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El campeón de España de Muay Thai que cruzó el océano con 14 años en una patera
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Fumasa: el guerrero empadronado en Ponferrada

El campeón de España de Muay Thai que cruzó el océano con 14 años en una patera

En África no había futuro para Ousmani. Un caballo y un par de cabras fueron su billete para cruzar el océano. Con el estómago vacío y una camiseta del Atleti, emprendió un viaje que cambió su vida, pero que podía haber acabado con ella

Foto: Ousmani Tradore, el campeón de España de Muay Thai. (Alejandro Martínez Vélez)
Ousmani Tradore, el campeón de España de Muay Thai. (Alejandro Martínez Vélez)

El segundo asalto ha empezado. Así lo anuncia la campana que acaba de sonar mientras su eco apaga el fervor y el griterío de las gradas. El silencio avasalla a todas las voces, salvo a la de uno de los peleadores, que se recuerda a sí mismo de dónde viene: "Hace 10 años llegué en una patera con el estómago vacío y sin saber decir ni 'hola". El tacto de los pies descalzos sobre la fría lona le trae de vuelta al presente y le recuerda que tiene delante la que parece ser la pelea de su vida. Su oponente, un chico gambiano de Barcelona, no se lo ha puesto fácil en el primer asalto. “¡Chútale!”, le grita desde la esquina su preparador, el Ucraniano. Con él había entrenado tanto la fórmula para llegar al KO que la noche anterior lo había soñado. La tensión y los golpes empujan el contador al minuto y 50. Es ahí cuando una guardia baja da paso a un poderoso ‘high kick’ que impacta en el mentón del rival y le deja seco en el suelo. El crujido sordo del peso muerto en la lona resucita de nuevo el ruido en las gradas, solo que esta vez, entre ovaciones y aplausos, se ensalza a Ousmani Traore, el nuevo campeón de España de Muay Thai.

La pelea es en la plaza de toros de Mérida, hasta ese momento nunca había visto una con sus propios ojos. En el instante en el que el árbitro comienza la cuenta atrás, ya no le duele el cuerpo. Todavía incrédulo, observa a su oponente tendido en el suelo y reflexiona que la última semana había ido andando a casi todos los sitios al no tener para gasolina. "Si no hay pasta, hay piernas", se decía a sí mismo. También recuerda el océano, la arena del desierto, a sus hermanos y a la gente de su tribu saliendo a recibirle. "Era frenético, tanto que estuve a punto de perder el equilibrio".

La nostalgia le arrancó de cuajo de esa plaza de toros extremeña y lo clavó 10 años atrás, en pleno 5 de agosto de 2008, en el puerto mauritano de Nouadibou. "Era verano, pero no he pasado más frío en toda mi vida", recuerda Ousmani. Llevaba 24 horas incomunicado en un cuchitril con un grupo de adultos senegaleses. En plena madrugada, el silencio era la clave; "si te pillaba la policía te detenía y vuelta a empezar". Les habían prohibido llevar relojes para no delatar su posición en la oscuridad de la noche. Rememora que en su equipaje no metió más que "un puñado de sueños" y la camiseta de Fernando Torres, cuya fama llegó hasta un pueblo del desierto "al que nunca llega casi nada".

placeholder Ousmani entrenando con su preparador y amigo Richard Feliz (Anibal) en las instalaciones de la Escuela de Boxeo Arganda. (A. M. Vélez)
Ousmani entrenando con su preparador y amigo Richard Feliz (Anibal) en las instalaciones de la Escuela de Boxeo Arganda. (A. M. Vélez)

Llegar hasta ahí le había costado unos 600 euros al cambio. Era una verdadera fortuna que en Mauritania la gente no alcanza, "de media un adulto gana un euro al día". Su familia le ayudó vendiendo un par de cabras y un caballo. Aunque solo cubrió la mitad de la tarifa, la otra parte tendría que devolverla cuando hiciese dinero en España.

