otros, más aviesos, comentan que Flórez nunca dejó de ser un mujeriego, aunque pareciera hombre de familia perfecto. "Era nuestro único motivo de discusión", dijo Martha. Las mismas lenguas apuntan que tuvo un affaire con quien no debía. La novia o la esposa de un narcotraficante. Que por eso fue condenado. Más osados, algunos rizan la historia hasta el paroxismo. Flórez se acostaba con la mujer de su mejor amigo, que era un pequeño capo de la zona. Este sabía de las 'coyundas infieles' de su amada, pero no con quién las ponía en práctica (porque para estas cosas siempre hacen falta dos). Sin dudar, sentenció a muerte a aquel desconocido. Cuando le informaron del trabajo hecho descubrió que la condena le cayó a su parcero Alfonso. Ese fue, así sucedió, el triste final del hombre que una vez puso a Colombia en el mapa del mundo. Desde la cima de Grand Colombier hasta más allá del Atlántico.

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