bipolar, quiere conseguir un nuevo contrato

La nueva vida de Delonte West, el último 'chico malo' de la NBA lucha por volver

Tras más de dos años sin disputar un partido en la NBA y una breve experiencia en China, el polémico jugador participa en la liga de verano con los Clippers

Foto: Mayo de 2009. Delonte West abandona cariacontecido el Amway Center de Orlando tras caer en el sexto partido de la final del Este.
Mayo de 2009. Delonte West abandona cariacontecido el Amway Center de Orlando tras caer en el sexto partido de la final del Este.
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Una mirada fría que huye despavoridamente cuando mejor van las cosas. Depresión y bipolaridad, una mezcla destructiva e impredecible que impregnaba su frágil mente de malos pensamientos. Esta es la historia de Delonte West. Una historia que habla de esfuerzo y sacrificio, de tropezar y volver a levantarse, de luchar contra una enfermedad que te convierte en el peor enemigo. Tras más de dos años alejado de una cancha NBA, Delonte volvió a formar parte de una familia de la que nunca quiso ir. Los Clippers le han incluido en su roster para la Liga de Verano de Las Vegas. El pasado sábado, en el Thomas and Mack Center, Delonte disputó 24 minutos en la derrota de los angelinos ante los Bulls por 86-70. Sus números (4 puntos, un rebote, una asistencia y tres pérdidas) fueron lo de menos.  

Madrugada del 17 de septiembre de 2009. La policía de la localidad de Upper Marlboro (Maryland) daba el alto a una Can-Am Spyder, una estrafalaria moto de tres ruedas, que transitaba a gran velocidad por la autopista interestatal. Tras dos intentonas, los agentes lograron parar el vehículo. A sus mandos estaba Delonte West. Para su sorpresa, los policías se encontraron con que llevaba dos pistolas encima, una en el bolsillo de su chaqueta y otra en el tobillo. Además revisaron su maletero, donde encontraron una escopeta infiltrada en la funda de una guitarra eléctrica. Para rematar la faena, el test antidroga reveló que el por entonces jugador de los Cleveland Cavaliers había consumido marihuana. “Desde el incidente, ha sido una lucha diaria, no contra la enfermedad mental, sino una batalla diaria tratando de demostrar que eres una buena persona”. Era el principio de una debacle anunciada.

“Mucha gente no lo sabe pero durante todo el año pasado estuve bajo arresto domiciliario. Cuando no estaba en el pabellón tenía que llevar un bracelete electrónico. Después del partido, los agentes me lo ponían de nuevo y me tenía que ir directamente a casa”, reconocía en 2011. Aunque el juicio se fue posponiendo, West se declaró culpable de los cargos que se le imputaban. Pese a ello, la pena, además del arresto domiciliario, incluyó dos meses de libertad condicional y 40 horas de servicios a la comunidad. Una historia que lleva casi cinco años tratándose de sacudir y que ha producido un daño irreparable en su carrera. “Antes de aquello, los entrenadores y General Managers decían que era un tipo duro, pequeño pero matón. Ellos querían ir a la guerra conmigo en su bando. Después del incidente todo pasó a ser ‘¿tomó su medicina?’ o ‘es bipolar’”, comentaba resignado en una conversación con la revista SLAM.

A Delonte le gusta la caza y la pesca, pero esa no es la razón por la que aquel día iba cargado por ese arsenal. Tras caer en el sexto partido de las finales del Este ante los Magic, el base-escolta regresaba a su casa en Maryland cuando decidió que las armas que poseía estarían más seguras en el estudio de grabación. Una idea poco afortunada que le situaba en el epicentro de un terremoto mediático de incalculables dimensiones. Aunque los compañeros y el entrenador le tendieron la mano, Delonte se convirtió en un blanco demasiado fácil, alguien sobre el que cargar las tintas cuando las cosas en la cancha se torcían. En ocasiones, la gente se preguntaba por qué la mirada fija de Delonte en el banquillo derrochaba tristeza. Eso mismo le gustaría saber a él. Aun ganando o cuajando una gran actuación, un cataclismo interior le avocaba al abismo más oscuro y tenebroso.

Ya antes de la fatídica noche de verano, el jugador había reconocido que sufría un trastorno bipolar que alterada de forma drástica su estado de ánimo. Un año antes, en 2008, decidió apartarse temporalmente de la franquicia de Ohio víctima de un brote depresivo agudo. Algo extraño cuando acababa de firmar su mejor contrato como profesional (12,7 millones y 3 años). “Después de ganar y de haber conseguido la canasta de la victoria todo el mundo gritaba mi nombre. Supuestamente debía sentirme bien pero estaba en la mierda. Tenía que ir al baño y decirme a mí mismo ‘Delonte, levanta el ánimo. Vamos tío, la vida es bonita’”. Confesiones que ayudan a entender el calvario que ha vivido durante sus 30 años, incluidos ocho cursos en la NBA desde que los Celtics le eligieran en el puesto 24 del draft de 2004.  

Al margen de sus problemas mentales, Delonte es un tipo metódico, con una gran ética de trabajo y pasión por el baloncesto. Sin embargo, la incapacidad para controlar sus emociones en momentos donde había que guardar la compostura le han ocasionado numerosos problemas en su puesto de trabajo. En 2010, durante su segunda etapa con los Celtics, una pelea con su compañero Von Wafer le ponía de nuevo en el disparadero. Un curso que había comenzado con una sanción de 10 partidos derivada de sus cargos por posesión de armas. La franquicia se deshizo de él a final de temporada.

