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La leyenda de Rukeli, el boxeador gitano que consiguió desafiar al nazismo con sus puños
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RECONOCIDO 70 AÑOS DESPUÉS

La leyenda de Rukeli, el boxeador gitano que consiguió desafiar al nazismo con sus puños

Aunque su historia ha sido llevada a las tablas y contada por autores como Darío Fo, la trágica vida del púgil, asesinado en un campo de concentración alemán, es poco conocida

Foto: Rukeli, la gran leyenda gitana. (CC/Wikimedia Commons)
Rukeli, la gran leyenda gitana. (CC/Wikimedia Commons)

Corría el 10 de agosto del año 2016. El deporte es tan caprichoso que una sola jornada puede marcar, para bien o para mal, toda una carrera. Años y años de entrenamiento y esfuerzo para alcanzar una gloria que, en cuestión de instantes, puede esfumarse sin apenas tocarla. En Río de Janeiro, un joven canario de apenas 20 años conquistó la ciudad del Pan de Azúcar al subirse al cuadrilátero en los Juegos Olímpicos y traerse para España un diploma olímpico muy trabajado, que a punto estuvo de transformarse en medalla. En ese tórrido día de canícula en su país natal, sus amigos y familiares no se despegaron de la televisión. Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, el boxeador Samuel Carmona se enfundó los guantes y pensó en sus seres queridos y en sus fuentes de inspiración. En ese momento, recordó a otro boxeador romaní: Johann Trollmann, nacido en Alemania en 1907, más conocido como Rukeli. A diferencia del púgil español, este último nunca compitió en los JJOO, pese a ganarse su derecho a acudir a los que se celebraron en Ámsterdam, en 1928, en el ring. No obstante, esta no fue la mayor tragedia que sufrió, ya que Rukeli fue asesinado por el nazismo en un anexo del campo de concentración de Neuengamme.

Carmona no es el único boxeador gitano que se inspira en Rukeli —cuyo apodo significa 'árbol nuevo' en romaní— antes de salir a la pista y noquear a su rival. Henar Corbí —miembro del Comité Genocidio Gitano del IHRA (International Holocaust Remembrance Alliance), directora del Área de Holocausto del Centro Sefarad-Israel e impulsora de diferentes planes y proyectos a favor del ámbito gitano— explica que Rukeli es un referente de empoderamiento para toda la comunidad, y sabe que para Carmona la historia del deportista nacido a inicios del pasado siglo es una fuente de motivación para seguir trabajando y nunca rendirse: "La inspiración le viene gracias a su padre, pastor evangélico gitano, que le había pasado el libro de Dario Fo. Eso le dio fuerza y lo inspiró. Por eso, cuando combate, recuerda a Rukeli", dice Corbí. 'El campeón prohibido', una de las últimas obras publicadas por el dramaturgo y premio Nobel italiano, es uno de los relatos en los que se recoge la historia de este desgraciado deportista, que tuvo la desgracia de nacer en tiempos de oscuridad. Coincidió con el Tercer Reich, que tenía otros planes para los gitanos. No obstante, su historia, para todos aquellos que conocen la relevancia de su figura, no es aún suficientemente conocida.

placeholder Adolf Hitler y Rudolf Hess, en una imagen de archivo. (El Confidencial)
Adolf Hitler y Rudolf Hess, en una imagen de archivo. (El Confidencial)

Del éxito precoz a los campos de concentración

Rukeli nació en 1907, el mismo año en que un aspirante a pintor aterriza en Viena y ve cómo su sueño de estudiar Bellas Artes se chafa. ¿Qué hubiera pasado si hubieran admitido a Adolf Hitler en la carrera artística en la capital del Imperio austro-húngaro? La suerte, probablemente, le habría deparado otras cartas al boxeador. Sí es conocido que —junto a su padre, madre y ocho hermanos— se asentó en Hannover. Allí transcurrieron su niñez y adolescencia, ya que su padre, violinista callejero como los que aparecen en películas imprescindibles como 'Y los violines dejaron de sonar' o 'Korkoro', se asentaron en una ciudad importante y buscaron una cierta estabilidad.

El joven Johann encontró en el boxeo un divertido pasatiempo que dominó a la perfección. Pronto, comenzó a competir y a destacar. Al poco de cumplir los 18, ganó campeonatos amateurs y regionales. Y su nombre sonó en toda la República de Weimar. Era espigado y resultón, y se convirtió en todo un 'sex symbol'. Aunque el color de su piel y su origen molestó a muchos, lo que más llamó la atención durante los felices años 20 era su manera de boxear, donde destacó su habilidad y el continuo movimiento de piernas. Por tanto, su particular técnica se impuso sobre la fuerza. La primera gran injusticia para el púgil romaní llegó en 1928, cuando no fue elegido para representar a su país en los Juegos Olímpicos de los Países Bajos por la BDB (Federación Alemania de Boxeo). En su lugar, seleccionaron un boxeador al que Rukeli acababa de noquear.

