La franquicia angelina renueva su imagen

Steve Ballmer, el jefe más enrollado de la NBA que llenará de alegría a los Clippers

El ex CEO de Microsoft es el nuevo propietario del equipo angelino. Tras la marcha de Sterling el otrora vecino pobre de Los Ángeles mira al futuro con ilusión

Foto: Steve Ballmer, junto al entrenador Doc Rivers, durante el 'Clippers Fan Festival' que sirvió para presentarse en sociedad ante los fans. (REUTERS)
Steve Ballmer, junto al entrenador Doc Rivers, durante el 'Clippers Fan Festival' que sirvió para presentarse en sociedad ante los fans. (REUTERS)

Aunque queda un mes para que arranque los training camps, el espectáculo de la NBA ya ha echado a andar. La culpa es de Steve Ballmer, el flamante nuevo propietario de Los Angeles Clippers. Tras un proceso judicial donde el racista Donald Sterling trató de impedir por todos los medios la venta del equipo, el 12 de agosto, la Corte de California, presidida por el juez Michael Levanas, daba luz verde a Shelly, esposa de cara a la galería de Sterling, para poder vender la franquicia. Y ahí estaba Ballmer esperando con 2000 millones de dólares para, tras recibir el beneplácito del resto de dueños de los equipos NBA, hacerse con su ansiado caramelo en la que ha sido la venta más cara de la historia, superando en 1500 la de los Bucks que tuvo lugar el pasado mes de febrero.

El ‘Clippers Fan Festival’, evento anual que congrega en el Staples Center a los seguidores del equipo angelino durante el parón estival de la competición, supuso su puesta de largo. Ante el calor de la masa, Ballmer se destapó como un verdadero ‘showman’ que promete dar espectáculo. Tras ser presentado a ritmo de ‘Lose Yourself’, el conocido hit del rapero Eminem, Ballmer se sitió una estrella de la plantilla más. En el estrado, un rosario de chistes y esperanzadores comentarios que iluminaron el rostro de todos los presentes. Era su día. “Hoy, la cosa no va sobre nosotros. Va sobre este tipo que resulta que tenía 2.000 millones de dólares en el bolsillo”, anticipó Doc Rivers cuando cogió el micro para presentarle.

Una compra que ha dado un giro radical a la vida del que fuera CEO de Microsoft durante los últimos 14 años. Aunque en febrero abandonó el cargo de consejero delegado en Microsoft, el martes saltaba la noticia de que ahora también renuncia a su puesto en el consejo de la compañía, poniendo fin a 34 años de relación laboral con el mayor fabricante de software del planeta. Y todo, según expresó en una carta de despida, para entregarse en cuerpo y alma a “Los Clippers, la docencia, el estudio y labores cívicas”. Eso sí, Ballmer mantendrá los 15.000 millones de dólares en acciones (4% de la compañía), el grueso de una exorbitante fortuna personal que asciende a 19.700 millones. Una cantidad que le eleva al puesto 36 en la lista Forbes, el selecto ranking que engloba a las personas más ricas del mundo. Ahora la cuenta corriente luce menos. “Mi cuenta tiene dos mil millones menos, así que algo he pagado”, recordaba Rivers que le contestó al preguntarle si de verdad tenía ese dinero. No se preocupen, es por una buena causa.

Lo mejor de todo es que detrás de su histrionismo y su arraigado concepto del show business, Ballmer pretende dar una vuelta de tuerca al crecimiento exponencial que llevan experimentando los Clippers, el otrora vecino probre de la ciudad de Los Ángeles, desde 2011. “Voy a ser el núcleo principal en dar al equipo, al entrenador, al personal y los jugadores el apoyo que necesitan para hacer su mejor trabajo en la cancha", aventuró. De hecho, desde Estados Unidos se asegura que ya tiene claro cuál será su primer objetivo: ampliar el contrato del técnico Doc Rivers (firmó el pasado año por 3 temporadas y 21 millones dólares), una parte fundamental en todos estos meses de inestabilidad desde que saltara a la luz el escándalo Sterling. Un paso más, cueste lo que cueste, para lograr el sueño de alcanzar las Finales y anillos, muchos años "Ganaremos muchos, muchos más trofeos Larry O'Brien (nombre del trofeo que recibe el campeón del anillo) que en los últimos 26 años", respondió a que le inquirió con cierto escepticismo por lo que espera de los próximos años.