"Puede resultar chocante que sean los hermanos mayores los que empujen al más pequeño a una muerte más que casi segura"

Al salir de su escondite, no esperaron ni un cuarto de hora en la calle. Las mafias los condujeron directamente a los botes. Al subirse, se sentó y metió los pies entre los brazos para ocupar el menor espacio posible y no llamar demasiado la atención. Era la primera vez en su vida que veía el mar, pero la situación era tan tensa que no le prestó demasiada atención a ese detalle. Él era el cuarto de ocho hermanos de una familia normal de comerciantes. Se estaba subiendo en esta patera por seguir el ejemplo de sus tres hermanos mayores, que fueron los que le animaron. "Puede resultar chocante que los hermanos mayores empujen al pequeño a una muerte casi segura".

placeholder Ousmani recuerda desde la distancia su infancia en la aldea de Féréni, en Mauritania. (A. M. V.)
Ousmani recuerda desde la distancia su infancia en la aldea de Féréni, en Mauritania. (A. M. V.)

Eran las cuatro de la mañana, el mar estaba intranquilo y las olas sacudían a aquel barco a su antojo. Acostumbrado a las noches en la estepa, el frío que experimentó le resultó desconocido hasta ese momento. Aunque lo que verdaderamente le dejó helado fue saber tiempo después lo que significaba haber atravesado la costa de Nouadhibou, mayormente conocida como el cementerio de barcos más grande del mundo.

Una vez en mar abierto, con la luz de una pequeña linterna que tenía el conductor, pudo contar que en el bote había 62 personas. De entre todas ellas, solo conocía a uno de los capitanes y a otro adulto, de un pueblo cercano al suyo, que al ver al joven le ofreció una botella de agua y un paquete de galletas. "Me preguntó que si estaba nervioso. Le dije que sí".

Varado, en medio del océano, por la ley de Murphy

En la primera noche no pegó ojo. Cansado y dando cabezadas, los capitanes se apiadaron de los tres niños que viajaban a bordo y les dejaron ocupar una especie de camarote en el que estaban a salvo de todo lo que sucedía en la cubierta. "Era un espacio muy confortable. Allí dormí hasta la tarde y soñé que volvía a jugar al fútbol con los niños del pueblo, que volvía a la escuela, incluso que le sisaba unas monedas a mi padre aprovechando que había salido un momento de la tienda…", recuerda Ousmani. Admite que fue un plácido sueño, pero que, cuando despertó en aquella barca en mitad de ninguna parte, no pudo evitar llorar. "Lo hice contra la almohada para que nadie me viera".

El petardeo del motor interrumpió sus sordos sollozos y vaticinó que algo no andaba bien. "No fueron más de cinco minutos y dejó de funcionar. La gente se puso nerviosa. El mar volvía a estar muy agitado y el agua entraba con facilidad dentro del bote".

Cada uno en su lengua gritaba por pura desesperación. Ese amasijo de maderas se convirtió en una caótica torre de Babel

Menciona que la mezcla del agua salada con el combustible que perdía el motor estropeado producía quemaduras que, por los gritos de la gente, parecían ser bastante dolorosas. Allí, en medio del océano Atlántico, la situación era peliaguda, pero todavía quedaba la esperanza del segundo motor.

placeholder Ousmani entrenando en las instalaciones de la Escuela de Boxeo Arganda. (A. M. V.)
Ousmani entrenando en las instalaciones de la Escuela de Boxeo Arganda. (A. M. V.)

Recuerda con ironía que años después, en España, aprendió que existe una ley, llamada la ley de Murphy, que dice que si algo puede salir mal, saldrá mal. Afirma que no pasó ni una hora, cuando el segundo motor comenzó a fallar, hasta terminar parándose. La cosa pintaba fea. El pánico se apoderó de los más de 60 pasajeros. Cada uno en su lengua gritaba por pura desesperación. Ese amasijo de maderas se convirtió en una caótica torre de Babel. "Algunos se limitaban a rezar y otros, más radicales, amenazaban con tirarse por la borda".

Reflexiona que en ese momento él era un chaval con 14 años y que nunca se había parado a pensar en la muerte. Pero de lo que sí estaba seguro era "de que todos íbamos a morir esa noche". El caos y el miedo se estaban empezando a apoderar de los capitanes, hasta que a lo lejos vieron como se acercaba un enorme navío mercante. La esperanza volvió a ese casi medio centenar de pasajeros. Algunos empezaron a rezar para que el enorme barco los divisara, otros lanzaban señales luminosas, mientras unos pocos estaban achicando agua, ya que no paraba de colarse entre las maderas de esa cáscara flotante.

