Campazzo ilumina la Navidad, pero otros montan el belén y el Real Madrid se da de bruces
El estrepitoso bajo rendimiento del equipo en el acierto ofensivo y la incapacidad de correr, tira por tierra el trabajo que en otros aspectos del juego se estaba haciendo bien
El Real Madrid tenía la semana marcada en rojo en la Euroliga. Una doble victoria para confirmar su proyecto. No empezó bien la tarea. Anoche, pudo contemplarse una derrota anunciada cuando todavía, en el horizonte, no se divisaba el final del duelo disputado en el Allianz Cloud, el PalaLido de toda la vida, donde apenas 3.500 parroquianos asistieron al evento, aunque las imágenes de TV engañan bastante y consta que la sonoridad es considerable en ese escenario, cuyo ambiente pareció intimidador en algunos momentos del encuentro.
Se vio perdido desde el principio, cuando el considerable dominio en el rebote, incluso ofensivo, del Real Madrid, no se trasladaba al marcador de ninguna manera. Contando con que la defensa blanca no es precisamente férrea, la aportación inicial de Trey Lyles fue sujetando al equipo en el “electrónico”, pero no podía el Madrid correr y no era capaz de maniatar el tesón de los movimientos ofensivos italianos. Era cuestión de tiempo.
Y esta vez, porque Milán no es Gerona, se desnudaron algunas cuestiones que Sergio Scariolo habrá de tener en cuenta, no ya para mañana jueves recibiendo a Paris Basketball (que fue vapuleado por el Barcelona de Xavi Pascual en la Ciudad de la Luz), sino para lo que se viene las próximas seis semanas.
La defensa del equipo no es su bandera. Hay que asumirlo. Sí lo es el rebote, masivo, que vale oro… si se rentabiliza delante. Ayer el Madrid no corría tanto, o Milán lo impedía. El caso es que poco a poco comenzaron a sucederse los errores en los tiros abiertos, que no estaban mal seleccionados, pero también se fallaron balones debajo del aro rival, incomprensibles.
Como resultado, catorce puntos por debajo, apagón de Lyles y solamente quedó el resuello de no alejarse demasiado, por si acaso.
Es que se presentaba el equipo de Beppe Poeta, bajo la supervisión del ínclito Ettore Messina (al que no se echa de menos en Madrid), con numerosas bajas en una plantilla que roza los veinte tíos: jugó con apenas nueve, contando con doce minutos mágicos del "español" Lorenzo Brown (le debemos mucho a "Lorenzo de Albacete", con cariño se dice).
El Madrid iba con todo, se puede decir. Pero apenas funcionó nada, en cuanto a embocar el balón en el cesto, que da nombre al deporte. Facundo Campazzo estuvo solo, aunque iluminado, en la pista lombarda. Con cinco triples y 8/10 en tiros de campo, tuvo que asumir la labor anotadora que ninguno de sus compañeros era capaz de completar. Así que el argentino de Córdoba no capturó un rebote, apenas repartió un par de asistencias. Pero regaló esperanza a los televidentes.
Restando su aportación, el resto del equipo firmó (4/25 en T3, 16%) o bien el 40% en tiros de dos. Mario Hezonja lo intentó, pero ya se le veía negando con la cabeza. Alberto Abalde tuvo la extraña opción de lanzar hasta siete triples, acertando uno solamente (adiós su mítico 50%). Lyles sonreía, superado por el contexto. Ni Tavares ni Len pudieron confrontar a sus pares.
Por el contrario, Milán sí pudo encontrar líderes en su mermada plantilla. Marco Guduric fue determinante en los momentos calientes. Y otros le acompañaron, porque lanzaron bien, corrieron bien y estaban enchufados completamente. No decayeron cuando el Madrid apretó el lance en los últimos minutos. Así que su victoria fue incontestable y valiosa, por supuesto.
Venía el Real Madrid de una racha que generaba optimismo. Es un tropiezo, que se puede dar. Pero, en el fondo, el equipo venía completo; es mejor plantilla, debe ser superior. No se impuso y es un revés que duele. Al final, más allá del irreductible Facu, nadie más apareció en auxilio del equipo y se supone que hay gente de sobra para subrayar la cuestión.
El Real Madrid tenía la semana marcada en rojo en la Euroliga. Una doble victoria para confirmar su proyecto. No empezó bien la tarea. Anoche, pudo contemplarse una derrota anunciada cuando todavía, en el horizonte, no se divisaba el final del duelo disputado en el Allianz Cloud, el PalaLido de toda la vida, donde apenas 3.500 parroquianos asistieron al evento, aunque las imágenes de TV engañan bastante y consta que la sonoridad es considerable en ese escenario, cuyo ambiente pareció intimidador en algunos momentos del encuentro.