LA RUTH BEITIA EXATLETA, POLÍTICA Y PSICÓLOGA

"Salta un poco, Ruth, enseña a las niñas". Así colgó Beitia los patines para ser campeona

Ha anunciado su retirada una campeón olímpica, pero Beitia no se conformó nunca con ser una simple saltadora, colmó su carrera con una actividad frenética y una sonrisa inmarcesible

Foto: Ruth Beitia, en los mundiales de Londres. (EFE)
Ruth Beitia, en los mundiales de Londres. (EFE)

Ruth Beitia era emoción pura en el cuerpo de un junco. Cuando tenía acto de los patrocinadores se calzaba un pequeño tacón y con eso era suficiente para mirar desde arriba a todos los que la acompañaban. Ella, desde su atalaya, repartía sonrisas porque eso nunca desaparece de la cara de la cántabra que a los 38 años ha decidido que está bien con los saltos que ha dado hasta el momento, que no se necesitan más. Se marcha la mejor atleta española de siempre, la única en su deporte con un oro olímpico y un verdadero ejemplo para todos los que la han tratado en todos estos años. Ruth es especial porque gana, pero no solo porque gana. La atleta que se marchó y a la que la lluvia de Santander empujó a volver.

Beitia siempre decía sí a las entrevistas, a las llamadas, a los reportajes. Podría haber dicho que no, muchos de sus compañeros lo hacen, la mayoría de ellos inferiores deportistas que ella sobre el tartán. Pero no lo hace tampoco por estrategia o márketing. Hay otros que explican que ellos hablan porque el deporte lo necesita, que no se puede decir que no a los medios porque dan publicidades y demás motivos profesionales. Tampoco es el caso, Ruth habla porque le sale, porque le gusta conversar con la gente y explicar lo que le preguntan. Beitia aparece, en definitiva, porque le viene de corazón.

A la atleta, exatleta ya, sin ser el prefijo un desdoro, le gusta el teatro y, cuando ha tenido que explicar lo que supone su deporte se ha comparado con es actriz meticulosa que se emplea fuerte en los ensayos para llegar plena el día de la representación. No se puede perder el texto y para que eso no ocurra hay que repetir una y otra y otra vez la misma mecánica hasta que el cuerpo no tenga que forzarse, que fluya natural por los músculos. Y que el día del estreno, como el de la competición, se pueda disfrutar del evento.

Ramón Torralbo, su entrenador, aunque es mucho más que eso, la dejaba hablar después de cada salto de entrenamiento. Él callaba y esperaba a que Ruth, ya atleta madura, explicase sus sensaciones y defectos. Entonces, solo entonces, contaba él lo que había visto. Se critica a los periodistas, y no sin razón, de que se habla mucho más de los técnicos de ellas que de los de ellos. Muchas veces es cierto, con frecuencia tiene el tema un poso de machismo pero en el caso de Ruth Beitia no tiene tanto que ver con eso como con ella misma. La saltadora habla siempre en plural aunque sean sus piernas las que baten el suelo con violencia y su cuerpo longuilíneo el que cruza por encima del listón. Pero es imposible una conversación sin que Torralbo salga en sus palabras, ella más pronto que tarde va a recordar que el éxito deportivo, incluso para un atleta individual como ella, es consecuencia de un trabajo de equipo.

Este año, el último, no fue bueno. Se quedó sin las sensaciones, que en el salto es lo primordial. Cargó la cadera, la rodilla, los hombros, las articulaciones empezaron a fallar a los 38. Antes la salud había sido una constante en su carrera, una gran aliada que la ayudó a propulsarse por encima del resto. Ella tuvo siempre unas marcas similares y según fluctuaba la prueba tenía puestos más o menos altos. Siempre cabalgando en la excelencia ganó la Diamond, vedada para los españoles. Y campeonatos de Europa. Y, por fin, aquel oro olímpico.

La noche plomiza de Río

La noche, la penúltima en Río, anunciaba una tormenta descomunal. La selección brasileña de fútbol, con Neymar a la cabeza, se había hecho con el oro y estaba el país patas arriba. La felicidad en las calles era enorme, pero difícilmente uno igualaba la de Ruth Beitia, que además de una de las mejores atletas siempre estuvo entre los seres humanos más alegres y expresivos. Tuvo que esperar a que Demireva y Vlasik, como ya le había pasado a ella previamente, derribasen el listón situado a 197 centímetros del suelo. Así pasó y lo siguiente fueron golpes en las mesas de los españoles, risas, un buen rollo en la madrugada ensalzado mucho más por ella, que mezclaba desbordante alegría con tintes de incredulidad, saltos y una sonrisa que se escapaba de los límites de la cara para redefinir el propio concepto de felicidad. Aquel oro es historia de España.

