Filadelfia, 1978-Los Ángeles, 2020

La tiranía de la serpiente

Más allá de las abrumadoras estadísticas, Kobe Bryant lideró la transición del siglo XX al XXI con clarividencia, estética y mentalidad ganadora

Foto: Kobe Bryant. (EFE)
Kobe Bryant. (EFE)

Impresiona reparar en la cuenta de Twitter de Kobe Bryant (Filadelfia, 1978-Los Ángeles, 2020) porque aparece en una imagen que lo retrata de pequeño. Debe tener cuatro o cinco años. Viste chaqueta, chaleco y corbata. Elegante como siempre fue. Y sonriente.

No cabe mayor contraste a la desgracia del helicóptero que lo ha sepultado junto a una de sus hijas. Y que ha malogrado a Kobe solo unas horas después de conocerse que LeBron James lo había destronado como tercer máximo anotador de la historia de la NBA. Poco importa la diferencia de puntos. Importa que Bryant ya se había instalado en el Olimpo del baloncesto como un atleta ingrávido y superlativo. No ya por haber superado el récord de anotación de Jordan, sino por haberse convertido en el símbolo de la NBA y del básquet universal en la transición del siglo XX al XXI.

Kobe Bryant, con el expresidente Obama. (Reuters)
Kobe Bryant, con el expresidente Obama. (Reuters)

Cinco anillos 'estrangulaban' sus dedos y acreditaban la hegemonía de los Lakers. El primer equipo de Bryant. Y el último también. Porque fue Kobe el jugador franquicia de Los Ángeles. Una lealtad recíproca que explica la retirada de sus dos números: el 8 comprende la década de su debut y de los primeros prodigios (1996-2006), mientras que el 24 coloniza los 10 años siguientes. Incluido el título que conquistó como mejor jugador de la temporada (2008).

Bryant ya se había instalado en el Olimpo del baloncesto como un atleta ingrávido y superlativo

Las estadísticas no detallan la creatividad de Bryant, pero jalonan una carrera asombrosa, hiperbólica, apabullante: dos oros olímpicos, 81 puntos anotados contra Toronto (2006), dos veces MVP de las finales de la NBA, 18 All Stars disputados. Curiosamente, Bryant es —era— el jugador de la historia que más lanzamientos ha fallado. No por falta de destreza, sino por protagonismo, riesgo y munición anotadora. De hecho, la facilidad de Black Mamba (Mamba Negra) para anotar tiende a subordinar el mérito de sus cualidades defensivas. Las acreditan que fuera reconocido tres veces en el mejor quinteto defensivo de la NBA. La primera ocasión, en 2001. La última, en 2012. No cabe mayor elocuencia de la competitividad y longevidad del baloncestista.

No demasiado alto —1,98— ni tampoco excesivamente corpulento, pero artífice de un baloncesto inteligente y estético. Bryant jugaba con enorme clarividencia. Supo rodearse de jugadores colosales (de Shaq a Gasol) y supo convertirse en el mejor intérprete en la pista Phil Jackson, pero Kobe se desenvolvía como un jugador fuera del espacio y del tiempo. Hubiera arrollado en cualquier época, aunque la suya consistió en heredar el trono envenenado de Michael Jordan. Se había declarado un cráter. Parecía imposible colmarlo. No le gustaba a Bryant el juego de las comparaciones, pero tuvo el mérito de responder a ellas. Aéreo, competitivo, agresivo, elegante, audaz. La cuestión sucesoria no ofrecía dudas.

El homenaje de Pau Gasol a Kobe Bryant

Y dudas las tuvo Kobe Bryant cuando la carrera deportiva de su padre, exjugador de los Sixers, se trasladó a la liga italiana. Es la razón por la que el muchacho residió en Milán e incurrió en algunos escarceos con el fútbol. Aprendió italiano. Y hablaba español, pero no se descuidó de la misión a la que estaba llamado. El regreso del clan Bryant a Filadelfia le hizo artífice de una temporada memorable en el instituto de Lower Merion. Tan memorable —30 puntos, 12 rebotes, 6,5 asistencias por partido— que decidió saltar a la NBA con 17 años sin haber pasado por la universidad.

Charlotte Hornets lo escogió número 13 del 'draft', pero la mediación obcecada y clarividente de Jerry West, cuya silueta identifica el logotipo de la liga americana, precipitó su incorporación a los Lakers. La primera temporada (1996) fue discreta. La segunda, muy prometedora. Y la tercera decantó la tiranía de la serpiente. Un jugador descomunal que supo retirarse a tiempo (60 puntos en su último partido) y que condicionó la transformación del baloncesto contemporáneo: por la visión global, por el peso del juego de tres puntos y porque se demostraba capaz de anotar en condiciones inverosímiles. Bryant, el jugador indefendible e insoportable para los rivales.

Los dioses tienen sed, ya lo sabemos. Y han sacrificado a Bryant con una crueldad desmedida. Lo han triturado con su hija. Y han acelerado el proceso de mitificación que ya lo reconocía como un jugador metafísico.

Solo le faltaba ganar un Oscar, mistificarse con las montañas de Hollywood. Y lo consiguió en 2018 como productor y metaprotagonista de un cortometraje —'Dear basketball'— que lo transformaba en un personaje de dibujos animados. Era lo que decía Jorge Valdano de Romario, pero tanto vale la metáfora para definir la trayectoria de un atleta vertical al que no pesaban los anillos ni asustaban las batallas imposibles.

Se entiende así mejor la carta que escribió 'al baloncesto'. Su voz profunda la susurra en el corto premiado. Y suena de fondo la música de John Williams. Es una declaración de amor que aloja un premonitorio epitafio.

"Concediste a un pequeño niño de seis años su sueño Laker, y siempre te amaré por ello. Pero no puedo amarte de manera tan obsesiva por mucho más tiempo. Esta temporada es lo último que tengo que dar. Mi corazón puede atajar los golpes, mi mente puede lidiar con la dura rutina, pero mi cuerpo sabe que es tiempo de decir adiós. Y eso está bien. Estoy listo para dejarte ir. Quiero que lo sepas para que ambos podamos saborear cada momento que dejamos juntos. Los buenos y los malos. Nos hemos dado todo lo que tenemos mutuamente.Y los dos sabemos que no importa lo que haga después, siempre seré ese niño con los calcetines y cubos de basura en la esquina: "Cinco segundos en el reloj, balón en mis manos, 5… 4… 3… 2… 1. Siempre te amaré".

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