Por qué Becky Hammon será la primera mujer en derribar la última barrera
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Una mente privilegiada

Por qué Becky Hammon será la primera mujer en derribar la última barrera

Una de las trayectorias más inauditas y admirables en el deporte norteamericano ocupa un merecido asiento en un banquillo de la NBA a la espera de acceder al trono

placeholder Foto: Becky Hammon, en una imagen de archivo. (Reuters)
Becky Hammon, en una imagen de archivo. (Reuters)

El pasado 30 de diciembre, al filo del descanso en el duelo entre Spurs y Lakers, el veterano técnico Gregg Popovich montó en cólera por una falta no señalada a su jugador DeMar DeRozan y acabó expulsado. Camino del vestuario, entre aplausos de unos pocos familiares con acceso al pabellón, apuntó con el dedo a su asistenta Becky Hammon. “Son tuyos”, espetó a secas.

Hammon se haría cargo del equipo el resto del partido, al término del cual la prensa en todo el mundo se haría eco del hito bajo un titular dominante: por primera vez una mujer ejercía como entrenadora principal de un equipo en la NBA. Ninguno de los entrevistados aquella noche escapó a la metralla de preguntas por ello, y mientras los rivales se deshacían en elogios, como cabía esperar, había algo en los Spurs que naturalizaba con sinceridad lo ocurrido. “Ni lo pensábamos —aclaraba DeRozan—, ella es una más de nosotros y cada vez que habla somos todo oídos”. Su compañero Rudy Gay añadía: “Es nuestra entrenadora, cuando la vemos trabajar no vemos otra cosa”. Y cuando el turno fue para Hammon, algo abrumada por una insistencia que le era ajena, ella replicó con modestia: “Ahora mismo no sé lo que pasa ahí fuera”. Era obvio que deseaba una rueda de prensa convencional, un mismo trato y contenido, con la oportunidad de señalar los errores por la derrota como cualquier técnico jefe. Pero esa noche era imposible trasladar a los medios que ninguno de sus jugadores estaba inhabituado a su voz, a sus consignas y mando, y que allí dentro, tal vez solo allí, el género era accesorio.

placeholder Gregg Popovich, junto a Becky Hammon, durante un partido. (EfFE)
Gregg Popovich, junto a Becky Hammon, durante un partido. (EfFE)

En el fondo, todos resultaban veraces. La prensa interpretaba lo insólito y Hammon actuaba como lo que era, parte intrínseca de los Spurs los últimos seis años, un miembro más del cuerpo técnico, con el trato y cometido que su cargo requería. No obstante, el origen de esa relación sí merece una reseña por la coherencia y belleza de un episodio cuyos primeros pasos vislumbraban algo grande, algo de veras importante, y que nadie relató mejor que Louisa Thomas.

Mediado agosto de 2012, el destino hizo coincidir en el aeropuerto de Atlanta a Becky Hammon, de vuelta de los Juegos de Londres como jugadora de la selección de Rusia, y a Gregg Popovich, el eterno técnico de los Spurs. Ambos aguardaban un vuelo a San Antonio. Mientras ella creía suficiente el saludo cordial, no así el técnico, que vio en aquel encuentro casual una gran oportunidad. Popovich admiraba profundamente a Hammon. Llevaba siguiéndola de cerca desde 2007, cuando comenzó a jugar con las Silver Stars de San Antonio un año antes de conducirlas a las finales de la WNBA, y desde entonces contactaba regularmente con su técnico, Dan Hughes, cruzando información sobre ella.

Hammon era una estrella del baloncesto femenino, una jugadora que invadía enérgica y creativamente el juego. Tenía ese 'feeling' natural para el baloncesto que hacía las delicias del público, pero bajo ese gen para el espectáculo subyacía una cerebral directora de juego que lo desgranaba con maestría sobre la marcha. Sin duda, esto era lo que más seducía a Popovich, “su aura y liderazgo, y el efecto que causaba en sus compañeras, el juicio y la inteligencia que mostraba en pista a través de decisiones que importaban”. Lejos de una cortesía para endulzar sus oídos, el técnico le hizo saber cuánto la estimaba, invitándola a compartir el viaje en asientos contiguos y así conversar.

