El chico del gueto con corazón de hierro que sueña con hacer resucitar a los Celtics
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marcus smart, elegido en el puesto 6 del draft

El chico del gueto con corazón de hierro que sueña con hacer resucitar a los Celtics

De origen humilde y pasado difícil el talentoso base llega a los Celtics para triunfar y hacer bueno aquello de que lo que no nos mata nos hace más fuertes

placeholder Foto: Marcus Smart saluda tras ser seleccionado en el puesto número 6 del último draft. (Reuters)
Marcus Smart saluda tras ser seleccionado en el puesto número 6 del último draft. (Reuters)

Los Celtics, la franquicia más laureada de la NBA con 17 campeonatos en sus vitrinas, no son lo que eran. Después de ganar el anillo en 2008 y caer en el séptimo encuentro de las Finales en 2010, el equipo del trébol inició una cuesta abajo llena de espinas. La alegría en el TD Garden duró lo que duró el ‘Big Three’ formado por Paul Pierce, Ray Allen y Kevin Garnett. El balance de 25-57 registrado en la última temporada nos retrotrae a la temporada 2006/2007 (24-46), el año previo a la alineación de los tres astros en la capital de Massachusetts. Tras la desmembración de la espina dorsal de aquellos Celtics (Ray Allen por ahora sin equipo, Pierce en Washington y Garnett en los Brooklyn Nets), Rajon Rondo se erige como el alma del equipo. "Soy muy listo. Sé que este no es un equipo para ganar el campeonato", comentaba con altivez un tipo que se perderá al menos el primer mes de competición tras fracturarse la mano (según él en la ducha).

Aunque no entraba en los planes, parece claro que los Celtics tendrán que echar mano de Marcus Smart (DeSoto, Texas, 1994) para cubrir el puesto de director de orquesta titular. Elegido en el puesto número 6 del pasado draft, el novato procedente de la Universidad de Oklahoma State es uno de los jugadores más destacados dentro de la mejor hornada de la última década. No tan mediático como los Andrew Wiggins, Jabari Parker o Joel Embiid, se trata del primer jugador fuera del ‘top-5’ reacio a la pujante tendencia entre las jóvenes promesas del ‘one and done’. Aunque muchos le recordarán por el desafortunado incidente en el que profirió un empujón a un aficionado rival, Smart es mucho más que un tipo temperamental. En las dos temporadas que pasó en la NCAA sus guarismos fueron de 16,6 puntos, 5,9 rebotes, 4,5 asistencias y 2,9 robos de balón. Cifras destacadas que no mitigan sus carencias en el tiro exterior (29,5% en triples). Sin embargo, Brad Stevens, su entrenador en los Celtics resume con acierto su mayor arma: “Marcus es un chico que posee muchas habilidades ofensivamente, pero es en defensa donde será muy especial”, comentaba en una entrevista reciente. Con su 1,93 y sus 100 kilos, datos que dan una idea sobre su robusta complexión, su capacidad para atosigar a los rivales es demoledora. Un hambriento perro de presa en el ‘backcourt’.

Aunque tenga un contrato con Adidas de un millón de dólares y este curso tenga 3,3 millones de salario garantizados, detrás de su careta de tipo duro y temperamental se esconde una historia que versa sobre sufrimiento. Caer y volver a levantarse. Inadvertido para los focos, su pasado quedó reflejado el pasado 26 de junio en el Barclays Center de Brooklyn. Cuando el Comisionado Adam Silver anunció su nombre, Smart subió al estrado ataviado con un extravagante traje azul marino diseñado a medida para el gran día. En el forro de la chaqueta se podían distinguir varias imágenes: un logo de Oklahoma State, un mapa del estado de Texas, una ‘M’ como inicial de su nombre y una copia a escala del tatuaje en honor a su hermano de madre, fallecido en 2004, que cubre sus brazos.

Como tantos otros jugadores de las Grandes Ligas estadounidenses, la vida de Marcus Smart arranca en un suburbio de Dallas donde la violencia y las drogas son el pan de cada día. Un caldo de cultivo propicio para descarriar y dejarse llevar por la marginalidad que infecta el ambiente. La muerte fue su fiel compañera de viaje. Cuando tenía tres años perdió a su abuela, una de esas mujeres luchadoras capaces de sacar adelante a una familia con el sudor de su frente. Siendo todavía un crío, un pariente disparó accidentalmente a otro mientras jugaban a indios y vaqueros. Hace cuatro años, con 16, otro pariente fue encontrado sin vida una mañana en el pueblo de Tyler (Texas). Hace tres un tren arrolló a uno de sus compañeros de equipo. Pero por encima de todas estas desgracias que le tocaron vivir de cerca, hubo una que marcaría su vida para siempre. Cuando tenía 9 años, su hermanastro Todd Westbrook murió de cáncer con 33 años. Un palo difícil de digerir. Todd había sido como un padre para Marcus y sus otros hermanos. Mientras sus padres trabajan en extenuantes turnos, Todd se ocupaba de ellos: les vestía, les ensañaba a comportarse, jugaba con ellos, etc. Fue su mentor y su guía.

