primer mormón afroamericano en la Liga

La verdadera misión de Jabari Parker y su fe mormona: ser una estrella en la NBA

Elegido en el puesto número dos del pasado 'draft' por los Bucks, el jugador optó por renunciar a ser misionero para seguir con su prometedora carrera

Foto: Jabari Parker estrecha la mano del Comisionado de la NBA Adam Silver tras ser seleccionado en el puesto dos del draft por los Milwaukee Bucks. (Reuters).
Jabari Parker estrecha la mano del Comisionado de la NBA Adam Silver tras ser seleccionado en el puesto dos del draft por los Milwaukee Bucks. (Reuters).

Además de tiras de esparadrapo para ajustar sus vendajes, alguna camiseta de repuesto, un Ipod repleto de R&B y Hip-hop, en la mochila de Jabari Parker (Chicago, 1995) siempre hay una copia de bolsillo del ‘Libro de Mormón’, uno de los cuatro escritos que constituyen la base de la doctrina mormona. Al contrario que muchos de sus compañeros de fe, a sus 19 años optó por renunciar a pasar dos años transmitiendo el Evangelio para convertirse en el primer mormón afroamericano en jugar en la NBA. Un año en la Universidad de Duke y cuatro años previos en el prestigioso High School de Simeon (considerado mejor jugador de instituto después de LeBron James) fueron aval suficiente para liderar (con permiso de Andrew Wiggins) la mejor generación de la última década. Elegido por los Milwaukee Bucks en el puesto número dos toca cumplir otro sueño no menos importante: brillar en la NBA. Más allá de credos, su talento innato para el juego era algo que el baloncesto no podía perderse.  

Sin embargo, además de hacer millones, Parker tiene claro que sus férreas creencias seguirán formando parte activa en su vida. Su mentor en la iglesia aseguraba que el alero aprovechará los viajes durante la temporada para visitar los templos en calidad de ilustre invitado.  Es más, como aseguran algunos sectores del Movimiento de los Santos de los Últimos Días, su tirón mediático provocará un efecto evangelizador mayor que enviándole, por ejemplo, a la Isla de Tonga, donde hace un siglo los misioneros convirtieron a su bisabuelo. Jabari, valiente en s De los 6,2 millones de mormones (1,7% de la población) que se calcula hay en Estados Unidos sólo 186.000 son de raza negra (3% del total). Pese a declararse abiertamente abolicionistas y mostrarse a favor de la igualdad de derechos civiles entre negros y blancos, no fue hasta 1978 cuando, tras una supuesta revelación, se otorgó el sacerdocio y la opción de contraer  matrimonio en los templos a, según palabras de un miembro de la iglesia mormona, “todos los hombres dignos, independientemente de la raza”.

Tras atender a la Brigham Young University–Hawaii, su hermano Christian sirvió como misionero en Atlanta. Para él fue la mejor decisión que tomó en su vida. La palabra de uno de los pilares en su vida fue tenida en cuenta pero el irrefrenable deseo de estar con los mejores y poder brillar acabó desnivelando la balanza. “La NBA es el sueño más grande para los jugadores de baloncesto y yo no soy diferente”, reconocía hace ahora dos años. Tras algunas especulaciones en torno a la posibilidad de no dar el salto a la NBA, el pasado mes de abril, Jabari firmaba una carta de su puño y letra publicada por Sports Illustrated en la que se declaraba elegible para el próximo draft. Un hecho sin parangón en el deporte universitario estadounidense. “Llevo sopesando esta cuestión durante los últimos dos años. Después de hablar con mi familia, los líderes locales de la iglesia y un par de íntimos amigos, estoy en paz con la decisión de renunciar a realizar una misión por ahora e ingresar en la NBA. No me considero una excepción de la regla pero en este momento de mi vida sé que es la decisión correcta”. Una sentida y aseada redacción de 1300 palabras donde el joven argüía los motivos que le llevaban a seguir adelante con su prometedora carrera.  Los feligreses de la canasta estamos de enhorabuena.

Aunque para muchos fieles servir en una misión constituye un privilegio y una bendición, la propia Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días lo define como “un servicio voluntario” que se prolonga entre 18 y 24 meses. En la práctica, efectivamente se trata de una situación entendida como excepcional y aceptada por gran parte de la iglesia. “El talento excepcional justifica que encontremos excepciones a la regla. No es justo para los 60.000 jóvenes que atienden la llamada y están fuera del candelero, mientras los atletas evitan las misiones y atesoran elogios. Está claro que es un doble rasero, pero para la iglesia no supone ningún quebradero de cabeza”. Quien habla es Gregory Prince, historiador mormón y un miembro activo de la iglesia.

Algo que ya sucedió con otros atletas de perfil alto dentro del deporte estadounidense como Steve Young (NFL), Bryce Harper (MLB), Johnny Miller (Golf) o baloncestistas como Jimmer Fredette (NBA) o Danny Ainge (NBA). Ainge, actual presidente de los Celtics con quienes ganó dos anillos como jugador en los ochenta (1984 y 1986), es uno de los representantes de la iglesia mormona de más renombre. Obispo mormón en Boston , con 19 años cogió el mismo camino que Jabari y prefirió no embarcarse en una misión. “Creo que cualquier chico joven debe estar preparado para afrontar una misión, pero no creo que todos deban hacerlo”, concluía allá por 2012 en una entrevista con Sports Illustrated.  