Foto: Ilustración genérica de lanzamientos triples.

Eso harían durante más de dos horas, en las que Hammon se vio sorprendida por que el baloncesto no ocupara un minuto de conversación. Popovich no quería examinarla. De sobra conocía su aptitud para el juego. Tan solo conocerla mejor, descubrir su persona, su forma de ver las cosas, sus intuiciones sobre la vida y hasta adivinar si también el humor prendía en ella. Básicamente, lo que llevaba haciendo durante años con todo el personal del que se rodeaba. Así hasta que, próximo el aterrizaje, el viejo inclinó la charla a los aspectos propios de entrenar, a la dirección de grupos humanos, como tratando de confirmar si podría interesar a la chica una posibilidad en aquel momento presentida. “Oye, y si alguna vez te contratara y te preguntara algo, ¿me dirías la verdad?”. Extrañada, Hammon replicó dando una primera prueba de lo que su interlocutor pretendía. “¿Y para qué preguntar si no quieres que diga la verdad?”. La respuesta de Popovich incluso podía explicar su carrera: “Bien, no quiero palmeros a mi alrededor”.

No era fácil impresionar a aquel hombre. Pero de algún modo aquellas dos horas junto a ella lo habían conseguido. Al fin y al cabo, no era más que confirmar todas sus impresiones y hacerlo de primera mano.

Hammon era, como él, una persona de fuertes convicciones. Principios que hundían sus raíces en el seno de una familia profundamente cristiana de Dakota del Sur. De niña, Becky acudía a misa nunca menos de tres veces por semana junto a su madre, que años después habría celebrado que su hija se hiciera monja. En aquel estrecho marco de vida, tan similar al que viviera el joven Phil Jackson en la profunda Montana, despuntaba entre las diversiones de la niña el baloncesto, que disfrutaba jugando con su hermano mayor y su padre en una de esas alas traseras tan típicas del interior rural.

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Becky no era alta y tampoco fuerte, una jovencita normal salvo cuando jugaba, sola durante años frente a chicos hasta entrar al instituto. Allí se convirtió en una estrella local. Y, convencida, anunció un día en casa que soñaba con dedicarse profesionalmente a ello. Su padre, para no dañarla por lo que veía imposible, animaría a su hija a obtener una beca en la universidad, lo que Becky terminaría consiguiendo en Colorado State. Toda su trayectoria juvenil estuvo marcada por mostrar, como reconocía su técnico Greg Williams, una firme convicción en su poder “sin ninguna arrogancia”. Inferior físicamente a sus rivales, se dijo a sí misma que si no podía batirlas con el cuerpo, “lo haría con la cabeza”. Cumplida su formación, dejaría el centro como líder histórica en puntos y asistencias.

Soñaba entonces ser elegida en el 'draft' de la WNBA, pero su pequeño tamaño le pasó factura y nadie quiso saber de ella. Y eso que su entrenador en Fort Collins, Tom Collen, como intuyendo lo que pasaría, había realizado múltiples llamadas a técnicos y gerentes informándoles de su valor real. Su gesto produjo al menos efecto en las Liberty neoyorquinas, que aceptaron probar a la chica. Durante el ‘training camp’, la capitana del equipo, Vickie Johnson, la recibió con esa hostilidad de marcar territorio, atormentándola incluso a codazos, pero no había manera de que Becky desfalleciera sin un mal gesto. Esa nobleza impresionó de veras al grupo, y al término del campus varias jugadoras acudieron al despacho de la gerente, Carol Blazejowski, con un mensaje unánime. “Ni idea de quién es esta chica —se adelantó Johnson—, pero si tuviera que ir a una guerra, iría con ella, es durísima”. Ganándose el puesto y el aprecio de todas, Becky obtuvo así su primer contrato, un pequeño monto de 25.000 dólares.