Lo peor, no obstante, estaba por venir. El auge de las ideas nacionalsocialistas se incrementó. Y el odio bañó a todos y cada uno de los sectores de una sociedad que, desde el Pacto de Versalles, se vio ninguneada. Hitler llegó al poder en 1933 con la dimisión de Von Hinderburg, que lo nombró canciller. "Se dice que Rukeli es el antecesor de Ali, porque bailaba en el escenario, tenía una forma diferente de boxear de la que se llevaba en el Tercer Reich. De frente como guerreros arios, rígidos, estáticos, con mucha fuerza. Rukeli tenía una habilidad y movimientos similares a los que luego tendrá Ali", explica el dramaturgo Carlos Contreras Elvira, autor de la obra teatral 'Rukeli', y una de las personas que más ha estudiado la figura del boxeador de origen romaní.

placeholder Rukeli se perdió unos Juegos Olímpicos injustamente. (EFE/Marjin Krinad)
Rukeli se perdió unos Juegos Olímpicos injustamente. (EFE/Marjin Krinad)

Ese infausto 1933 en que se inició el Tercer Reich, el imperio que habría de durar 1.000 años pero que no pasará de la docena, Rukeli sufrió un auténtico atraco. En junio se enfrentó por el cinturón de los semipesados contra Adolf Witt. La danza del 'árbol nuevo' se impone de manera inequívoca. En un primer momento, los jueces no quieren declararlo ganador, pero la presión de los asistentes es brutal ante la injusticia y, finalmente, lo hacen. Visiblemente emocionado, el púgil sale a hombros del combate, con una alegría inmensa, ya que, además, heredó así el cinturón que su amigo el boxeador judío Erich Seelig no defendió, pues huyó de Alemania ante el indudable antisemitismo que el nazismo mostraba desde mucho antes de llegar al poder. Y que tendrá como resultado lo que Primo Levi define como el mayor crimen de todos los tiempos: el Holocausto.

La felicidad de Rukeli apenas dura seis días. La BDB le despoja de su cinturón al alegar "conducta inapropiada" —debido a las lágrimas de emoción vertidas por Johann— y piden que se celebre otro combate en el que la habitual movilidad del romaní queda eliminada. El nazismo no aceptó que un boxeador de semejante color de piel fuera campeón. Y así llegó el segundo combate, aquel en el que, pese a todo, se produjo la gran victoria de Rukeli sobre la Alemania racista de Hitler. Este se subió al cuadrilátero y lo hizo teñido de rubio y embadurnado de harina, parodiando la tez aria que reivindicaron los nacionalsocialistas. No se movió del centro, dada la amenaza pronunciada por la federación de boxeo germana. Y Rukeli fue derrotado por su contrincante: perdió el combate pero gana un lugar en la historia. "Es un héroe que tiene que luchar contra el contexto histórico que le toca vivir", afirma Contreras Elvira.

El antiguo glamour de los campeonatos regionales y nacionales desapareció para el joven y se vio obligado a combatir en circos y ferias, lejos de los focos, sobreviviendo como pudo desde entonces. Su licencia es retirada en 1935, el año en que se redactaron las infaustas leyes raciales de Núremberg. Iniciada la Segunda Guerra Mundial, Rukeli fue enviado a distintas retaguardias. En 1941, en cambio, fue enviado al temible frente del Este tras la invasión de la URSS. De vuelta, fue detenido por la Gestapo y mandado al campo de concentración de Neuengamme, próximo a Hamburgo. Tras las extenuantes jornadas de trabajos forzados, los gerifaltes nazis del campo hacen que la estrella pelee con diferentes contrincantes. En una de estas peleas, derrota a un jefe nazi local. La venganza del mismo es terrible: apalear a Rukeli hasta la muerte. De este triste y trágico modo, en una fría jornada de invierno de 1943, concluyeron los días de un deportista llamado a marcar una era. Tardó mucho en ser reconocido. En 2003, siete décadas después de una de las mayores injusticias deportivas del siglo XX, la federación alemana devolvió el cinturón a la familia Trollmann. Sin duda, la justicia para Rukeli llegó tarde. Pero este olvido y silencio generalizado hacia Rukeli no extraña a nadie: su historia forma parte del genocidio romaní, aún poco conocido y estudiado, llevado a cabo por el régimen nazi.