"La ley dice que el que cae por la borda allí se queda, y el que toca las pelotas, también"

La única salvación era ese buque, pero no solo pasó de largo, sino que la estela que dejó en el agua casi vuelca la patera. A todas luces, era el fin. "¿Qué somos para ellos?", se preguntó el niño perplejo.

Al borde del motín, entre quemaduras, gritos y rezos, los capitanes desesperados se encomendaron en poner en marcha los motores. Tras varios minutos insistiendo, uno de ellos comenzó a dar señales de vida. Al rato, el segundo también empezó a funcionar. El repiqueteo metálico de esa ruidosa maquinaria fue lo más parecido al primer lloro de un bebé recién nacido. Porque aquel día esas 62 personas, literalmente, volvieron a nacer.

placeholder Ousmani muestra su más de media decena de medallas. (A. M. V.)
Ousmani muestra su más de media decena de medallas. (A. M. V.)

La revuelta quedó aplacada y, en plena oscuridad, Ousmani empezó a ver lo que parecían rostros de felicidad. Por suerte, recuerda que, aunque amenazaron con ello, nadie se tiró por la borda. "La ley dice que el que cae por la borda allí se queda, y el que toca demasiado las pelotas, también".

Tras el episodio de los motores, todavía quedaban tres días de travesía. Allí intentó aguantar como pudo. Comía lo poco que le daban e intentaba descansar cuando la marea lo permitía. Y, sobre todo, evitaba que el agua le salpicase. Solo llevaba de abrigo una camiseta de imitación del Atleti. Tiempo atrás se la había regalado su hermano Souleiman cuando volvió de visita a Féréni, su aldea.

Desde la Eurocopa de 2008, el Niño era su ídolo. Recuerda que la única tele más cercana estaba a cinco kilómetros de su casa, distancia que recorría emocionado siempre que se daba la ocasión. Esa camiseta era uno de sus bienes más preciados, pero fue lo primero que perdió nada más llegar a España. Aunque se resistió, se la arrebató un hombre que tenía las manos enfundadas en guantes azules y llevaba un chaleco rojo. Entre abrazos y empujones por el nerviosismo, le subió al barco de rescate de la Cruz Roja y le dio una manta y comida. Ousmani y las más de 60 personas que viajaron con él llegaron con vida a las islas Canarias, pero ese mismo año, en esa misma ruta, hubo casi 600 migrantes que no lo consiguieron.

placeholder Ousmani entrenando con su preparador y amigo Richard Feliz (Anibal) en las instalaciones de la Escuela de Boxeo Arganda. (A. M. V.)
Ousmani entrenando con su preparador y amigo Richard Feliz (Anibal) en las instalaciones de la Escuela de Boxeo Arganda. (A. M. V.)

El 9 de agosto llegó al puerto de los Cristianos en Tenerife. Vivió plácidamente varios meses en un Centro de Estancia Temporal, donde pudo hacer buenas migas con otros menores migrantes que hablaban su mismo idioma, el soninké. Para cuando quiso darse cuenta, ya estaba subido en un avión rumbo al aeropuerto de A Coruña. La cantidad abrumadora de árboles, los prados verdes, ríos y nubes que formaban el paisaje castellanoleonés quedaron impresos en su retina. Llegó perplejo a su destino, un centro de acogida en la localidad de El Bierzo, Ponferrada.

Fumasa: el guerrero empadronado en Ponferrada

Allí le esperaba una habitación para él solo. "Para un hombrecito de 16 años sin demasiadas posesiones, la más preciada era el espacio. Mirar alrededor y pensar que todo lo que me rodeaba era mío suponía una sensación de grandeza difícilmente explicable", admite. Comenzó a formarse para el instituto, perfeccionó el español y descubrió algo que le cambiaría la vida.

Un día normal, tras hacer la tarea, salió a dar una vuelta y vio a un grupo de 10 o 12 chicos vestidos de blanco. "Me quedé parado, embobado, tal vez con la boca abierta, y solo acerté a pronunciar aquella palabra mágica, capoeira…". Cayú, el jefe de ese grupo de chicos, le permitió entrenar con ellos durante casi un año, sin cobrarle un euro. "De propina me buscó un nombre de guerra, Fumasa, en honor a un dibujo animado brasileño del que no tenía constancia y que por lo visto era un tipo alto y flaco como yo".

