Diario de una ultramaratón en el Himalaya: el murciano que subió al podio tras tocar fondo
Manuel Vela pasó por una situación complicada hace unos años y se refugió en el 'running'. Algo que empezó como una manera de desahogarse y se ha convertido en su guía
Manuel Vela en la Everest Trail Race. (Cedida/Ian Corless)
En 2021, Manuel Vela tocó fondo. Una concatenación de problemas personales, laborales y sentimentales le llevaron a la oscuridad. “Caí muy bajo, necesitaba un nuevo despertar. Algo que llevase a mi cuerpo al límite para renacer”, cuenta a este periódico.
Y ese impulso que necesitaba lo encontró en el deporte, en concreto en el running. Algo que empezó como una manera de desahogarse y le ha llevado a conseguir un tercer puesto en la carrera Everest Trail Race, celebrada hace unas semanas, a sus 32 años.
Aunque confiesa haber practicado siempre diferentes deportes, como el fútbol o el boxeo, correr no le llamaba la atención especialmente. Sin embargo, escuchó hablar sobre uno de los ultramaratones más duros del mundo, el de Sables, que se celebra cada año en el desierto de Marruecos. No lo dudó ni un momento; en esa carrera comenzó todo: “Era mi primera vez y, aunque fue durísima, me conocí mucho a mí mismo y aprendí a ser mejor persona”.
Recuerda esa carrera como una experiencia “maravillosa” a nivel personal, sentimental e, incluso, espiritual. “¿Por qué parar aquí?", se preguntó. Entonces, un objetivo humilde, como terminar la carrera, se convirtió en un reto. “Siempre me habían hablado de la triple corona: Sables, Costa Rica y Everest”, asegura. Ya no había vuelta atrás, la promesa era completar las tres. Los 185 kilómetros recorriendo Menorca en el Camí de Cavalls y la Perimetral de Benissa, una ultramaratón celebrada en Alicante, llevaron a este murciano hasta el Himalaya de Nepal.
Llegada a Katmandú
El aterrizaje en Katmandú, capital de Nepal, lo resume como “calma nerviosa”. “Llegas al país y ya huele a carrera; los días se pasan muy lentos porque sabes que viene la carrera, el infierno. Esos días tenemos que hacer controles técnicos y médicos para asegurarnos de que todo está en orden”, explica.
Tras esos exámenes, el grupo se trasladó hasta las montañas: “Fueron diez horas y se hizo muy pesado, aunque la naturaleza era espectacular”. Llegaron al primer campamento, situado a 3.500 metros de altitud. “Nada más bajarnos del autobús ya notamos el frío y la falta de oxígeno”, narra. Le esperaban por delante seis etapas y una distancia aproximada de 170 km.
Primera etapa
Manu, como le llaman normalmente sus seres queridos, se despertó a las 5 de la mañana tras pasar una noche “tremendamente fría y dura”. “Las mañanas eran complicadas, llegamos a estar a -12ºC. Tenías que salir del saco de dormir, que estaba caliente, y eso costaba muchísimo”, manifiesta. Tras desayunar y preparar el material, comenzaba la primera etapa, según él “la más fácil”, pero con bajadas “muy técnicas”: “Viví un momento de incertidumbre porque no sabía cómo iba a reaccionar mi cuerpo. Miraba mis datos en el reloj y mis pulsaciones estaban disparadas, la altura empezaba a causar estragos en las métricas”.
También describe que había mucho hielo, incluso, zonas con nieve. Su corazón se “puso a mil” por el shock de la falta de oxígeno y el estrés de correr con la mochila a cuestas. “Notaba cómo había fuego en mi sangre, era algo espectacular”, afirma. Su contrincante portugués y él decidieron correr a la par con el objetivo de no perderse: “En la última subida me dijo que no podía continuar a ese ritmo y le dejé atrás. Llegué tercero y estaba motivado y muy feliz”.
En ese primer día muchos compañeros comenzaron a presentar síntomas como vómitos o náuseas, pero Manu se encontraba con fuerzas. “En este tipo de ejercicio tienes que comer constantemente, aunque no tengas ganas, si no, tu cuerpo se está consumiendo a sí mismo”, expone.
Segunda etapa
Después de la ilusión, Manu se levantó el segundo día “destrozado”. “Me sentía muy cansado, todo estaba cargado, los gemelos sobre todo”, expresa. Aquella jornada el campamento estaba a las faldas del Big Pike y desde la salida podía vislumbrar el pico que debía coronar.
Se colocó en la salida sin sentir las manos ni los pies, miró hacia arriba y se sintió “muy pequeño”. Reconoce que la subida fue “de las más duras” que ha hecho en su vida: “La altura te hincha y me apretaba todo, hasta la mochila”. Pese al sufrimiento, define esa primera ascensión como “espectacular”.
Habla de una mezcla de “sufrimiento” y falta de oxígeno, pero también de una sensación de estar “en la cima del mundo”. “De alguna manera llegabas a entender el significado espiritual que tenía esa montaña para ellos. Fue algo místico”, resume.
Manuel Vela durante la carrera. (Cedida/Ian Corless)
Después de coronar y ver las vistas espectaculares a las principales montañas del Himalaya, tocaba una bajada de nuevo muy técnica, pero también “peligrosa”. A mitad del recorrido, por un bosque que califica como precioso, pudo aumentar su velocidad, llegando con margen sobre el corredor portugués que le pisaba los talones.
Al final de la etapa se pudo duchar con un cazo de agua caliente y leer los mensajes que su familia le había escrito: “La organización permitía a los seres queridos mandar correos que por la noche nos entregaban impresos. Leerlos metidos en el saco antes de irte a dormir era un chute de energía; acabábamos todos llorando”.