placeholder Las ruinas del gueto de Varsovia tras la IIGM, que afectó especialmente a Rukeli. (EC)
Las ruinas del gueto de Varsovia tras la IIGM, que afectó especialmente a Rukeli. (EC)

Medio millón de gitanos asesinados

Escribe el superviviente de Auschwitz, Primo Levi, en 'Si esto es un hombre' —sus memorias sobre su experiencia como preso del Tercer Reich, y uno de los primeros testimonios sobre el horror sufrido en los campos de exterminio— que una de sus grandes y recurrentes pesadillas al regresar a casa y contar lo ocurrido consistía en no ser creído, en que nadie hiciera caso al inhumano sufrimiento padecido. La ciudadanía no estaba preparada, iniciada la posguerra, para afrontar la barbarie de los campos nazis, y hubo de pasar mucho tiempo hasta que el interés por el Holocausto empezó a ser mayor en la sociedad. En los años 60 y 70 son cada vez más los relatos que llegan. En los 80 se produjo el incremento en el interés por la memoria de los supervivientes judíos. En esto mucho tiene que ver el documental 'Shoah' (Claude Lanzmann, 1985), el mayor monumento fílmico que se ha realizado sobre la muerte perpetrada por los nazis en las cámaras de gas: una película imprescindible, con la narración de los supervivientes, para conocer qué ocurrió en los campos construidos en los territorios de la Polonia ocupada durante la contienda bélica. Son seis los millones de judíos asesinados por Hitler y sus secuaces durante el Holocausto. No obstante, la máquina de la muerte nacionalsocialista no se detuvo aquí.

Más de medio millón de gitanos también fueron exterminados por el régimen nazi, víctimas de la persecución y del odio racial. Rukeli fue uno de ellos. María Sierra es catedrática de Historia Contemporánea en la Universidad de Sevilla, y una de las investigadoras que más tiempo ha dedicado a estudiar e informar sobre la barbarie del Tercer Reich sobre la comunidad romaní. Es autora del libro 'Holocausto gitano. El genocidio romaní bajo el nazismo', un trabajo de documentación excelso que da cuenta del horror vivido por el pueblo gitano, desde la discriminación inicial hasta la reclusión y muerte en los campos, y que se trata del volumen más completo sobre el Porraimos —en romaní, "devastación", con lo que se alude al genocidio sufrido por los nazis—. Sierra explica que solo a partir de los años 80 los escritores y asociaciones romaníes rompieron ese muro de silencio. "Tras el desconocimiento del genocidio romaní subyació la pervivencia del racismo antigitano en la sociedad europea; tanto en Alemania como en los países vencedores de la Segunda Guerra Mundial se desconsideró el dolor infligido a los etiquetados como 'gitanos' por el nazismo y sus colaboradores, no se reparó a las víctimas ni se cuidó la memoria de este holocausto", asegura la historiadora.

Sierra considera necesario y urgente conocer la historia del genocidio romaní perpetrado por Alemania, ya que, aunque en la actualidad haya un mayor conocimiento, asegura que existen en el viejo continente ciertas tendencias del nacionalismo xenófobo que vuelven a amenazar a los romaníes. Difundir la historia de Rukeli, conocer su figura y que sirva como ejemplo de dignidad para las generaciones presentes y futuras es todo un acierto: "Es una buena historia para empezar a contar el genocidio romaní. Porque lo importante es poner nombres y caras a las víctimas, una forma básica de reconocer su dignidad y reparar el maltrato que han sufrido. Contar historias personales ayuda a entender una historia colectiva tan importante como es el holocausto en todas sus dimensiones", apostilla. En la difusión mayor de historias como Rukeli, el teatro, la literatura o el cine funcionan como un oportuno altavoz; pero más aún el propio boxeo y sus valores.

placeholder Libro de Manuel Alcántara. (Núñez Vadillo)
Libro de Manuel Alcántara. (Núñez Vadillo)

Lo que el boxeo significa

"El ring es un espacio de vida. El boxeo es una metáfora de la esencia de vivir; das y recibes golpes. Es un deporte revestido de un halo de solemnidad y atractivo, y esconde un elemento mágico que convierte su contemplación en una experiencia sensitiva, creando imágenes que se graban indeleblemente en la memoria", explica Sergio Núñez Vadillo. Este talaverano tiene una vida literaria en torno a este deporte. Tras empezar como boxeador, pasó a convertirse en árbitro amateur y devorar todo lo que caía en sus manos sobre el arte púgil, hasta escribir la novela corta 'Contra las cuerdas' y 'Retrato de un daltónico', con este deporte como telón e hilo de los relatos. Más aún, en la Valladolid en la que reside es también conocido por su ingente colección de libros pugilísticos, formada por más de 200 obras entre las que aparece, claro, la leyenda de Rukeli, a la que describe como "una historia sin igual". En sus estanterías se cuelan las más grandes plumas que han puesto el ojo en la lona, como José Luis Garci, Manuel Alcántara, Eduardo Arroyo, David Gistau o Gay Talese, entre tantos otros.