Poco antes de morir, durante las Navidades de 2003, a Marcus le preguntaron qué regalo le gustaría recibir. En su cabeza, sólo un deseo: poder pasar una Navidad más junto a Todd. Sus plegarias se hicieron realidad. Todd apareció y le regaló una cadena de oro con una ‘M’ para que adornara su cuello. Pero poco después la situación empezó a empeorar. Al concluir una de las rutinarias visitas al hospital, Todd se fundió en un apasionado abrazo con su madre, le dijo que era la mejor madre del mundo y que la quería. Camellia le devolvió las sinceras muestras de afecto pensando en que al día siguiente seguiría luchando como lo había estado haciendo durante los últimos 18 años. Fue la última vez que vio a su hijo con vida. En aquellos momentos de desconsuelo y abatimiento, sus hermanos mayores, Michael y Jeff, le cogieron por banda: “Ahora la familia depende de ti. Es tiempo de crecer. Nosotros tuvimos nuestra oportunidad pero la dejamos escapar. Ahora te toca a ti. Eres el último. Eres lo único que le queda a mamá”. Una afirmación que supuso un punto de inflexión en su vida.

Cuando le diagnosticaron el tumor, Todd tenía 15 años en la zona del ojo y jugaba al baloncesto en el instituto. Tras dejar aparcar su incipiente carrera en su año ‘sophomore’ para recibir tratamiento, regresó en su año senior para liderar a su equipo a las semifinales estatales. Con el ojo todavía hinchado, antes de que la enfermedad empezara a extenderse, una noche se escapó del hospital para meter 30 puntos en un partido. “Podría haber dejado que la muerte de mi hermano condicionara mi forma de vivir. Pero desde el principio tuve claro su pérdida no sería en vano y que trataría de transformar lo negativo en positivo. Todos los días doy las gracias a Dios porque hoy estoy aquí, no sólo estoy viviendo mi sueño sino también el suyo”, relata en un extenso reportaje publicado por el Boston Globe. Desde aquel momento, el baloncesto se convirtió en el amor de un niño que hasta entonces había mostrado sus preferencias por el fútbol americano. Todo el mundo le decía que guardaba un asombroso parecido con la forma de jugar de su hermano. Marcus no entendía: un incendio había convertido en cenizas todas las cintas de Todd y nunca pudo estudiar su forma de jugar.

Tras la muerte de Todd, Camellia y su familia dejaron DeSoto (Dallas) se mudaron a un barrio deprimido de Lancaster conocido como ‘1500 Block’. Marcus recuerda cómo cuando decía que vivía allí, la gente torcía el gesto y no quería saber nada sobre aquel chaval procedente de los suburbios. Por mucho que nos vendan a bombo y platillo los avances para erradicar la segregación a lo largo de los últimos 60 años, son todavía muchos los vestigios de uno de los fenómenos más infames de la humanidad. Porque en demasiados rincones de lo que muchos llaman el país de las oportunidades, ser negro y tener orígenes humildes resulta un motivo más que suficiente para ser tratado como un delincuente. “Cuando experimentas cosas así a esa edad te cambian. Todo eso te hace ver la vida de una forma más humilde. Más aún cuando sabes que en estos momentos podría haber estado en la cárcel o dos metros bajo tierra”, comenta.

Su llegada a esa zona de conflicto, unida a la tristeza por la pérdida de su hermano, provocó una época de rebeldía que su madre recuerda con amargura. Marcus empezó a descuidar los modales que con tanto ahínco había tratado de inculcar Todd. Tirar piedras a la gente y cometer algunos delitos menores pasaron a ser su mayor pasatiempo. En la escuela dio una paliza a un compañero que pudo terminar muy mal. Estuvo un mes en un centro de menores, pero a la vuelta todos lo miraban como un monstruo. Una noche la chiquillada se le fue de las manos. Junto a un amigo, dieron una pedrada a un tipo que iba en una bicicleta por las calles del barrio. La víctima era un miembro de los Bloods, junto a sus enemigos los Crips, una de las bandas callejeras más peligrosas y extendidas por los guetos de Estados Unidos. El tipo los persiguió con su pistola cargada. Los amistades peligrosas de su hermano Michael, camello de poca monta, drogadicto eventual (la dejó cuando una sobredosis de cocaína casi acaba con él) y miembro de la banda, le salvaron el pellejo.

Camellia, la madre, estaba desesperada y decidió mudarse a Flower Mound, otro suburbio de la zona oeste de Dallas. Allí las cosas se calmaron. Marcus se centró en el baloncesto y conoció al que hoy por hoy es su mejor amigo: Phil Forte. Con él compartió victorias en el ‘Edward S. Marcus High School’ y más tarde fueron compañeros de vestuario en el bienio universitario de Marcus en Oklahoma State. Dos años en los que lideraron al equipo al ‘Gran Baile’ pero nunca pudieron pasar de primera ronda. Ahora ha llegado su momento. La NBA le aguarda. Por Todd (aunque no pudiera llevar el 33 en su honor), por la complicada infancia en el barrio, por las noches de sufrimiento que le dio a su madre, Marcus mira al futuro con la esperanza de triunfar en la mejor liga de baloncesto del planeta. Una pieza indispensable para la reconstrucción de los alicaídos Celtics.

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