Ruth Beitia y sus versiones

La atleta a la que le gustaba el teatro era también la política que amaba todos los deportes. Porque resumir a Ruth en una saltadora, sin poner más definición, es acortar una personalidad arrolladora y una persona polifacética como pocas. No son sus muchas versiones compartimentos estancos, la política no se entiende sin la atleta y ambas le deben y le dan mucho a la Ruth psicóloga, porque ella es un poco todo eso.

La Ruth deportista pasará a la historia como saltadora, pero no fue solo eso. Antes, cuando era una niña, fue probando disciplinas varias del atletismo. La altura la eligió a ella, suele decir, porque es donde más destacó. Su tipología física, tan alta, tan larga, no fue una carga sino todo lo contrario. Pero no es solo el deporte rey. Hubo un tiempo, antes del oro olímpico y de sus momentos más dulces como profesional, que Ruth dejó el atletismo. Lo hizo cansada, hastiada y con una edad respetable. Quedó cuarta en Londres 2012 y sintió que necesitaba airearse.

Se cansó de saltar y se puso unos patines

Ruth cogió los patines y se lo pasó como una niña con ellas. Hizo barranquismo o escalada también, cosas que como profesional ni se podría haber imaginado, los patrocinadores no subvencionan locuras. Pero lo que más le gusta, su pasión, era el patinaje. Cada día salía a entrenarse con ellos, a darse una vuelta y demostrarse que sí, que salir del atletismo era sin duda un acierto. Y si Ruth Beitia hubiese sido del sur, andaluza o canaria, esa hubiese sido la rutina del resto de sus días.

Pero no, Beitia es cántabra y vive en Santander. Y llegó octubre y, como es parte del contrato que tiene esa ciudad con el universo, empezó a llover. Patinar y llover son poco compatibles, cuando el agua cae los patines se quedan en casa esperando a que vuelvan los rayos del sol. Beitia podría haber optado por seguir ese camino y sedenterizarse, por no salir de casa cuando llovía y simplemente ponerse a ver alguna película en esas tardes de otoño e invierno. Pero si hubiese hecho eso no hubiese sido Ruth Beitia.

La saltadora, que es muy inquieta, volvió a aparecer por las pistas de entrenamiento. Sin pretensiones, solo para ver a las jóvenes y hablar un rato con Ramón. Torralbo, sin embargo, ya tenía en su cabeza un plan. "Salta un poco, Ruth, muéstrales a las niñas cómo se hace", debió decir sabiendo que el virus del atletismo corre por sus venas y que esas cosas no se olvidan con facilidad. El gusanillo le fue aumentando y terminó olvidándose de que se había comprado unos patines para los días del sol. El atletismo, su atletismo, volvía a escena para tener los cuatro mejores años de su carrera por delante.

Una cadera antes que una beca atlética

Ruth la atleta es también Ruth política, pero no se pueden confundir ambos términos porque aunque están interrelacionados ella no es solo una deportista reconvertida sino una política en el pleno sentido de la palabra. En el PP de Cantabria es diputada autonómica y se ocupa de temas deportivos, por descontado, pero no solo. También está muy atenta a las políticas sociales y de inclusión. Ruth ha vivido en este tiempo híbrido entre deportista y política la peor crisis económica que se recuerda y lo primero no contaminó a lo segundo. Es más, ella misma declaraba que entre una prótesis de cadera para una anciana y una beca para deportistas lo sentía mucho pero tenía que optar por el bienestar de la anciana.

Darse cuenta de ello, entre tanta queja y tanto llanto por la escasa financiación que consiguen los deportistas, le llevó siempre a una reflexión aún más profunda. Solo los muy apasionados pueden dedicarse profesionalmente al deporte minoritario. El atletismo tiene ciclos durísimos, cuatro años esperando estar realmente en la lupa de todo el universo, días y días de entrenamientos, de ensayos y errores hasta encontrarse enfrente del listón en el momento en el que más cuenta sabiendo que solo ganará una, tres si se cuentan las medallas, y que pasarán otros cuatro años hasta tener de nuevo una opción. Esos ciclos olímpicos, de algún modo, han empujado ahora a la retirada de Ruth. No llega a Tokio, no tiene sentido darle más vueltas.

En cuanto a la Ruth psicóloga... estos años los ha pasado estudiando para ir formándola porque ella no puede dejar de cubrir su tiempo. El deporte y la psicología tienen muchos vínculos y ella mejor que nadie podrá explicar a sus sucesores cómo hay que pensar, qué hay que enfocar y hasta dónde se puede soñar. El deporte, que es escuela de vida, también lo es de política y psicología. Ruth bien lo sabe y puede ser una exatleta, pero el atletismo no ha dejado de ser parte de ella.

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