Como es de esperar en estos casos, no toda la comunidad mormona ve con buenos ojos rechazar la misión en favor de la gloria personal. Xavier Su’ a-Filo, defensa mormón de la NFL que obtuvo el puesto 33 en el pasado draft, dejó la universidad de UCLA para desarrollar su misión durante dos años en Florida y Alabama. “Si alguien se plantea dejar de ir a la misión sólo porque no van a poder jugar o no van a sentir el mismo amor por el juego cuando regresen, no creo que sea una buena razón”, esgrime Su’ a-Filo. Un camino que también siguió Austin Collie, receptor seleccionado en 2009 por los Indianapolis Colts, quien antes de ser profesional estuvo dos años en Argentina. Otro ejemplo de atleta profesional que atendió a las exigencias de la doctrica mormona lo encontramos en el baloncesto patrio. Jaycee Carroll, jugador del Real Madrid, pasó dos años de retiro en Chile (2002-2004) antes de afrontar su ciclo universitario en la Universidad de Utah State (2004-2008). En su perfil de Twitter se puede leer una frase del legendario John Wooden: “No puedes dejar que la alabanza o la crítica te afecte. Es una debilidad dejarse influenciar por cualquiera de las dos”. Su verdadera misión acaba de empezar.

En la semana previa al draft, corrió el rumor de que Jabari no había explotado todo su talento durante su entrenamiento privado con los Cavaliers a fin de evitar una primera elección que le mandara a los Cavs. Una ofensa inasumible para un hombre del que todo el mundo destaca su ética de trabajo. “Tengo una naturaleza muy competitive cuando estoy sobre la cancha. Tengo demasiado orgullo como para hacer perder el tiempo a la gente. Vengo de Duke y, lo más importante, provengo de una familia con grandes valores”, zanjó visiblemente molesto. Sin embargo, dos días antes del sorteo ya sabía que su sitio estaba en la franquicia de Wisconsin y que Andrew Wiggins cargaría con la presión de ser el número uno.

Ataviado con la gorra de los Bucks y el impoluto (en su caso se optó por la sobriedad en lugar de la extravagancia) traje elegido para la noche del draft, Jabari optó por jurar amor eterno al equipo que había depositado toda su confianza en él. Algo que quedó refrendado al día siguiente en su presentación oficial, ya con el ‘12’ a la espalda de la camiseta que lucirá durante la temporada. “Soy realmente honesto. No pienso en irme pronto. Es algo que llevo en mi corazón. Si viera esto como un contrato a corto plazo las cosas no funcionarán”. Su futuro se encuentra a apenas 160 kilómetros del downtown de Chicago que le vio crecer como jugador y hombre de fe. Jugará cerca de casa y con un equipo entregado a su causa. Para rematar el guiño a sus nuevos colores, Parker declaró ser fan de los Bucks de Glenn Robinson, Sam Cassell, Ray Allen y Tim Thomas que en 2001 alcanzaron las Finales del Este.

Un mensaje tranquilizador para una franquicia modesta, alejada de los grandes mercados (Lakers, Bulls, Knicks, Heat, etc.). 20 años después de que Glenn Robinson ocupara el primer puesto del draft del ‘94, los aficionados de los Bucks asisten entusiasmados al aterrizaje de un jugador con el perfil de superestrella en sus filas. Obnubilados por la excitación del momento, muchos no han dudado en situarle a la altura de lo más granado que se enfundó el verde de los ‘ciervos’ durante su historia: desde Oscar Robertson a Kareem Abdul-Jabbar pasando por el propio ‘Big Dog’ o Michael Redd. Palabras mayores. “Me emocioné mucho detrás de las cámaras (tras ser elegido). He trabajado muy duro para estar en esta situación. Nadie me ha regalado nada. No he tenido mucho bombo. Todo me lo he ganado. Quiero mantener esa mentalidad porque vengo a un equipo que no es favorito”. Con los pies en el suelo, Parker es consciente de dónde ha recalado y la oportunidad que tiene ante sí.

En enero, la revista Forbes valoró al equipo en 405 millones de dólares, la estimación más baja de toda la Liga. Cuatro meses después, tras el acuerdo entre Herb Kohl con los dos socios millonarios amantes de los ‘hedge funds’ (fondos de alto riesgo llenos de especulación) Wesley Edens y Marc Lasry, los 30 propietarios en pleno dieron el visto bueno a la venta de la franquicia por 550 millones. Una adquisición que quedaba supeditada a la construcción de un nuevo pabellón antes de noviembre de 2017 que sustituya al anticuado Bradley Center, inaugurado en 1968. De no ser así, la NBA se adueñaría del equipo de forma automática por 575 millones. Con Parker, las vías de ingreso se expanden y el objetivo queda más cerca.  

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