25 AÑOS DESPUÉS LLEGA #PORUNALEYJUSTA

La tragedia del ciclismo español: "No perdí al deportista sino a mi compañero"

Antonio Martín Velasco falleció en 1994 en su bicicleta y cerca de su casa en Madrid, arrollado por un camionero que cercenó así el futuro de la mayor promesa del ciclismo español

Foto: Antonio Martín, durante el Tour de Francia de 1993. (Imago)
Antonio Martín, durante el Tour de Francia de 1993. (Imago)

Fue el 11 de febrero de 1994. Aquel día, a las 14:30, Antonio Martín Velasco falleció cerca de Torrelaguna (Madrid), su pueblo natal, cuando daba por finalizado un suave entrenamiento en bicicleta por la sierra norte de la capital. Un camionero arrolló a 100 km/h al ciclista nacional con mayor proyección, embistiéndole con el espejo retrovisor y arrojándolo contra las vallas de protección de la carretera. No llevaba casco, tampoco era obligatorio. Su muerte abrió una profunda herida en el corazón de familiares, amigos y aficionados al ciclismo. “Estamos consternados”, llegaron a expresar los reyes Juan Carlos y Sofía en una misiva enviada directamente a sus padres.

El conductor que atropelló a Antonio fue castigado a seis meses de arresto mayor y un año de retirada del carné por imprudencia temeraria, aunque la condena fue posteriormente suavizada al alegar su abogado trastornos psicológicos. Nunca pisó la cárcel. Este miércoles, se puso fin a años de lucha de la plataforma #PorUnaLeyJusta, apoyada por las federaciones de ciclismo, triatlón y por la Asociación de Ciclistas Profesionales, que pedía un mayor respeto para las víctimas. El pleno del Senado dio luz verde a una reforma del Código Penal que endurece el castigo para los conductores que causen accidentes con muertos o heridos, de manera que se enfrentarán hasta a nueve años de prisión si ocasionan varios fallecidos o hasta a cuatro si abandonan el lugar del siniestro. Con estas nuevas medidas se pretenden evitar casos tan sangrantes como el comentado, el de los Otxoa o el de Víctor Cabedo, así como el de miles de cicloturistas anónimos cuyos verdugos salieron prácticamente indemnes.

La semana del 25 aniversario de este suceso que conmocionó a toda la sociedad española coincidió, además, con el decimoquinto de otro, el de Marco Pantani, para muchos el mejor escalador de todos los tiempos. Caprichos de la vida. Ambos ciclistas, de la misma generación, estaban destinados a rivalizar por el trono de su deporte. El español sorprendió primero en 1993, adjudicándose el maillot blanco a mejor joven en su debut en el Tour de Francia, pero una temporada más tarde la prenda fue para el italiano, amén del tercer puesto en el cajón de los Campos Elíseos. “Estoy seguro de que, junto con Armstrong, hubieran protagonizado batallas legendarias de las que todavía se hablaría”, asegura David Martín, su hermano menor y exprofesional con Orbea, para El Confidencial. “De las personas tan queridas como él te acuerdas todos los días, pero en fechas tan concretas te das cuenta de lo rápido que pasa el tiempo”, afirma, pues la tragedia le golpeó cuando tan solo era un niño de 10 años.

‘El Pirata’ pudo demostrar el enorme talento que atesoraba con la consecución de Tour, Giro y bronce mundial; Antonio no. Su carrera se truncó a las 23 primaveras, justo cuando acababa de aterrizar en el equipo de sus sueños: el Banesto de Pedro Delgado y Miguel Induráin. Con el navarro apenas coincidió en una concentración de pretemporada en Almería y en la Challenge de Mallorca, pero les dio para departir. No solían hablar de ciclismo, ya lo hacían con periodistas, sino de otro tipo de cuestiones, como el matrimonio o el futuro una vez colgaran la bici. “Estoy estudiando algo de formación profesional, sería un error dejarlo”, cuentan que le decía el madrileño a su ídolo. Congeniaron enseguida. “Por el camino se han quedado las ganas que tenía de triunfar”, explicó ‘el Extraterrestre’ cuando la fatal noticia le pilló en plena Vuelta a Andalucía. Fue un jarro de agua fría para el conjunto bancario, que abandonó de inmediato esta competición y el Tour del Mediterráneo, en Francia, consumido por el dolor.

Los años de sequía del Banesto

Los planes de José Miguel Echavarri, principal ideólogo de la década dorada del ciclismo español, sufrieron un duro revés. “Tenemos al pasado [Perico]), presente [Induráin] y futuro [Martín)] de nuestro deporte”, señaló. El proyecto, salpicado por la desgracia, no prosperó. Ni el descaro de José María Jiménez, ni la habilidad de Ángel Casero ni la experiencia de Abraham Olano fueron suficientes, pues Banesto no volvió a saborear las mieles del éxito en el Tour hasta que el positivo de Floyd Landis coronó a Óscar Pereiro en 2006, ya como Caisse d’Epargne, un mundo.

