le superó con holgura en la última crono

Dumoulin le arrebata el Giro a Quintana, el ciclismo no solo vive de la montaña

El neerlandés cumplió el plan trazado, arrasó a los favoritos en la última contrarreloj y gana por primera vez una gran vuelta por delante de tres de los mejores escaladores del mundo

Foto: La gloria de Dumoulin bajo el Duomo de Milán. (EFE)
La gloria de Dumoulin bajo el Duomo de Milán. (EFE)

Tom Dumoulin ganó el Giro. Lo ganó porque fue el que más lo mereció. No siempre se corresponde el merecimiento con el triunfo final, pero en el caso del ciclista de Maastricht, fueron de la mano durante las 21 etapas que han compuesto la edición centenaria de la 'corsa rosa'. La última contrarreloj le entregó el 'trofeo senza fine', el primero de una grande que podrá colocar en una estantería de su hogar, el primero de quizá varios que tiene por delante. El neerlandés se ha adherido para siempre entre el exclusivo grupo de corredores que deben ser considerados para ganar cualquiera entre Giro, Tour y Vuelta. Le ha ganado a Quintana, Nibali y Pinot. Ha sido mejor, simplemente y por ello acabó de rosa bajo la mirada de la 'Madonnina'.

Decían en el Movistar durante la propia contrarreloj que este no era un recorrido que le fuera favorable a Quintana. No, en absoluto lo era. Pero no solo por ser plano, sino por ser contrarreloj. La anterior, la de la décima etapa, tenía pendientes, subidas y bajadas, y perdió casi tres minutos con Dumoulin. Nairo ha mejorado mucho en su lucha contra el crono, no lo suficiente para que no le suponga un hándicap preocupante que le ha mermado muchísimo en todas las grandes en las que la contrarreloj ha tenido un mínimo de peso.

En 29 kilómetros perdió 1:24 con el ganador y es poco, en realidad, porque las previsiones más pesimistas anunciaban una caída del colombiano del podio incluso, lo cual indica lo poco fiable que es Quintana en esta disciplina. Su lucha final no era con Dumoulin, esa la tenía perdida, sino con Nibali y Pinot. Los tres pagaron los errores en la montaña y en las semanas anteriores y corrieron desde el circuito de Monza hasta el Duomo de Milán por estar escoltando al del Sunweb mientras éste vestía de rosa. Quintana empezó de ese color sabiendo que al final llevaría el azul de su equipo, diciendo adiós a la primera al sueño de ganar el doblete Giro-Tour.

El Giro tenía trampa. Siempre la tiene. Es quizá la grande más traicionera. No se gana nunca con facilidad, con una superioridad aplastante. No pasaba hace años, no sucede ahora. En un país atravesado por unas montañas que le dan forma como una columa vertebral, ser un buen escalador constituye, por lo general, una ventaja altísima de cara a competir el título final. La edición del centenario, homenaje a la historia ciclista en Italia, mantuvo la tradición y creó un Giro extraño, difícil de prever y muy apto para todo tipo de ciclistas. Ganó uno que le cuesta ir hacia arriba y que vuela cuando se acopla a la 'cabra'. Perdieron los que disfrutan con el sufrimiento que proporciona un puerto de categoría especial.

Y es que la clave no estuvo tanto en los Alpes, en los Dolomitas o en los Apeninos. Estuvo en la velocidad. Tom Dumoulin ganó el Giro porque sobrevivió todo lo que pudo en las cuestas italianas y porque aplastó a sus rivales en las dos contrarreloj. En el tiempo acumulado entre la décima y la última etapa, Dumoulin ha ganado 3:01 con respecto a Nibali, 4:09 sobre Pinot y hasta 4:17 a Quintana. Esa grandísima diferencia era la que estos escaladores debían recuperar en los picos italianos. Se quedaron cortos. Dumoulin ganó el Giro con 31 segundos sobre Quintana, 40 sobre Nibali y 1:17 sobre Pinot. Los números hablan claro de su superioridad y de su capacidad de resistencia y resiliencia.

El podio del Giro: Dumoulin, sobre Quintana y Nibali. (EFE)
El podio del Giro: Dumoulin, sobre Quintana y Nibali. (EFE)

Dumoulin ha ganado luchando contra todos y contra todo, hasta contra su propio organismo, que le traicionó en el momento clave de la etapa reina y le obligó a parar para hacer sus necesidades. Se sintió ofendido por la forma de correr de Nibali y Quintana, ya que claramente iban a por él y les espetó que ojalá perdiesen el podio por competir así. La falta de costumbre, 'Dumo'. Cuando esté arriba en varias grandes, porque lo estará en el futuro, comprenderá que para superar a un corredor superior y favorito, en ocasiones hay que hacer alianzas entre enemigos.

No se lo tomó Dumoulin esa cooperación entre sus rivales como lo que era, el mayor cumplido que podían hacerle. Le estaban diciendo que era él el rival a batir. No era ni Nibali, ni Quintana y mucho menos Pinot. Era él, el que no partía como favorito, al que había que tumbar sobre la lona y golpearle hasta que el árbitro parase el combate por KO. Le consideraban superior y por eso querían acabar con él. Desde lo más alto del podio de Milán, Dumoulin les pudo mirar por primera vez por encimad el hombro o, al menos, a la misma altura. Ya es un ciclista con una grande y amenaza seriamente con ir a por muchas más. Es lo que tiene ser el Indurain de esta década.

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