Tercera etapa
“Ese día me desperté y sabía perfectamente que iba a sufrir”, recapitula el joven murciano. Lo notaba incluso en el ambiente, en las caras del resto de competidores y de los miembros de la organización. Por la mañana tuvo que verle el médico para curarle unos cortes y allí recibió una sentencia directa: el propio facultativo le miró a los ojos y le dijo: “Te diría que disfrutases, pero hoy vas a sufrir”.
El campamento. (Cedida/Ian Corless)
Se trataba de la etapa “más temida y larga” que empezó con “una subida de 1.000 metros positivos en solo 6 kilómetros”. “Una auténtica locura, pero lo peor venía después”, sostiene. “Eran 2.700 metros de bajada en tan solo 15 kilómetros. Una auténtica salvajada y un destrozo para las rodillas inimaginable con riesgo de lesión altísimo. La verdad es que sufrí mucho porque había piedras sueltas, barrancos y un terreno tremendamente irregular. Todo esto con un calor tremendo y un sol de castigo, esa bajada fue eterna”, resume.
Su mayor contrincante había roto un bastón, él tenía los dos y vio el momento perfecto para “recortarle tiempo”. Sin embargo, ahí empezaron sus problemas: “Me mareé, intentaba compensarlo con agua y barritas, pero era un auténtico zombi. Llegué a la meta como pude, totalmente pálido porque lo había dado todo, pero no logré atrapar al portugués”. No obstante, hubo un dato que le motivó, solo había llegado dos minutos después que él: “La garra que le puse sirvió para que no se escapase demasiado”.
Esa noche tuvo fiebre, tiritaba del frío y la humedad y psicológicamente se empezó a hundir. “Madre mía lo que me queda y fíjate cómo estoy”, pensaba. “Para colmo de males, toda mi ropa estaba empapada”, lo define como una “sensación límite”.
En ese punto se agarró a una frase que repite a menudo en su cabeza y que le ayudó a cambiar la mentalidad: “Si renuncias a tus sueños, ¿qué es lo que te queda? El sueño seguía vivo y era el momento de sacar mi valor, mi honor y cumplir con la promesa”.
Cuarta etapa
Esa mañana estaba derrotado, “entumecido, enfermo y fatal”. “Hay veces que a un luchador solo le hace falta abrir los ojos, ver un rayito de luz y con eso es suficiente para volver a ponerse de pie”, se repetía. Acto seguido se puso su ropa mojada, se enfundó el chubasquero y se fue a la línea de salida: “Ya nadie sonreía ni bromeaba, la cosa se había puesto muy seria y se notaba”.
El sol, que el día anterior había sido su enemigo, se convirtió en su mayor aliado. “Me dio energía y me empecé a encontrar muchísimo mejor”, relata. Llegó a la meta junto con su rival: “Es la cuarta etapa, pasas el ecuador y lo fundamental no es competir, sino terminar”.
Tras varios días durmiendo en el suelo y pasando frío, pudo dormir en un lodge, alojamientos en la naturaleza ideales para los senderistas y montañeros que exploran las montañas del Himalaya. “Lo agradecí mucho, no nos damos cuenta de todo lo que tenemos. La cultura de Nepal es fascinante, trabajo y sacrificio desde un punto de vista positivo”, dice.
Quinta etapa
Al levantarse, Manu ya “olía la meta”. Solo quedaban dos etapas y al inicio de esta quinta cruzaron varios pueblos. “Los niños corrían con nosotros y los turistas nos animaban. Se me cayeron los ojos al ver la montaña Ama Dablam, la más espectacular de todas. Nos vigilaba, era imponente e hipnotizante”, reseña.
Se le pasó rápido el día y la meta fue la “más espectacular” de todas: “Hay cosas en esta vida que no se pueden describir y yo creo que esa llegada a meta es una de ellas”. Al llegar al lodge, la organización les comunicó que muchos corredores se habían perdido y una compañera tuvo que ser rescatada. “Siempre tienes que estar en tensión, esta carrera no tiene piedad y cualquier error te puede llevar al abandono”, narra.
Última etapa
“Euforia”, así retrata Manu la última etapa de la carrera: “Después de tantos días de sufrimiento, de repente llega la certeza de que la aventura se termina y casi lo tienes”. En su caso, además, seguía “alucinando” por un motivo extra: mantenía el tercer puesto, algo que para él era “totalmente impensable”.
En teoría, esta jornada era “una de las más fáciles”, volvían a Lukla, una ciudad de la región de Khumbu al este de Nepal, y era “todo cuesta abajo”. “Había dos kilómetros que eran totalmente verticales; la gente salió disparada. Vas corriendo con el miedo de hacerte un esguince. Abandonar el último día es como morir en la orilla”, comenta.
A pesar de esa tensión, fue la etapa que más disfrutó. Al llegar a la meta, todavía no podía procesar lo que había ocurrido. Había conseguido ese tercer puesto y lo primero que hizo fue llamar a Paula, su pareja, y echarse a llorar: “Nos emocionamos los dos, sin la gasolina que me daba a miles y miles de kilómetros, hubiera sido imposible”. Después llamó a sus padres y le pasó lo mismo. “Me descompuse emocionalmente. No hay nada mejor en este mundo que ser fiel a ti mismo y cumplir con los objetivos”, concluye.
En 2021, Manuel Vela tocó fondo. Una concatenación de problemas personales, laborales y sentimentales le llevaron a la oscuridad. “Caí muy bajo, necesitaba un nuevo despertar. Algo que llevase a mi cuerpo al límite para renacer”, cuenta a este periódico.