Antonio Martín, en su etapa de 'amateur'.
Antonio Martín, en su etapa de 'amateur'.

Especialmente sentida fue la pérdida para Javier Mínguez. El exseleccionador español, campeón del mundo el pasado mes de septiembre con Alejandro Valverde, fue su padre deportivo cuando Martín pasó a profesionales con el Amaya Seguros: “Su muerte fue una bomba y en aquel momento se me vino el mundo encima. Eusebio Unzué y yo estábamos subiendo Navacerrada cuando nos lo dijeron. No me acuerdo quién conducía, solo que paramos el vehículo y me hinché a llorar”. Mínguez, que aún mantiene el contacto con la familia, recuerda cómo se volcó todo el ciclismo con ellos y lo difícil que fueron las semanas posteriores para los corredores: “Mentalmente la gente no estaba bien, pero no quedaba otra que seguir porque debíamos comportarnos como profesionales”. Pocos días después, en la Vuelta a la Comunidad Valenciana, Banesto volvería a ganar con Induráin, que le rendiría un homenaje.

Antonio Martín, sin precedentes familiares en el ciclismo, empezó su carrera deportiva en 1983 en la escuela de Torrelaguna. Muy pronto empezó a destacar como escalador, con diversos triunfos, hasta que Esteban Fernández le reclutó para correr en el Cajamadrid 'amateur'. En su última temporada como aficionado (1991) confirmó su clase con siete victorias, entre ellas las de la Vuelta a Tarragona y Vuelta Rutas del Vino. Mínguez, muy pendiente siempre de las promesas que tejía Fernández, le vio correr en la Vuelta a los Puertos, carrera que se disputaba en fórmula Open junto a profesionales, donde Martín tuvo el infortunio de caerse bajando un puerto. Cuando el madrileño estaba en su casa, reponiéndose de las heridas, el técnico vallisoletano le llamó para ofrecerle la oportunidad de su vida: “¿Quieres correr con nosotros la próxima temporada?”. No necesitó más, el acuerdo se cerró al instante.

Amaya Seguros era un conjunto guerrillero, entregado al espectáculo, que contaba con ciclistas de mucha talla como Fabio Parra, Melcior Mauri, Lale Cubino u Oliveiro Rincón, a los que al principio el joven tuvo que ayudar. No obstante, en cuanto tuvo la primera oportunidad de actuar libremente no la desaprovechó: primera victoria profesional en la Hucha de Oro, ya extinta. Luego vendrían otros grandes resultados por el país, pero ninguno tan importante como el tercer puesto en la general de la Volta a Catalunya. Allí los expertos concluyeron que estaban ante un corredor especial, uno de los elegidos. Con tan solo 22 años se metió en el podio de una carrera de máxima exigencia por detrás de Induráin y Rominger, a los que plantó cara en la subida a la estación de esquí de Vallter 2000. “Su primer año fue bestial, además tenía la cabeza muy bien amueblada. No se ponía nervioso, era un chico tranquilo y leía muy bien las carreras. Sabía que su gran momento estaba por llegar si no se precipitaba”, revela Mínguez.

Las llamadas al Amaya

La siguiente temporada (1993) fue la de su consagración y la de su bautizo de fuego en el Tour de Francia. Tras planificar un minucioso calendario de carreras, Martín llegó a la ‘Grande Boucle’ en un gran momento de forma tras su extraordinario rendimiento en la Dauphiné, donde fue segundo en los Alpes. Su objetivo pasaba por descubrir la prueba por etapas más dura del mundo y aprender, pero el novato volvió a superar todas las expectativas. Siempre cerca de los mejores en la alta montaña. Siempre metido en carrera, como un veterano, para terminar en el puesto número 12 de la general y poner la guinda con un maillot blanco que también peleó, entre otros, Richard Virenque. “Quiero dejar claro que haber hecho un gran Tour no va a cambiar mi forma de ser. De momento seguiré haciéndole caso a Mínguez, que me da buenos consejos”, avisó el madrileño ante la prensa. “No teníamos prisa con su crecimiento, pero era un hombre de podio de Tour sí o sí, porque subía con los mejores y se defendía estupendamente en la contrarreloj”, analiza el exseleccionador. Para rematar el año, repitió el tercer puesto en la Volta a Catalunya, a la que añadió un triunfo parcial en la durísima jornada de Pla de Beret.