Desde el principio, había algo en aquella joven que incluso conmovía a sus compañeras. En los partidos fuera de casa, Becky tenía por costumbre reunirlas en su habitación y cenar juntas frente a la pantalla, como una ‘training room’, para preparar mejor los partidos y de paso hacerse amigas. Unas contaban sus cosas de ciudad y Becky las suyas, tradiciones de la vida interior, cosas como que un abuelo regalara un rifle a una niña, y, obligada por las circunstancias, disparase una vez a un ciervo. Y que tras verlo abatido en el suelo rompiera a llorar jurándose no volver a hacerlo. Sus compañeras la escuchaban con el pasmo de hacerlo a una virgen. Aquella sencillez de ánimo, su fe contagiosa y el cuidado por los detalles marcarían a todas de por vida.

Foto: Liz Mills, junto a parte de la plantilla de Kenia. (@Kenyamorons)

Para 2003, Hammon se hizo con la titularidad, que ya no abandonaría jamás. Cuando en 2007 pasó a las Silver Stars de San Antonio, su técnico Hughes la estimaría como su prolongación en pista, el auténtico cerebro del equipo. La convicción de Hammon por ocupar plenamente su vida con el baloncesto incluso le haría llevar mal los largos intermedios de la WNBA entre cada temporada. Ella estaba dispuesta a seguir jugando, y hacerlo donde fuera. El CSKA de Moscú le hizo entonces la oferta de su vida: cuatro años por dos millones de dólares. No solo era irrechazable. Era que Hammon soñaba con jugar unos Juegos Olímpicos, y antes de la cita de Pekín supo que las estadounidenses no contaban con ella. Lejos de desistir, Becky encontraría entonces otra forma, reforzando su relación con aquel país extranjero hasta nacionalizarse rusa, motivo por el que su imagen angelical iba a hacerse añicos. Hammon fue duramente criticada, calificada de traidora y excluida en adelante de cualquier relación federativa con su país. “Para mí, no eres una patriota”, acusó públicamente la seleccionadora Anne Donovan, a lo que Hammon tan solo objetó que ella veía “el patriotismo de distinta forma”.

Tras imponerse Estados Unidos a Rusia en las semifinales de Pekín, la imponente Lisa Leslie rechazó su mano. Durante la posterior entrega de medallas, sonando el himno americano, Hammon llevó su mano al pecho en el cajón del bronce en señal de respeto, mostrando que su decisión no pretendía traicionar a nadie. Ni siquiera eso evitaba que su madre la llamara llorando por lo que escuchaba de su hija en su pequeña comunidad de la América profunda. Becky pasaría unos siete meses fuera de su país durante seis años, poniendo el mismo empeño fraternal en Rusia como a su paso por Italia y España.

En el fondo, todo aquello, exclusión y vida en el extranjero, preparó a Hammon a niveles muy superiores al resto. Y a Popovich no le escaparía nada de lo ocurrido. Su pasado formativo como especialista en la Unión Soviética incluso le aproximaba menos a ella que a una visión compartida del patriotismo (y el mundo), mucho menos visceral que integradora.

Foto: Irving, durante un partido de los Warriors la pasada temporada. (Reuters)

Al año siguiente de aquel vuelo junto al técnico, una lesión en el ligamento cruzado dejaría fuera de juego a Hammon toda la temporada. Durante la larga convalecencia, con mucho tiempo para pensar, decidió atreverse y dar el paso. Contactó con Popovich, rogándole asistir, así como sin molestar, a algunos entrenamientos de los Spurs con el único fin, decía, de aprender de ellos. El viejo, que no se lo había permitido a nadie, aceptó. Pero no para que Becky se sentara únicamente a mirar, sino con la intención de integrarla en las actividades del cuerpo técnico, adentrándola en las reuniones de estrategia y salas de vídeo como un miembro más. Con el paso del tiempo, el técnico, tal como había sugerido, quiso estimularla con sus preguntas trampa, a las que ella reaccionaba sincera, planteando los matices y objeciones que el viejo pretendía. Terminando la temporada, ambos estaban convencidos de querer lo mismo.

