Real Madrid: El Madrid es capaz de convertir un casting de secundarios en una máquina de ganar. Noticias de Euroliga
no necesita siquiera que doncic brille de más

El Madrid es capaz de convertir un casting de secundarios en una máquina de ganar

El Real Madrid arrasa en Moscú al Khimki, el primer rival que le encontró las cosquillas por las bajas. Ahora es un equipo con menos estrellas, pero tan solidario que puede ganar a cualquiera

Foto: Dos jugadores del Khimki tratan de detener a Doncic. (EFE)
Dos jugadores del Khimki tratan de detener a Doncic. (EFE)

Fue, precisamente, contra el Khimki, cuando empezaron las dudas. El Real Madrid, pleno de bajas de consideración, perdió en su pabellón y comenzó así una racha negativa que parecía dispuesta para dejarles fuera de juego. Era normal, demasiadas lesiones, sin Llull, sin Randolph, sin Ayón, sin Kuzmic... hay que aceptar la naturaleza tal y como viene. Los siguientes partidos fueron un despropósito, el equipo no tenía mimbres para hacer otra cosa que sufrir. O eso decía la teoría, pero el Real Madrid, un club de la alta aristocracia, también sabe ser rebelde con lo establecido.

Primero fue Luka Doncic, casi en solitario, y poner esta frase ya es de por sí llamativo. Un niño de 18 años apostando contra la lógica y acertando casi siempre. Doncic ganó partidos solo, con sus minutadas en la pista, manteniendo a su equipo que parecía desmoralizado ante tanta desgracia y un exceso de enfermería. Prueben a quitar a cuatro o cinco de sus mejores jugadores a cualquier equipo. A cualquiera. El resultado, normalmente, será desalentador. Lo que pasa es que, en el último año en España -por más que se diga, es así-, el jovencito no quiere pasar sin gloria.

Esta semana salía un nuevo prospecto de draft en The Ringer, una página especializada. Le dan el número 1 aunque la historia recuerde que a los directivos de la NBA les gustan mucho los tipos muy altos y muy fuertes, cosas que no aparecen en la hoja de servicio de Luka Doncic. Pero no importa demasiado, no en este caso, porque lo que ahora mismo juega en el Real Madrid es un talento único, innato. Los técnicos de baloncesto dicen con frecuencia que la altura no se enseña, y es cierto, pero también ocurre algo parecido con un buen puñado de las cualidades de Doncic, por más que te empeñes no se enseña su inteligencia, su capacidad para entender el baloncesto muy por encima de sus compañeros. Y muy por encima, por descontado, que cualquier otro jugador de su edad.

Doncic fue durante meses la historia del Real Madrid de baloncesto, el jugador que reverdecía un conjunto apocado por la lógica de la fisiología. Pero, como si esto fuese rebelión en la granja, en cuanto uno levantó la voz, y lo hizo de manera rotunda y clara, el resto se adhirieron a su lucha. Si Luka puede, nosotros también. Y así es como Eddy Tavares, un tipo de talento limitado pero físico contundente, empezó a dominar en la pintura. Y como el sempiterno Felipe resucitó. Y Caseur. Y Thompkins. Y Campazzo. Y Yusta. Y hasta Rudy, en Moscú el mejor. Así hasta hacer un equipo casi imbatible que transformó una racha negativa en la más positiva posible.

Lo esencial está en el equipo, y si llegan a buen puerto, que es una de esas cosas que solo podrán saberse en mayo, la temporada del Madrid habrá sido de las más meritorias que un aficionado puede recordar. Porque, es cierto, a nadie sorprende a priori que el equipo blanco gane, es uno de los peces gordos del continente, pero cuando se pone la lupa se entiende que lo de estos últimos meses es realmente sorprendente. Donde la mayor parte de los equipos, quizá todos, hubiesen entregado la cuchara los de Laso han sacado fuerzas de donde no las había hasta convertirse, quizá, en el equipo más en forma del continente. Repetimos: sin Llull, sin Kuzmic, sin Ayón y sin Randolph.

Un paso adelante

No se entienda como un menosprecio al resto, nada más lejos, pero es llamativo el proceso. Las plantillas en el baloncesto no tienen 15 estrellas, lo suyo es, en los más grandes, es colocar unos cuantos jugadores estratosféricos y rodearlos de otros muy buenos, pero más adaptados a un rol. No se le pide a Campazzo, por bueno que sea, que decida los partidos sino que dirija su parte con diligencia. Tavares no tiene que matar un partido sino imponer su físico en el rebote y Carroll no necesita ser un jugador total sino aportar sus triples. Todos ellos, sin embargo, han dado un paso más hasta dejar al aficionado que se emocione con unos jugadores que se han puesto un disfraz que no era el suyo. Solo Doncic da el perfil, pero una vez más cabe recordar que aún no tiene los 19.

El Khimki, el rival que empezó una crisis que fue un espejismo, recibió en casa una de las derrotas más contundentes en lo que va de Euroliga (95-78). El Real Madrid hizo magia, jugó un partido perfecto en el que todos sus jugadores estuvieron a la altura. Fue, por supuesto, una victoria de equipo y se nota en un dato que es más importante de lo que parece: Doncic solo tuvo que jugar 21 minutos. Hubo ratos en la temporada en los que se fue a más de media hora y es que ese Madrid solo podía ganar si el esloveno estaba a tope. Pero eso, que fue una solución de emergencia, también ha pasado, ahora el niño puede descansar, esto ha dejado de ser el novato contra el mundo, ahora hay un equipo brutal capaz de competir en contra de las posibilidades.

No, los rusos no son un pelele, aunque a ratos lo pareciesen. Tienen a Alexey Shved, uno de los jugadores más impactantes de Europa, empezaban el encuentro a una sola victoria de los blancos en la clasificación y, por el momento, forman parte de ese grupo de ocho equipos que estarán en la siguiente fase. Es cierto, no tuvieron su mejor día, pero tampoco eso es casualidad sino el efecto de una defensa solidaria y dura, de un equipo que es capaz de hacer de la segunda unidad una columna de estrellas. Eran buenos jugadores, ahora son algo más que eso. Y en algún momento Laso recuperará las piezas que perdió por el camino. El futuro no se puede prever, del mismo modo que este equipo parecía llamado a ser mediocre por las bajas y ha resultado ser excelente uno excelente puede dejar mal sabor de boca. Pero es más probable pensar que, con esta base, el crecimiento con esos jugadores de primerísima línea puede ser hasta el cielo.

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