LA CARRERA MÁS DURA DEL MUNDO, ESTE DOMINGO

El infierno de los ciclistas está en Flandes y es de adoquines

Pocas carreras guardan más misticismo y épica que el Tour de Flandes. Para muchos la prueba más bonita del calendario, para otros un infierno de adoquines

Foto: El Tour de Flandes en su máxima expresión.
El Tour de Flandes en su máxima expresión.

A las cinco de la mañana, el despertador de Luis Lamas, ahora mecánico del equipo Garmin y los siete años anteriores en las filas del Euskaltel, dará el banderazo de salida a ‘De Ronde’, como se conoce en flamenco al Tour de Flandes. Quedarán cuatro horas para la salida y desde su hotel distan pocos kilómetros a la Grand Place de Brujas, donde está la salida. “La presión de los tubulares es fundamental. Es más baja de lo habitual y tienen que estar todos en la justa medida. Hay mucho trabajo que hacer antes de que la carrera empiece. Además, en el Tour de Flandes es donde más coches de equipos se movilizan y en todos debe haber el material necesario para que puedan asistir a los corredores en los diferentes tramos a los que acuden. Todos tienen que estar listos bien temprano”, cuenta Luis desde Bélgica.

Pocas carreras guardan tanto misticismo y épica como el Tour de Flandes. Para muchos, la prueba más apasionante del calendario, para otros, un infierno de adoquines y muros imposibles. Ganar en la meta de Ninove es graduarse honoris causa en las grandes clásicas del ciclismo. Cancellara, Boonen y Sagan son las grandes figuras de esta carrera, pero hay muchos más protagonistas. Hay actores secundarios, caídos en el camino, 800.000 gargantas anónimas y un largo etcétera de nombres y apellidos que convierten a esta carrera en una de las grandes citas del año. 

En sus más de 200 carreras como mecánico, Luis ha sido testigo de todo lo inimaginable, pero reconoce que esta cita es diferente al resto. “Nunca he visto tanto público como en el Tour de Flandes”. Dicen que uno de cada seis flamencos roza con sus narices el aroma del pavé desde una de las cunetas. El resto lo ve por televisión. De hecho, las audiencias televisivas rondan el 50%.

Mientras que Luis y el resto de auxiliares se ponen en pie, a lo largo de los 259 kilómetros del trazado con sus 17 muros de la tortura, muchos de los casi un millón de espectadores que verá en directo el paso de los héroes de las piedras prosiguen una fiesta que arrancó horas atrás y que a base de cerveza, salchichas e historias de superhéroes que vuelan con sus bicis por caminos de adoquines durará aún muchas más. En algunos tramos llegan a formarse incluso hasta ocho filas de espectadores unos tras otros. Algo difícil de imaginar de una carrera que hunde sus raíces en 1913 y que por entonces sólo despertó el interés de 37 valientes. No fue hasta los años de la Segunda Guerra Mundial, cuando los ocupantes nazis de la zona permitieron que la carrera se siguiera disputando pese al conflicto bélico, cuando el Tour de Flandes comenzó a hacerse grande.

Ajenos a esa algarabía y al intenso trabajo de los auxiliares, los corredores, los principales actores de esta película, se pondrán en marcha. Todos harán historia a su manera. Uno de ellos, el costarricense del Movistar Andrey Amador, lo hará inscribiendo su nombre como primer ciclista de ese país en correr el Tour de Flandes. Será su cuarta participación consecutiva. “En mi país se piensan que el ciclismo es siempre sobre buena carretera. Cuando les explico qué es esto de los adoquines alucinan. Les cuento que detrás de una gran piedra hay otra y después otra y otra y otra. Así hasta miles de metros y a veces entre un adoquín y otro puede llegar a caber el cuerpo de una persona. Y sobre esas piedras vamos lo más rápido que podemos. A veces hasta cerramos los ojos porque si va a haber una caída no tienes margen para salvarla y mejor no verla. Muchos se quedan con la boca abierta, sobre todo los niños”, cuenta el ciclista tico del Movistar.

Día del orgullo nacional

Con el banderazo de salida todo el glamour, la emoción y el asombro de ver Brujas inundada de banderas amarillas, porque el Tour de Flandes es utilizado por los flamencos como día del enaltecimiento del orgullo nacional, todo se convierte en tensión. Tensión para el espectador de a pie que, tras horas de espera, anhela esos segundos mágicos en los que los corredores pasan a escasos centímetros de su cara. Tensión para los auxiliares, sobre todo los mecánicos. “En ninguna carrera he asistido a más pinchazos y averías que en el Tour de Flandes. La tensión desde el coche que va en carrera es inmensa porque sabes que va a pasar algo”, revela Luis Lamas. “Y lo que sufren los coches que deben asistir en los tramos debe ser también infernal”, continúa. En el Tour de Flandes cada equipo manda varios coches por delante para asistir a sus ciclistas en el mayor número de tramos. “Cada coche cubre entre cinco y seis tramos. Cuando asisten en uno tienen que ir lo más rápido posible al siguiente que les toque. Es como un rally. Hay tanta gente incluso haciendo lo mismo que los coches de equipos que para adelantar vale todo, en ocasiones hasta escalar por las cunetas. Es muy peligroso”.

Luis Lamas, del Garmin.
Luis Lamas, del Garmin.
Pero esa tensión que se vive fuera del trazado oficial no es nada comparada con la que viven los propios corredores. “Con diferencia el Tour de Flandes y la París-Roubaix son las carreras donde hay más estrés para nosotros”, señala Amador. “Cinco o seis kilómetros antes de cada muro de pavé comienza la guerra. Hay codazos, empujones, gritos… Muchos nervios. Además, en este tipo de carreras todos los que las disputan vienen preparados para ello, no es como cuando una gran vuelta pasa por un tramo de adoquinado. Aquí los 200 que hay son grandes, fuertes y entran a muerte en cada sector de pavé”, señala el costarricense del Movistar, que para fajarse con tales rivales lleva meses acudiendo al gimnasio para ganar músculo, “Sin pasarse para no mermar las facultades de escalador”, y escapándose a inspeccionar los muros cada vez que pasa por Bélgica.

Y esa batalla se repite 17 veces. Tiegembert, Nokereberg, Rekelberg… Y sobre todo Oude Kwaremont, Paterberg y Koppenberg, los más terroríficos, son los muros del infierno que conducen al cielo. Algunos por su extensión, otros por su desnivel -se llegan a alcanzar porcentajes de hasta el 20% de pendiente- y otros por su estrechez, pero todos tienen su misticismo y todos conducen a la gloria. Cancellara será la rueda a seguir –ya ganó el pasado año en otras de sus exhibiciones sobre el pavé-, pero este año Peter Sagan llega más dispuesto que nunca a arrebatarle protagonismo. Y Boonen, Boason Hagen, Farrar… Todos buscarán el baño de éxito. Mientras uno de ellos se lo da, muchos espectadores volverán a sus casas, los auxiliares recogerán el material y limpiarán todo hasta altas horas de la noche y la gran mayoría de ciclistas no volverá a coger la bici hasta un par de días después porque el dolor muscular que queda en sus cuerpos les obligará a guardar reposo, aunque lo harán sabiéndose héroes de una de las batallas más bonita de este deporte: el Tour de Flandes.

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