Ese verano, Hammon anunció su retirada. Lo hizo como una de las 15 mejores jugadoras que hubiese visto la WNBA. Durante una cena con el base francés Tony Parker, a quien comentó sus intenciones de entrenar donde pudiera, el jugador le confesó que Pop había dejado caer al grupo su intención de contratarla. “A Popovich le gusta probar cosas”, le dijo. Era el verano de 2014, tras el que los Spurs se habían adjudicado su quinto título desplegando uno de los baloncestos más brillantes de la historia. Llegado el mes de agosto, Popovich nombró a Hammon asistenta en su ‘staff’ técnico. Lo hizo con la aparente normalidad de otro cargo, como uno más de la docena que acumulaba en 17 años. Hammon se convertía así en la primera mujer en trabajar a tiempo completo en un cuerpo técnico en la historia de las Majors.

Tanto el técnico como el director deportivo, R.C. Buford, sabiendo la carga simbólica que aquello supondría, quisieron aclarar desde el principio que no había ninguna causa política o social en la contratación de Hammon. Que fuese mujer era secundario. No así para el orbe deportivo americano, cuya visión transitaría entonces entre una digna audacia y la corrección decorativa. Sobre esta última, también hubo prueba durante la rueda de prensa, cuando uno de los presentes leyó a Hammon una opinión anónima según la cual “lo único que los jugadores podrían aprender de ella es a hacer pastitas”. Hammon lo encajó con humor: “Me salen muy bien las de chocolate”.

Foto: Becky Hammon es entrenadora asistente en los San Antono Spurs desde 2014. (USA TODAY Sports)

Era otra evidencia de las convicciones de Popovich, que añadía al equipo un refrescante ‘alter ego’, otra luz que brillara en la innovadora y radiante cultura Spurs. El veterano Danny Green, como validando lo singular de aquellas pruebas de acceso, lo resumiría bien: “Para empezar, habitúate a cenar con él, a ser capaz de aguantar sus pullas y saber devolvérselas, y tener sentido del humor compartiendo una botella de vino. Solo quiere comprobar que te vales por ti, que además de entender el juego entiendes la vida bajo tu propio criterio y no temes exponerlo”. Popovich odiaba tener que justificar su acción por razones distintas a la única importante, pero obligado a hablar, lo dejaría claro a su manera desde el principio. “Sabe lo que sabe y también lo que no. Mete su hocico en la sesión de vídeo y objeta cualquier cosa que digamos. Creo que es una estrella”.

No obstante, por mucha razón profesional que hubiera y por mucho que deseara que el mundo no viera más, aquella valiente decisión cargaba también el peso infinito de una realidad nunca cuestionada y que se resume en que no hay lugar para mujeres en el deporte profesional masculino. Una segregación cuya necesidad se admite culturalmente. Esa admisión tiene sentido en su ejercicio práctico, pero en un plano organizativo y conductor, el mestizaje solo cupo en una dirección. Mientras es común ver a hombres entrenando a mujeres, no así al revés. La explicación es indisociable del universo cultural del deporte, que aprueba tácitamente que la presencia femenina en nichos de testosterona —y ninguno mayor que un vestuario— alienaría a unos y otras; al hombre, por déficit de credibilidad en la otra parte, y a la mujer, por incomprensión de ese otro mundo. Como una fatal disparidad que refleja bien aquella doble negativa de los Kings al acceso de Kara Lawson a sus entrenamientos porque su presencia, alegaban, “distraería a los jugadores”.