En Banesto ya veían que a Pedro Delgado le quedaba poca gasolina en las piernas. Induráin todavía no mostraba signos de flaqueza, aún menos tras su tercer Tour consecutivo, pero eran conscientes de que algún día el motor le diría basta. El equipo Amaya empezó a recibir continuas llamadas para preguntar por ese gran prodigio llamado Antonio. “Tuvo propuestas desorbitadas también de otros equipos, pero él era muy apegado a los suyos y sabía que yo le iba a llevar por el buen camino. Tenía tanta fe en mí que me hubiera seguido al fin del mundo”, garantiza Mínguez. La conexión entre maestro y discípulo era absoluta, tanto que hasta planificaban las vacaciones juntos: “Una vez le invitaron a la Vuelta a Canarias, que era para cicloturistas, y nos fuimos los dos. Él participó y luego allí estuvimos el fin de semana pasándolo en la playa, paseando y riéndonos. Él con su novia y yo con mi mujer, éramos como familia”.

Al final, a los navarros no les hizo falta insistir demasiado porque la aseguradora decidió no renovar el patrocinio con el equipo ciclista y al técnico vallisoletano le propusieron la fusión con los bancarios, que aceptó gustosamente. A Antonio se le abría de par en par un ventanal de oportunidades con varios ingredientes a su favor: la capacidad económica de su nuevo equipo, una plantilla plagada de ilustres corredores de los que obtener experiencia y un calendario más amplio de carreras. El salto cualitativo era tremendo. “Planteamos como objetivo que corriera el Tour junto a Miguel, que no es lo mismo que correrlo en contra. Su preparación a corto plazo era esa. A largo, que se preparara para cuando este se retirara. Era el relevo”, dice con honestidad el director, que añade: “En pretemporada les hicimos una prueba de esfuerzo a todos los ciclistas y los valores de Miguel y de Antonio eran una fotocopia. Por supuesto, la potencia de uno y otro era diferente, pero en el resto de variantes no había contrastes”. Tres años era el margen que le quedaba por delante a Martín para alcanzar la madurez física, pero todos eran sabedores de que con su inteligencia y prudencia había recorrido ya la parte más importante del camino. Solo cabía esperar un poco más, pero el reloj se paró ese 11 de febrero de 1994.

"Más peligrosa por ser recta y ancha"

Tras debutar con su nuevo maillot en Mallorca, Martín volvió a casa para preparar una Vuelta a Murcia que jamás corrió. El corredor encontró la muerte en una vía inaugurada un mes antes debido al mal estado que presentaba la anterior. “Me acuerdo perfectamente de conversaciones entre él y mis padres acerca de la nueva carretera, que se había vuelto más peligrosa al ser más ancha y recta, lo que permitía a los coches coger más velocidad”, cuenta su hermano, David Martín. No iba solo, le acompañaba su amigo Ángel Luis Robledillo, ciclista aficionado que había corrido en el Coslauto. El suceso le provocó tal ataque de histeria que hubo que administrarle varios tranquilizantes para calmarlo. “Dejo la bicicleta. Acabo de ver morir a mi mejor amigo”, fueron sus únicas palabras, según recogen los periódicos de la época. El afectado, contactado por este medio, ha preferido no participar en el reportaje por motivos personales.

Un total de 152 ciclistas fallecieron en las carreteras españolas aquel año, la cifra más alta desde entonces, por los 78 de 2017 o los 36 de 2018, este último dato teniendo en cuenta solo zonas interurbanas. A pesar de los evidentes avances en infraestructuras, a nuestro país aún le queda trabajo de concienciación por delante. “El ciclismo ha pasado de ser una temeridad a ser inseguro”, dice Martín, que ahora trabaja para la fábrica Specialized, y se pregunta: “Si esa bici que te molesta a la hora de adelantar fuese un tractor, ¿lo adelantarías rozando?”. Mínguez sugiere introducir una asignatura de educación vial en los colegios, mejores campañas antidrogas y ser más estrictos con la renovación de los carnés de conducir a ciertas edades: “Todo esto es más importante que un test con respuestas que determinan si pasas o no”.

“Para la gente, Antonio representaba al ciclista que admiraban por la televisión, pero yo no perdí al deportista sino a mi compañero de habitación. Dentro de los años que me sacaba hacíamos mucha vida juntos, me protegía y me cuidaba. Era un tipo con mayúsculas, nos marcaba el camino. Un día se levantó y se fue, pero nunca dijo adiós”, diserta Martín, que se estrenó profesionalmente con Orbea en 2007: “Fue muy especial, porque no solo cumplía un sueño sino porque sabía que mi hermano estaría orgulloso. Seguí sus pasos. Para mis padres también fue bonito”. David no consiguió ninguna victoria durante su breve periplo en el ciclismo, pero tampoco le importó. Ahora está casado y es padre de un niño de seis años que se llama Antonio, como aquel chaval sencillo, de mirada nítida y clase desbordante que aspiraba a leyenda. “Es pronto para saber qué le gusta a mi hijo, pero a pesar de todo una bicicleta es el mejor juguete que se le puede hacer a un niño tan pequeño”.

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