Para Núñez Vadillo el mejor golpe es aquel que no se da. Así, el mejor de Rukeli al nazismo es aquel que, en una bochornosa jornada de junio de 1933, el boxeador romaní no dio a su contrincante en la reválida tras haberle sido arrebatado el cinturón de campeón. Se subió al ring enharinado y teñido de rubio y, sin necesidad de golpear a su rival, noqueó y humilló a un régimen lleno de odio y racismo. "Esta premisa une a la vida con el boxeo, en una metáfora recíproca que enuncia lo que una y otro significan: la violencia, inherente al ser humano, es un medio de expresión de la vida, pero no del ring. Esto no ha cambiado desde Rukeli, que refleja un retrato esencialmente puro y genuino del momento, donde aparecen el coraje y la estoicidad, en su grado más crudo y amargo, para sobreponerse a los obstáculos del poder", añade el árbitro y coleccionista. Es un pensamiento que comparte el dramaturgo Contreras Elvira: "El boxeo me atrae en cuanto nos obliga a la idea del sacrificio y la superación, dos valores importantes, pues parece que la gente muchas veces quiere conseguir cosas sin moverse del sofá. La idea de que boxeas para salir de la pobreza, también como ascensor social, es muy interesante, porque normalmente compite gente humilde, como Rukeli, que era hijo de músicos itinerantes".

El boxeo sería mucho más que un deporte, se convertiría, como añade Núñez Vadillo, en un choque de sensibilidades, creencias, estrategias, fuerza, resistencia y hasta sensualidad. Su colección está plagada de otras historias que muestran narraciones de superación de boxeadores que no se rindieron a su tiempo o las circunstancias difíciles que les tocó vivir. 'El libro de Fo' es una de las joyas, pero no se pueden olvidar obras como 'El boxeador'. La verdadera historia de Hertzko Haft, un cómic escrito por Reinhard Kleist también con los campos nazis como telón de fondo, sobre un boxeador judío polaco que logró exiliarse a Estados Unidos; Los años mudos, de Pere Ferreres, sobre las gestas del púgil sordo José Hernández; o Panamá Al Brown. Una vida de boxeador, de Eduardo Arroyo, centrado en el boxeador panameño considerado como uno de los grandes pesos gallos de la historia, nacido en la pobreza y la miseria. Y, como estas, tantas historias de superación, protagonizadas por personajes tristemente en los márgenes, como la del prometedor Johann Trollmann: "Una guerra simbólica entre dos mundos, los opresores y los oprimidos. Quizás la de Rukeli sea de las historias más emocionantes de la colección", concluye Núñez Vadillo.

placeholder Traducción en italiano del libro sobre Rukeli. (Carlo Contreras Elvira)
Traducción en italiano del libro sobre Rukeli. (Carlo Contreras Elvira)

La vida y tragedia de Rukeli

Con su obra 'Rukeli', Elvira Contreras cosechó el prestigioso Premio de Teatro Calderón de la Barca. Se trata de un documental escénico, una "biografía imaginaria", como la define su autor, en que lleva a escena la vida y tragedia del carismático campeón de los semipesados en 1933, sin renunciar a mostrar la realidad en la que le tocó sobrevivir hasta su asesinato: "Tenía todo lo que necesita una historia de teatro, un personaje muy atractivo, un contexto histórico contra el que luchar y, todo ello, muy rico en referencias artísticas, musicales o políticas”, expresa. No obstante, y pese al carácter documental que busca la obra, Contreras Elvira no renuncia a la necesaria dosis de ficción que permite que el texto avance sin que se pierda verosimilitud. "Hay una serie de puntos históricos que conocemos y son comprobados, pero entre historia e historia hay que ir tramando unos diálogos, imaginados, que componen la ficción. Por ello, se podría definir como un falso documental, pero lleno de referencias históricas reales", añade.

