reino unido fue oro y eeuu, plata

Usain Bolt era tan humano que podía hasta lesionarse y perder

El velocista más grande de todos los tiempos se despide de la gran competición internacional de la manera más triste, con un problema físico que alejó a Jamaica de la opción de medalla en el relevo

Foto: Bolt, en el momento de lesionares. (Reuters)
Bolt, en el momento de lesionares. (Reuters)

Mo Farah y Usain Bolt se miraban en la zona de calentamiento. El británico se había quedado instantes antes sin el oro en 5.000, el jamaicano se enfrentaba a la última carrera de su vida, al menos en campeonatos internacionales. Las carantoñas se convirtieron en la imagen del campeonato, una foto que marca un final. El último capítulo de la historia del velocista más grande de siempre se juntaba, en tiempo y cariño, con el adiós de uno de los fondistas más dominantes que se recuerdan. Es difícil no entristecerse, ha sido una década de gritos, de alegrías, de desenfreno. El tiempo de Bolt es también el del mejor atletismo. Y se fue de la peor manera, con una lesión.

Le quedaba solo un relevo, una carrera en la que también ha sido el mejor. Correr con él en el equipo era, durante años, un sinónimo de victoria. No se puede perder en un 'sprint' cuando se conduce el bólido de mayor cilindrada. Casi se daba por hecho que estando él ganaba Jamaica, porque además siempre estuvo rodeado de unos grandes velocistas. Los mejores que no se apellidaban Bolt. Este año, sin embargo, no podía darse nada por descontado. Tampoco que el final del más grande fuese dulce.

El estadio, por descontado, le recibió como el ídolo que es. Los decibelios de dispararon porque era Bolt, el hombre que tanto les ayudó a soñar despiertos. Si solo fuesen sus marcas... no, no es solo eso, nunca lo fue. Los modernos hablarían de 'flow' o de 'swag', los más antiguos expondrían que el atleta era mucho más que eso, una personalidad arrolladora, alguien único entre los deportistas. Antes incluso de empezar tuvo que hacer reverencias al público, que parecía desconectado del hecho cierto de que quedaba una carrera por disputarse.

Las cámaras de televisión decidieron que tampoco era muy necesario recrearse en el resto de los competidores, gente honesta, buenos profesionales en lo suyo sin duda. Gente normal, gente que no es Bolt. Había que pasar rápido este tema para poder centrarse en lo importante, que no era otra cosa que la despedida. No hubo mucho intento por fingir, si todos habían acudido allí era para decir adiós. Y la idea era que esto terminase de otra manera.

Bolt observa desde el suelo el final de la carrera de relevos. (EFE)
Bolt observa desde el suelo el final de la carrera de relevos. (EFE)

Los saltitos de Bolt

Porque es cierto, cuando Bolt cogió el testigo las cosas ya se habían puesto difíciles. No parecía que esta fuese la noche de Jamaica, que ha caído súbitamente en sus prestaciones en el sprint. Tenía que hacer una machada el mito para sacar el oro, lo probable era que la sesión terminase en plata o bronce. Un paso, dos pasos, tres pasos sin problemas. Pero hasta ahí. Algo crujió en las piernas de Bolt, esas piernas enormes, propias de un hombre que sube con mucho del 1.90. Se había roto, el peor desenlace posible para esta final.

No hay nada que el deportista tema más que las lesiones. Usain Bolt, mal que bien, ha ido saliendo de todas las que ha tenido. Los dolores de espalda le han acompañado siempre, pero por lo general no ha tenido, como muchos de sus compañeros, que frenarse ningún año porque el cuerpo no respondiese. Por eso choca aún más su final, ese final dando saltitos, doliéndose, incapaz de equilibrar la zancada. Esa cara crispada y de dolor.

Bolt pareció invencible, casi sobrehumano en otros tiempos. Al principio de este campeonatos le recordó al mundo que no es verdad, que no era así, que él también es uno más de los que hacen la lista de la compra y en una tarde mala puede no ser invencible. Esa idea, la del hombre por encima del mito, se reforzó todavía más en la penúltima jornada de estos mundiales de Londres. Ya no es solo que pueda perder, eso quedó claro unos días antes, es que incluso puede quebrarse. Su cuerpo está hecho de las mismas fibras que el de los demás competidores, las piernas de alguien como él también tienen fecha de caducidad.

Son unos mundiales de sorpresas en los que los títulos parecen esquivar siempre a los favoritos en cada prueba. Bolt entra dentro de esa dinámica, como también lo hace Farah. Es un capítulo que se acaba en el atletismo, el fin de unos nombres que han dado lustre a un deporte en momentos duros, que conseguían con sus gestas tapar -al menos en parte- los tambores con sonido de dopaje que tan fuerte han sonado en los últimos tiempos. Nada de eso importaba cuando Bolt saltaba al tartán y empezaba el 'show'. Ahora se convertirá en embajador, irá a las competiciones y con sus sonrisas recordará lo que fueron años de gloria. Pero el atletismo necesita más, no será suficiente con la luz que irradia el jamaicano. No desde la grada al menos.

El estadillo de resultados dice que Reino Unido (Ujah, Gemili, Talbot y Michell-Blake) hicieron una carrera perfecta y se llevaron el oro con 37.47. También que los estadounidenses fueron plata y los japoneses, siempre eficientes con el testigo en la mano, bronce. A Jamaica la despacha la clasificación con un DNF, tres letras que dicen que el equipo no pudo terminar la carrera. Es técnicamente cierto, certísimo, una verdad incontrovertible. También es la mitad de la historia, esas tres letras no cuentan que fue el final, que ya no habrá más Usain Bolt, que el atletismo mañana tendrá que pensar en cómo se supera la salida del más grande. Bolt, tanta felicidad.

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