Gracias a ese deporte, llegó al gimnasio de Diego Vázquez, donde descubrió los deportes de contacto y fue quien le subió al 'ring'. "Sí, he de reconocer que Diego es un genio. Tal vez viera en mí el potencial de un campeón, que tampoco lo voy a negar, pero nunca me lo dijo". Es más, reflexiona que la primera lección que le dio no consistió en una sesión física, o de técnica…

"Lejos de sentir lástima por aquel pobre negro que había llegado en patera, lo primero que me enseñó fue a valorar lo que estaba haciendo"

"Lo primero que me enseñó fue a valorar lo que estaba haciendo y, lejos de sentir lástima por aquel pobre negro que había llegado en patera, me dijo que me iba a cobrar una tarifa, reducida, sí; pero que iba a ser uno más del grupo. Sin prebendas, sin favoritismos, sin demasiada compasión. Si quería ser boxeador, tendría que hacerlo como todos".

A partir de ahí, todo fue rodado. Compaginaba el estudio y el entrenamiento mientras trabajaba en el gimnasio. Su inquietud le llevó a montar una ONG, Bierzomandana, con la que consiguió llevar a su aldea un 'container' cargado hasta arriba de ropa y jueguetes. Su próximo objetivo es montar una escuela allí, porque la que hay es tan pequeña y precaria que cree "que los maestros agradecen el absentismo escolar porque, si fueran todos los que, por edad, debieran ir, de ninguna manera cabrían en los pupitres".

Piensa que realmente la clave está en reunir "pasta" para comprar el material. La mano de obra seguro que corre por cuenta de la gente de Féréni. "Así se ha hecho siempre". Su tercer objetivo, que define como más egoísta, es hacerles una nueva casa a sus padres y hermanos. Entre tanto, en pleno confinamiento, también le dio tiempo para escribir un libro, junto con el periodista Toño Jiménez. En él cuenta con más detalle su odisea. Y, actualmente, están buscando una editorial que se lo publique.

A día de hoy, el campeón ha decidido mudarse a Madrid, donde compagina su trabajo en una fábrica con dar clases de Kickboxing y Muay Thai en el club Anibal Kickboxing, ubicado en la Escuela de Boxeo Arganda del Rey. Allí imparte clases, junto a otro excampeón de España, Richard Feliz (Anibal), con el que, además, tiene una especial amistad, puesto que, desde que se conocieron en León, a través de la capoeira, nunca han perdido el contacto. Para él es un hermano.

La entrevista empezó al atardecer en un bar cercano a su casa y terminó por la noche en la puerta de su gimnasio. En todo momento, no ha perdido la sonrisa. Eso sí, confiesa que, aunque le encanta ir a la playa, al ver el mar le vienen imágenes de cuando estaba en la patera, pero al mismo tiempo le relaja porque siente que ya pasó la tormenta y ahora viene la calma. Es optimista y seguro de sí mismo, su próxima parada son los Juegos Olímpicos. Y allí esperamos verle.

El segundo asalto ha empezado. Así lo anuncia la campana que acaba de sonar mientras su eco apaga el fervor y el griterío de las gradas. El silencio avasalla a todas las voces, salvo a la de uno de los peleadores, que se recuerda a sí mismo de dónde viene: "Hace 10 años llegué en una patera con el estómago vacío y sin saber decir ni 'hola". El tacto de los pies descalzos sobre la fría lona le trae de vuelta al presente y le recuerda que tiene delante la que parece ser la pelea de su vida. Su oponente, un chico gambiano de Barcelona, no se lo ha puesto fácil en el primer asalto. “¡Chútale!”, le grita desde la esquina su preparador, el Ucraniano. Con él había entrenado tanto la fórmula para llegar al KO que la noche anterior lo había soñado. La tensión y los golpes empujan el contador al minuto y 50. Es ahí cuando una guardia baja da paso a un poderoso ‘high kick’ que impacta en el mentón del rival y le deja seco en el suelo. El crujido sordo del peso muerto en la lona resucita de nuevo el ruido en las gradas, solo que esta vez, entre ovaciones y aplausos, se ensalza a Ousmani Traore, el nuevo campeón de España de Muay Thai.

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