El único pero en todo este baño de burbujas residía en los rumores que barajaban una mudanza del equipo rumbo a Seattle. Especulaciones alimentadas por lo que aconteció en 2008, cuando Ballmer trató de evitar que los Sonics dejaran el Key Arena, se fueran a Oklahoma y pasaran a llamarse Thunder. Algo que el propio Ballmer, residente en la capital del estado de Washington, y previo juramento de amor eterno a L.A., se encargó de desmentir rotundamente. "Me encanta Los Ángeles. Sí, vivo en Seattle, y no moveremos a los Clippers de esta ciudad por un centenar de razones".

Sólo se ganó una batalla

Con todo, el fenómeno Steve Ballmer no sería posible sin la magnánima xenofobia que derrochaba la deplorable figura de Donald Sterling, el ex propietario del equipo californiano. El pasado mes de abril, Vanessa Stiviano, la jovencita mexicana con poses de ‘escort’ que acompañaba a Sterling, colgaba en su cuenta de instagram una foto con Magic Johnson. Ante eso, Sterling reaccionó con una reprimenda vía telefónica que casualmente fue grabada y publicada por el portal yanqui TMZ. “Me molesta mucho que difundas que te estás relacionando con gente negra. ¿Tienes que hacerlo? Puedes dormir con ellos. Puedes traerlos aquí. Puedes hacer lo que quieras. Lo poco que te pido es que no lo promociones, que no los lleves a mis partidos, que no los traigas al pabellón”, arrancaba una conversación llena de exabruptos contra la gente de color, que proseguía: “No pongas a Magic ahí, en Instagram, para que el mundo lo tenga que ver y luego tengan que llamarme. Y no le traigas a mis partidos ¿Por qué te haces fotos con minorías?”

Fue la gota que colmó el vaso. Lapidación social, multas, juicios y, al fin, aunque pueda seguir disfrutando de una jubilación dorada gracias a su enorme riqueza, no podrá pisar una cancha NBA. Eso sí, un merecido rapapolvo que llega demasiado tiempo para un ególatra que ha estado campando a sus anchas por los pabellones de la NBA durante más de 30 años. “No estoy sorprendido porque Donald se haya estrellado, estoy sorprendido porque no se estrellara antes”. Quien se pronunció en estos términos fue un directivo de los Clippers que prefirió mantenerse en el anonimato. Antes de que su controvertida figura se desmoronara en el que su parqué, el mismo que le vio fanfarronear y reír a mandíbula batiente, este hijo de emigrantes europeos de origen judío que nació como Donald Tokowitz nunca ocultó su rechazo hacia quienes su ignorancia supina consideraba diferentes e inferiores.

No le importó el linaje humilde de sus padres, que estudiara en escuelas públicas durante su infancia y adolescencia, ni que para poder afrontar sus estudios de Derecho, a la postre germen de su suculento patrimonio, tuviera que trabajar como empleado en una tienda de muebles. Codearse con los estratos más bajos de la sociedad estadounidense, normalmente negros e hispanos, no le hizo cambiar su primitiva, insulsa y anacrónica visión del mundo. Tras convertir su trabajo como abogado independiente especializado en delitos de lesiones y divorcios en una mina de oro, destinó sus millonarias ganancias al ladrillo dentro del área de Beverly Hills y la costa de Los Ángeles.

Su afición al baloncesto le llegó gracias a su amigo Jerry Buss, otro inversor inmobiliario, legendario propietario de los Clippers. Tras ayudarle a adquirir el equipo oro y púrpura en 1979, Buss le animó a hacerse con los Clippers, por entonces con sede en San Diego. Dos años después, 12,7 millones de dólares le dieron un juguete que, como el resto de aspectos de su vida, siempre gobernó bajo una insoportable animadversión hacia la gente que no compartía su raza. En 2009 acordó pagar 2,7 millones de dólares para dar por resueltas las acusaciones por negarse a alquilar apartamentos a los hispanos y a los negros. “Los inquilinos negros huelen y atraen a los bichos”, dijo. En 2006, el departamento de justicia le demandó por discriminación en la zona del barrio coreano de Los Ángeles. En marzo de 2011, Sterling ganó un juicio en el que fue acusado de discriminación y acoso por el ex director general de los Clippers, Elgin Baylor. Claro que, mientras esos negros, más de un 70% de la plantilla en el caso de los actuales Clippers, hicieran crecer su suculenta fortuna su creencia en la supremacía del hombre blanco no rechistaría. El caso de los Clippers representa el triunfo del sentido común. Sin embargo, es sólo una gota de agua en medio de un océano de discriminación racial. Por desgracia, en el deporte y en la vida, con los billetes guiando los designios del hombre, cretinos de esta calaña seguirán sacando partido a sus propias taras. La guerra debe continuar.

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