En el deporte profesional, gravitó siempre una abstracción por la que esa aspiración ni siquiera es necesaria. Pero incluso si fuera cierta, se ve incapaz de ocultar un dogma atávico según el cual “una mujer no puede entrenar a hombres”. Ese prejuicio barre por completo el debate sobre su capacitación. La idea de Popovich trascendía así una estrechez nunca considerada en su raíz. Si los profesionales que le rodeaban eran, sobre cualquier otra consideración, unidades de conocimiento, Hammon encajaba a la perfección. Asestaba así un golpe directo a una realidad según la cual una mujer, por su sola condición, no tiene nada importante que aportar a un equipo profesional masculino. Desde el primer día, el veterano entrenador insistiría hasta la saciedad en que su motivación no era histórica ni ideológica. “No la veo como la primera en nada. Solo como una entrenadora, y buenísima además”.

placeholder Becky Hammon, en su etapa como jugadora de la selección rusa. (Reuters)
Becky Hammon, en su etapa como jugadora de la selección rusa. (Reuters)

Durante todo este tiempo, Hammon, habituada a las preguntas embudo, tan solo ha deslizado que tan inevitable es sentir un orgullo por inspirar a otras mujeres más jóvenes de cara al futuro como la molestia por una causa de género, como si tuviera que cargar a cuestas con un factor que no atañe a la raíz de su cargo. Solo por eso descargó alguna vez su habitual pudor. “Si no quieres una mujer no contrates a una mujer, pero si lo que buscas es alguien cualificado para el trabajo, entonces sí es posible considerar esa opción”.

El contexto, como siempre, importa. Y no es casual que todo sucediera bajo el manto Spurs y su filosofía de creatividad y vanguardia. Desde la llegada de Popovich al cargo, la llamada ‘Spurs way’ aceleró como ninguna otra el proceso de internacionalización de jugadores en la NBA, proceso que hoy vive su esplendor. Popovich nunca se detuvo en los moldes prescritos, expulsó toda suerte de ego en la organización estableciendo un socialismo de pista y un carácter asambleario en la toma de decisiones cuyos últimos términos, eso sí, resolvía él. Su idea del trabajo en equipo pasaría por elevar a los miembros del grupo a la condición de personas mucho antes que deportistas. “Ayuda a recordarles que luego hay otra vida, y esto que ahora hacen tendrá poco que decir”.

Desde su contratación, el peso de Hammon en el seno del equipo no ha hecho sino aumentar. Su tarea implicaba inicialmente estudiar el plan de juego de los rivales, descifrar sus fortalezas y debilidades. Pero ella nunca se detuvo ahí. Apasionada y curiosa, entre sus virtudes diferenciales su entorno siempre destacó la agudeza ‘playmaker’ de sus años de jugadora, con una fe inquebrantable en la colectividad que no descarta a nadie. Para Hammon, todos cuentan, mientras sabe que las fórmulas aplicadas a unos no valen en otros. Y ellos valoran su inteligencia y unas formas suaves, distintas, femeninas, que contagian al equipo. Incorpora así elementos humanistas a todo cuanto rodea el juego y nadie le alza la voz, un efecto que el dogma nunca consideró. Irradia, sobre todas las cosas, una mentalidad cooperativa y dialogante, y quienes conviven con ella destacan una facultad natural para conectar jugadores.

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En 2015, los Spurs asignaron a Hammon la dirección técnica del equipo en la Summer League, que a la postre ganarían. En adelante, su nombre comenzó a entrar en no pocas agendas del baloncesto. Hammon declinó el cargo de entrenadora jefa en la Universidad de Florida así como la oportunidad de entrenar al equipo masculino de Colorado State, siendo también entrevistada en la NBA por Bucks y Pacers. Pero hasta la fecha ella, que no niega su deseo de entrenar, ha respondido con lealtad a la organización que le abrió la puerta. Su progreso como cargo técnico es enorme, y las palabras de algunos de sus jugadores resumen la situación con acierto. “En realidad ya ha demostrado —defendía el veterano Rudy Gay— que no hay género en esto de entrenar”. En ese sentido puramente práctico, profesional, el australiano Patrick Mills recordaba su papel ahí dentro, insistiendo en las innumerables veces que ella propone y diseña las jugadas, toma la voz en el corro, corrige errores y decide. “Lleva haciéndolo años —decía—, y haciéndolo de forma magnífica”.