El ruido y la rumorología tampoco ayudaban. En su último año junto a LeBron en los Cavaliers, comenzó a extenderse el rumor de que había mantenido un lío con la madre de ‘King’ James. Un disparate que desangraba su débil autoestima mientras se divorciaba de su mujer. Por si fuera poco, llegó la asfixia económica. "He visto como mis contratos se iban por la ventana, cómo mis acuerdos con patrocinadores desaparecían como mis ahorros al tener que pagar abogados, juicios y divorcios". Delonte estaba sin blanca. Con el ‘lockout’ sobrevolando el ambiente, las perspectivas no eran demasiado halagüeñas. Había que trabajar para sobrevivir. No lo dudó y se pudo a trabajar como transportista para una empresa de muebles. Un trabajo ‘mileurista’ para un tipo que en 2011 acumulaba 14 millones de dólares en salarios. Los Mavericks le tendieron la mano y apostaron por él. Firmó un año a razón de 860.000 dólares. Una cantidad que, al no resolverse el cierre patronal, no podía oler.

Fruto del paro, unido a que sus antecedentes le impedían tan siquiera alquilar un apartamento, Delonte tuvo que pasar varias noches durmiendo en el parking y en el vestuario del American Airlines Center.  Sin duda, uno de los episodios más sorprendentes que se recuerdan en la NBA. Finalmente, la mano del poderoso Mark Cuban puso fin a la grotesca situación. Con Nowitzki y compañía pasó un curso sin sobresaltos, exceptuando el famoso arrebato Gordon Hayward. En medio de un partido y sin motivo aparente, West metió el dedo en la oreja al alero de los Jazz. Tras el encuentro, comentó que “quería quitarle una pelusa”. 25.000 dólares de multa y vuelta a empezar. En verano , tras renovar por otra temporada, estuvo en Barcelona con los Mavs en un encuentro en el Palau Sant Jordi ante el Barça. Todo parecía discurrir con normalidad hasta que, a escasos días de comenzar la competición, sendas ‘acciones indisciplinarias’ en el vestuario obligaron a Rick Carlise a prescindir de sus servicios.

Desde que los Mavericks le cortaron definitivamente trató de mantenerse alejado de los focos. Había que sentar los cimientos de una nueva vida. Descartó proseguir con una incipiente carrera dentro de la industria del rap. Su cuenta de twitter calló y su exposición en los medios se desplomó de forma fulminante. Condiciones necesarias para acometer una catarsis que diera vida a un nuevo Delonte. “Hay mucha gente que está esperando para atizarte. Puedes decir cien cosas buenas y luego una mala y el mundo se volverá loco. Así que dejé aquello aparcado. También abandoné mi carrera en el rap, que era algo que tampoco ayudó”, explicaba hace ahora un año.   

En aquellos convulsos días el jugador encontró un refugio en la Liga de Desarrollo (NBDL). Allí jugó ocho partidos con los Texas Legends, equipos asociado a los Mavs, en los que cuajó unos discretos promedios de 10.3 puntos y 4.4 asistencias. En verano volvió a pelear por conseguir un contrato NBA. Presa de sus propios errores, el aura de desconfianza que se había generado en torno a su persona supone un estigma difícil de destruir. “Trabajo duro cada día. Si un equipo me ficha, ya sea con contrato garantizado o no, van a coger a un gran jugador. Pasé tiempo lamiendo mis heridas, intentando huir de todas las risas y chismorreos en torno a mí. Aunque mi juego no sea para cobrar el mínimo, no estoy aquí por el dinero. Estoy intentando liberarme de ese estigma, pero sigue colgando de mi cabeza. Decidí que no me preocuparía por las carcajadas. No voy a dar más munición a nadie para que se ría de mí. Estoy aquí para jugar al baloncesto y enseñar a la gente quién es Delonte West”. 

Sólo él parecía confiar en unas cualidades disminuidas y enturbiadas por una enfermedad que nunca eligió. “Brotaron lágrimas de mis ojos viendo partidos el año pasado. No porque sea bipolar, sino porque estaban sentado en casa y no podía jugar. Cuando mi agente llame, cogeré el siguiente avión. No es por ser arrogante, pero hay equipos que están peleando por ganar a los que les falta un base, un jugador que haga varias jugadas destacadas más allá de ir a las Finales”. Sin embargo, las necesidades económicas apremiaron. En medio de la fiebre globalizadora que enriquece el baloncesto, Delonte hizo las maletas y se fue a China, una liga repleta de retales de la NBA con buena proyección y, sobre todo, jugosos salarios. No lo dudó y firmó un año con los Fujian Xunxing. 22,6 puntos, 5,4 rebotes y 5,7 asistencias para alcanzar las finales. Un papel más que destacado que le hizo volver a casa y le puso de nuevo en la órbita de la mejor liga de baloncesto del planeta.  

A principios del mes de junio, Vice Sports le dedicaba un tierno reportaje en el que Delonte explica su particular resurrección. Feliz junto a su nueva mujer y un precioso retoño, un hombre nuevo se levanta con la idea de intentarlo de nuevo. “Sólo quiero intentar demostrar al mundo, a la NBA, lo bueno que soy como jugador y como persona. Quiero terminar el último capítulo de mi libro. Porque sé que todavía queda uno por escribir. Deseo que mi hijo vaya a un pabellón, me vea con la camiseta puesta y diga ‘ese es mi padre’. Por eso es lo que quiero luchar”. Con sus demonios adormecidos, es momento de levantarse y remontar el vuelo.  Su presencia en la Liga de Verano de la mano de Doc Rivers, su primer entrenador en los Celtics, es el primer paso para conseguirlo.

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