La galardonada obra ha cosechado un notable éxito, siendo traducida a idiomas como el italiano y despertando la atención de la crítica, la academia y el público. Quizás esto se deba, como dice el autor, a que el teatro es una forma de concienciar a la sociedad, un buen foco para dar a conocer historias como la de Rukeli. Una misma idea defiende el actor y escritor Jesús Torres, autor de la obra de teatro 'Puños de harina', que le valió el galardón teatral Autor Exprés 2019. La obra cuenta la historia de Rukeli y la de Saúl, este segundo, un joven que en los años 80 intenta descubrir quién es. Los dos son gitanos y los dos son hombres cuya masculinidad y cuya identidad son cuestionadas y puestas en tela de juicio, según el autor, por no encajar con el arquetipo de "hombre" que en su época se daba.

Torres llegó a la historia de Rukeli tras la lectura de un artículo de prensa a inicios de siglo, cuando la Federación Alemana de Boxeo restituyó la injusticia de 70 años atrás y entregó el cinturón de campeón a los herederos del boxeador romaní. Más de tres lustros después rescata la idea para las tablas: "En 2019, a raíz de los movimientos feministas que se fueron dando en todo el país y en todos los sectores de la cultura y de la sociedad en general, andaba reflexionando sobre la masculinidad, sobre el concepto de 'ser hombre'. Recordé las razones que el jurado dio para quitarle el cinturón, y entonces pensé: 'Si Rukeli, que era boxeador, uno de los estereotipos más masculinos que existe, no fue un hombre por llorar como una mujer, ¿qué significa ser un hombre?'. De ahí nació el germen del proyecto y de mis reflexiones", afirma.

placeholder Homenaje en España contra las víctimas del nazismo. (EFE/Rodrigo Jiménez)
Homenaje en España contra las víctimas del nazismo. (EFE/Rodrigo Jiménez)

Al igual que el autor de Rukeli, Torres ve que el teatro es un reflejo de la sociedad, un espejo de cada época. Entiende que el escenario no es un sitio donde encontrar respuestas, sino un lugar en donde compartir preguntas. El boxeo no quedaría lejos de este arte clásico, pues se ha convertido en un espacio vital para el también actor. Para preparar su historia sobre Rukeli, Saúl empezó a boxear y, desde entonces, se ha hecho un fijo. Ha dejado atrás los viejos prejuicios que tenía sobre el pugilismo, lo que veía como un deporte violento y desagradable. "Nunca he encontrado más compañerismo y más protección por parte de los compañeros y las compañeras que en el mundo del boxeo. En este deporte he encontrado un cuidado por el otro que no he encontrado en el teatro. Mi entrenador lee más filosofía y pensamiento aplicado al boxeo que cualquier estudioso del teatro", añade.

Lo que parece claro es que, ocho décadas después de que la estrella del boxeador romaní se apagase apaleada por la barbarie nazi, su leyenda no deja de brillar, y su fulgor permanecerá siempre y cuando se cuente su historia, sea desde el teatro, los libros de historia o la mera narración oral de su vida. En 1916, con apenas ocho años de edad, Rukeli se subió por primera vez al ring, iniciándose una carrera que quedaría interrumpida pronto, pero que sería fulgurante hasta que Hitler llegó al poder en 1933. 100 años después, en un ring de Río de Janeiro, el veinteañero Samuel Carmona rindió un merecido tributo y recuerdo a uno de sus referentes al traerse un diploma olímpico para el país que representaba. Una gesta importantísima y una memoria a reivindicar.

Corría el 10 de agosto del año 2016. El deporte es tan caprichoso que una sola jornada puede marcar, para bien o para mal, toda una carrera. Años y años de entrenamiento y esfuerzo para alcanzar una gloria que, en cuestión de instantes, puede esfumarse sin apenas tocarla. En Río de Janeiro, un joven canario de apenas 20 años conquistó la ciudad del Pan de Azúcar al subirse al cuadrilátero en los Juegos Olímpicos y traerse para España un diploma olímpico muy trabajado, que a punto estuvo de transformarse en medalla. En ese tórrido día de canícula en su país natal, sus amigos y familiares no se despegaron de la televisión. Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, el boxeador Samuel Carmona se enfundó los guantes y pensó en sus seres queridos y en sus fuentes de inspiración. En ese momento, recordó a otro boxeador romaní: Johann Trollmann, nacido en Alemania en 1907, más conocido como Rukeli. A diferencia del púgil español, este último nunca compitió en los JJOO, pese a ganarse su derecho a acudir a los que se celebraron en Ámsterdam, en 1928, en el ring. No obstante, esta no fue la mayor tragedia que sufrió, ya que Rukeli fue asesinado por el nazismo en un anexo del campo de concentración de Neuengamme.

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