Hoy sabemos que a lo largo de 2019 la NBA estableció varios contactos de manera discreta con la Asociación Nacional de Entrenadores (NBCA) con el fin de crear un marco más abierto a la integración de entrenadores, lo que incluía raza y género, bajo el título NBA Coaches Equality Initiative. Su responsable, Byron Spruell, presidente de operaciones de la liga, insistía en el punto vital de aquel operativo: “Si el objetivo es facilitar el acceso a las personas adecuadas, es hora de considerar también a las entrenadoras”. Ampliar, en definitiva, el abanico de candidatos para la práctica totalidad de puestos disponibles. Su jefe, Adam Silver, ya había iniciado el proceso tiempo atrás con la contratación de la teniente general retirada de la Fuerza Aérea Michelle D. Johnson como mando estratégico del cuerpo arbitral, cargo que la teniente mantuvo dos años antes de retirarse a su hogar en Colorado. El proceso, en cambio, prosigue adelante.

placeholder Becky Hammon, dirigiendo su primer partido como entrenadora en la NBA. (EFE)
Becky Hammon, dirigiendo su primer partido como entrenadora en la NBA. (EFE)

Hay actualmente ocho asistentas en la NBA. Jenny Boucek (Mavericks), Becky Hammon (Spurs), Lindsay Gottlieb (Cavaliers), Sonia Raman (Grizzlies), Teresa Weatherspoon (Pelicans), Lindsey Harding (Kings), Brittni Donaldson (Raptors) y Natalie Nakase (Clippers), repartidas en áreas tan diversas y críticas como prospección de talento, analítica, técnicas de vídeo, estrategias de desarrollo y supervisión de jugadores. Esa presencia femenina continúa creciendo. En el seno operativo de la NBA, pesa la certeza de que coinciden en el tiempo dos generaciones ideales para seguir adelante. Una, de mujeres extraordinariamente cualificadas, y otra, de jóvenes jugadores muy cercanos a la cultura del baloncesto femenino y a un mundo en el que la mujer prima en sectores de gran importancia. Ellas representan uno muy particular y hasta ahora cerrado. “No queremos ser una causa —defendía Boucek—, tan solo entrenadoras y que se nos juzgue como tales”.

Crece además el optimismo por derribar un prejuicio histórico y la seguridad de quién será la primera en dar el gran paso. A estas alturas, Becky Hammon es la mano derecha de uno los mejores entrenadores en la historia del baloncesto. Popovich cuenta hoy con 72 años y su retirada, cumpla o no su actual contrato, está cerca. El técnico, harto de la insistencia por el género de su auxiliar, tiende hoy a adoptar una actitud socrática respondiendo a cada pregunta con otra: “¿Por qué una mujer no puede hacer lo que yo hago o lo que hacen los demás entrenadores en la NBA?”.

Foto: Lorena en la Academia de la NBA de México. (NBA Academy Latin America)

En el fondo, ninguna de ellas busca ser causa sino optar con naturalidad a un sector muy reducido. “Las puertas van a abrirse únicamente por la experiencia acreditada”, defendía Gottlieb. Y como ella, todas reconocen que el día que esa frontera se cruce no será por más méritos que habérselo ganado. Sin la menor autocompasión por el camino.

Y sin embargo, en el particular y admirable caso de Becky Hammon, ese día será inevitable considerar el colosal simbolismo de una gesta que pueda alterar para siempre el deporte profesional. Y lo será porque Hammon lo habrá conseguido, como escribía Christopher Kamrani, tratando “simplemente de ser ella todos los días de su vida”. Por eso Hammon tan solo aguardaba preguntas técnicas aquella noche de diciembre, cuando Popovich le dio el testigo como entrenadora jefa, cargo para el que lleva años preparándose en una de las mejores organizaciones del mundo.

El pasado 30 de diciembre, al filo del descanso en el duelo entre Spurs y Lakers, el veterano técnico Gregg Popovich montó en cólera por una falta no señalada a su jugador DeMar DeRozan y acabó expulsado. Camino del vestuario, entre aplausos de unos pocos familiares con acceso al pabellón, apuntó con el dedo a su asistenta Becky Hammon. “Son tuyos”, espetó a secas.

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